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Relatos Ardientes

Aquel verano me vestí solo para mi tío

Después de aquella primera vez, todo empezó a cambiar dentro de mí. Me daban más ganas de arreglarme, de elegir cada prenda con cuidado, pero ya no por gusto propio: lo hacía solo para él. Solo para que me mirara de arriba abajo, me diera su aprobación con esa media sonrisa suya y después, despacio, me fuera quitando la ropa. Estaba enamorada, y no me daba vergüenza admitirlo ni a mí misma.

Salí de la universidad unos días antes que el resto, como ya era costumbre, gracias a mis buenas calificaciones. Llegué a casa un miércoles por la tarde, justo cuando mi familia se sentaba a cenar. Me llamaron enseguida para que me uniera a la mesa.

Mi padre estaba de buen humor. Me felicitó por las notas y, entre bocado y bocado, soltó algo que me dejó descolocada.

—Me dijo tu tío que querías trabajar estas vacaciones. Me pareció buena idea, así que le dije que sí.

Levanté la vista del plato, confundida.

—¿Trabajar? Fue solo un comentario, papá. No confirmé nada.

—Pues ya está hablado. Prepara tus cosas, que mañana te vas con él.

—Está bien —dije, fingiendo desgana—. Ahora arreglo la maleta.

En cuanto terminé, me encerré en mi cuarto y le escribí. No entendía a qué jugaba.

¿Por qué hablaste con ellos sin avisarme?

Tardó un minuto en responder.

Tranquila, sobrinita. El trabajo es real: voy a remodelar la casa. Pensé que te gustaría que pasáramos más tiempo juntos.

—Sí quiero —murmuré mientras tecleaba—, pero en tu casa es muy arriesgado.

Con el seguro echado estamos a salvo. Tu tía sale a las seis de la mañana y no vuelve hasta las siete de la tarde. Tenemos todo el día para nosotros. Además, te compré algunas cositas.

—¿Ah, sí? ¿Qué cosas?

Mañana, cuando vengas, te enseño.

Apagué la luz con el corazón acelerado. Me fui a bañar para depilarme con calma, hasta que mi piel quedó tan suave que apenas la reconocía al tacto. Después armé el bolso: una tanga rosa con su sostén a juego, una blusa blanca, una minifalda del mismo tono, mis tacones, la peluca, un par de medias rosadas y el neceser con el maquillaje. Me dormí pensando en él.

***

A las seis de la mañana ya estaba en pie. Antes de salir, me llegó un mensaje suyo.

Pasa primero al baño, ahí te dejé tu sorpresa. Después ve a la habitación de huéspedes, que ahí te espero. Besos.

—Voy para allá, cariño —contesté, y salí casi corriendo.

No quería perder ni un minuto. Al llegar entré directo al baño, y lo que encontré me derritió: un ramo de flores precioso y una tarjeta escrita a mano. «Hacía mucho que no me sentía tan vivo, y todo es gracias a ti. Me encanta hacerte mía.»

Lo amé un poco más en ese instante. Me cambié a toda prisa y fui a buscarlo. Estaba acostado en la cama, desnudo, esperándome. Cuando me vio entrar así arreglada —porque vestida no me había visto nunca— se quedó con la boca abierta.

—Guau, nena. Qué hermosa te ves. Siento que después de esto me vas a cobrar, y caro —dijo riéndose.

—¿Por qué lo dices? —pregunté, divertida.

—Porque te ves como esas chicas de la calle. De las caras, eso sí.

—¿Y te gusta que me vea así?

—Me encanta. Ven, baila para mí.

Obedecí. No tenía la menor idea de cómo se bailaba para alguien así, pero me dejé llevar como pude, y al mirarlo entendí que de verdad lo estaba disfrutando. Me acerqué despacio, lo más sensual que supe, y empecé a besarlo desde la rodilla hacia arriba, subiendo por el muslo hasta encontrarme con su erección. Pasé la lengua por la punta primero, jugando, haciéndolo esperar. Después lo tomé entre los labios sin prisa, dejando que sintiera cada movimiento, hasta que empecé a ir más rápido, más profundo, tanto que por momentos me faltaba el aire.

