Lo que pasó ese verano con mi cuñado
La casa de piedra quedaba a treinta kilómetros del pueblo más cercano, al final de una carretera comarcal que el GPS nunca encontraba a la primera. Sergio y su hermano Marcos la habían heredado de sus padres hacía tres años, y desde entonces venían aquí cada verano, solos o acompañados, a hacer poco y descansar mucho. Claudia la conocía de sobra: el suelo de baldosas hidráulicas que crujía cerca de la puerta, las paredes de piedra que mantenían el interior fresco incluso en julio, la piscina al fondo del jardín con ese turquesa artificial que tardaba horas en calentarse cada mañana.
Lo que no conocía bien era a Sofía.
La novia de Marcos llevaba con él algo más de un año, aunque Claudia la había visto apenas en dos cenas familiares antes de ese fin de semana. Era una mujer de treinta y pocos, abogada en Sevilla, con ese tipo de cuerpo que no se anuncia sino que simplemente está: caderas anchas, espalda musculada por años de natación, una manera de moverse que prescindía de la aprobación de los demás. Cuando llegaron el viernes por la tarde, Sofía estaba sentada en el porche con una jarra de limonada y un libro abierto en el regazo, completamente a sus anchas en una casa que era de otros.
—Lleváis retraso —dijo, sonriendo—. Marcos está dentro preparando la cena.
Claudia la saludó con dos besos y siguió a Sergio hasta el interior. En la cocina, Marcos estaba de espaldas a la puerta, removiendo algo en el fogón. Era cuatro años mayor que su hermano, aunque lo parecía más: tenía esa calma particular de los hombres que ya no necesitan demostrar nada a nadie, y que precisamente por eso resultan más difíciles de ignorar. Cuando se giró, la saludó con un abrazo corto y le preguntó por el viaje con una atención que duró exactamente lo que tenía que durar.
La cena del viernes fue larga. Sergio abrió dos botellas de vino de la zona y los cuatro hablaron hasta pasada la medianoche. Claudia bebió más de lo que solía. Cuando apagó la luz de la mesilla, Sergio ya roncaba y ella tardó un buen rato en dormirse, pensando en cosas que no quería pensar.
***
El sábado amaneció despejado, con ese calor seco del interior que se nota incluso antes de abrir los ojos. Claudia bajó a la cocina antes que nadie y se encontró a Sergio revisando el teléfono con el ceño fruncido.
—Hay un problema en la obra de Cáceres —dijo sin mirarla—. Tengo que ir. Tres horas como mucho.
Claudia no protestó. Así era Sergio desde que montó la empresa: una llamada y el fin de semana dejaba de ser suyo para convertirse en el de otra persona. Le dio un beso en la frente y él salió antes de desayunar, con las llaves en una mano y el teléfono en la otra.
Sofía apareció diez minutos después con el cabello recogido en una coleta alta, sin maquillaje, con una camiseta de tirantes que le marcaba los hombros. Se sirvió café sin decir nada y se apoyó en la encimera mirando hacia el jardín. No era una grosería; era simplemente que Sofía no necesitaba rellenar los silencios con conversación.
Marcos entró al rato con el pelo mojado y una expresión relajada que Claudia encontró, por alguna razón, más desconcertante que cualquier otra cosa.
—¿Piscina? —preguntó.
No era una invitación exactamente. Era más bien una enunciación de lo que iba a ocurrir.
***
El agua estaba fría todavía cuando llegaron. Sofía se instaló en la tumbona más alejada con su crema solar y un sombrero de paja que se puso sin preguntar si molestaba. Claudia escogió la tumbona que estaba parcialmente a la sombra del pino grande, y Marcos se sentó entre las dos con las gafas de sol caladas y los brazos cruzados sobre el pecho, mirando el agua sin hacer nada en particular.
