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Relatos Ardientes

Lo que mi hijo vendía de mí a sus amigos

Me llamo Renata y tengo cuarenta y tres años. Soy blanca, de curvas generosas, con un pecho que siempre llamó la atención más de lo que yo quería admitir. Llevo veintidós años casada con Damián, un empresario que me dio una vida cómoda, y juntos criamos a Bruno, que hoy tiene diecinueve. Lo que voy a contar pasó hace tres años, cuando yo todavía no había cumplido los cuarenta y atravesaba esa etapa en la que una mujer se mira al espejo y deja de reconocerse.

Me conservaba bien, eso lo sabía. Pero saberlo no servía de nada cuando nadie me lo decía. Damián estaba absorbido por la compra de otra compañía: trámites, abogados, reuniones que se estiraban hasta la madrugada. Llegaba agotado, se desplomaba en la cama y ni me miraba. Yo me sentía invisible. Quería sentirme deseada, quería que alguien me mirara como se mira a una mujer y no a un mueble de la casa.

Fue una mañana cualquiera. Bruno en clases, Damián en la oficina, yo sola con el silencio. Me puse a limpiar para no pensar y entré a ordenar el cuarto de mi hijo.

El cesto de basura estaba lleno de papel, y el aire olía inconfundiblemente a sexo. Bueno, está en la edad, pensé, y casi me reí. Pero entonces me ganó la curiosidad. Quería saber con qué se entretenía mi hijo. Su laptop estaba abierta sobre el escritorio.

Sé que estuvo mal. Lo hice igual.

Abrí el historial del navegador. Había páginas de las que esperaba a su edad, pero los títulos de los videos me dejaron sin aire: madre e hijo, una y otra vez. Me quedé mirando la pantalla con el corazón golpeándome el cuello. ¿Mi hijo siente algo por mí? No, imposible. Estoy vieja, jamás me miraría así.

***

Tendría que haber cerrado la laptop ahí mismo. En lugar de eso seguí husmeando, abriendo carpetas, hasta que encontré una que decía «Venta». Adentro había tres subcarpetas, y cada una tenía un nombre que me heló:

Fotos — diez.

Videos — veinte.

Ropa interior — cuarenta.

Entré a las fotos y casi me caigo al piso. Eran mías. Mis pechos asomando por un escote, mi trasero embutido en unos pantalones nada provocativos, ángulos robados desde el sofá, desde la cocina, desde la puerta. Mi propio hijo estaba vendiendo fotos de mí.

Lo primero fue el shock. Lo segundo, una idea que me dio vergüenza apenas la formulé: si las vende, es porque alguien paga por verme. Sus amigos creen que su madre vale el dinero.

No sé en qué momento la indignación se transformó en otra cosa. Solo sé que empecé a sentir calor en el pecho, un cosquilleo que hacía años no me visitaba. Por fin, después de meses de sentirme un fantasma, alguien me deseaba. Varios, en realidad. Y eran jóvenes.

Miré las fotos con otros ojos y me di cuenta de algo más: me vestía como una señora apagada, con ropa que no me favorecía en nada. Si Bruno iba a fotografiarme, al menos que tuviera buen material. La idea me cruzó la mente antes de que pudiera detenerla, y entendí que, sin decir una palabra, estaba decidida a dejarlo seguir.

Revisé los videos: yo caminando, yo inclinándome, mis pechos balanceándose mientras limpiaba. Y la ropa interior eran sostenes que yo había dado por perdidos. No se habían perdido. Él los había tomado.

Apagué todo y volví a mi cuarto temblando. Estaba tan excitada que no llegué a pensarlo dos veces. Me masturbé sobre la cama hasta quedar sin fuerzas, mordiendo la almohada, sintiéndome la mujer más deseada del mundo por primera vez en años.

***

Era temprano. Bruno no volvería en horas. Me arreglé y salí al centro comercial dispuesta a empezar de nuevo.

Compré tangas, conjuntos de encaje, blusas cortas, blusas transparentes, mallas de licra, shorts mínimos, faldas que terminaban donde empezaba el escándalo, vestidos ajustados y una pijama que de pijama tenía poco. Cargué las bolsas con una sonrisa que no me cabía en la cara. Volví, dejé el almuerzo listo y me metí a la ducha.

No quise exagerar de golpe. Elegí algo apenas más atrevido que de costumbre, lo justo para que el cambio se notara sin levantar sospechas. Estaba cocinando cuando entró Bruno y se quedó clavado en el umbral, mirándome.

—Hola, mi amor. ¿Qué pasa que te quedaste ahí parado?

—Guau, mamá. Estás muy linda.

—¿En serio? Estaba aburrida y me fui de compras. ¿Te gusta?

—Sí. Te ves mucho mejor que con la otra ropa. Esa no te favorecía.

—Yo pensaba lo mismo. Me hice un pequeño cambio para sentirme más linda. Gracias por notarlo, cariño.

—De nada, ma.

Me di la vuelta para seguir cocinando. Bruno se sentó frente a mí, en la isla que hacía de comedor, y sacó el teléfono. Sentí cómo me apuntaba. Me hice la distraída, moviéndome apenas más de lo necesario, dejando que el escote hiciera su trabajo. Cuando se levantó para irse, vi el bulto que le tensaba el pantalón. Lo provoqué yo. Y me encanta.

***

Esa misma tarde recordé que no había terminado de limpiar. Me cambié por algo todavía más corto y salí con el trapo en la mano. Bruno, al oírme, apareció en el sofá con su teléfono, fingiendo desinterés como siempre.

