Mi hermana abrió mi regalo y ya no hubo vuelta atrás
El ventanal del ático temblaba bajo el azote de la ventisca. Bilbao se había quedado muda esa noche, sepultada por una nevada que nadie recordaba igual, y el catorce de febrero parecía congelarse antes de empezar. Dentro tampoco hacía calor. Marina, mi hermana, recorría el salón con la elegancia tensa de quien no sabe estar quieta, enfundada en un vestido de seda gris que se ajustaba a sus curvas con una fidelidad casi insultante.
—Odio este día —dijo, sirviéndose un whisky sin hielo—. Es un recordatorio comercial de que la gente prefiere las mentiras dulces a las verdades incómodas.
Yo la observaba desde el sofá, en penumbra, con mis veintitrés años pesándome en los hombros como una corriente eléctrica. Para ella siempre fui el hermano pequeño, el que la miraba con una devoción que ella fingía no entender. Pero esa noche la nieve nos había aislado. No había citas, ni excusas, ni puertas por las que escapar. Solo estábamos nosotros y la sangre que compartíamos, esa misma que me ardía en las venas al ver el brillo del alcohol en sus labios.
—Tú no necesitas bombones, Marina. Ni rosas marchitas —respondí, y mi voz salió más ronca de lo que pretendía—. Necesitas a alguien que no te tenga miedo. Alguien que sepa que debajo de esa armadura de arquitecta hay un incendio que nadie se atreve a tocar.
Se giró despacio. Sus ojos verdes, afilados, me diseccionaron. Dejó el vaso sobre la mesa y se apoyó contra el piano de cola, cruzando sus piernas largas, enfundadas en medias finas que terminaban en unos tacones de aguja.
—¿Y tú te crees ese hombre, Adrián? —preguntó con una sonrisa cargada de condescendencia peligrosa—. Eres mi hermano. Se supone que me traes flores por compromiso, no que me analizas los deseos.
—Se suponen muchas cosas. Pero hoy es San Valentín, y tengo un regalo para ti.
Me levanté y caminé hacia ella. Sentía su perfume, ese aroma a sándalo y piel tibia que me perseguía desde hacía demasiado tiempo. Saqué del bolsillo de la sudadera una caja pequeña, envuelta en papel rojo, y la dejé sobre el piano, junto a su mano.
—Ábrelo. O no lo hagas. Pero si lo abres, tienes que saber que ya no habrá marcha atrás. Ya no seré el niño que cuidas.
Me sostuvo la mirada durante un tiempo que pareció una eternidad. El desafío vibraba entre los dos. Al final, con sus dedos largos, rompió el papel. Dentro, sobre un lecho de terciopelo negro, descansaba un conjunto de encaje rojo sangre, tan explícito que era casi una provocación. Había una nota con mi letra rápida: «Póntelo para mí, o tendré que ponértelo yo».
El aire del salón se volvió denso, difícil de respirar. Marina tomó el encaje entre las manos, acariciando la tela con una expresión que no supe descifrar. Su pecho subía y bajaba con una agitación que delataba que su pulso ya no era el de una hermana mayor tranquila.
—¿Sabes lo que significa esto? —susurró sin mirarme—. Si me lo pongo, rompemos todo lo que hay entre nosotros. Manchamos el apellido de una forma que ni toda la nieve de Bilbao podrá limpiar.
—El apellido ya está manchado por las ganas que nos tenemos. No finjas más. Llevas años mirándome cuando crees que no me doy cuenta.
Me acerqué hasta que mis pies rozaron los suyos. Le quité la caja de las manos y la dejé sobre el piano.
—Sube. Póntelo. Y cuando estés lista, baja.
Me miró una última vez. No había miedo en sus ojos, sino una lascivia oscura que acababa de despertar tras años de hibernación. Tomó el encaje rojo, se dio la vuelta y subió las escaleras. El sonido de sus tacones sobre la madera era como el tic-tac de una bomba a punto de estallar.
***
Me quedé solo, con el corazón martilleándome las costillas. Me acerqué al ventanal y vi cómo la nieve seguía enterrando la ciudad. Estábamos atrapados en una burbuja de cristal y pecado. Las manos me temblaban, no de miedo, sino de una anticipación animal que llevaba demasiado tiempo gestándose en la oscuridad.