Durante la primera media hora casi no se hablaron. El sol fue subiendo y el calor se fue asentando sobre el jardín con ese peso quieto del mediodía extremeño. Claudia intentó leer en el móvil y no pasó de tres líneas seguidas. Notaba la presencia de Marcos incluso sin mirarlo: la forma en que respiraba, el momento en que giraba la cabeza, el silencio específico que generaba a su alrededor.
Entonces, sin previo aviso, Marcos hizo un gesto con la cabeza hacia Sofía. Era pequeño, casi imperceptible, pero Sofía lo captó de inmediato: se sentó en la tumbona, se desató la parte superior del bikini con una sola mano y lo dejó caer en la hierba. Sus tetas quedaron al aire, grandes, firmes, con los pezones oscuros ya endurecidos por el aire de la mañana. Se volvió a tumbar, cerró los ojos y siguió tomando el sol exactamente igual que antes, como si lo que acababa de hacer no tuviera ninguna importancia.
Claudia miró el agua de la piscina.
—¿Tú no? —dijo Marcos.
Le hablaba a ella. Con esa voz que no pedía permiso sino que simplemente enunciaba lo que esperaba encontrar. Claudia sintió el color subirle por el cuello.
—Aquí hay más sombra —respondió, sin saber bien por qué dijo eso en lugar de cualquier otra cosa.
Marcos no contestó. La miró un segundo y volvió la vista hacia el jardín, como si la respuesta le hubiera parecido irrelevante.
Claudia sostuvo el libro cerrado sobre las piernas durante diez minutos. Luego, sin que nadie dijera nada más, se desató el bikini y lo dejó caer a su lado. No fue un gesto natural ni especialmente cómodo. Fue algo a medio camino entre el orgullo herido y la rendición, y ninguna de las dos cosas la hizo sentir bien exactamente, aunque tampoco mal del todo. Sus pezones se endurecieron de inmediato, no por el frío, y ella lo supo con una claridad incómoda. Sintió los ojos de Marcos posarse un instante sobre sus tetas, medirlas sin apuro, registrar el detalle de que también sus pezones habían respondido, y luego apartarse.
Marcos asintió levemente. Solo ese asentimiento mínimo, como de quien registra un dato que le parecerá relevante más adelante.
Las horas que siguieron fueron lentas y extrañas. Sofía dormitó bajo el sombrero de paja; Marcos leyó un rato y luego se metió en la piscina y nadó diez largos en silencio. Cuando salió, se secó sin prisa y volvió a su tumbona. Claudia intentó pensar en otras cosas y no lo logró del todo. Una vez Marcos hizo un comentario sobre el calor y Sofía se rió antes de que Claudia pudiera calcular si era el momento de reírse también. Cuando lo hizo, su propia risa llegó medio segundo tarde.
Sergio llamó para decir que volvería para cenar. Claudia respondió que perfecto y colgó.
***
La tarde se estiró sin más incidentes. Jugaron a las cartas bajo la pérgola, bebieron agua fría, y Sofía preparó una ensalada mientras Claudia ponía la mesa sin hablar demasiado. Cuando Sergio llegó a las ocho con la camisa arremangada y el aspecto de haber resuelto el asunto, la conversación fluyó mejor que por la mañana. Bebieron vino y Sergio contó la historia del encargado de obra con el detalle generoso de quien ha ganado la batalla.
Después de cenar, Sergio y Marcos pusieron una película en el salón. Sofía aguantó veinte minutos antes de anunciar que se iba a la cama. Le dio a Marcos un beso breve en la comisura de los labios, sin especial carga, y desapareció por el pasillo. Claudia se quedó en el sofá bebiendo el último vaso de vino mientras los dos hombres discutían sobre el director de la película. A las once y media se levantó también y dijo buenas noches.
