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Relatos Ardientes

Mis hermanas mayores volvieron y nada fue igual

Llegaron pasada la medianoche. Escuché la llave girando en la cerradura y supe que eran ellas antes de levantarme del sofá. Hacía cinco meses que no las veía y sentí, sin saber bien por qué, que esa noche el cuerpo me reaccionaba distinto.

Abrí la puerta y la primera en entrar fue Lucía. Veinticinco años, vestido corto color cobre, medias de red que le subían hasta donde se perdía la tela, botas altas que sonaban contra el parqué. Detrás venía Camila, dos años menor, con un vestido negro aún más ajustado y un perfume distinto, más dulce, más insistente. Las dos parecían recién bajadas de un anuncio. No de un viaje de regreso a casa.

—Adrián, mi amor… —Lucía soltó las valijas, abrió los brazos y me apretó contra ella un segundo más de lo necesario.

Camila se sumó por el otro lado. Sentí los dos perfumes mezclándose y el calor de dos cuerpos contra el mío. Una de las dos me pasó una mano lenta por la espalda. No sé cuál. Tampoco pregunté.

—Mirá lo grande que estás —dijo Camila, separándose para mirarme—. Los dieciocho te quedan bien, hermanito.

No las mires así. Son tus hermanas.

Subí las valijas detrás de ellas. Las escaleras eran angostas y yo iba un escalón abajo, con los ojos puestos exactamente donde no debía. La red se le marcaba a Lucía en cada movimiento, y el vestido de Camila era tan corto que cada paso parecía una provocación involuntaria. Sacudí la cabeza en el descanso del piso, dejé las valijas y bajé a la cocina antes de hacer algo más torpe que mirar.

Cenamos algo improvisado en la isla. Las dos se habían cambiado, pero la ropa de andar por casa tampoco ayudaba: musculosa blanca, brasier negro asomando por debajo, shorts mínimos en una; top ajustado y shorts diminutos en la otra. Hablaban de Madrid, del máster, de los meses lejos. Yo asentía y trataba de no mirar la línea que dibujaba la red en sus muslos cuando cruzaban las piernas en el taburete.

—Me voy a acostar —mentí en cuanto pude—. Mañana arranco temprano.

Me encerré en el cuarto y me quedé mirando el techo. Abajo se escuchaban sus risas suaves. ¿Qué carajo me está pasando?

***

A la mañana siguiente bajé tarde, pensando que iba a ser más fácil de día. No lo fue.

Camila estaba en el sofá grande, las piernas estiradas, los pies enfundados todavía en las medias de la noche anterior. Hizo un puchero en cuanto me vio aparecer.

—Adri… —dijo con esa voz que usaba de chica para conseguir cosas—. ¿Me hacés un favor enorme? Las pantorrillas me están matando. El vuelo fue eterno y dormí dos horas. Un masaje cortito, por favor.

—Eh… sí, claro.

Me senté frente a ella y apoyó los pies sobre mi regazo sin preguntar. Empecé por el empeine, con los pulgares en círculos lentos. Camila soltó un gemido bajo de alivio y cerró los ojos.

—Ay, sí… justo ahí. Más fuerte.

Subí poco a poco hacia las pantorrillas. La red era tan fina que parecía que estaba tocando piel directamente, y la piel debajo estaba caliente. Cada vez que apretaba un punto duro, ella suspiraba. Yo intentaba mirar las manos y nada más, pero el short se le había subido y la parte alta del muslo aparecía y desaparecía con cada respiración suya.

Es un masaje. Te lo pidió porque le duelen. Es Camila.

—Tenés manos mágicas, hermanito —murmuró sin abrir los ojos.

Cuando terminé, se incorporó y me abrazó desde el sofá. Sus pechos se apretaron contra mi pecho un segundo más de lo prudente. Me separé como pude, subí las escaleras casi corriendo y me encerré en el cuarto con las palmas todavía calientes.