Me levantó por los hombros y me giró de espaldas a él.

Sacó unas esposas y me sujetó las muñecas. Me empujó sobre la cama hasta dejarme en cuatro, con todo a su merced. Me masajeó con una delicadeza que contrastaba con la fuerza de sus manos, me subió la falda y empezó a besarme las nalgas, despacio, hasta erizarme la piel entera. Me preparó con cuidado, comprobó que estuviera lista y, apartando la tanga a un lado, entró de una sola vez hasta que sentí su pelvis chocar contra mí.

Las embestidas iban cambiando de ritmo: duras y luego lentas, lentas y luego brutales. Me daba pequeños azotes y me decía cosas al oído que me encendían todavía más, cosas que prefiero guardar para mí. Cuando estuvo cerca, me giró de nuevo, se puso de pie y me hizo arrodillarme. Yo ya sabía lo que tocaba, así que saqué la lengua para recibirlo. No me defraudó: terminó a chorros, más de lo que mi boca podía contener.

Me dejé caer en la cama, agotada. Él se tumbó a mi lado. Estuvimos varios minutos en silencio, sin movernos, hasta que se levantó, me puso boca abajo y, con mi propia tanga, se limpió lo que le quedaba. Cuando me la acomodó de nuevo, sentí esa tibieza pegajosa entre las piernas. Me quitó las esposas, abrió su cartera y me lanzó unos billetes sobre la espalda.

—Anda, báñate y cámbiate —dijo.

Aquel gesto me hizo sentir usada. Y, sin embargo, esa sensación también me gustaba.

***

Los días siguientes fueron una mezcla extraña de trabajo y de juego. Pintamos paredes, movimos muebles, y entre tanto seguíamos buscando cualquier excusa para encontrarnos. Lo que empezó como una sorpresa puntual se volvió una rutina: cada vez que llegaba a su casa, en el baño me esperaba un disfraz distinto.

Fui su sirvienta, su enfermera, su maestra, su alumna, su secretaria. Fui la chica que entrega las pizzas y la clienta que recibe al plomero. El último de aquellos juegos fue el que más nos marcó a los dos: me esperaba un plug con cola, una tanga amarilla, su sostén a juego, unos tacones altísimos y una diadema con orejas. Me puso un collar con una correa y me hizo caminar en cuatro por toda la casa, repitiéndome que era la mascota más bonita que había tenido, que me llevaría al parque para presumirme.

Todo aquello me prendía de un modo que no se imaginan, y a él también. Disfrutábamos cada minuto que pasábamos solos. No crean que fueron dos semanas: pasaron ocho meses, y me gustaba el rumbo que había tomado lo nuestro. Pero todo lo que empieza tiene que terminar, y esto no fue la excepción.

***

Con el tiempo, él empezó a comportarse raro. Me pedía que me relacionara con más gente, que saliera vestida de chica a algún bar, que si quería experimentar él podía presentarme a algunos amigos. Incluso me arregló una cita con uno de ellos en el parque, aunque aquello no funcionó al principio; pero esa es una historia para otro momento.

Su insistencia me desconcertaba. Lo notaba cada vez más distante. Dejó de escribirme, dejamos de vernos. Decidí ir a buscarlo para entender qué pasaba, pero justo cuando salía de casa, mi madre me detuvo.

—¿A dónde vas?

—Con unos amigos —mentí.

—De paso, llévale esta maleta a tus tíos.

—¿Por qué?

—A tu tía le ofrecieron un puesto mejor, en otro estado. Se mudan con tu tío en unos días.

