Lo que aprendí un jueves en casa de mi amiga
Siempre pensé que el sexo era algo que se exageraba demasiado. Me casé con Julián a los 27 años después de un noviazgo sin grandes emociones, y nuestra vida íntima era exactamente eso: una rutina sin sobresaltos. Los sábados por la noche, diez minutos a lo sumo, en la misma posición de siempre, con la luz apagada. Él terminaba, yo fingía un poco, y los dos nos quedábamos dormidos sin decir nada.
Nunca lo cuestioné. Imaginaba que el placer era algo que le pasaba a otro tipo de personas, no a mí. Que yo era de las que no sentían esas cosas. Lo asumí como se asume el carácter de uno: sin discutirlo.
Lo de Natalia empezó a cambiar todo eso, aunque al principio no lo supe ver.
La conocí en el gimnasio un lunes de febrero. Llegó tarde a la clase de pilates, colocó su colchoneta junto a la mía y me preguntó en voz baja si el instructor era tan exigente como decían. Tenía el pelo castaño oscuro hasta los hombros, ojos color miel y la seguridad de alguien que nunca ha dudado de sí misma. Treinta y cinco años, instructora de yoga freelance, divorciada sin hijos y con una vida que sonaba a algo que yo nunca me había permitido imaginar.
Me cayó bien de inmediato.
Nos hicimos amigas con una velocidad que me sorprendió a mí más que a nadie. Primero café después de las clases, luego cenas en mi casa, luego ella apareció una tarde con una botella de Malbec y la promesa de que hablaríamos hasta tarde. Con Natalia podía hablar de todo: del trabajo, de la familia, de las cosas que no le contaba a nadie. Había algo en ella que desactivaba los filtros.
Fue en una de esas noches cuando tocamos el tema que lo cambió todo.
Eran las once y ya habíamos vaciado casi dos botellas. El tema del sexo salió de la forma en que siempre sale cuando el vino baja las defensas: de golpe, sin anestesia. Natalia me contó de un amante que tenía en otra ciudad, alguien con quien se veía cuando viajaba por trabajo. Lo describió con tal detalle y con tanta naturalidad que yo me sentí un poco ajena a todo eso, como alguien que lee sobre un viaje a un país que nunca ha visitado.
—Para mí el sexo es algo completamente normal —dije cuando ella terminó—. No entiendo por qué la gente se obsesiona tanto.
Natalia dejó la copa sobre la mesa y me miró.
—¿Qué quieres decir con «completamente normal»?
—Que no me parece gran cosa. Diez minutos y ya está.
Ella abrió los ojos.
—¿Y nunca te has masturbado?
—No. Nunca vi la necesidad —dije, sin darle importancia.
El silencio que siguió duró unos cinco segundos. Luego Natalia soltó una carcajada. Fue la risa de alguien que acaba de escuchar algo que no puede creer, pero sin crueldad, sin burla.
—Valeria. ¿Me estás hablando en serio?
—Completamente.
—Dios mío. —Se pasó la mano por el pelo—. Eso tiene solución.
Me reí también, sin entender bien qué quería decir. Luego ella se acercó en el sofá y me dijo que cerrara los ojos. Que confiara en ella. Que si quería que parara, lo decía y paraba.
Debería haberme levantado. Debería haber dicho que estaba cansada y pedido un taxi. En cambio, cerré los ojos.
Sentí sus manos en mis hombros primero, masajeando despacio. Luego en mis brazos. Luego en el borde de mi blusa.
—¿Está bien? —preguntó.
—Sí —dije. Y era verdad.
Me sacó la blusa con cuidado. El apartamento estaba en silencio, con solo la música suave del teléfono de Natalia de fondo. Deshizo el cierre del sujetador y lo dejó caer.
—No pienses —dijo—. Solo siente. Si quieres que pare, lo dices.
Sus manos recorrieron mi espalda, luego rodearon hacia adelante. Me sostuvieron con una calidez que Julián nunca había tenido. Yo respiré hondo e intenté no pensar en nada.
—Piensa en alguien que te guste —dijo Natalia en voz baja—. No tiene que ser real. Una fantasía. El primero que se te venga a la mente.
Rodrigo. El instructor. Cuarenta y tantos años, casi un metro ochenta, con esa manera de caminar que hacía que todas las mujeres del gym lo siguieran con los ojos sin querer.