A la tarde fue Lucía. Apareció en la cocina mientras yo lavaba dos platos, me abrazó por la cintura desde atrás y apoyó el mentón en mi hombro.

—Vi cómo dejaste a tu hermana. A mí también me duelen las piernas, ¿sabés?

Esta vez fue peor. Lucía no era tan transparente como Camila: cuando le masajeaba las pantorrillas, los gemidos eran más graves, más largos. Pidió que subiera un poco. Subí. Pidió más. Subí más. Las palmas se me detuvieron a un palmo de donde no tenían que ir y los dedos me temblaban. Me agradeció con otro abrazo demasiado largo. Me fui al cuarto con una erección que tardó media hora en bajar y una culpa que tardó mucho más.

***

Empecé a evitarlas. Salía a correr antes de que se levantaran, comía rápido, me inventaba parciales que no existían. Pero la casa no era infinita y ellas, despacio, fueron notando.

—Adri, ¿estás bien? —preguntó Lucía durante la cena del tercer día—. Casi no te vemos. ¿Hicimos algo?

—No. Solo cosas de la facu —mentí mirando el plato.

Esa misma noche, Camila bajó con una botella de vino y tres copas. Lo había decidido sin consultar a nadie.

—Verdad o reto —anunció—. Como cuando éramos chicos. Nada heavy, lo prometo.

No supe decir que no. Me senté en el sillón individual, ellas en el sofá, copas servidas con un dedo de vino. Preguntas inocentes, retos tontos. Lucía bailando un ridículo. Camila cantando en falsete. Yo confesando que todavía no había besado a nadie desde los dieciocho. Las dos soltando un «ay» cariñoso. Era todo familiar. Todo conocido.

Hasta que Camila eligió reto y le dije, sin pensar demasiado, que se dejara dar otro masaje en los pies durante cinco minutos seguidos mientras seguíamos jugando. Aceptó al instante. Mientras le apretaba las pantorrillas con una mano y respondía verdades con la otra, sentí los ojos de Lucía clavados en nosotros desde el otro extremo del sofá.

El juego terminó a las once y media. Camila me despeinó al despedirse, como siempre.

—Buenas noches, hermanito.

Lucía no dijo nada. Solo se quedó mirándome.

***

Golpeó la puerta del cuarto media hora después. Lo supe antes de que dijera nada.

—¿Estás despierto?

—Pasá.

Entró con la misma musculosa blanca, los mismos shorts, el mismo brasier negro asomando. Cerró la puerta despacio y se sentó en el borde de la cama, cerca de mis piernas.

—Adri, te conozco desde que naciste. Algo te pasa. Si te incomodamos con los abrazos, con los masajes, con cómo andamos por la casa, decímelo. No queremos hacerte sentir raro.

Apoyó una mano en mi rodilla por encima de la sábana. Era un gesto de hermana. Solo eso. Y aun así sentí el calor subir.

—Es que cambiaron —murmuré sin mirarla—. Las dos. Y yo me sigo sintiendo el chico de doce. Me da vergüenza.

Se inclinó para escucharme mejor y la musculosa se movió. No lo hizo a propósito. Eso era lo peor.

—Sos un hombre —dijo bajito—. Para nosotras vas a ser siempre nuestro bebé, pero ya somos los tres adultos. Si querés contarme cualquier cosa, lo que sea, no te voy a juzgar.

Negué con la cabeza. No podía contarle nada.

Me dio un abrazo lento antes de irse. Sus pechos se apretaron contra los míos a través de la tela y se quedó así dos segundos más de lo que un abrazo de hermana necesita. Cuando cerró la puerta, me tapé la cara con la almohada y solté un gruñido contra el algodón.