Unos pasos en el piso de arriba me obligaron a girarme. El repiqueteo de los tacones por el pasillo era lento, deliberado, una tortura rítmica. Entonces la vi aparecer en lo alto de la escalera.
Marina ya no era la mujer fría y eficiente que había subido minutos antes. Se había despojado de la seda gris y de cualquier rastro de duda. El conjunto rojo se ajustaba a su cuerpo como si lo hubieran tejido sobre su piel. El tono sangre resaltaba la blancura de sus muslos y la plenitud de sus tetas, que el encaje apenas contenía. Los pezones se marcaban duros contra la tela, dos puntas oscuras pidiendo boca. El tanga era una franja mínima que dejaba adivinar la sombra del coño depilado y la humedad que ya empezaba a oscurecerla.
Bajó los escalones sin apartar sus ojos de los míos. A sus treinta y seis años caminaba con plena conciencia del poder que su madurez ejercía sobre mi obsesión.
—¿Es esto lo que querías ver? —preguntó al llegar al último escalón, con una voz cargada de un erotismo gélido que me tensó cada músculo—. ¿A tu hermana convertida en tu fantasía más sucia?
No respondí con palabras. Crucé el salón en dos zancadas y la atrapé por la cintura. Al rozar su costado desnudo, soltó un jadeo corto. Su piel ardía. La atraje hacia mí, obligándola a sentir la dureza de mi polla a través del pantalón. Ella me clavó las uñas en los hombros y bajó una mano descarada hasta apretármela por encima de la tela.
—Joder... —susurró, midiéndola con los dedos—. Estás como una piedra. ¿Todo esto es por tu hermana, Adrián?
—Todo esto lleva años siendo por ti.
—Mírate... —insistió, su aliento a whisky rozándome los labios—. Tiemblas como un niño, pero me miras como un lobo. ¿Sabes lo que dirían nuestros padres?
—Dirían que somos los monstruos que ellos crearon —respondí, y sin darle tiempo a replicar le capturé los labios con un beso violento, hambriento, que sabía a traición y a una necesidad desesperada.
Marina no se resistió. Me devolvió el beso con una furia que me dejó sin aire, su lengua reclamando la mía con la autoridad que solo ella tenía. Le mordí el labio inferior y ella gimió dentro de mi boca, mientras seguía frotándome la polla por encima del pantalón con un descaro que me nublaba la vista. Le bajé una copa del sujetador de un tirón y su teta cayó libre, pesada, con el pezón erecto rozándome el pecho a través de la camiseta. Se la agarré entera con la mano y apreté hasta que ella soltó un gemido ronco contra mi boca.
—Chúpamela —jadeó, echando la cabeza hacia atrás—. Chúpamela como llevas años queriendo hacerlo.
Le arranqué la otra copa y bajé la boca. Le atrapé un pezón entre los dientes, tirando, y ella se convulsionó contra mí, con una mano hundida en mi pelo empujándome más adentro. Pasé de una teta a la otra, lamiendo, chupando, dejándoselas mojadas de saliva, mientras con la otra mano le manoseaba el culo por encima del tanga y la apretaba contra mi polla. Cada vez que le mordisqueaba un pezón, ella respondía con un espasmo de caderas que me buscaba a ciegas.
La empujé hacia la gran mesa de comedor de madera oscura, la misma que siempre había sido el símbolo de nuestra rectitud familiar. Barrí con el brazo el camino de mesa y un jarrón de flores secas, y la subí a la superficie fría de un movimiento brusco.
Sus piernas se abrieron para recibirme, las medias rozándome las caderas. La imagen era obscena y perfecta: su cuerpo maduro, lleno y experimentado, sobre la mesa donde cenábamos en familia, con las tetas fuera y el tanga rojo empapado marcándole los labios del coño.
—Hoy no hay jerarquías —le dije al oído, mientras bajaba las manos por sus muslos y hundía dos dedos bajo el encaje del tanga—. Hoy solo hay hambre. Y tú tienes tanta como yo.