***
En la habitación, Sergio la buscó con más urgencia de lo habitual. Claudia respondió porque lo quería, porque tres años de matrimonio no borran el afecto aunque sí le cambien la textura, y porque esa noche su cuerpo necesitaba algo concreto aunque no supiera nombrarlo con precisión. Sergio le arrancó las bragas por debajo del camisón y se metió entre sus piernas sin mucho preámbulo, mordiéndole un pezón mientras dos de sus dedos entraban de golpe en el coño de ella. Claudia estaba mojada, más mojada de lo que quería reconocerse, y notó cómo los dedos de su marido resbalaban dentro sin encontrar resistencia. Él soltó el pezón con un ruido húmedo y sonrió.
—Estás empapada —murmuró contra su cuello.
Claudia no respondió. Le agarró la polla por encima del bóxer y la notó dura, familiar, la misma polla de siempre, y esa familiaridad le produjo una punzada extraña que decidió no examinar. Le bajó el bóxer con las dos manos y la polla de Sergio le golpeó el vientre al salir. Ella la envolvió con la mano y empezó a masturbarlo despacio, empujando el prepucio hacia atrás con cada pasada, sintiendo cómo el glande se ponía morado y tenso contra su palma.
Sergio le apartó la mano y se puso encima. La penetró de una sola embestida, hasta el fondo, y Claudia arqueó la espalda con un jadeo que ni siquiera intentó contener. Él empezó a follarla con ese ritmo suyo, directo y poco complicado, como siempre: entradas largas, salidas cortas, las manos apoyadas junto a sus hombros y la boca buscando la de ella cada dos o tres embestidas. Claudia le rodeó las caderas con las piernas y trató de concentrarse en la sensación de su polla entrando y saliendo, en el olor de su marido, en la textura de su espalda bajo las yemas de sus dedos.
Y en algún momento de la noche su mente fue a un sitio que no debía. Vio a Marcos junto a la piscina, ese asentimiento mínimo, la mano de Marcos bajándole el bikini de otra manera, la voz de Marcos diciéndole «vamos» con la calma con que se lo había dicho a Sofía la primera vez que Claudia había estado en la misma casa que ellos dos. Se le contrajo el coño alrededor de la polla de Sergio de una forma que él notó de inmediato y celebró con un gruñido, sin sospechar de dónde venía. Claudia cerró los ojos con más fuerza y volvió a la habitación.
—Ponme encima —susurró.
Sergio salió de ella y se dejó caer boca arriba. Claudia se puso a horcajadas sobre él, se agarró la polla de su marido con la mano y la volvió a meter en su coño despacio, sintiendo cada centímetro de arriba a abajo. Empezó a montarlo con los ojos cerrados, apoyándose en el pecho de él con las dos manos, subiendo y bajando con un ritmo que ella controlaba y que le permitía volver una y otra vez a la imagen que no debía. Ahora era más fácil: con el control en sus caderas y los ojos cerrados podía dejar que la imagen se quedase, y que la voz de Marcos siguiera diciéndole cosas que Sergio nunca le decía.
Se pellizcó los pezones ella misma. Sergio le clavó los dedos en las nalgas y empezó a levantar las caderas para meterse más hondo. Claudia se inclinó hacia delante, con las tetas colgando sobre la cara de él, y él se cazó un pezón con la boca y lo chupó con fuerza mientras ella se dejaba de arriba y abajo y empezaba a moler contra él con las caderas, frotándose el clítoris contra el hueso del pubis de su marido con cada bajada.
El orgasmo la agarró de golpe, real y contundente. Claudia mordió su propio labio para no gritar y se quedó rígida sobre él, con el coño palpitando descontrolado alrededor de la polla de Sergio. Él aguantó dos embestidas más desde abajo y se corrió dentro con un gemido ahogado, agarrándole las caderas para clavarla contra su pelvis mientras ella sentía las sacudidas cálidas de su semen llenándola.
Se quedó un rato así, empalada sobre él, respirando. Luego se desmontó despacio, notando el reguero espeso que le bajaba por la cara interna del muslo, y se tumbó al lado de su marido sin decir nada. El camino que había recorrido su cabeza para llegar hasta el orgasmo no era exactamente el que esperaba de sí misma.
