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Relatos Ardientes

Lo que su mejor amigo me hizo cuando él no estaba

Me llamo Camila y tengo veintinueve años. Llevo casi tres años con Tomás y nos casamos en menos de dos meses. Lo que voy a contar pasó hace apenas unas semanas, cuando él todavía tenía la clavícula rota por una caída en bicicleta. No sé exactamente cómo llegué a permitir que sucediera, pero todavía me cuesta dormir las noches en las que vuelvo a recordarlo.

Esa noche fuimos al cumpleaños de Inés, una compañera mía del estudio de arquitectura. Tomás llevaba el brazo derecho inmovilizado contra el pecho con un cabestrillo y se quedó pegado a la mesa, así que cuando empezó la salsa fue Andrés el que se acercó con dos copas en la mano y una sonrisa que ya conocía demasiado.

—Si tu prometido no se ofende —dijo, mirándolo a él pero hablándome a mí—, le pido prestada a la novia un rato.

—Llévatela, por favor. Está insoportable de tanto quedarse sentada —se rio Tomás.

Andrés era el mejor amigo de Tomás desde la facultad. Lo veía casi todos los fines de semana en casa, hacíamos asados los tres, jugábamos a las cartas, nos contábamos tonterías. Nunca había habido nada raro entre nosotros, o al menos eso pensaba yo hasta esa noche.

Yo estoy bien, pero no soy de las que despiertan deseos a primera vista. Llevaba una falda negra hasta la rodilla con un tajo lateral discreto y una camisa de seda blanca con una camiseta de tirantes debajo. Recatada, casi pudorosa. No entendí lo que ocurría cuando, a los dos minutos de baile, sentí algo duro contra mi cadera.

—Por favor, dime que es la hebilla del cinturón —le susurré, intentando que sonara a broma.

—Ojalá fuera el cinturón —contestó, sin un asomo de vergüenza.

Lo miré. Estaba serio. Tenía la mandíbula apretada y los ojos clavados en los míos, no en mi escote ni en mi falda. Solo en mis ojos. Le di una palmada en el hombro y me solté de la posición de baile.

—¿Te parece bonito? Soy la prometida de tu mejor amigo. Apenas estamos bailando.

—No es por el baile, Camila.

—¿Y entonces?

—Mejor no te lo digo. Te vas a reír.

—Ya me estoy riendo, porque me hablas al oído y me haces cosquillas.

Volvió a apretarme contra él para no perder el compás. Su aliento olía a menta y a ginebra. Hablaba muy bajo, casi sin mover los labios.

—Se me ha puesto dura porque hace semanas que no estás bien satisfecha. Tomás con la clavícula así no puede hacerte nada de lo que necesitas, y tu cuerpo lo sabe.

—¿Tú qué has bebido hoy, querido?

—Te hablo en serio. Mi cuerpo funciona como un detector. Las mujeres frustradas me ponen así sin que yo me dé cuenta. Y, además, tengo el don de hacerlas terminar como nunca terminaron en su vida.

Era la tontería más grande que había escuchado en mi vida, y sin embargo no me solté.

—¿Estás intentando levantarme? Porque te lo aclaro: el que está dentro de mí es Tomás. Tres años. Anillo. Iglesia reservada.

—No te estoy levantando. Te estoy diciendo la verdad. Si no fuera cierto, no estarías mojada en este momento.

—¿Perdón?

—Tócate y compruébalo tú misma.

Tendría que haberle dado una bofetada. Tendría que haberme ido a sentar al lado de Tomás y haber dejado a Andrés con su discursito ridículo. Pero la curiosidad fue más fuerte. Sin dejar de bailar, deslicé la mano por el tajo de la falda, aparté la tela del tanga con dos dedos y me toqué.

Estaba empapada. No «un poco húmeda». Empapada. Como si llevara horas pensando en otra cosa.

—¿Ves? Tu cuerpo es más sincero que tú —dijo Andrés, sin mirar la mano—. Tranquila, no te voy a pedir que vayamos al baño a meternos un rato. Lo que yo hago necesita tiempo. Mucho más tiempo del que tenemos esta noche.

Le sonreí, mareada, sin saber si por el alcohol o por la cosa esa que se me había instalado en el bajo vientre. Y le tiré, medio en broma, medio para sacármelo de encima, una pregunta que no debí haber hecho.

—Tomás se va al traumatólogo mañana por la mañana. Va a estar fuera de casa hasta el mediodía. ¿Te atreves?

No me contestó. Volvimos a la barra. Tomás me sonrió de costado y me pasó el brazo bueno por la cintura. Andrés siguió bailando con otra, ajeno, como si no hubiéramos hablado de nada. Antes de irnos a casa miré disimuladamente su pantalón y ya estaba todo en orden, plano, tranquilo.

