El día que dejé de escribir y empecé a vivir
Hay algo adictivo en contar lo que no deberías contar.
Lo descubrí hace años, cuando empecé a escribir relatos eróticos bajo un seudónimo ridículo. No lo hacía por dinero ni por reconocimiento. Lo hacía porque necesitaba vaciarme. Sacar de dentro esa oscuridad pegajosa que se acumula cuando vives una vida ordenada, previsible, construida sobre la base de no molestar a nadie.
Me llamo Andrés. Tengo cuarenta y dos años, trabajo en una agencia de comunicación y llevo catorce años con la misma mujer. Se llama Marta. Es abogada, eficiente, guapa de una manera que ya no me sorprende. La quiero. O al menos eso me digo cada mañana cuando la veo salir por la puerta con su bolso de piel y su perfume a jazmín.
Pero esta historia no empieza con ella.
Empieza con un mensaje de Lucía.
***
Lucía es fisioterapeuta. Uruguaya, pelo oscuro hasta los hombros, manos fuertes y una sonrisa que siempre parece saber algo que tú no. Nos conocimos hace dieciséis años por un correo electrónico. Ella leyó uno de mis relatos, se excitó, me lo confesó sin pudor. Nos vimos en persona y encajamos de inmediato, pero no como amantes. Como cómplices.
Años después, en su consulta, me trataba una lesión en el hombro. Un día, durante una sesión de masaje, tuve una erección. Fue involuntaria, absurda, vergonzosa. Le pedí disculpas sin mirarla. Ella no dijo nada. Me pidió que me diera la vuelta y siguió trabajando con la misma profesionalidad de siempre.
Hasta que su mano bajó.
No fue brusco. No fue obsceno. Fue lento, preciso, como si formara parte de la terapia. Me masturbó con la misma concentración con la que me había desbloqueado el trapecio cinco minutos antes. Terminé en silencio, con los ojos cerrados y la mandíbula apretada.
Después, ninguno de los dos dijo nada durante un minuto entero.
Se convirtió en rutina. Una vez al mes, yo pagaba la sesión de masaje con tarifa reducida y ella añadía ese extra que no figuraba en ninguna factura. Marta lo sabía. Lo habíamos hablado en una de esas conversaciones de pareja que empiezan a las dos de la mañana y terminan con alguien llorando. Las reglas eran claras: masturbación asistida, nada más. Sin besos, sin penetración, sin sentimientos. Un acuerdo higiénico, casi clínico.
Catorce años de relación dan para muchas reglas. Y para romperlas todas.
***
Aquella tarde, Lucía me escribió un mensaje corto: «Ven ahora, tengo un hueco». Fui caminando desde el ambulatorio donde acababan de hacerme unos análisis de control. Llevaba meses sintiéndome bien después de un susto con el páncreas que me dejó en los huesos. Había recuperado peso, hacía ejercicio, comía limpio. Marta repetía que me veía mejor que nunca.
Entré en la consulta. El pasillo olía a aceite de almendras y a desinfectante. Lucía estaba en la sala del fondo, cerrando la puerta con el pie mientras se recogía el pelo con un gesto que le arqueaba la espalda de una manera que no debería haberme parecido erótica, pero lo era.
Llevaba unos leggings negros que le marcaban cada curva y una camiseta blanca de tirantes bajo la que no había sujetador. Lo supe porque vi la sombra de sus pezones cuando se giró hacia la ventana para bajar la persiana.
—Desvístete —dijo, como siempre.
Me quité la ropa sin ceremonias. A esas alturas, la desnudez entre nosotros era tan natural como un apretón de manos. Me tumbé boca abajo en la camilla y ella comenzó a trabajar. Nudillos en los dorsales, pulgares clavándose en los puntos exactos de tensión, sus antebrazos recorriendo mi columna con una presión firme y constante.
Intenté concentrarme en la música ambiental. En el ruido de la calle. En cualquier cosa que no fuera el roce de su cadera contra el borde de la camilla cada vez que se inclinaba sobre mí.
—Date la vuelta —dijo.
Me giré. Estaba completamente erecto y no hice nada por disimularlo. Ella me miró con esa media sonrisa que le conozco de años, una mezcla de orgullo profesional y diversión privada. Empezó por los muslos, subió al abdomen, rodeó mi erección sin tocarla, trabajó los hombros desde arriba.
Después bajó.
Comenzó despacio. Sus dedos rodearon mis testículos con suavidad, los acariciaron como si estuviera evaluando algo. Luego su mano envolvió mi erección con firmeza y empezó a moverse con un ritmo lento, experto, que conocía mi cuerpo mejor que yo mismo.
Fue entonces cuando hice algo que nunca había hecho.
Le puse la mano en el culo.