Cuando Sergio se quedó dormido, Claudia se tumbó boca arriba en la oscuridad, escuchando la casa.
Reconoció el momento exacto en que Marcos entró en el cuarto de invitados: el crujido del tercer tablón del pasillo era inconfundible. La puerta se abrió y se cerró en silencio. Claudia controló la respiración y cerró los ojos.
***
Sofía estaba dormida de lado, con el pelo suelto sobre la almohada y la sábana a la altura de la cadera. La habitación olía a la crema de lavanda que siempre usaba por las noches. Marcos se sentó en el borde de la cama y le pasó una mano por la espalda, despacio, hasta bajar por la curva del culo por debajo de la sábana.
Sofía se movió sin despertarse del todo.
—Déjame dormir —murmuró.
—Luego —dijo él.
Sofía conocía esa respuesta de memoria. Sabía exactamente lo que significaba y lo que vendría a continuación. Una parte de ella seguía queriendo más horas de sueño; otra parte ya estaba despierta y prestando atención, con los pezones despertándose contra la sábana antes que el resto de su cuerpo.
Marcos apartó la sábana de un tirón limpio. Le quitó la camiseta de dormir por la cabeza sin más explicaciones y le bajó las bragas hasta las rodillas, dejándoselas ahí, tirantes, sin quitárselas del todo. Sofía protestó una vez, por reflejo más que por convicción real, y él le dio una palmada seca en las nalgas que resonó en la habitación más fuerte de lo esperado. La huella roja de la mano de él se marcó de inmediato en la piel blanca del culo. Ella contuvo el aliento.
—Vamos —dijo él, con la calma de siempre.
Sofía obedeció.
Él se puso de pie junto a la cama y se sacó la polla del pantalón del pijama sin quitarse nada más. Ya la tenía dura, gruesa, con el glande brillando en la penumbra. La colocó sobre el colchón con la cabeza colgando por el borde y el cuello completamente estirado, en esa posición que ella conocía bien y que la dejaba sin más opción que abrirse. Sofía dejó caer la mandíbula y él le metió la polla en la boca hasta el fondo, de una sola pasada, y la sostuvo ahí unos segundos, con la garganta de ella completa. Sofía tragó por reflejo y notó la punta de la polla apretándole el paladar por dentro, la vena hinchada de la parte inferior contra la lengua.
Él empezó a moverse. Se retiraba casi entera, dejando el glande apoyado en los labios de ella, y volvía a empujar hasta el fondo con embestidas largas y sin prisa, dejando que la garganta de ella se fuera ajustando, retirándose justo cuando notaba que Sofía necesitaba aire y volviendo a entrar antes de que ella pudiera pedir descanso. La saliva empezó a caerle por las mejillas hasta el pelo, en dos hilos brillantes. Sus manos encontraron los pechos de Sofía, colgando por la posición de la cabeza hacia atrás, y los trabajaron sin consideración especial, apretando la carne, torturando los pezones entre el pulgar y el índice, apretando y soltando con un ritmo que no era el de la amabilidad.
Sofía levantó las manos hacia los muslos de él para equilibrarse. Los pequeños sonidos que no podía contener se ahogaban contra la base de su garganta, cada vez que él empujaba hasta el fondo salía un ruido gutural y húmedo que a él le gustaba. Le clavó los dedos en el pecho izquierdo y empujó una vez más, hondo, y se quedó ahí, con la polla enterrada entera en la garganta de ella, contando en su cabeza hasta que la vio empezar a agitar las manos.
Salió. Sofía tosió, tragó aire, se le escapó un hilo largo de saliva desde la boca hasta el mentón. La polla de él, brillante de saliva de arriba a abajo, seguía dura contra su cara.
—Buena chica —dijo él, sin ironía.