Imposible. Yo seguía con la entrepierna ardiendo.

***

Me despertó el timbre a las nueve y media. Tomás se había ido temprano y me había dejado una nota sobre la almohada. Volvía cerca del mediodía. La cabeza me latía: había seguido bebiendo hasta tarde para no pensar en lo que Andrés me había dicho.

Salí a abrir sin mirarme al espejo. Estaba con la misma camiseta blanca de la noche anterior, un pantalón corto de pijama y, debajo, el mismo tanga y el mismo sujetador que ni siquiera me había quitado para dormir. Pelo despeinado. Ojos hinchados.

Era Andrés. Pantalón corto, camiseta sudada, zapatillas embarradas. Venía de correr por el parque y, según me dijo, se había acordado de mí.

—Vete a tu casa. Quiero seguir durmiendo.

—Tú te lo pierdes.

—¿Pensaste de verdad que con dos bobadas dichas anoche te iba a abrir la puerta en bragas? Por favor.

Estaba enojada y todavía con la resaca clavada en las sienes, pero él no perdía la sonrisa. Lo miré bien por primera vez. Buen mozo, eso ya lo sabía, pero no era el típico donjuán de gimnasio. Tenía algo más reposado, más seguro de sí mismo. Y olía a sudor limpio, a salida temprano, a aire frío. Me daba rabia admitirlo, pero me gustaba.

—¿No sabes que soy capaz de hacerte terminar sin meterte ni un dedo?

—Esa frase es de manual.

—Pruébalo. Túmbate boca abajo y cierra los ojos. Te masajeo, te encuentro los puntos y tú lo único que tienes que hacer es callarte. Si hablas, te castigo, porque cada palabra me retrasa.

Lo miré largo. No tendría que haber abierto la puerta. No tendría que haberlo dejado entrar al cuarto. Y, sin embargo, me dije que lo peor que me podía pasar era un masaje gratis.

—Boca abajo. Ojos cerrados.

Le hice caso. Lo escuché preguntar si tenía aceite. Le respondí que mirara en el baño. Me tiró una palmada seca en la nalga.

—No puedes hablar, ni si te pregunto.

Iba a protestar, pero me callé. El cachete no me había dolido. Lo que sí me había dolido —en otro sentido— fue el calor que me subió por la espalda al sentir su mano.

—Te quito la camiseta. Brazos arriba.

Levanté los brazos como una niña obediente. La prenda subió por encima de mi cabeza y aterrizó en el suelo. Me quedé en sujetador blanco, cara contra la almohada, sintiendo el aire fresco sobre la espalda desnuda.

Lo escuché trastear en el baño. Volvió con el aceite, se untó las manos y empezó por mis pies.

Lo hacía con una suavidad que no esperaba. Cada presión era precisa, como si supiera exactamente dónde estaba el nudo. Sentí que sus manos no me masajeaban: me dibujaban. Me reconocían. Y, sin que mediara palabra, mi cuerpo entendió algo antes que mi cabeza.

Cuando apretó un punto entre el tobillo y la pantorrilla, se me escapó un estremecimiento. Apretó otro. Y otro. Sentí que mis paredes se contraían solas. Me estaba viniendo. Sin que me tocara nada decisivo. Solo los pies.

—Uno —dijo en voz baja—. ¿Te ha gustado?

—Mmm…

—No puedes hablar, tonta.

Me bajó el pantalón corto por las caderas con dos tirones limpios. Quedé en sujetador y tanga, boca abajo, las nalgas iluminadas por la luz oblicua que entraba por la persiana entornada. Saberme casi desnuda delante de un hombre que no era mi novio me cerró la garganta.

—Sigo por las piernas.

Empezó desde abajo y fue subiendo por la pantorrilla, por la corva, por la cara interior del muslo. Esa parte la tengo sensible, siempre la tuve sensible, y a mitad de camino ya estaba mordiendo la almohada. Solo con el roce, sin meterse debajo del elástico del tanga, me arrancó otro orgasmo.

—Dos. Hace calor. ¿Te molesta si me quito la camiseta? Sigo con la espalda.

Empezó por la cintura y siguió subiendo. Cuando llegó a los hombros, sus manos volvieron a bajar y se demoraron en mis nalgas. Mi tanga estaba inservible, una tela mojada pegada a la piel. Otra contracción, otro temblor.

—Tres.

Lo siguiente que escuché fue tela: estaba bajándose el pantalón corto. Sentí que se subía sobre mí, una pierna a cada lado de la mía. Y noté algo desnudo y caliente apoyándose contra mi trasero.