No fue un accidente. No fue un roce. Fue una decisión. Mi palma abierta sobre la curva de su glúteo izquierdo, los dedos apretando por encima del legging. Ella no se apartó. No dejó de moverme la mano. Solo separó ligeramente las piernas, como una invitación muda.
Le toqué el pecho con la otra mano. Su pezón estaba duro bajo la tela fina de la camiseta. Cuando lo rocé con el pulgar, ella dejó escapar un gemido tan breve que podría haber sido un suspiro.
Me incorporé hasta quedar sentado en el borde de la camilla. Nuestras caras quedaron a la misma altura. Le miré los labios. Ella me miró los ojos. Fue uno de esos momentos en los que el silencio pesa más que cualquier palabra.
La besé.
Primero suave, apenas un roce. Después con los dientes, mordiéndole el labio inferior. Después con la lengua, profundo, húmedo, urgente. Ella me devolvió el beso con una fuerza que no esperaba, agarrándome la nuca con la mano que segundos antes me estaba masturbando.
Me levanté de la camilla. La giré. La guié hasta la pared del fondo sin dejar de besarle el cuello, la oreja, la mandíbula. Le bajé los leggings hasta medio muslo con un tirón. Aparté la tela de su ropa interior con los dedos y la encontré empapada.
Entré en ella despacio.
Los dos contuvimos la respiración al mismo tiempo. Fue un segundo de inmovilidad absoluta, de sentir cómo su cuerpo se abría para mí, de registrar cada centímetro de esa entrega que llevábamos años posponiendo.
Después me moví. Despacio primero, con embestidas largas y profundas que la hacían apoyar la frente contra la pared. Ella se mordía el puño para no hacer ruido. Yo le sujetaba las caderas con las dos manos, controlando el ritmo, alternando entre lento y hondo y rápido y superficial.
Lucía se contraía alrededor de mí con espasmos que parecían involuntarios. Estaba completamente mojada y cada movimiento producía un sonido húmedo que ninguno de los dos podía disimular.
Terminé dentro de ella. Un orgasmo largo, caliente, que me dejó temblando de piernas y con la frente apoyada en su nuca. Ella vino después, en silencio, con un temblor largo que le recorrió todo el cuerpo y la dejó con las rodillas flojas y la respiración entrecortada.
Nos quedamos así un momento. Pegados, sudados, sin decir nada.
Acababa de serle infiel a Marta. No con una masturbación consentida. No con un acuerdo higiénico. Con una traición real, total, irreversible.
***
Esa misma noche, en nuestra cama, Marta se puso a cuatro y me pidió que la tomara fuerte. Obedecí. Le agarré el pelo, le marqué el ritmo, empujé profundo. Ella terminó con un gemido largo que le tensó todo el cuerpo.
Yo no pude concentrarme.
Cada vez que cerraba los ojos veía a Lucía contra la pared. Su espalda arqueada, la marca de mis dedos en su cadera, el sonido de su respiración contenida. Mi erección fluctuaba entre el presente y el recuerdo, y Marta lo notó.
—¿Estás cerca? —preguntó.
No respondí. Me retiré, frustrado, incapaz de terminar dentro de ella. Marta se quedó ofrecida, paciente, como si supiera que algo andaba mal pero no quisiera preguntar. La miré desde atrás y sentí una mezcla de culpa y deseo tan intensa que me mareó.
Terminé rápido, casi con urgencia, y me dejé caer a su lado.
—Gracias —fue lo único que dije.
Marta se levantó sin decir nada y se metió en la ducha. Tenía que estar en el despacho a las nueve.
***
A las diez de la mañana estaba sentado en la consulta de la doctora Montes.
Era una mujer de unos cuarenta y cinco años, elegante sin esfuerzo, con ese aplomo que tienen las personas acostumbradas a dar malas noticias. Llevaba el pelo castaño recogido en un moño bajo y una bata blanca que dejaba entrever un escote discreto pero deliberado.
Me dijo que la resonancia había detectado una lesión en el páncreas. Una masa que no estaba en los estudios anteriores. Mencionó palabras como «marcadores», «biopsia», «derivación a oncología». Las dijo con la cadencia serena de quien las ha pronunciado mil veces.
Le pregunté un porcentaje.
—No me gustan los porcentajes —dijo.
—A mí tampoco. Dígamelo igual.
—Diez por ciento. Aproximadamente.
Me levanté. Rodeé el escritorio hasta quedar frente a ella. No la toqué. Solo me quedé de pie, mirándola desde arriba con la expresión vacía de quien acaba de recibir una sentencia sin jurado.
Ella no retrocedió.
—El jueves tiene cita con el oncólogo. Traiga a alguien —dijo.
Cogí mi chaqueta y salí sin responder.
No se lo conté a Marta.