No lo dije en voz alta. Pero lo pensé con claridad. Y algo cambió en mi cuerpo en ese momento exacto.
Los pulgares de Natalia rozaron mis pezones y solté un sonido que no había hecho nunca. Pequeño, involuntario, que me sorprendió a mí misma. Ella sonrió sin que yo pudiera verla.
—Ahí está —susurró.
Bajó una mano despacio por mi vientre. Metió los dedos bajo la cintura de mis leggings y se detuvo.
—¿Sigo?
Asentí sin abrir los ojos.
Cuando tocó mi clítoris por primera vez, me tensé entera. Era una sensación eléctrica, puntual, completamente nueva. Nada que ver con los diez minutos de los sábados. Nada que ver con nada que hubiera sentido antes.
—Relájate —dijo ella—. No lo rechaces. Déjalo pasar.
Bajó mis leggings y luego las bragas. Empezó a hacer círculos lentos, precisos. Yo jadeaba sin poder evitarlo. Metió un dedo despacio, explorando sin apuro.
—Estás muy húmeda —dijo, como si anotara un dato—. Eso es bueno.
No supe cuántos minutos pasaron. El tiempo perdió el sentido. Solo existían sus dedos y esa presión que crecía y crecía hasta que algo se rompió dentro de mí, las piernas me temblaron solas y solté un gemido largo que no reconocí como mío.
Me corrí por primera vez en treinta y dos años de vida.
Cuando dejé de temblar, Natalia tomó mi mano.
—Ahora tú —dijo.
Me guio. Mi propia mano, mis propios dedos. Era extraño al principio, torpe, como aprender algo en un idioma nuevo. Pero ella corregía con paciencia: más suave, círculos, no fricción, siente el ritmo. Y funcionó de nuevo, más despacio, pero funcionó igual.
Natalia se mordió el labio.
—Ahora tu turno de enseñarme —dijo.
Se quitó la ropa sin apuro. Cuerpo largo y firme, pechos pequeños con pezones oscuros, piel morena. Se sentó frente a mí y abrió las piernas.
—Tócame como yo te toqué a ti —dijo.
Debería haberme negado. Pero la curiosidad era más grande que cualquier otra cosa que pudiera nombrar.
Empecé con sus pechos, con cuidado. Pellizqué sus pezones y ella cerró los ojos. Bajé la mano despacio. Su clítoris ya estaba hinchado. Lo froté con los mismos círculos que ella me había enseñado. Natalia soltó un gemido suave y se movió hacia mi mano.
—Sí. Exacto. Dos dedos dentro.
Lo hice. Estaba caliente. Se movía contra mis dedos, jadeando, con los ojos cerrados y la cabeza echada hacia atrás. Cuando llegó al clímax, lo hizo en silencio, con el cuerpo entero sacudiéndose en una contracción lenta.
Después me besó. Un beso corto, suave, sin urgencia.
—Bienvenida —dijo.
***
Las semanas que siguieron cambiaron mi relación con mi propio cuerpo de una forma que no sabía cómo describir. Empecé a masturbarme todas las mañanas antes de que Julián se despertara. Aprendí lo que me gustaba, lo que no, la velocidad exacta que necesitaba. Descubrí que el placer no era algo que le pasaba a otro tipo de personas.
Me pasaba a mí también. Siempre había estado ahí, esperando que alguien se tomara el tiempo de mostrármelo.
Natalia y yo seguimos viéndonos todas las semanas. Las cosas entre nosotras eran distintas ahora: había una complicidad nueva, difícil de nombrar pero fácil de reconocer en la manera en que nos mirábamos cuando nadie prestaba atención.
Fue un jueves de café cuando ella dijo, sin rodeos:
—Le escribí a Rodrigo.
Levanté la vista de la taza.
—¿A Rodrigo el instructor?
—El mismo. —Hizo una pausa—. Nos vimos una vez hace tiempo. Le dije que tenía una amiga que quería conocerlo mejor. Le pregunté si estaría dispuesto a una tarde con las dos.
El corazón me dio un salto raro. No de alarma. De algo que no quería admitir.
—¿Y qué dijo?
—Que si era verdad que existías, que le parecía demasiado bueno para creerlo. Pero que sí. —Natalia tomó su café sin quitarme los ojos de encima—. El jueves que viene. En mi apartamento. Si tú quieres.
Pasé el resto de la semana diciéndome que no iba a ir.