La giró sobre el colchón con dos manos, como se gira un fardo, y la puso a cuatro patas en el centro de la cama. Le tiró de las bragas hasta arrancárselas del todo. Sofía apoyó los codos en el colchón y bajó el pecho, subiendo el culo de forma automática. Él le abrió las nalgas con las dos manos y se tomó un segundo para mirar. El coño de ella estaba abierto, brillante, mojado a pesar de la queja inicial, con los labios menores hinchados asomando entre los mayores. Él pasó dos dedos por la raja de arriba abajo, empapándose, y luego le metió los dos dedos en el coño hasta los nudillos con un solo empujón. Sofía gimió contra la almohada.
—Aquí no puedes mentir —dijo él.
Sacó los dedos, se los llevó a la polla y se embadurnó él mismo con el flujo de ella. Luego apoyó el glande en la entrada del coño y empujó de una sola embestida hasta el fondo, con la misma calma metódica con la que había hecho todo lo anterior. Sofía mordió la almohada. Él aguantó un segundo empalado hasta la base y luego empezó a follársela desde atrás con embestidas largas y profundas, sujetándole las caderas para que no se moviera más de lo que él quería.
El sonido de los muslos de él golpeando contra el culo de ella empezó a llenar la habitación con un chasquido rítmico, húmedo, imposible de disimular a través de las paredes. Marcos le pasó una mano por la espalda con algo que podría haber sido ternura si no fuera porque la otra mano seguía anclada en la cadera de ella para que aguantara el ritmo. Le dio otra palmada en la nalga, luego otra, marcando el compás de las embestidas.
Después le agarró el pelo y lo enrolló en el puño. Le tiró de la cabeza hacia atrás, arqueándole la espalda, y siguió follándola así, con el cuello de ella tenso y el gesto de ella en el aire. Sofía dejó de morder la almohada porque ya no la tenía cerca. Los gemidos se le escapaban de la garganta abiertos, sin filtro. Él le pasó dos dedos por delante y le encontró el clítoris. Empezó a frotárselo en círculos, con la misma cadencia con que se la seguía metiendo desde atrás.
—Córrete —le dijo al oído.
Sofía se corrió a los pocos segundos, con un espasmo que le sacudió toda la espalda, cerrando el coño alrededor de la polla de él con tanta fuerza que él tuvo que apretar los dientes para no venirse detrás de ella. Los ruidos que le salieron de la garganta al correrse fueron largos y descontrolados. Él la esperó a que terminara, con la polla dentro, quieto.
Luego reanudó el ritmo, más rápido esta vez, sin darle tregua a un coño que todavía palpitaba a su alrededor. Sofía se dejó follar sin fuerzas, con la mejilla contra la almohada y la boca abierta, dejando escapar un gemido nuevo con cada embestida.
Cuando llegó al final, él salió de golpe, le dio la vuelta con una mano, la puso boca arriba y le montó a horcajadas sobre las tetas. Se agarró la polla y se masturbó tres o cuatro veces sobre ella, apretando el glande, y se corrió a chorros sobre los pechos y la garganta y la barbilla de Sofía. Los borbotones cálidos le cayeron a ella entre los pechos, un hilo largo le llegó hasta el cuello, otro se le quedó pegado en el labio inferior. Marcos siguió sacudiéndose la polla hasta la última gota, y luego le pasó el glande por los labios pintándoselos con lo que quedaba.
Sofía sacó la lengua sin abrir los ojos y le lamió la punta.
—Buena chica —repitió él.
Se quedó quieto un momento sobre ella, recuperando el aliento. Sofía permaneció inmóvil también, con la mejilla ladeada contra la almohada y los ojos cerrados, sintiendo el semen tibio bajándole muy despacio por el escote.
Después él se tumbó de lado, satisfecho y tranquilo, como siempre que la noche había seguido el orden que tenía en su cabeza.