Al tocarla, se me hundieron los dedos en un pantano de jugos calientes. Estaba tan mojada que la tela le chorreaba contra los muslos. Le froté el clítoris con el pulgar y ella dio un respingo, agarrándose al borde de la mesa.
—Demuéstralo —me retó, echando la cabeza atrás y exponiendo el cuello—. Rompe el tabú, Adrián. Rómpeme a mí.
***
El jarrón se estrelló contra el suelo, y aquel fue el último sonido que perteneció al mundo de la cordura. Marina quedó recostada sobre la madera, con la espalda arqueada y los ojos fijos en los míos, cargados de desafío y de una lujuria que rozaba el pánico.
No tuve piedad con la lencería. Enganché el tanga rojo con los dedos y lo arranqué de un tirón, dejando el coño de mi hermana expuesto por completo sobre la mesa familiar. Estaba depilado hasta un fino triángulo, hinchado, con los labios brillantes y separados por la excitación. Un hilo de flujo le resbalaba hasta el culo. Me hinqué de rodillas frente a la mesa y le tiré de las caderas hasta que sus muslos me colgaron sobre los hombros.
—Adrián, ¿qué haces...? —empezó, pero cortó la frase con un gemido cuando enterré la cara entre sus piernas.
La lamí de abajo arriba con la lengua plana, saboreándola entera, sintiendo cómo el sabor de mi hermana me llenaba la boca. Le abrí los labios del coño con dos dedos y empecé a chuparle el clítoris con hambre, succionándoselo entre los labios, moviendo la lengua en círculos. Marina se retorcía sobre la madera, con una mano agarrada al borde de la mesa y la otra hundida en mi pelo, empujándome contra ella.
—Joder, joder, joder... —jadeaba, sin poder controlar la voz—. No pares, mi pequeño... no pares, comeme entera...
Le metí dos dedos mientras seguía chupándole el clítoris. La sentí apretarse en torno a ellos, caliente y viscosa. Los movía dentro y fuera con un ritmo lento, curvándolos hasta encontrar el punto que la hacía gritar. Marina cerró los muslos alrededor de mi cabeza, ahogándome contra su coño, y me follaba la cara con embestidas cortas de caderas.
—Me corro, me corro, me corro... —repetía como una letanía. Y se corrió, empapándome la barbilla, apretándose alrededor de mis dedos con espasmos que le sacudieron todo el cuerpo. Un chorro tibio me resbaló por la muñeca hasta el codo.
Me levanté con la boca brillante de sus jugos y me pasé el dorso de la mano por los labios. Ella me miraba desde la mesa, con las tetas subiendo y bajando, el pelo revuelto, incapaz de creer lo que su hermano acababa de hacerle.
—Ahora tú —murmuró, incorporándose despacio hasta quedar sentada al borde—. Sácatela. Quiero ver la polla de mi hermano.
Me desabroché el pantalón con una prisa torpe y lo dejé caer junto con los calzoncillos. Mi polla saltó dura, ya con una gota de líquido brillándole en la punta. Marina soltó una risa baja, casi obscena.
—Mira lo que le ha crecido a mi niño —susurró, envolviéndomela con la mano y masturbándola con lentitud, como sopesándola—. Es preciosa, Adrián. Preciosa y gruesa. Ven aquí.
Se bajó de la mesa y se puso de rodillas frente a mí, sobre los cristales del jarrón, sin importarle. Se metió la polla en la boca sin dudar, hasta el fondo, hasta arcadearse contra mi pubis. Sentí la garganta de mi hermana cerrándose alrededor de la punta y casi me corro en ese instante. La sacó despacio, dejando un hilo espeso de saliva entre sus labios y el glande.
—Joder, Marina... —gruñí, agarrándole el pelo con las dos manos.
—Cállate y fóllame la boca —me ordenó con los labios rojos hinchados—. Trátame como si no fuera tu hermana. Trátame como a la puta que soy esta noche.
Le sujeté el pelo en un moño improvisado y empecé a moverme yo. Le entraba entera hasta el fondo de la garganta, y Marina no apartaba los ojos de los míos, con las mejillas hundidas chupándola, la saliva escurriéndole por la barbilla hasta las tetas desnudas. La mano libre se la metió entre las piernas, masturbándose el coño mientras me la mamaba. Verla arrodillada, en encaje roto, con mi polla saliéndole y entrándole de la boca, era la imagen más pornográfica que había visto en mi vida.
