La prima sureña me sedujo mientras mi novio dormía
La música seguía golpeándome el pecho como si quisiera abrirme por dentro. La quinta estaba reventada de gente, pero yo ya solo sentía el calor subiéndome despacio por los muslos. Tomás se había rendido al pisco hacía rato. Lo vi tambalearse hacia el baño, balbucear «ya vuelvo, amor», y terminar tirado boca abajo en una pieza del fondo, roncando como camión viejo en subida.
Había hecho todo lo posible. Me senté en sus piernas, le mordí el cuello, le metí la mano por debajo de la camisa hasta rozarle la pija medio dormida. Nada. Solo risitas tontas y un «estoy muy mareado, mi vida». Por un segundo me dio rabia, después algo más sucio. Unas ganas que me quemaban entre las piernas y me hacían apretar los muslos sin darme cuenta, una y otra vez, como si quisiera retener algo que ya no me cabía dentro.
Me fui a la pista sola. Sofía me vio, soltó al chico con el que bailaba y me jaló del brazo con esa sonrisa suya de cómplice.
—Ven, te tengo que presentar a alguien. Mi prima. Llegó ayer de Valdivia.
Y ahí estaba ella. Lara. Pelo negro larguísimo, recogido a un lado y cayéndole hasta la cintura. La piel morena le brillaba con el sudor bajo las luces tibias del patio. Los ojos negros me recorrieron de arriba abajo como si ya me hubieran desnudado dos veces antes de darme la mano. Llevaba una polera gris que le marcaba unas tetas firmes, sin sostén, y unos jeans rotos que parecían pintados sobre las caderas. Olía a tabaco suave y a algo dulce, como miel quemada sobre la parrilla.
—Hola —dijo con la voz ronca, marcando el acento sureño en cada sílaba—. Soy Lara. Y tú eres la famosa Renata, ¿no?
Sonreí, mordiéndome el labio sin querer.
—La misma. ¿Famosa por qué?
—Por lo bien que bailas —contestó, sin filtro, dando un paso más cerca—. Te miré desde que entraste. Movías las caderas como si estuvieras rogando que alguien te agarre.
Solté una risa baja, pero el calor me subió a la cara como si me hubieran echado agua hirviendo. Ella no coqueteaba con sonrisitas ni con frases ensayadas. Iba directo, sin disfraz. Y eso, en lugar de asustarme, me prendió.
Empezamos a bailar frente a frente. Al principio era solo ritmo, caderas que chocaban por casualidad, manos que rozaban brazos. Pero Lara cerró la distancia rápido. Me tomó por la cintura con una mano, la otra subió por mi espalda hasta la nuca, y me pegó a su cuerpo como si llevara horas planeándolo. Sentí sus tetas contra las mías, duras, calientes a través de la tela fina del vestido. El roce me hizo jadear sin querer. Olí su aliento a cerveza y menta cuando se inclinó a mi oído.
—¿Te gusta que te miren así? —susurró—. Porque te estoy mirando hace rato y me dan ganas de romperte entera.
Asentí sin pensarlo. Me sorprendí a mí misma asintiendo tan rápido. Con Tomás nunca me ponía así de fácil. Con él era cariñosa, juguetona, «despacito, amor». Con Lara era otra cosa: morbo puro, instinto seco. Me giró de espaldas y me pegó contra su pecho. Sus manos bajaron por mis costados y se quedaron quietas justo en el borde de mis tetas, por fuera del vestido. No las tocó todavía. Solo las rodeó, prometiendo. Mi respiración se aceleró, el pulso me latía en la garganta, en las sienes, en el clítoris que ya estaba hinchado contra las bragas empapadas.
—Estás temblando —dijo, y la voz le sonó divertida—. ¿Tanto te calienta que te toquen las tetas?
—Mucho —admití, con la voz rota—. Me vuelven loca.
Soltó una risa baja y por fin las agarró. Por encima del vestido, fuerte, los pulgares presionando los pezones duros a través de la tela. Gemí contra su cuello sin poder evitarlo. Cada pellizco me mandaba una descarga directa al coño. Entendí de golpe por qué a Tomás y a Iván, mi ex, les volvían locos mis pechos: porque cuando alguien los aprieta así, con ganas reales, duele rico y se siente en todo el cuerpo.
Bailamos así un rato que pareció eterno: besándonos el cuello, mordiéndonos suave, sus manos amasándome las tetas mientras yo me restregaba hacia atrás contra su pelvis. El sudor nos pegaba la ropa, la música nos empujaba, y yo me estaba derritiendo de a poco, ahí, en mitad de la pista, con cincuenta personas alrededor que ya no veía. Ella me mordió el lóbulo.
—Vamos a un lugar más tranquilo —dijo—. Quiero probarte entera.
Me tomó de la mano y me llevó por el pasillo oscuro hasta la pieza del fondo, justo donde Tomás roncaba. No pasó por mi cabeza protestar. Cerró la puerta despacio, le dio vuelta a la llave y se apoyó contra la madera mirándome. La luz de la calle entraba por la ventana semi rota, apenas suficiente para vernos en sombras. La cama era de plaza y media. Mi novio ocupaba un costado, vestido entero, una pierna afuera del cobertor.
—¿Te molesta? —preguntó, sin moverse de la puerta.
—No —dije, y me asusté de lo rápido que me salió.