El jueves llegué a las ocho en punto.
Natalia abrió la puerta con una copa de vino en la mano y esa sonrisa suya que siempre decía más de lo que sus palabras decían.
—Sabía que vendrías —dijo.
Entré. El apartamento tenía música baja y la luz tenue de las lámparas de pie. Sobre el sofá donde ella me había enseñado todo lo que sabía, Rodrigo estaba sentado con los codos en las rodillas y una copa en la mano. El mismo que veía en el gym tres veces por semana y al que nunca le había dicho nada más que «buenos días» y «hasta luego».
Me miró de arriba abajo sin esconder que lo hacía.
—Natalia me dijo que eras seria —dijo—. Pero aquí estás.
—Me llamo Valeria —dije.
—Ya lo sé. —Sonrió—. Me alegra mucho que hayas venido.
Natalia me puso la copa en la mano. Los tres hablamos durante un rato, con esa tensión específica de cuando todos saben lo que va a pasar pero nadie quiere ser el primero en decirlo. Rodrigo era exactamente como parecía en el gimnasio: directo, tranquilo, con sentido del humor. Eso lo hizo todo más fácil.
Se levantó del sofá y se acercó. Se arrodilló frente a mí, tomó mi cara entre sus manos.
—No tienes que hacer nada que no quieras —dijo.
—Sé exactamente lo que quiero —respondí.
Me sorprendí a mí misma al decirlo.
Me besó. Fue un beso distinto a todos los que conocía: largo, directo, sin timidez. Natalia se acercó por detrás y me sacó la chaqueta mientras él seguía besándome. Sus manos eran seguras, cálidas. Los dos se movían con la calma de alguien que no tiene prisa.
Me quitaron la blusa. Me quitaron el sujetador. Rodrigo bajó la boca por mi cuello y luego más abajo, y soltó un sonido grave cuando llegó a mis pechos.
—Natalia no exageraba —dijo.
Sentí calor en las mejillas y también en otro lado.
Natalia besaba mi cuello desde atrás mientras él succionaba. Yo tenía las manos en el pelo de los dos sin saber a quién dirigir la atención, sin querer que ninguno parara.
Me quedé sin rodillas en algún momento y terminamos los tres en el sofá.
Rodrigo me bajó los jeans despacio, mirándome a los ojos. Me quitó las bragas. Luego bajó la cabeza y yo dejé de pensar.
La primera vez que un hombre me hacía eso, tardé menos de tres minutos en correrme. Rodrigo lo tomó como un halago personal y siguió hasta que me corrí una segunda vez, temblando, con las manos aferradas a su pelo.
Natalia se colocó sobre mí entonces. Su sabor era familiar ya, tranquilizador de una manera extraña. Me resultaba natural de un modo que hacía tiempo había dejado de cuestionar.
Rodrigo se incorporó. En algún momento se había quitado la ropa. Sacó un preservativo, lo usó, y entró despacio.
Cerré los ojos.
No fue como los sábados de diez minutos con Julián. Fue lento al principio, profundo, con pausas que eran casi peores que el movimiento en sí. Rodrigo sabía exactamente lo que hacía, encontraba ángulos que yo no sabía que existían. Natalia se corrió sobre mí mientras él aceleraba el ritmo.
Cuando llegué al clímax, fue con los tres en tensión máxima, con las manos de Natalia en mis caderas y la voz de Rodrigo al oído diciéndome algo que no llegué a entender del todo pero que tampoco necesitaba entender. Me corrí temblando. Rodrigo poco después.
Quedamos los tres tumbados en el sofá durante un rato largo sin decir nada. La música seguía sonando. Fuera, la ciudad hacía sus ruidos de siempre, ajena a todo lo que acababa de pasar en ese apartamento.
Natalia fue la primera en hablar.
—¿Qué piensas ahora del sexo?
Solté una carcajada. Rodrigo también.
—Creo que he estado perdiendo el tiempo —dije.
Ella se apoyó en mi hombro.
—Llegaste un poco tarde al partido, pero llegaste.
Los jueves dejaron de ser días normales. Julián siguió sin enterarse de nada. Yo seguí yendo al gimnasio tres veces por semana, mirando a Rodrigo desde la colchoneta de pilates y pensando en lo que vendría. Natalia me saludaba desde el otro lado del espejo con esa sonrisa suya que ya sabía leer perfectamente.
No me arrepentí ni un solo día.