La aparté antes de correrme. La subí de nuevo a la mesa de un tirón, la tumbé de espaldas, le agarré las piernas por las corvas y me la abrí de par en par. Guié mi polla hacia su coño, la froté por los labios empapados un par de veces, mojándola bien, y la enterré de una sola embestida.
Al entrar en ella, el mundo se detuvo. Fue una invasión total que la dejó sin aliento. Marina echó la cabeza hacia atrás, clavando las uñas en la madera, el rostro contraído entre el éxtasis y la agonía.
—¡Adrián! —gritó mi nombre, pero ya no era una advertencia. Era una súplica.
Empecé a moverme con un ritmo implacable. No había delicadeza, solo la necesidad de reclamar cada centímetro de su interior, de recordarle que nuestra sangre era la misma y que, por eso mismo, nadie la conocería jamás como yo. La mesa vibraba con cada embestida, el sonido húmedo de mi polla entrando y saliendo de su coño se mezclaba con el chapoteo de los cojones contra su culo. Alejándonos de la moral y hundiéndonos en el abismo.
Marina, la mujer que siempre tenía el control, se desmoronaba bajo mi cuerpo. Sus manos, que antes mandaban, ahora se aferraban a mis brazos buscando confirmar que esto era real. Sus gemidos se volvieron incoherentes.
—Más fuerte, joder, más fuerte —jadeaba—. Rómpeme el coño, Adrián, dámela toda...
Le solté una pierna y le agarré una teta con brutalidad, apretándole el pezón entre los dedos. Le follaba con embestidas largas y profundas, sacándola casi entera y hundiéndosela hasta que los cojones le chocaban en el culo. Ella se llevó dos dedos a la boca, los ensalivó y se los bajó al clítoris, frotándose en círculos rápidos mientras yo se la clavaba.
—Eres mía, Marina... —le gruñí al oído, inclinándome sobre ella—. De tu sangre y de nadie más. Dilo. Di quién te está follando.
—Mi hermano... —admitió con la voz rota, sin dejar de tocarse—. Me está follando mi hermano pequeño y me estoy corriendo otra vez, joder... Adrián, me corro, me corro contigo dentro...
Sentí cómo su coño se cerraba en espasmos alrededor de mi polla, ordeñándomela. La embestí tres veces más, hasta el fondo, y me corrí dentro de ella. Un chorro grueso tras otro, llenándole el coño de semen, mientras ella me clavaba los talones en el culo para que no me saliera.
—Soy tuya... —admitió con la voz rota—. Hazme tuya para siempre.
El estallido nos golpeó a los dos con una violencia ciega mientras la nieve seguía cayendo fuera, borrando el rastro de un mundo que para nosotros ya no existía. Cuando por fin saqué la polla, un hilo espeso de mi corrida se le escurrió del coño por la raja del culo hasta la mesa.
***
El eco de nuestros jadeos aún flotaba entre las vigas cuando la levanté de la mesa. Marina estaba laxa, con la mirada perdida, como si la realidad le hubiera sido drenada de los huesos. El conjunto rojo yacía en el suelo, un jirón de tela que parecía una herida abierta sobre la alfombra.
—Todavía no hemos terminado —le susurré, cargándola en brazos.
Subí hacia el baño principal, un santuario de mármol negro y espejos. La senté en el borde de la bañera y abrí el grifo. El agua caliente llenó el espacio de vapor, empañando el cristal, aislándonos aún más.
Marina me observaba con una fascinación nueva. La autoridad que siempre la había envuelto se había transformado en una sumisión curiosa bajo la mirada de su hermano menor.
—¿Qué vas a hacer ahora? —preguntó, recuperando un ápice de su tono de mando, aunque ahora sonaba a cristal roto—. Ya me lo has quitado todo, Adrián. Mi orgullo, mi secreto... hasta mi sitio en esa mesa.
—Voy a limpiarte de la culpa —respondí, tomando una esponja con jabón de sándalo—. Y después voy a enseñarte que un cuerpo como el tuyo no está hecho para el castigo, sino para la adoración constante.
