Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Mi prima me llevaba años esperando esa visita

El puente de diciembre llegó cargado de promesas familiares y, sobre todo, de una pausa necesaria. Mi mujer Lucía y yo veníamos arrastrando unos meses agitados: demasiadas cenas con amigos, demasiados secretos compartidos a media voz, y ese cansancio que solo se siente cuando el cuerpo pide tregua aunque la cabeza siga pidiendo guerra. Habíamos decidido pasar los días con mi hijo menor y su pareja, que vivían en un pueblo de la costa norte. Una visita tranquila, sin pretensiones, para reencontrarnos con la calma que se nos había escapado.

Mi hijo trabajaba esa semana y Carla, su novia, tenía planes con Lucía para recorrer tiendas y ferias del centro. Yo sobraba en ese plan, y mi mujer, que me conoce mejor que yo mismo, lo supo desde el primer minuto. Fue ella quien sacó el tema durante el desayuno del segundo día.

—¿Por qué no te escapas a ver a Verónica? —dijo sin apartar la vista del café—. Está a una hora en coche. Lleva meses insistiéndote.

La miré con sospecha. Lucía sonreía con esa media sonrisa que siempre significaba algo. Mi prima Verónica vivía en la ciudad vecina y llevaba años repitiendo lo mismo: que cuando me dejara caer por allí, me invitaría a comer, me presumiría del barrio nuevo, me enseñaría el balcón con vistas al río. Yo siempre encontraba excusas.

—¿Estás segura de que no te importa? —pregunté con más cautela de la que pretendía.

—Segurísima. Vete, descansa, hazte un favor.

Había algo en su tono que olía a permiso explícito.

***

Soy hijo único. Mi padre tuvo un hermano que nunca se casó, así que toda mi familia extendida venía por parte de madre. Éramos cinco primos hermanos y yo era el mayor del grupo. Verónica era la más pequeña, había llegado tarde, casi quince años después que su hermano. Entre todos siempre la habíamos protegido como a la benjamina del clan. Tenía cuarenta y seis y los llevaba con una mezcla de coquetería y disciplina que asustaba.

Lucía siempre había sostenido, medio en broma medio en serio, que Verónica estaba enamorada de mí desde adolescente. Yo lo negaba sin demasiada convicción. La verdad es que cada vez que coincidíamos en bodas, comuniones o entierros, ella se las arreglaba para sentarse cerca, para tocarme el brazo al reírse, para que su perfume me llegara antes que su saludo. Cuando llamé para avisarle de la visita, soltó un «¡por fin!» tan vivo que tuve que apartar el móvil de la oreja.

Su marido, Rodrigo, trabajaba esa semana a turnos de ocho horas. Cuadramos las fechas para pasar al menos un día los tres juntos: comer, recorrer el casco viejo, alargar la sobremesa hasta que él tuviera que marcharse al turno de noche.

***

Llegué a media mañana. Verónica abrió la puerta con un vestido fino, de tirantes, que dejaba ver más de lo que cubría. Me abrazó largamente, demasiado para una prima, demasiado poco para callar lo que decían sus pechos aplastándose contra el mío. Rodrigo apareció detrás, sonriente, con un trapo en la mano. Es un buen hombre. Hablar con él es fácil. Por un momento sentí algo parecido a la culpa, pero la culpa pasó pronto.

Salimos los tres a recorrer la ciudad. Cervezas en una plaza al sol, una iglesia gótica que Rodrigo conocía piedra por piedra, un mercado lleno de embutidos y quesos. Verónica iba del brazo de uno y del otro indistintamente. Rodrigo apenas bebió. Yo me cuidé. Mi prima, en cambio, brindó cada veinte minutos y al caer la tarde ya tenía esa risa fácil que tienen las mujeres cuando saben que no van a tener que conducir esa noche.

Volvimos al piso al anochecer. Era un sexto reformado con gusto: salón amplio, cocina americana, dos dormitorios y un baño grande de cerámica blanca. Rodrigo cenó algo ligero, se duchó, se cambió y se despidió con un beso a cada uno. Cuando la puerta se cerró, el silencio cambió de textura.

—Voy a ducharme —dijo ella—. Me siento pegajosa.

Asentí desde el sofá. La oí canturrear en el baño, oí el agua, oí cómo cerraba el grifo. Salió envuelta en una bata corta de raso, atada con un nudo demasiado flojo para ser un descuido. La tela se le adhería al pecho y dos puntas se marcaban con una nitidez que me hizo apartar la mirada.

—Te toca —dijo sonriendo.

***

Entré al baño y vi, sobre el bidé, una braga negra semitransparente, brasileña, doblada con descuido demasiado preciso. La cogí casi sin querer. Estaba húmeda. La olí. Un golpe de calor me subió por la nuca. Mi polla reaccionó antes de que yo pudiera decidir si aquello era una invitación o un accidente. Dejé la prenda donde estaba, me metí bajo el chorro y, mientras el agua me bajaba por la espalda, pensé que ya no había marcha atrás.