La noticia me cayó como un balde de agua fría. Casi llorando, salí disparada hacia su casa. Cuando llegué, mi tía estaba ahí, así que tuve que aguantarme las ganas de abrazarlo, de gritarle que no se fuera. Fue él quien me hizo sentarme.

—Lo siento mucho, pero ya sabrás que me voy con tu tía.

—¿Por qué? ¿No te puedes quedar?

—No, no puedo. Lo siento.

—¿Y no podemos seguir con lo nuestro?

—Baja la voz —susurró—. No, no podremos. Lo más seguro es que nos quedemos allá y no sé cuándo podamos volver.

—Ahora lo entiendo —dije, con la voz quebrada—. Por eso querías que saliera con otros.

—Sí. No quería dejarte sola y triste. Quería dejarte con alguien que te cuidara.

—Pero yo no quiero a nadie más. Te quiero a ti.

—Lo siento. No puedo.

—Al menos, ¿podemos despedirnos como se debe?

—No creo. Nos vamos en un rato.

—Entonces… ¿un abrazo?

—Un abrazo, sí.

Lo abracé con todas mis fuerzas, sin querer soltarlo. Él me apretó una nalga y deslizó algo en el bolsillo trasero de mi pantalón. Nos separamos. Le deseé suerte y le dije que estaría ahí para él cuando quisiera. Sonrió y me pidió, en voz baja, que le diera una oportunidad a su amigo. En ese momento entró mi tía. Me despedí de los dos y volví a casa deshecha, aunque tuve que fingir que estaba bien.

Me encerré en mi cuarto y me acosté a llorar. Entonces recordé lo que me había metido en el bolsillo. Era una carta.

«Querida Renata: hoy te dejo ir, porque mereces seguir avanzando, y yo solo te estaría reteniendo. Me encantó todo lo que pasó entre nosotros. Me llevo como recuerdo haber sido el primer hombre en tu vida, pero también sé que no seré el único ni el último. Eres una chica maravillosa, encantadora y muy hermosa; cualquiera querría estar contigo. Cuídate mucho y ojalá nos veamos pronto. P.D.: tu padre me presumió que serías todo un galán con las mujeres, que las traerías a tus pies. Si supiera que tú eres la nena que está a los pies de los hombres… Adiós, hermosa. Te quiero mucho.»

Guardé esa carta con un cariño enorme, junto con las notitas que me dejaba en cada visita. Sonreí entre lágrimas: supe que de verdad me había querido. Pero ya era un amor imposible, y a mí solo me quedaba seguir adelante.

***

Guardé luto una semana entera. A la siguiente, decidí volver al parque, al lugar donde había empezado todo. Me vestí con la misma ropa de aquel primer día, me senté en la misma banca y me compré un helado para ver pasar a la gente.

De repente, unas manos me taparon los ojos. Me asusté, porque ahí no conocía a nadie. Cuando me soltaron y me giré, era Bruno: el chico que había conocido meses atrás, ese por el que mi tío se había puesto celoso.

—Hola, guapa. ¿Te acuerdas de mí? —dijo.

—Claro que me acuerdo.

—Qué bueno. Pensé que no, como nunca respondiste mi mensaje.

—Perdona por eso.

—Tranquila. Oye, ¿y hoy no viene tu guardaespaldas?

—¿Mi guardaespaldas?

—Sí, el señor que te cuidaba la última vez. Casi me golpea, ¿sabes?

—No, hoy no viene —reí—. Ya no está.

—¿Y qué era tuyo?

—Mi tío.

—Ambos sabemos que era algo más que tu tío, ¿verdad?

No respondí, solo me reí, y eso le bastó.

—Lo supuse. ¿Entonces ya no está por aquí?

—Se mudó a otro estado.

—¿O sea que terminaron?

—Así es.

—Qué bien.

—¿Por qué «qué bien»? —pregunté.

—Por nada —sonrió—. Solo digo.

—¿Te quieres apuntar o qué?