—Espera…

—Shh. El sujetador te va a molestar.

Me desabrochó el sujetador con una sola mano, sin esfuerzo. Empezó a trabajar la zona cervical mientras su erección, libre y dura, se movía contra mis nalgas al ritmo de sus brazos. Lo sentía caliente. Lo sentía húmedo en la punta. Apretó dos dedos en la base de mi cuello y me vine otra vez.

—Cuatro. ¿No tienes curiosidad por mirar? Te aviso: no estoy con calzoncillos.

Giré la cabeza apenas, lo justo para verlo de costado. Estaba arrodillado sobre mis muslos, con el torso desnudo bañado en sudor y la respiración firme. Su pene no era enorme, pero estaba duro como una piedra y tenía un brillo en la punta que me hizo apretar los muslos. Olía fuerte, a hombre recién entrado del frío.

—Te dije que no abrieras los ojos. Fuera el tanga.

Esta vez metió la mano entre mi piel y la tela, y deslizó el tanga hacia abajo sin prisa. Yo levanté apenas las caderas para que pudiera sacármelo del todo.

—Veo que estoy haciendo bien mi trabajo —murmuró, abriendo apenas mis nalgas con el pulgar—. Vamos al quinto. Hombros.

Y cumplió. Apretó dos puntos a los costados de la nuca, con la precisión de quien estuvo estudiando. Otro espasmo, este más profundo, uno que me dejó la cabeza en blanco por un momento.

Se inclinó sobre mi oído.

—Si esto te ha gustado, con la lengua es otra historia.

—Hazlo —susurré, rompiendo todas mis propias reglas.

Me puso una almohada bajo la cadera, me abrió las piernas y empezó por el lugar menos esperado. Primero su lengua tibia, después dura, después blanda otra vez. Me sentí abierta, expuesta, abandonada a alguien que no debía estar ahí. Mientras tanto, dos dedos —después tres— entraban y salían de mí con una facilidad que me daba vergüenza.

Después cambió el orden: la lengua dentro, los dedos en otro lugar. Yo ya no contaba orgasmos. Cada uno era más fuerte que el anterior, más largo, más visible. La almohada estaba mojada. Las sábanas también.

Me dio la vuelta para mirarme de frente por primera vez en toda la mañana. Vi la cara que ponía: no era una cara de seductor ni de conquistador. Era una cara de concentración, casi de trabajo. Eso fue lo que más me excitó. Que no me estaba haciendo un favor: estaba cumpliendo una promesa.

—Métemela —le dije, sin reconocer mi propia voz—. Ya no aguanto.

No tuvo que pedírselo dos veces. Entró de un solo movimiento. Estábamos los dos resbaladizos por el aceite y el sudor, y la sensación de él deslizándose dentro de mí me sacó un grito que tuve que tapar con el dorso de la mano. Me besó en la boca con la lengua todavía con mi sabor y me embistió con calma, mirándome a los ojos, sin decirme nada. Solo respiraba.

Cambiamos de posición varias veces. Yo arriba, él arriba, de costado, en el borde de la cama. Hubo un momento, en cuatro patas, en que cambió de agujero. El ardor inicial duró un instante, después se transformó en otra cosa, un placer espeso, casi salvaje, que me hizo apretar la mandíbula contra la almohada y temblar de pies a cabeza. Cuando terminó, lo hizo dentro de mí, todavía en esa posición, y me dejó vacía y temblando.

—Me tengo que ir —dijo apenas, mientras se ponía los pantalones—. Ya cumplí. Ahora que a Tomás le quiten el cabestrillo, espero que no vuelvas a estar tan necesitada. Pero si alguna vez te sientes así de nuevo, baila una salsa conmigo y yo te aviso.

Miré el reloj de la mesilla. Era la una menos cuarto. Andrés había llegado a las nueve y media. Casi tres horas y media. No me había dado cuenta.

Lo besé en la boca antes de que se fuera. Un beso corto, no de amante, sino de alguien que quiere cerrar bien una puerta antes de irse. Le dije que lo tendría en cuenta. Que sí.

Tomás llegó al rato. Lo abracé fuerte, le pregunté por el traumatólogo, le hice el café como siempre. Él no notó nada. O, si lo notó, no quiso decirlo.

Faltan tres semanas para la boda. Yo tendría que estar arrepentida. Tendría que haberme bañado durante dos horas y haberle confesado todo. En cambio, lo único que pienso, cuando entro a la cocina y veo el sobre con la lista de invitados sobre la mesa, es que el nombre de Andrés está ahí, y que va a venir solo.

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Comentarios (1)

RosaLuna

el detector de mujeres insatisfechas JAJAJAJA me matoooo, que forma de arrancar un relato

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