***

Pasaron dos semanas. Dos semanas de evitarlas a medias, de cruces en el pasillo, de series compartidas con ellas pegadas a mí en el sofá, de comidas en silencio. Cada vez que Camila cruzaba las piernas y la red brillaba, cada vez que Lucía se agachaba por algo y la musculosa cedía, mi cabeza volvía a los masajes, al sofá, al abrazo en el cuarto.

La cuarta noche, Lucía bajó con la botella de vino otra vez. Esta vez la copa estaba llena hasta la mitad.

—Hay que terminar el juego —dijo—. Nada de escapatorias, Adri.

Camila ya estaba en el sofá grande con el top negro, las medias de red y sin shorts. Solo una bombacha negra simple debajo. Me senté entre las dos. El sofá nunca había sido tan chico.

Primer reto: Lucía tenía que sentarse en mi falda durante tres preguntas. Se acomodó de costado sobre mis muslos, el peso entero apoyado en mi entrepierna, los pechos a la altura de mi cara, el perfume volviendo a anularme el cerebro. Cuando se levantó, me sostuvo la mirada un segundo más de la cuenta.

—Te estás poniendo nervioso, hermanito —murmuró sin maldad. Como una constatación.

Camila eligió reto y Lucía le pidió que se quedara solo en brasier. Se sacó el top sin dudar. Brasier negro, medias hasta la mitad del muslo, piel de gallina por el aire fresco.

Después me tocó a mí pedir reto y elegí mal: pedí que Lucía se sentara otra vez sobre mí, pero esta vez de frente, mientras le masajeaba las pantorrillas. Se acomodó a horcajadas, los pies apoyados en el sofá, los muslos abiertos a los lados de mis caderas. Mis manos subieron por la cara interna de los muslos hasta donde terminaba la red. La piel desnuda ardía. Cuando los pulgares rozaron la última franja de tela, ella soltó un gemido bajo y largo.

—Mmm… ahí, Adri. Un poco más arriba.

Mi erección era ya imposible de disimular. Lucía la sintió. Lo supe por la forma en que se mordió el labio y se quedó un segundo quieta, sin levantarse.

—Adri… —susurró, con una voz que no le había oído antes—. Estás muy duro. ¿Es por nosotras?

Camila se acercó por el otro lado. Su mano bajó por mi pecho con una lentitud que no tenía nada de inocente.

—¿Te excitamos, hermanito? —preguntó bajito—. Nunca te habíamos visto así.

Quería desaparecer. Quería que se abriera el piso. Pero las caderas se me empujaban solas contra Lucía, y mis manos seguían en sus muslos internos, y la culpa se mezclaba con el deseo en una bola tan apretada que ya no sabía cuál era cuál.

—Yo… perdón. Son mis hermanas.

Lucía no se levantó. Al contrario: se acomodó mejor, hizo que mi erección presionara más firme contra ella a través de la tela fina, y soltó un suspiro que terminó en gemido.

—Shh… es el vino. Es el juego. Pero se siente raro de bien.

Camila me besó el cuello, despacio, hasta subir al lóbulo de la oreja.

—¿Querés que paremos? —murmuró—. Si te gusta, no lo escondas más.

Sacudí la cabeza, los ojos cerrados. No quería que parara. Por primera vez en tres semanas, no quería que parara.

***

Lucía me besó. Fue un beso lento, profundo, con sabor a vino y a años de mirarnos sin permiso. La lengua tímida al principio. Después, hambrienta. Sus caderas dibujaban círculos lentos sobre mí mientras la boca de Camila bajaba por mi cuello.

—Vamos a mi pieza —jadeó Lucía contra mi boca—. Acá no.

Subimos las escaleras los tres en silencio, solo se escuchaban las respiraciones. Lucía cerró la puerta con llave y encendió únicamente la lámpara de la mesa de luz. La cama grande, las sábanas blancas, la luz dorada.

Me sacaron la remera entre las dos, las manos recorriéndome el pecho con una reverencia que me daba miedo. Camila se arrodilló y me bajó el pantalón y el bóxer con una lentitud insoportable, dejando mi erección libre, dura, palpitando. Las dos la miraron al mismo tiempo, los ojos oscuros de algo que no era cariño de hermanas.