—Pues si hay chance, igual y sí.

—Hay chance —dije, mirándolo a los ojos.

—Me parece perfecto. ¿Y cuántos años tienes, en serio?

—Veinte. ¿Y tú?

—Treinta y uno. No manches, estás muy joven.

—Lo sé.

—¿De verdad me darías una oportunidad?

—Mmm. No lo sé. Puede que sí.

Se puso serio un momento.

—Entonces tengo que hablarte derecho. Si llegamos a ser algo, debes saber que solo nos veríamos cuando yo pueda, y siempre aquí o en algún lugar sin gente. Mi familia me tiene como su ejemplo: para ellos soy el chico varonil que juega al fútbol y que tiene a un montón de mujeres detrás. Es complicado. Espero que lo entiendas.

—No te preocupes, te entiendo perfecto. A mí me pasa igual: mi familia cree que soy todo un galán, y ya ves que no. Si algo pasa entre nosotros, será discreto.

—Gracias por entender.

—No hay de qué. Bueno, me tengo que ir.

—¿Tan pronto?

—A casa. ¿Por qué? ¿Pensabas llevarme a otro lado?

—No, solo decía. Adiós, entonces.

Me levanté, y con el movimiento la falda se me subió de más, dejando a la vista parte de las nalgas. Empecé a caminar y Bruno me alcanzó de dos zancadas.

—Una pregunta.

—Dime.

—Esas nalgotas… ¿son naturales?

—Lo son. ¿Por qué?

—Curiosidad. ¿Las puedo tocar?

—Lástima que estemos aquí —dije, mordiéndome el labio.

—Ven. Conozco un lugar donde estaremos solos.

***

Me llevó en su coche casi hasta las afueras de la ciudad. Se metió por un camino de tierra hasta un río solitario, rodeado de sauces. En cuanto apagó el motor, me le fui encima. Lo besé y él me correspondió mientras me apretaba contra el asiento, las manos firmes en mi trasero. Sin decir nada, se desabrochó el pantalón y dejó salir una erección hermosa, un poco más grande que la de mi tío.

Bajé la cabeza y se la chupé con ganas, recreándome en cada movimiento. Pero apenas aguantó: se vino enseguida, y para colmo fue poco. Me incorporé y él se disculpó, avergonzado, mientras nos acomodábamos para volver.

—Fue por el momento —dijo en el camino—. La próxima lo haremos bien, te lo prometo.

—No pasa nada —contesté, aunque por dentro sentí una punzada de decepción.

Me dejó cerca de mi coche. Al llegar a casa, me escribió.

A pesar de todo, me encantaron tus besos. Besas riquísimo, nadie lo había hecho como tú. Tus labios son demasiado sexis. Ojalá pueda verte de nuevo.

—Gracias —respondí—. Claro que sí. Tú dime cuándo y nos vemos.

La otra semana. Ve muy guapa, que te llevaré una sorpresa.

—Ahí estaré.

La verdad es que me gustaba, y mucho. Pero a la hora de la verdad no aguantaba nada, y eso me bajaba el ánimo. Aun así, fui a verlo de nuevo.

Lo que pasó después con Bruno, y aquella otra historia con el amigo de mi tío, se las contaré más adelante. Por ahora, hasta aquí.

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Comentarios (5)

LunaCba

que relato tan hermoso!! me dejo sin palabras

NocheTeatral

Rara vez un relato me engancha tanto desde el primer parrafo. Lo lei de un tiron y al terminar me quede dando vueltas con lo que senti. El ritmo es perfecto, muy bien logrado.

Tomas_rdg

Por favor seguilo, quede enganchado desde el principio y el final me dejo con ganas de mas.

miguelin_ba

jaja la parte de la tarjeta me mato de curiosidad jajaja tremendo

MartinaBaires

Me encanto como esta narrado, se siente autentico y emotivo. Hay algo que va mas alla de lo picante. Excelente!

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