El embarazo de mi hija encendió a toda la familia
El domingo amaneció con un sol de justicia entrando por los ventanales del salón. Tras el festín de la noche anterior, cualquiera habría pensado que estaríamos saciados, pero en nuestra casa el deseo es el motor que nos mantiene vivos. No hay sobremesa que lo apague ni descanso que lo calme.
Mi hija Marina, con sus treinta y cuatro años y ese barrigón de casi nueve meses, se levantó más encendida que nunca. Parece mentira, pero el embarazo le calienta la sangre de una forma que no tiene explicación. Camina distinto, respira distinto, y cuando me mira de cierta manera sé que la mañana se va a torcer hacia el mismo sitio de siempre.
Mientras Rodrigo y Bruno seguían roncando en sus cuartos, yo me fui a la cocina a preparar café. No tardé en sentir unas manos fuertes rodeándome la cintura. Era mi yerno Iván, que ya venía con el bañador puesto y ese bulto marcándose contra la tela que tantas veces me ha hecho perder la cabeza.
—Buenos días, suegra —murmuró contra mi nuca, y el aliento caliente me erizó toda la espalda.
No contesté. No hacía falta. Iván me acorraló contra la encimera y, sin mediar más palabra, me bajó las bragas hasta los tobillos de un tirón. Me penetró por detrás con una embestida bruta, llenándome de golpe mientras yo me mordía el dorso de la mano para que mis jadeos no despertaran al resto de la casa.
La cafetera borboteaba a un palmo de mi cara. Yo me agarraba al borde frío del mármol y él me sujetaba las caderas con una fuerza que me dejaba marcas. Cada empujón me hacía golpear el vientre contra el cajón, y el placer y el filo del mueble se me mezclaban en una misma punzada.
En ese momento apareció Marina en el umbral. Lejos de escandalizarse, se acercó riendo, con la bata abierta y el pelo revuelto. Se sacó un pecho hinchado de leche y, juguetona, empezó a apretárselo sobre la espalda de su marido mientras él me seguía dando sin tregua.
—No empecéis sin mí —dijo, con esa voz ronca de recién despierta.
***
El olor a café y a sexo terminó de despertar a la casa. Rodrigo y Bruno aparecieron en el pasillo, atraídos por el ruido y por el ambiente espeso que ya flotaba en el aire. Mi marido, a pesar de sus sesenta y dos años, en cuanto vio a su hija desnuda y con aquel vientre enorme se puso duro al instante. Se le notaba en la mirada antes que en el cuerpo.
Bruno se quedó un momento apoyado en el marco de la puerta, mirándonos con una media sonrisa, el pelo aplastado del lado en que había dormido. No había prisa en él. En esta casa nadie se asusta de nada y nadie se tapa: hace años que aprendimos a desearnos sin pedir permiso ni dar explicaciones, como quien comparte la mesa.
Iván salió despacio de mí y me dejó con las piernas temblando contra la encimera. Me giré, todavía con el corazón golpeándome, y vi a mi hija arrastrarse hasta el centro del salón, sobre la alfombra grande, apartando los cojines de un manotazo para hacerse sitio. El sol de la mañana le caía justo sobre el vientre y se lo iluminaba como si fuera el centro de la casa.
—Venga, familia, que hoy tengo el cuerpo pidiendo guerra de la buena —gritó Marina, y se dejó caer sobre la alfombra del salón con las piernas abiertas de par en par, sin pudor ninguno.
Fue entonces cuando empezó de verdad. Rodrigo se arrodilló entre los muslos de su hija y empezó a devorarla con la lengua, agarrándole los muslos como si temiera que se le escapara. Marina arqueó la espalda, gimió largo y soltó un chorro caliente que nos salpicó a todos los que estábamos cerca, y eso, lejos de cortarnos, nos puso aún más a tono.
Bruno, mi hijo mayor, se colocó detrás de su hermana. Le ensalivó bien la entrada de atrás con dos dedos y, despacio primero y luego de un solo empuje, se la metió doblada sobre la alfombra. Marina abrió la boca en un gemido mudo y le buscó la mano a su padre para apretársela.
Yo no me quedé mirando. Me puse a cuatro patas justo frente a la cara de Bruno, ofreciéndole los pechos colgando, mientras Iván volvía a tomarme por detrás, esta vez más despacio, saboreando cada centímetro. Éramos un amasijo de carne, de sudor y de respiraciones rotas, todos enredados sobre la misma alfombra.
Marina alcanzó el sexo de su padre y se lo llevó a la boca. Mientras Bruno la embestía por detrás, ella se lo tragaba entero, hasta el fondo, sin soltarlo ni cuando los empujones de su hermano la sacudían hacia delante. Verla así, partida entre los dos hombres que más quería, me llevó al borde de un orgasmo que apenas pude contener.