Me metí en la bañera con ella. Empecé a pasar la esponja por sus hombros, por la curva de su espalda, con una lentitud tortuosa. El vapor hacía brillar su piel. Marina cerró los ojos y apoyó la cabeza en mi hombro, pero el agua no apagaba el fuego: solo lo hacía más denso.
Al llegar a sus tetas, mi tacto se volvió posesivo. El jabón hacía que mis manos se deslizaran con una facilidad obscena. Ella soltó un suspiro largo cuando mis pulgares encontraron sus pezones endurecidos, y arqueó la espalda para ofrecérmelas mejor. Le pellizqué los pezones a la vez, torciéndoselos con suavidad, y ella se mordió el labio inferior conteniendo un gemido.
—Mírate al espejo, Marina —le ordené, sujetándola de la nuca para obligarla a ver nuestro reflejo empañado—. El mismo rostro, los mismos ojos... y la misma hambre.
Ella abrió los ojos y se vio: yo, joven, envolviendo su cuerpo de mujer madura en un abrazo que desafiaba todas las leyes. Aquella mezcla de la pureza del agua contra la suciedad de nuestro secreto le disparó la adrenalina de nuevo. Bajó una mano por debajo del agua y me agarró la polla, que ya volvía a estar dura entre nosotros.
—Es un pecado tan hermoso... —murmuró, girándose para quedar a horcajadas sobre mis muslos—. Si vamos a arder, Adrián, que sea la combustión más larga de nuestra vida. No te detengas. No hasta que olvide mi propio apellido.
Se levantó apenas sobre las rodillas, se colocó la polla en la entrada del coño y se dejó caer despacio, tragándome entera hasta el fondo. El agua chapoteó por los bordes de la bañera. Marina echó la cabeza atrás y empezó a moverse, subiendo y bajando sobre mí, con las manos apoyadas en mis hombros, las tetas balanceándose delante de mi cara.
Le atrapé un pezón con la boca y se lo chupé mientras ella se me montaba. Sentía cada centímetro de su coño deslizándose por mi polla, apretándome, ordeñándome. Le agarré el culo con las dos manos y la ayudé a moverse más rápido. El agua caliente lo hacía todo más resbaladizo, más obsceno.
—Así, así, así... —jadeaba ella contra mi frente—. Se me pone tan dura la polla de mi hermano dentro... me abre entera, Adrián...
La miré a los ojos mientras me la follaba encima. La cara de la arquitecta seria, la que salía en revistas, deshecha en placer, follando en la bañera con su hermano menor. Le hundí un dedo entre las nalgas, apenas rozándole el ano, y ella se corrió al instante, temblando entera, dejándose caer contra mí, con el coño palpitándome alrededor.
***
El vapor se disipó y la humedad fría nos empujó al dormitorio principal. La habitación de Marina era un templo a su sofisticación: sábanas de seda negra, muebles minimalistas y ese silencio que solo el dinero y la soledad compran. Hasta esa noche.
La dejé en el centro de la cama. El contraste de su piel húmeda contra la seda negra era una visión que habría hecho arrodillarse a cualquiera. Ella quedó tendida, con el cabello castaño esparcido sobre la almohada, mirándome con una mezcla de agotamiento y expectación.
—Eres insaciable —susurró, aunque sus manos buscaban de nuevo mis muñecas, como si temiera que me alejara.
—No has visto nada todavía. San Valentín no ha terminado.
Fui a su tocador y volví con un frasco de aceite de jazmín. La hice tumbarse boca abajo, presionando mis manos contra sus omóplatos. El aceite frío cayó sobre la base de su espalda, deslizándose por la curva de sus caderas hasta la raja del culo. Empecé a masajearla con una lentitud casi clínica, pero cargada de intención. Le abrí las nalgas con los pulgares y dejé caer más aceite entre ellas, viendo cómo resbalaba por su ano fruncido y por los labios del coño todavía hinchados.
—Relájate para mí —le ordené, la boca pegada a su nuca—. Si confías en mi sangre para amarte, confía en mi mano para reclamarte por completo.