Antes ese gesto no me decía nada. Ahora sabía exactamente lo que hacía, y eso me prendía por dentro. Así que le di un espectáculo. Me estiré, me agaché de frente y de espaldas, sacudí el pecho con cualquier excusa, me puse en cuatro para limpiar la parte baja del mueble. Todo para que mi hijo capturara cada ángulo. Cuando terminé estaba sudada y caliente, y él tenía las mejillas rojas.

Me duché de nuevo, me puse algo cómodo y preparé café. A Bruno le gusta con leche. Nos sentamos a charlar y me pidió que lo ayudara a abrir sobres de cartas, ese pasatiempo coleccionista que tenía desde chico. A veces lo hacíamos juntos, así que no me pareció raro.

Fuimos a su cuarto. Me senté en su escritorio, vi la laptop de reojo y pensé en su «negocio». Todo un hombre de negocios, como su padre. La idea, lejos de molestarme, me llenó de orgullo. Me bajé un poco el escote y empecé a abrir sobres mientras él, de pie a mi lado, sostenía el teléfono.

—Mamá, una pregunta. ¿Por qué tú no te tomas fotos?

—No sé, antes lo hacía mucho. Pero mientras más años cumplo, menos ganas me dan.

—Tú no estás vieja. Eres muy linda. De hecho, eres la más linda de todas las madres de mi curso.

—No mientas —reí, aunque por dentro me derretí.

—En serio. Deberías tomarte fotos.

—Lo haría, pero mi teléfono es viejo. Como casi no lo uso, nunca lo cambié.

—Te presto el mío. Después te las paso.

—¿En serio, amor?

—Claro, ma.

—Qué dulce. Está bien, déjame arreglarme un poco.

Me retoqué el maquillaje, me solté el pelo y volví. Me dio su teléfono y me tomé varias fotos, cuidando que el escote luciera. Le dejé buen material y se lo devolví pidiéndole que se quedara con las que más le gustaran. Estaba entregándole, con mis propias manos, lo que él vendía a escondidas.

Esa noche llegó Damián, agotado, sin notar siquiera cómo estaba vestida. Yo quería que me dijera que estaba sexy. No dijo nada. Cenamos, cayó dormido como una piedra, y entendí que ese reconocimiento iba a buscarlo en otra parte.

***

Los días pasaron y mi ropa fue volviéndose cada vez más reveladora. Dejé de usar sostén, viví en blusas cortas y escotadas, en shorts diminutos y faldas que apenas cubrían. Bruno no paraba de fotografiarme: selfies a mi lado mientras abríamos sobres, tomas mientras cocinaba, fotos que a veces yo misma le mandaba como si fuera un juego inocente entre madre e hijo.

Una mañana, con él en clases, volví a abrir la laptop. La carpeta de fotos había crecido muchísimo. En algunas me veía vulgar; en todas, tremendamente deseable. Había armado una planilla para llevar la cuenta de las ventas, ordenada y meticulosa, como un verdadero negocio. Vendía cinco veces más que al principio. La ropa interior ya casi no figuraba, porque dejé de usarla y habría notado si me faltaba alguna.

Ver esos números me elevó la autoestima hasta el cielo. Me sentía hermosa, poderosa, viva. Pero quería más. Quería sentirme aún más deseada, y por mi cabeza cruzó una locura que intenté borrar sin lograrlo.

Apagué la laptop, fui a mi cuarto, me desnudé frente al espejo y empecé a tomarme fotos. Mis pechos, mi cuerpo entero, sin nada que lo tapara. Cuando tuve las que quería, las guardé en una carpeta aparte de mi galería, me puse un conjunto de encaje y me tomé algunas más.

***

Al rato preparé el almuerzo y dejé el teléfono sobre la isla, justo donde Bruno se sienta al volver. Apenas llegó, me saludó y se acomodó a charlar conmigo.

—Mi amor, me tomé unas fotos. Métete en mi galería y marca las que te gusten.

—Sí, ma.

Tomó el teléfono, abrió la galería y abrió los ojos como platos. Yo seguí cocinando, fingiendo no darme cuenta de nada, sintiendo el calor subirme por el cuello.

—Ya las marqué, ma. Voy a cambiarme —dijo, y se levantó casi de golpe.

Cuando se fue, revisé el teléfono. Había borrado nuestro chat después de pasarse las imágenes, para que yo no lo notara. Mi plan había funcionado a la perfección.

Dejé pasar una semana. Con Bruno en clases, abrí su planilla otra vez. Había dos casillas nuevas. Una decía «fotos exclusivas», y vaya que se vendían, y caras. Sin duda era hijo de su padre, un depredador del negocio. La otra casilla me dejó sin respiración: «entrada a la casa para mirar».

Mi hijo quería traer clientes. Quería que alguien pagara por venir a ver a su madre exhibiéndose en persona.

Tendría que haberme escandalizado. En cambio sentí el mismo cosquilleo de siempre, multiplicado. ¿Alguien pagaría por verme de verdad? Apagué la laptop y me encerré en mi cuarto a tocarme con solo imaginarlo, deseando que ese momento llegara cuanto antes.

No tuve que esperar mucho.

Esa misma tarde, mientras preparaba el almuerzo, Bruno llegó de clases. Pero no llegó solo. Venía con uno de sus amigos, un chico de su edad que me miró de arriba abajo apenas cruzó la puerta. Un corrientazo me recorrió entera. Ese muchacho había pagado por venir a verme.

Pero eso ya es otra historia.

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Comentarios (5)

RodrigoM82

tremendo relato, no pude parar de leer

NocturnaLect

Por favor seguí escribiendo, necesito saber como continúa. Quede enganchada desde el primer parrafo.

MartinaR

La forma en que está narrado es increible, se siente muy real. Muy bien escrito!

ElKondor_55

excelente!!!

Pili_lectora

este tipo de relatos son los que mas me gustan en la pagina. Espero que haya mas.

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