Salí con una toalla pequeña enrollada a la cintura. No había llevado pijama, no había llevado nada. Verónica preparaba en la cocina una bandeja de quesos y embutidos. Le pregunté si me prestaba algo cómodo.

—Así estás bien —contestó sin girarse—. Si tú estás a gusto, yo encantada.

Cada vez que se inclinaba sobre la encimera, la bata se le abría por detrás y dejaba entrever la curva firme del culo. Yo intentaba mirarle a la cara y casi siempre fracasaba. La toalla se me iba marcando con un bulto cada vez más difícil de disimular.

Cenamos en el sofá, las luces atenuadas, una botella de vino blanco que ella sirvió generosa. Aproveché un momento para mandarle un mensaje a Lucía. «Esto se está poniendo raro», escribí. La respuesta vino en treinta segundos: «A por todas, campeón». Mi mujer, esa bruja maravillosa, había visto venir todo desde el desayuno.

***

Verónica se sentó de medio lado, con las piernas dobladas hacia mí. La bata, ya entreabierta, dejaba el pecho casi al aire. Hablamos de los veranos en casa de la abuela, de los primos que ya no se ven, de los entierros que nos habían reunido los últimos años. En algún momento dejó de mirarme a los ojos y empezó a mirarme la boca.

—¿Me estás mirando las tetas? —preguntó con una sonrisa que ya no fingía nada.

—Más que mirarlas, me las estás enseñando.

Se rio. Abrió la bata un poco más, dejó el pecho a la vista. Era un pecho operado, hacía tiempo, pero el trabajo estaba bien hecho. Pezones grandes, oscuros, con la areola amplia. Una cirugía que respetaba la forma natural sin caer en la exageración.

—¿Qué te parecen?

—Perfectas. Como si las hubiera firmado un escultor.

—¿Crees que están duras como una piedra?

—Sin tocar no te lo puedo decir.

Me cogió las manos, despacio, y me las llevó cada una a un pecho. Las apreté con cuidado. Tenían un tacto sorprendentemente natural, un poco más firmes que las de Lucía, pero nada de plástico. Los pezones se le endurecieron bajo mis dedos casi de inmediato. Su respiración cambió. Yo aparté las manos antes de que ella esperara.

—El cirujano se ha ganado el sueldo —dije, para romper el momento.

—El cirujano sí —contestó, con un tono que se enfrió un grado—. Lo demás es todo natural. Solo le falta mantenimiento.

—¿Y Rodrigo no se lo da?

—Muy poco. Sin ganas. Y no tengo a quién pedírselo.

Fue la primera vez en toda la noche que entendí que aquello no era solo un capricho de mujer aburrida. Había una soledad detrás. Había años.

***

Se levantó y dejó caer la bata. El cuerpo apareció entero ante mí: caderas anchas pero proporcionadas, vientre liso, monte de venus depilado con cuidado, labios suaves, sin un pelo desde el pubis hasta el ano. Se arrodilló entre mis piernas y, antes de que yo pudiera decir nada, me quitó la toalla.

—Joder, primo. Qué polla tienes.

Me la cogió con una mano y con la otra me agarró los testículos. Empezó a masturbarme despacio, sin prisa, mirándome a los ojos como quien quiere recordar cada gesto. Yo me eché hacia atrás contra el respaldo y cerré los ojos un instante. Cuando los abrí, ella tenía la boca a un palmo de mi glande.

—¿Me la vas a dejar entera?

—Es tuya.

Se la metió todo lo que pudo. No le entró del todo, pero la lamió de arriba abajo, la llenó de saliva, la trabajó con una paciencia de quien lleva mucho tiempo sin probar algo así. Cuando vio que yo empezaba a tensarme, paró.

***

Se incorporó, apoyó las rodillas a cada lado de mis caderas y dirigió mi polla hacia su entrada. Estaba empapada, lo noté al primer roce, pero aun así le costó. Avanzó despacio, con pequeños balanceos, hasta que se sentó del todo encima de mí. Soltó un gemido largo, casi de queja.

—Joder, primo —repitió—. Qué pasada.

Empezó a cabalgarme despacio. Yo le sujetaba las caderas, le besaba los pechos, le mordía los pezones. Ella aceleraba poco a poco, marcando ella misma el ritmo. La cocina, el sofá, las luces, todo se redujo al sonido de su respiración entrecortada y al golpe sordo de su cuerpo contra el mío. En algún momento se inclinó hacia adelante y me besó. Una lengua exigente, ávida, que no era la de una prima. Se corrió así, sobre mí, con la boca contra mi boca, ahogando el grito en mi garganta. Su cuerpo entero se sacudió. Se quedó quieta un instante, abrazada a mí, todavía empalada.