Empecé a masajearle el culo con las dos manos, apretándoselo, separándoselo, dejando el ano a la vista. Le pasé el pulgar por encima, sin entrar, solo presionando, y Marina apretó las sábanas entre los dedos.
—Adrián... ahí no... nunca he dejado a nadie...
—Por eso mismo va a ser mío —susurré, y hundí el pulgar hasta la primera falange.
Marina soltó un grito ahogado, mitad protesta y mitad rendición. La sentí tensarse alrededor de mi dedo, luego ceder poco a poco a medida que el aceite hacía su trabajo. Le metí el pulgar más adentro, moviéndolo despacio, mientras con la otra mano le colaba dos dedos en el coño y los curvaba hasta sentir la fina pared que separaba las dos cavidades. Marina hundió el rostro en la almohada, soltando un gemido largo y grave que no había oído nunca salir de una mujer.
—Dios mío, Adrián... —jadeaba contra la almohada—. Me estás abriendo entera... por los dos sitios...
—Dios no está aquí esta noche, Marina. Solo estamos nosotros y este hambre que nos va a consumir.
Le saqué el pulgar y lo sustituí por dos dedos, empapados en aceite, ensanchándola con paciencia. Ella empezó a empujar hacia atrás, buscando más, ya sin protestar. Cuando la sentí lista, me alineé detrás de ella. Le pasé la polla por el coño primero, mojándola bien en sus propios jugos, y luego la subí despacio hasta el ano.
—Respira —le susurré, y empujé.
La punta cedió con resistencia, y Marina gritó contra la almohada mientras yo entraba centímetro a centímetro. Nunca había sentido nada tan apretado. El calor era brutal. Me quedé quieto cuando estuve dentro hasta la mitad, dejándola respirar, acariciándole la espalda.
—Está dentro, Marina —le dije al oído—. Tu hermano te está dando por el culo.
—Lo sé, joder, lo sé... —gimió, con la voz temblorosa—. Muévete despacio, por favor...
Empecé a moverme con embestidas cortas, dejándola acostumbrarse, hundiéndosela un poco más cada vez. Le pasé la mano por debajo hasta encontrarle el clítoris y empecé a frotárselo en círculos. Marina se retorció bajo mi cuerpo, entre el dolor y un placer nuevo que la desarmaba por completo.
—Se está abriendo... —jadeó, empujando el culo hacia atrás—. Joder, se está abriendo, Adrián, ya me la puedes meter entera...
Se la enterré hasta los cojones. Marina gritó, un grito largo y sucio que rebotó contra las paredes minimalistas. Empecé a follármela por el culo con embestidas cada vez más profundas, sin dejar de frotarle el clítoris. Ella ya no luchaba: cooperaba, empujando hacia atrás, buscando el placer y el límite mezclados. En la oscuridad del ático rodeado de nieve, Marina dejó de ser mi protectora para convertirse en mi cómplice carnal.
***
El aire olía a sudor y a jazmín cuando un sonido agudo rasgó la atmósfera: su teléfono vibrando sobre la mesita.
Ella se tensó. Miró de reojo la pantalla.
—Es él... —susurró con la voz quebrada. Era su exmarido, un hombre controlador que aún creía tener derechos sobre ella—. Adrián, para... tengo que...
—No —la interrumpí, sujetándole las caderas con una fuerza que no admitía réplica. Le había sacado la polla del culo y se la estaba metiendo otra vez en el coño, lenta, profunda, hasta el fondo—. Vas a contestar. Pero no te vas a mover de aquí.
—¿Estás loco? Si oye algo...
—Si oye algo, sabrá que por fin perteneces al único hombre que comparte tu sangre. Contesta.
Le puse el teléfono en la mano justo antes de reanudar el movimiento detrás de ella, lento, profundo. Marina contuvo un grito y deslizó el dedo por la pantalla con dedos temblorosos.
—¿Sí? —logró decir, intentando sonar profesional, aunque el quiebre en su respiración era evidente.
—Marina, ¿por qué tardas tanto? Te he llamado tres veces —la voz al otro lado sonaba fría—. La tormenta ha cortado la carretera, pero mañana iré a hablar de los documentos.