***
Me empujó contra la pared. Me bajó los tirantes del vestido de un tirón seco. Mis tetas quedaron libres, pesadas, los pezones oscuros y tiesos rogando algo. Ella las miró un segundo, mordiéndose el labio, y se lanzó.
—Qué tetas más ricas, mierda —murmuró antes de cerrar la boca alrededor de un pezón.
Succionó el izquierdo con fuerza, la lengua girando dura en círculos, y después tiró con los dientes apenas, ese borde justo entre cosquilla y dolor. Con la otra mano me amasaba la derecha, me pellizcaba el pezón, me lo retorcía despacio. Gemí alto y me tapé la boca con la mano libre para no despertar a nadie de la quinta, no a él. El sabor de su saliva enfriándose en mi piel, el olor de mi sudor mezclado con el tabaco de su pelo, el sonido húmedo de su boca cambiando de teta… todo eso me volvía loca.
Me levantó el vestido hasta la cintura y me arrancó las bragas de un movimiento, sin ceremonia. Quedé expuesta contra la pared fría. Lara se quitó la polera por la cabeza y la dejó caer al piso. Tenía las tetas más chicas que las mías, pero los pezones grandes y oscuros, casi del mismo color que la areola. Se las acercó a mi boca.
—Chúpalas —ordenó.
Las chupé con hambre, una y la otra, lamí los pezones hasta que se le pusieron tan duros como los míos, mordí suave la base. Ella gimió ronco y me agarró el pelo con las dos manos, como si quisiera asegurarse de que no me iba a ir.
Nos tiramos en la cama. Del lado contrario al de Tomás, que ni se inmutó. Lara se subió encima de mí en 69, sin avisar, con esa misma decisión que tenía para todo. Su coño depilado me quedó sobre la cara: labios hinchados, rosados, brillantes ya antes que la tocara. Olía a deseo, ese olor salado y dulce a la vez que tienen las mujeres cuando llevan horas calientes. Lamí despacio, saboreando la textura suave de los labios, descubriéndola. Encontré su clítoris duro, lo chupé suave primero, después más fuerte, vibrando la lengua. Metí la lengua dentro de ella y sentí sus jugos calientes corriéndome por la barbilla.
Ella hizo lo mismo conmigo, pero peor. Lengua plana sobre mi clítoris, succionando con fuerza, mientras dos dedos largos entraban y salían marcando un ritmo que no era el mío sino el suyo. Sentí cómo me abría, cómo me leía. Tomás siempre tardaba demasiado en encontrar mi clítoris. Lara lo había encontrado en treinta segundos y ya sabía exactamente cuánta presión necesitaba.
Me corrí primero. Convulsionándome debajo de ella, mordiéndome el dorso de la mano para no gritar. Sentí cómo se me apretaba todo y cómo soltaba después, una corriente caliente que me bajaba por los muslos. Ella siguió chupando un par de segundos más, despacio, alargándome el orgasmo hasta que me dolió. Después fue ella. Se apretó contra mi boca, tembló entera y se vino en mi lengua. El sabor era intenso, casi metálico al final, y se me pegó al paladar.
No paramos ahí. Nos giramos. Lara me empujó suave para que abriera las piernas y se acomodó entre las mías, una pierna por encima, la otra por debajo. Tijeras. Los coños pegados, los clítoris frotándose, las dos mojadas, calientes, resbalosas. Nos movíamos lento al principio, sintiendo cada roce como si fuera la primera vez que el cuerpo aprendía algo, y después cada vez más rápido. Mis tetas rebotaban con el movimiento. Lara estiró las dos manos y me las agarró, me las apretó, me pellizcó los pezones mientras jadeaba en mi oído con la respiración cortada.
—Dime que te gusta —pidió, casi suplicó—. Dímelo.
—Me encanta —murmuré bajito, con la cara enterrada en su hombro—. Me encanta que me cojas así.
Me corrí otra vez, temblando entera, los dedos clavados en su espalda. Ella se vino después, apretándome fuerte entre las piernas, mordiéndome la clavícula para no hacer ruido.
Quedamos jadeando, sudadas, pegajosas, las piernas todavía cruzadas como un nudo que ninguna quería deshacer. Tomás ni se movió. Una bocanada de aire le levantaba el pecho cada cinco segundos, ajeno a todo.
Lara me besó lento, con sabor a las dos mezclado en la boca.
—Buena niña —susurró contra mis labios—. Muy buena.
Yo solo sonreí, exhausta, con las tetas rojas y sensibles, el coño latiendo todavía como si tuviera vida propia. Le aparté un mechón de pelo de la cara y ella cerró los ojos un segundo, casi tierna por primera vez en toda la noche.
Nunca me había sentido tan deseada. Con Tomás era cariño, costumbre, un cariño que estaba bien y que probablemente seguiría queriendo a la mañana siguiente. Con Lara fue otra cosa: puro fuego, puro pulso, puro reconocimiento entre dos cuerpos que llevaban horas mirándose sin saber. Y, mierda, cuánto lo necesitaba sin saberlo.
Antes de que amaneciera, se vistió en silencio, me besó la frente y salió de la pieza descalza, con las zapatillas en la mano. Yo me quedé un rato más, mirando el techo, escuchando a Tomás respirar a mi lado, y no sentí culpa. Sentí, por primera vez en mucho tiempo, que algo en mí había despertado para no volver a dormirse.