En un momento dado, padre e hijo intercambiaron el sitio sin necesidad de decirse nada. Bruno pasó a darle por delante, hundiéndose en ella con cuidado por el embarazo pero sin dejar de embestir, mientras Rodrigo la tomaba por detrás con la paciencia que dan los años. Marina los miraba a los dos con los ojos vidriosos, como si no terminara de creerse su propia suerte.
La escena era desbordante. Mi hija empezó a gritar, poseída por un orgasmo que le recorrió todo el cuerpo, y de nuevo se vació en un chorro que bañó a su hermano. Casi al mismo tiempo Iván y Rodrigo se corrieron, uno dentro de mi boca y el otro sobre el enorme vientre de Marina, dejándola marcada por encima del ombligo.
Al terminar nos quedamos todos tirados por el suelo del salón, jadeando, sudados, pegajosos. Mi cuerpo de sesentona vibraba todavía, con esa sensación de hormigueo que solo da el placer del bueno. Nadie hablaba. Solo se oían las respiraciones bajando poco a poco.
Rodrigo fue el primero en moverse. Se acercó a su hija y le pasó una mano grande y suave por el vientre, comprobando que estaba bien, como hace cualquier padre, aunque un minuto antes estuviera dentro de ella. Marina le sonrió y le besó la palma. Hay una ternura rara en esta familia que conviviría con cualquier desconocido, pero que solo nosotros entendemos del todo.
Bruno se levantó a buscar agua para todos y la fue repartiendo en vasos por el salón, todavía desnudo, sin ningún apuro. Iván se tumbó a mi lado y me apartó un mechón de pelo de la cara con una delicadeza que contrastaba con la bestia que había sido diez minutos antes. Yo cerré los ojos y dejé que el sol me secara la piel.
***
Después del alboroto, Marina y yo nos escabullimos al cuarto de baño buscando un respiro y un poco de agua fresca. Pero en cuanto eché el pestillo, la tensión entre nosotras dos, esa que siempre arde por debajo, estalló sin previo aviso.
Mi hija, con ese barrigón que la pone tan insaciable, me arrinconó contra el lavabo. Me agarró la cara con las dos manos y me plantó un beso brutal, metiéndome la lengua hasta el fondo, saboreándome despacio, como si fuera la primera vez que me besaba y quisiera grabárselo.
—Eres la más cachonda de toda la casa, mamá —me susurró contra los labios—. Siempre lo has sido.
El calor del cuarto de baño y la excitación que aún traíamos hicieron que a Marina le entrara el apretón. Se puso en cuclillas sobre las baldosas y, mientras se frotaba el clítoris con dos dedos, empezó a soltar chorros calientes que me empaparon las piernas y los pies. Es algo que a las dos nos pone a mil, una de esas intimidades que solo compartimos entre nosotras.
Me agaché detrás de ella mientras seguía vaciándose y le separé las nalgas con las manos. Sin ningún reparo, me puse a lamerle la entrada de atrás con ansia, perdiéndome en su olor y en la humedad que lo recorría todo. Marina gemía y empujaba las caderas hacia mi cara, pidiendo más.
El agua de la ducha seguía cayendo a un lado, llenando el baño de vapor, y el espejo se había empañado del todo. La veía moverse contra mí entre la niebla, su silueta enorme y curvada, y pensé que nunca la había deseado tanto como en esos meses de embarazo. Le mordí suave la cadera, le pasé la lengua por la base de la espalda, y noté cómo se le erizaba toda la piel bajo mi boca.
Luego se dio la vuelta y me cambió el sitio, apoyándome a mí contra la pared fría de la ducha. A pesar de mis sesenta y tres años y de mis pechos ya caídos, ella siempre dice que soy la mujer que más la calienta del mundo, y lo dice de un modo que me lo creo.
—Mamá, tienes el sexo tan abierto que cabría una mano entera —me dijo al oído, con la voz cargada.
Se enjabonó bien la mano derecha bajo el chorro tibio y, muy poco a poco, me fue metiendo los dedos primero y luego el puño cerrado. Sentí cómo me llenaba por completo, cómo me estiraba mientras ella cerraba los ojos disfrutando de estar dentro del mismo cuerpo del que un día salió. Había algo de vértigo y de ternura en ese gesto, las dos cosas a la vez.
Con el brazo metido hasta media muñeca, empezó a moverlo a un ritmo cada vez más frenético. Yo me agarraba a sus hombros, con las piernas temblando, hasta que las dos alcanzamos un orgasmo que nos dejó deslizándonos contra los azulejos mojados, sin fuerzas, riéndonos entre jadeos.
Nos quedamos un rato largo abrazadas bajo el agua, limpiándonos los restos la una a la otra, compartiendo un último beso lento y cargado. Sabíamos que mañana volvería a empezar, que la casa entera se encendería otra vez en cuanto saliera el sol, y que ninguno de nosotros querría que fuera de otra manera.