Yo no me detuve. Al contrario. Mis embestidas hacían que su culo chocara contra mis caderas con un sonido húmedo y carnoso que resonaba en el silencio. Le agarré una teta desde atrás y le pellizqué el pezón con fuerza. Ella apretó los dientes para no delatarse.
—Sí... mañana está bien —dijo, con un jadeo que camufló como un suspiro de cansancio—. Estoy un poco cansada por la nieve.
—Te noto rara. ¿Estás sola?
En ese momento le hundí la mano en el pelo y la obligué a arquearse más, invadiéndola con una estocada tan profunda que perdió el control. Con la otra mano seguía frotándole el clítoris sin piedad.
—¡Ah...! —soltó, y a mitad de camino lo convirtió en una tos forzada—. Sí, sola. Adrián está durmiendo en la otra habitación.
Oír el nombre de nuestra familia salir de sus labios mientras yo la poseía bajo la mirada invisible de su exmarido fue el afrodisíaco más potente que jamás había sentido. La follé más fuerte, sacándosela casi entera y volviéndosela a meter hasta el fondo, hasta que ella tuvo que morderse el dorso de la mano libre para no gritar.
—Duerme entonces. Mañana nos vemos —colgó.
Marina dejó caer el teléfono sobre la alfombra y se giró con una furia renovada, rodeándome el cuello y besándome con una desesperación casi violenta. El riesgo de ser descubierta la había encendido de una forma inhumana. Se dejó caer de espaldas y separó las piernas, ofreciéndoseme entera.
—Córrete dentro otra vez, joder —me exigió con los ojos vidriosos—. Lléname el coño mientras piensas en que ese hijo de puta ya no manda en mí.
La embestí sin descanso, con las piernas de ella colgando de mis hombros, doblándola por la mitad. Le agarré las muñecas y se las sujeté por encima de la cabeza, follándomela con toda la rabia acumulada. Marina se corrió otra vez debajo de mí, con la boca abierta en un grito mudo, y yo me vacié dentro de ella por segunda vez en la noche, sintiendo cómo mi semen se mezclaba con el que ya le había dejado antes.
—Eres un demonio, Adrián... mi pequeño demonio —jadeó contra mis labios, aún temblando—. Me has humillado frente a él sin que él lo supiera.
—No te he humillado. Te he liberado. Ahora ya sabes que no le debes nada a nadie, excepto a la sangre que nos une.
***
El silencio que siguió a la llamada fue más ensordecedor que el propio timbre. Marina temblaba, una mezcla de terror residual y deseo que la había dejado desarmada.
—Me has hecho pecar de la forma más rastrera —susurró, aunque sus piernas se enredaban en las mías—. Has roto todas mis defensas.
—Aún queda una. La última.
Bajé de la cama y recogí del suelo los jirones del conjunto rojo que había desgarrado en el salón. El encaje, aunque roto, seguía siendo resistente. Volví a su lado y, sin mediar palabra, le tomé las muñecas. No opuso resistencia. Con movimientos lentos, usé la tela roja para atarle las manos al cabecero tallado de la cama.
La imagen era exquisita: la mujer más centrada que conocía, inmovilizada por los restos de un regalo pecaminoso, a merced de su propio hermano. El rojo del encaje contra la blancura de sus muñecas era el símbolo de nuestro pacto.
—Aquí no hay nombres, ni títulos, ni pasado —le dije, colocándome sobre ella—. Solo este momento.
Atada, su cuerpo se ofrecía por completo, arqueándose hacia mí. La besé de nuevo, esta vez con una lentitud tortuosa, recorriendo su vientre, sus tetas pesadas, mordisqueándole los pezones hasta dejárselos rojos e hinchados. Bajé la boca por su ombligo, por el pubis, y volví a hundir la cara entre sus piernas. Le pasé la lengua por el coño sucio de mi propio semen, chupándoselo, tragándomelo, mientras ella tiraba de las ataduras rojas y gemía sin control.
—Joder, Adrián, estás loco... te estás comiendo tu propia corrida...
—Todo lo que sale de tu coño es mío —le respondí, con la boca todavía brillante—. Y todo lo que voy a meter en él también.