Sofía fue al baño sin encender la luz. Dejó correr el agua del grifo y se limpió con cuidado, pasándose una toalla húmeda por el escote, por el cuello, por la barbilla, sacándose el semen ya casi seco de entre los pechos, escuchando la casa en silencio. Entonces oyó el grifo del baño contiguo abrirse al mismo tiempo, ese hilo de agua que solo se usa cuando uno no quiere hacer ruido, y pensó en Claudia al otro lado de la pared, haciendo lo mismo que ella aunque por razones que no eran exactamente las mismas.
Cerró el grifo y volvió a la cama.
***
El domingo fue más silencioso que los días anteriores. Desayunaron los cuatro con poco que decirse, y hacia las once comenzaron a recoger las maletas.
Claudia tardó más de lo necesario. Hizo la maleta despacio, dobló la ropa con una atención que no era habitual en ella, y se quedó unos minutos sentada en el borde de la cama mirando por la ventana: la piscina que brillaba ya bajo el sol de la mañana, las tumbonas en la misma posición de ayer, el pino que proyectaba una sombra larga y estrecha sobre la hierba.
Pensó en el gesto de Marcos junto a la piscina, en ese asentimiento mínimo que había registrado su capitulación como si fuera un dato para más adelante. Pensó en el momento de la noche en que su mente había ido adonde no debía ir, y en que no había sabido o no había querido evitarlo. Pensó en los ruidos que había oído a través de la pared, en el chasquido rítmico de piel contra piel, en los gemidos de Sofía que no habían tenido ningún pudor de dejarse oír, y en cómo ella misma había apretado los muslos en la oscuridad sin poder evitarlo, con la mano ya bajando por su vientre antes de que decidiera nada.
Se levantó cuando oyó a Sergio bajar las maletas por las escaleras.
Marcos estaba en la entrada con las llaves en la mano. Cuando la vio, se metió la mano en el bolsillo de la camisa y sacó un libro de bolsillo.
—Se te quedó esto junto a la piscina —dijo.
Claudia lo tomó. Sus dedos rozaron los de él durante un segundo.
—Gracias.
Marcos la miró un momento. Sin la media sonrisa de siempre: con algo más directo y más franco.
—La próxima vez que vengáis, quedaos más días —dijo.
Y se fue hacia el coche de Sofía sin esperar respuesta.
***
En el coche de vuelta, Sergio conducía con la radio baja y los codos apoyados en el volante. Pasaron casi una hora sin hablar de nada relevante. Los campos de olivos se alternaban con el encinar bajo y el asfalto que ondulaba en el horizonte por el calor.
A la altura de la autopista, Sergio se aclaró la garganta.
—Estabas rara este fin de semana.
—Estaba cansada —respondió Claudia.
—Ya. —Hizo una pausa—. Marcos también te miraba bastante.
Claudia no contestó. Mantuvo los ojos en la ventanilla.
—Lo digo porque lo noté —añadió Sergio, con una voz que intentaba ser neutra y no lo era del todo—. Nada más.
El silencio que siguió duró hasta la autopista.
Cuando Sergio puso la radio más alta, Claudia sacó el teléfono del bolso. Tenía un mensaje de un número que reconoció de inmediato, sin necesidad de leer el nombre.
Solo decía: La próxima vez no te doy opción.
Claudia lo leyó dos veces. Notó cómo, sin haber decidido nada todavía, se le apretaba el coño en el asiento del copiloto con un espasmo pequeño y traidor. Luego apagó la pantalla y se quedó mirando los campos que pasaban rápidos por la ventanilla, uno detrás de otro, sin poder decidir si lo que sentía ante esas cinco palabras era miedo o algo completamente distinto.
Sergio subió el volumen de la radio.
La autopista se estiraba recta hacia Madrid, larga y sin curvas, y Claudia pensó que si respondía ese mensaje no habría vuelta atrás. Y pensó también que si no lo respondía, tampoco.