—Sos hermoso —susurró Camila, su aliento rozándome la punta.

Nos metimos los tres bajo las sábanas. Lucía se sacó el brasier y la bombacha sin asomar la cabeza de la tela, quedándose solo con las medias de red negras hasta la mitad del muslo. Camila hizo lo mismo. Sentí la red rozándome las piernas y supe que iba a recordar esa fricción el resto de mi vida.

Lucía a la izquierda, Camila a la derecha. Los pechos suaves apretados contra mis costados, los pezones duros marcándome la piel. Nos besamos en círculo: primero yo con Lucía mientras Camila me besaba el cuello y bajaba por el pecho; después yo con Camila mientras Lucía me lamía un pezón. Mis manos se perdieron debajo de las sábanas y encontraron, al mismo tiempo, dos calores distintos.

—Tocame —pidió Lucía, guiándome la mano entre sus piernas.

Estaba empapada. Mis dedos rozaron los labios hinchados y resbaladizos y ella arqueó la espalda con un gemido largo y entrecortado. Camila, mientras tanto, me envolvía con la mano, deslizando el pulgar por la cabeza húmeda con una caricia que me hacía cerrar los ojos.

—Está tan caliente… —murmuró—. Tan duro por nosotras.

Lucía se subió encima primero. Bajó despacio, guiándome con la mano hasta que la cabeza encontró el calor. Y después, centímetro a centímetro, me hundí en ella. Apretada, ardiente, exacta. Soltó un gemido tembloroso contra mi cuello.

—Te siento tan adentro… —suspiró.

Empezó a moverse con ondulaciones lentas, profundas, las medias de red rozándome los costados con cada vaivén. Camila se pegó a nosotros, besándome la mandíbula mientras yo le buscaba el clítoris con los dedos y le encontraba el ritmo. No era sexo salvaje. Era algo más íntimo, más lento, más prohibido. El sonido húmedo de los cuerpos uniéndose, los gemidos ahogados contra la almohada, el perfume mezclado con sudor y vino.

Después cambiamos. Camila se acomodó encima de mí con la misma lentitud agonizante, mientras Lucía se pegaba a su espalda y le besaba el cuello, las manos cruzándose entre los pechos de las dos. Las dos gemían al unísono, las voces suaves y bajas llenando la habitación.

Cuando sentí que no aguantaba más, las atraje a las dos contra mí. Camila se contrajo primero, conteniendo el grito contra mi cuello. Lucía un instante después, apretando los dedos que yo tenía hundidos en ella. Y yo al final, vaciándome dentro de Camila con un temblor que me dejó sin aire.

Nos quedamos los tres enredados bajo las sábanas. Las medias de red todavía rozándome las piernas. Las respiraciones suaves contra la piel.

—Esto era inevitable, ¿no? —susurró Lucía contra mi pecho.

Camila sonrió contra mi cuello, sin contestar.

Me quedé mirando el techo, con la culpa y el placer mezclados en partes iguales, los cuerpos de mis dos hermanas mayores temblando todavía contra el mío. Y en algún lugar, antes de cerrar los ojos, supe que iba a querer que esa noche se repitiera.

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Comentarios (5)

Rodrigo_78

increible el comienzo, que arranque tenia este relato. De los mejores que lei en mucho tiempo.

MagdalenaBlue

por favor segunda parte!!! me quede con ganas de saber como terminó todo eso

FelipeCordoba

Muy bien escrito, se siente como si estuvieras ahi dentro de la historia. Saludos desde córdoba!

PatoSur

las tres semanas que menciona el titulo... me imagino jaja. Tremendo relato

CuriosoArgento

me recordo a algo que me paso hace años aunque nada tan intenso, pero el clima que describes es exactamente igual. Buenísimo

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