***
Lo curioso del miedo es que no siempre paraliza. A veces enciende algo. Una especie de hambre. Como si el cuerpo supiera que le queda poco y quisiera tragarse el mundo antes de que se acabe.
Desde el diagnóstico, vivía en un estado de excitación permanente. No era sexual exactamente. Era algo más profundo, más primitivo. Un zumbido constante en la base del cráneo que convertía cada mirada, cada roce, cada conversación en algo cargado de significado.
Pensaba en Lucía constantemente. En su cuerpo contra la pared, en el sonido de sus gemidos contenidos, en la marca húmeda que dejó en mis muslos cuando terminamos. Pensaba en la doctora Montes y en su escote, en la manera en que no retrocedió cuando me planté delante de ella. Pensaba en Sofía, una antigua amante que me dejó marcas que todavía me arden cuando llueve.
Sofía fue un terremoto. Nos conocimos cuando ella me escribió un correo interminable sobre uno de mis relatos. Tuvimos algo durante un año y medio, en esa época en la que Marta permitía aventuras secretas. Sofía era directa, verbal, explícita. Cada encuentro terminaba con una pregunta que me hacía perder el juicio: «¿Dónde vas a terminar, dentro de mí o en mi boca?».
Pensé en escribirle. Tenía su número guardado bajo un nombre falso. Pero el rechazo me daba más miedo que la enfermedad, y cerré la aplicación antes de escribir una sola palabra.
Nadé treinta largos en la piscina del gimnasio esperando cruzarme con Lucía. Era su día libre. Volví caminando a casa al atardecer, distraído, con la cabeza llena de cuerpos y recuerdos, y casi me atropella un coche en el cruce de la avenida.
Era la doctora Montes.
***
Me quedé de pie en medio del paso de cebra, con el semáforo ya en verde para los coches. Ella bajó la ventanilla con cara de susto.
—¿Está usted bien?
—Perdone. No vi el semáforo.
Nos miramos un momento. Ella llevaba el pelo suelto y una blusa color vino que no era la misma bata blanca de la consulta. Parecía otra persona.
—¿Puedo invitarla a algo? —dije—. Como disculpa por lo de la consulta. Y por casi hacerla cómplice de atropello.
Hizo tres amagues de decir que no. Que tenía que cenar, que su hija la esperaba, que no era apropiado. Treinta segundos después estaba sentada en el asiento del copiloto de mi coche.
Fuimos a un pub irlandés que se llamaba Finnegan's. Madera oscura, un camarero con barba pelirroja, música celta sonando baja, luz de velas en las mesas del fondo. Ella pidió vino blanco. Yo pedí agua con gas.
—¿No bebe?
—Páncreas —dije, señalándome el costado izquierdo.
Se rio. Era la primera vez que la veía reírse y le cambiaba la cara entera.
—Llámeme Patricia —dijo.
Hablamos dos horas. Estaba separada, llevaba dos años divorciada, tenía una hija de ocho años que se llamaba Noa. Me contó que antes de medicina había estudiado un año de filosofía. Le conté que escribía historias.
—¿Qué tipo de historias?
—Oscuras. Nada serio. Las publico bajo seudónimo.
—¿Cuál?
—El Alfil Nórdico.
Arqueó una ceja.
—Es una referencia al ajedrez —expliqué—. Un alfil que sacrifica posición para ganar control del centro del tablero.
—¿Y de qué van las historias?
—De cosas que no deberían contarse.
Patricia me miró por encima del borde de su copa. Tenía los ojos castaños con una veta dorada que solo se veía con la luz de las velas.
—Cuénteme una.
Le conté una historia inventada. O quizás no tan inventada. Le conté que había un hombre que iba al médico y se encontraba pensando en el escote de su doctora mientras ella le decía que tenía un tumor. Que ese hombre descubría que el miedo no le quitaba el deseo, sino que lo multiplicaba. Que se encontraba con la doctora en un pub de madera oscura y música celta y no podía dejar de pensar en el baño del fondo y en si tendría cerrojo.
Patricia no pestañeó.
—¿Y qué pasa en el baño? —preguntó.
—No lo sé —dije—. Todavía no lo he escrito.
Silencio. Largo. Ella bajó la mirada a su copa, la giró entre los dedos, tomó el último trago. Después cogió su bolso y se levantó.
Creí que se iba. Sentí un vacío en el pecho como una caída libre.
—Dame cinco minutos —dijo.
Desapareció por el pasillo del fondo.
***
Conté cada segundo.
El camarero pelirrojo lavaba vasos con movimientos lentos y circulares. Una pareja en la barra se reía de algo que no me importaba. La música celta había cambiado a algo más lento, más grave, como si el pub supiera lo que estaba a punto de pasar.