Saber que no podía moverse, que dependía de mi voluntad para alcanzar el alivio, la llevó a un estado que rozaba el delirio. Le chupé el clítoris hasta que la sentí al borde otra vez, y entonces me aparté. Marina gimió de frustración, tirando de los nudos.
—No, no, no, sigue, por favor...
—Pídelo bien.
—Follame, Adrián, follame, por favor, no puedo más...
Me subí sobre ella y la poseí con una profundidad que buscaba el alma tras la carne. La cama crujía, rítmica, implacable. Marina tiraba de las ataduras rojas, sus músculos tensándose en una lucha inútil que solo aumentaba su placer. Sus gemidos eran crudos, despojados de toda elegancia. Le puse una mano en el cuello, apretando apenas, y ella entornó los ojos, con la lengua asomando entre los dientes.
—¡No pares! ¡Adrián, por favor, no pares! —gritaba, con el rostro empapado en sudor.
La llevé al borde una y otra vez, deteniéndome justo antes de que estallara, obligándola a suplicar, a reconocer que yo era su dueño, su hermano y su amante. La saqué, le di la vuelta como pude sobre las ataduras y se la metí de nuevo por detrás, con ella boca abajo, las muñecas todavía atadas al cabecero, el culo levantado para mí. Le solté un cachete que la hizo dar un respingo y aullar de placer.
—Dime lo que eres —le exigí, sin dejar de embestirla—. Dilo.
—Soy la puta de mi hermano —gimió contra el colchón—. Soy tu puta, Adrián, la puta de tu polla, hazme lo que quieras...
Cuando por fin permití que el éxtasis nos reclamara, ella gritó mi nombre con una fuerza que hizo vibrar los espejos, y yo me corrí por tercera vez esa noche, esta vez sobre su culo, sobre su espalda, marcándola con chorros calientes que le resbalaron por la cintura hasta las sábanas de seda negra.
***
El primer rayo de sol se filtró por las rendijas de las persianas. Bilbao amanecía bajo un manto de nieve blanca y silenciosa, una ironía visual comparada con el escenario de devastación carnal que era la habitación.
Me incorporé despacio. Marina seguía allí, con las muñecas aún sujetas por los jirones rojos, la espalda manchada de semen ya seco. Tenía los ojos abiertos, fijos en el techo, con una serenidad absoluta que me heló la sangre. Ya no quedaba miedo, ni culpa, ni autoridad de hermana mayor. Solo la mujer que había sido reclamada hasta la médula.
Le deshice los nudos con cuidado. Sus manos cayeron sobre las sábanas, entumecidas. Le besé los dedos uno a uno.
—Ha dejado de nevar —susurré.
Ella se giró hacia mí y, por primera vez en mi vida, me vio de verdad. No como el niño al que proteger, ni como el error que ocultar. Me vio como su igual.
—El mundo va a despertarse ahora, Adrián —dijo, recuperando una firmeza nueva—. El teléfono volverá a sonar, los abogados llamarán, y mañana tendré que volver a ser la arquitecta seria frente a todos.
—Lo sé. Y yo volveré a ser el hermano que te acompaña a las cenas familiares y te mira desde el otro lado de la mesa —respondí, acariciándole la mejilla—. Pero los dos sabremos lo que hay debajo de tu traje. Sabremos que el rojo de este San Valentín no se va a lavar nunca.
Marina sonrió, una sonrisa lenta y peligrosa que me prometía mil noches más como esa. Se acercó a mi oído.
—Fuera de aquí, somos los hermanos perfectos. Aquí dentro, somos el pecado que nadie se atrevería a imaginar. Cada catorce de febrero, y cada noche que el hambre nos consuma, volveremos a este altar. Porque ahora sé que nadie puede follarme como el hombre que lleva mi propio nombre en las venas.
Se levantó con una gracia majestuosa, recogió los restos del conjunto rojo y caminó hacia la chimenea, con mi semen aún resbalándole por la parte de atrás de los muslos. Encendió un fósforo y dejó que el encaje ardiera, observando cómo las llamas consumían la última prueba de nuestra transgresión.
—Vístete, Adrián —sentenció, girándose hacia mí con esa mirada de mando que ahora me pertenecía—. Tenemos una vida que fingir y un secreto que disfrutar para siempre.