Yo no me había corrido. Quería más.

***

La tumbé en el sofá, le abrí las piernas y me arrodillé en el suelo. Empecé a lamerle el sexo con calma, recorriendo cada pliegue, deteniéndome en el clítoris, bajando hasta el ano y volviendo a subir. Estaba inundada. Sabía a ella y, en parte, a mí. Le metí dos dedos y busqué ese punto interior que algunas mujeres tardan años en dejarse encontrar. Cuando lo localicé, ella arqueó la espalda. No paraba de murmurar:

—Cómemelo todo, primo. Cómemelo todo.

Se corrió otra vez, en menos de cinco minutos, con una mano en mi pelo y la otra apretándose un pecho. Cayó en el sofá con la mirada perdida, sonriendo a algo que no estaba en la habitación.

La levanté de nuevo. La puse a cuatro patas contra el respaldo, le separé las piernas y le entré de una vez, sin avisar. Soltó un grito ronco.

—Dame como a una perra. Soy tuya.

Empecé a follármela con dureza, sin pausa, sin dejarla acostumbrarse. Ella mordía el respaldo, me clavaba las uñas en los muslos cuando podía alcanzarlos, me pedía más entre jadeos. Yo sabía que no iba a aguantar mucho. La idea de correrme dentro de mi prima, de dejar mi semen donde había estado el de su marido tantos años, me tenía al borde desde hacía rato. Cuando ella empezó a gritar que se corría, dejé de contenerme. Descargué dentro, en chorros largos, sin sacarla, pegando mi pelvis a su culo hasta vaciarme del todo. Me quedé clavado, sintiendo las contracciones de su sexo apretarme hasta la última gota.

***

Cuando salí, el semen empezó a manar de ella. Le puse una toalla debajo. Se derrumbó en el sofá sin decir nada, con la respiración aún quebrada. Me senté a su lado y le acaricié el pelo. Ella se giró, me besó la polla todavía húmeda, recogió con la lengua lo que quedaba. Estuvimos así un buen rato, hasta que se levantó para ir al baño.

Volvió desnuda, sonriendo. Me tomó de la mano.

—Ven a dormir conmigo. Hasta las nueve no llega.

Le advertí del riesgo. Puse dos alarmas en el móvil. Me acosté abrazado a ella, su cabeza sobre mi pecho, y los dos nos dormimos enseguida.

A las siete, antes de que sonara la alarma, ya estaba despierto y empalmado contra su muslo. Le besé el cuello, los pezones, el ombligo, los muslos, y bajé despacio hasta su sexo. Se despertó en mitad de un gemido. Me agarró del pelo y se abrió a mí.

Le hice el amor entonces de otra manera. Sin prisa, con más cuidado, casi como si quisiera pedir perdón por la noche anterior. Cuando entré en ella, ella misma me guio. Empezamos despacio, dejé que se acomodara, fui aumentando el ritmo a medida que me lo pedía. Terminó con sus piernas sobre mis hombros, mi cuerpo apoyado sobre sus pechos, los dos sudando. Me corrí dentro de ella por segunda vez en doce horas, con sus uñas marcándome la espalda y su grito ahogado contra mi cuello.

***

Recogimos el campo de batalla con calma. Cambiamos sábanas, dimos una pasada al sofá, ventilamos el salón. Rodrigo llegó puntual, cansado, sin sospechar nada. Charlamos los tres unos minutos. Él se fue derecho a la cama. Verónica y yo salimos a hacer unas compras de las que él esperaba que volviéramos con bolsas, y volvimos con bolsas.

Al despedirnos en el portal, mi prima me abrazó largo. Me besó muy cerca de la comisura de los labios.

—Vuelve cuando quieras —dijo—. Hasta dolorida tengo ganas de repetir.

Conduje hasta casa de mi hijo en silencio. Cuando Lucía me abrió la puerta esa noche, me miró a la cara, me leyó cada rasgo y me sonrió como solo ella sabe sonreír.

—¿Y bien, campeón?

No tuve que contestar.

Ver todos los relatos de Incesto y Amor Filial

Valora este relato

Comentarios (5)

Carlos_mdp

Increible relato, de los mejores que lei en mucho tiempo. Sigue asi!!

Fabian_77

Por favor una segunda parte, me quede con ganas de saber como termina todo. No puedo quedarme solo con eso.

VictorBaires

excelente!!!

TatiRosa

Dios mio que tension jaja, se te hace un nudo en el estomago leyendolo. Muy bien narrado.

noche_cba

Lo lei de un tiron y me quede pensando un buen rato. Tiene algo especial la forma de contarlo, muy natural.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.