Me levanté. Caminé por el pasillo estrecho hasta el fondo. Patricia estaba apoyada en el marco de la puerta del baño de mujeres, con los brazos cruzados y la barbilla levantada.
No dijo nada. Yo tampoco.
Entré. Cerré el pestillo. El baño era pequeño, azulejos blancos, un espejo con el marco oxidado, una bombilla que daba una luz cálida y sucia. Olía a ambientador de lavanda y a algo metálico que podría haber sido las tuberías o mis propios nervios.
La abracé por detrás. Mis manos en su cintura, mi erección contra su espalda baja a través de la tela. Ella dejó escapar un suspiro largo, profundo, que le nació en el pecho y le salió por los labios entreabiertos.
Le besé el cuello. Despacio. Mordí suave, justo debajo de la oreja. Ella inclinó la cabeza para darme más piel. Le subí la blusa con las dos manos, le desabroché el sujetador con torpeza, con urgencia, y cuando mis manos encontraron sus pechos sentí que todo el ruido de mi cabeza se callaba de golpe.
Eran firmes, medianos, con pezones duros que reaccionaron al contacto de mis dedos como si llevaran horas esperando. Ella arqueó la espalda y gimió contra su propio brazo.
Le bajé los pantalones y la ropa interior de un tirón hasta las rodillas. Le pasé los dedos entre las piernas y la encontré mojada, resbaladiza, ardiendo. Dos dedos entraron sin resistencia y ella empujó las caderas hacia atrás con un gemido que intentó ahogar pero no pudo.
Me bajé la cremallera justo lo necesario. La tomé de las caderas y entré en ella de un solo movimiento, profundo, hasta el fondo. Los dos gemimos a la vez, un sonido gutural y primitivo que rebotó contra los azulejos.
Empecé despacio. Empujones largos, completos, sacando casi hasta la punta y volviendo a hundirme entero. Ella apoyaba las palmas en la pared, con los dedos abiertos, y cada embestida le arrancaba un suspiro que era mitad placer y mitad asombro.
Le agarré los pechos desde atrás mientras la penetraba. Le besé el cuello, la oreja, la comisura de los labios cuando giró la cara buscándome. Nos besamos así, incómodos, retorcidos, mientras yo seguía moviéndome dentro de ella con un ritmo que iba creciendo sin que ninguno de los dos pudiera controlarlo.
Patricia terminó primero. Un temblor que le empezó en las piernas y le subió por la columna hasta la nuca, donde se le erizó cada pelo. Se le doblaron las rodillas y la sostuve con un brazo alrededor de la cintura mientras su cuerpo se sacudía en espasmos largos y silenciosos.
No paré.
Seguí moviéndome, más despacio ahora, y ella se quedó apoyada en la pared, temblando, recibiendo cada embestida con un gemido corto que era casi una palabra. Vino otra vez, más rápido, más fuerte, sin intentar disimularlo. Abrió la boca contra su brazo y le mordió la piel para no gritar.
Terminé dentro de ella con un espasmo largo que me dobló hacia adelante. Ola tras ola, interminable, mientras mis piernas temblaban y mi frente descansaba en su nuca y el mundo se reducía al punto exacto donde nuestros cuerpos seguían conectados.
Nos quedamos así. Pegados, jadeando, sin movernos.
El baño olía a sexo y a su perfume cítrico. Ella se rio bajito, con la cara todavía contra la pared.
—Joder —dijo.
—Gracias —dije yo, porque era lo único que se me ocurría.
Me miró por encima del hombro. Tenía las mejillas encendidas, los labios hinchados y los ojos brillantes de una manera que no tenía nada que ver con la medicina.
***
En menos de un mes le había sido infiel a Marta dos veces. Dicen que el miedo saca lo peor de cada uno. Yo, evidentemente, era un cabrón.
Esa noche, mientras Marta dormía a mi lado con la respiración regular de catorce años de costumbre, me senté frente al ordenador. Abrí el correo del Alfil Nórdico. Fui borrando cada mensaje, uno por uno, con la misma calma metódica con la que el camarero pelirrojo de Finnegan's lavaba los vasos.
Bandeja vacía.
Abrí un documento en blanco. Escribí: «Hay algo adictivo en contar lo que no deberías contar». Lo leí dos veces. Lo borré. Cerré el documento sin guardar. Apagué la pantalla.
Me quedé sentado en la oscuridad, escuchando respirar a Marta. Catorce años de ese cuerpo, de esa respiración, de esa mujer con la que esa misma mañana había hecho el amor mientras pensaba en Lucía.
Ningún relato. Ningún seudónimo. Ningún tablero de ajedrez.
Solo el ruido de fondo de una ciudad que no sabe nada de mí. Y una sensación incómoda, casi ridícula, de que por primera vez en mucho tiempo eso no me importa en absoluto.
De que por fin soy capaz de despedirme.