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Relatos Ardientes

Lo que aprendí un jueves en casa de mi amiga

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Siempre pensé que el sexo era algo que se exageraba demasiado. Me casé con Julián a los 27 años después de un noviazgo sin grandes emociones, y nuestra vida íntima era exactamente eso: una rutina sin sobresaltos. Los sábados por la noche, diez minutos a lo sumo, en la misma posición de siempre, con la luz apagada. Él se subía encima, metía la verga, bombeaba un rato, se corría dentro mío y se bajaba sin mirarme. Yo fingía un gemido bajo en algún momento para que terminara más rápido, y los dos nos quedábamos dormidos sin decir nada.

Nunca lo cuestioné. Imaginaba que el placer era algo que le pasaba a otro tipo de personas, no a mí. Que yo era de las que no sentían esas cosas. Lo asumí como se asume el carácter de uno: sin discutirlo.

Lo de Natalia empezó a cambiar todo eso, aunque al principio no lo supe ver.

La conocí en el gimnasio un lunes de febrero. Llegó tarde a la clase de pilates, colocó su colchoneta junto a la mía y me preguntó en voz baja si el instructor era tan exigente como decían. Tenía el pelo castaño oscuro hasta los hombros, ojos color miel y la seguridad de alguien que nunca ha dudado de sí misma. Treinta y cinco años, instructora de yoga freelance, divorciada sin hijos y con una vida que sonaba a algo que yo nunca me había permitido imaginar.

Me cayó bien de inmediato.

Nos hicimos amigas con una velocidad que me sorprendió a mí más que a nadie. Primero café después de las clases, luego cenas en mi casa, luego ella apareció una tarde con una botella de Malbec y la promesa de que hablaríamos hasta tarde. Con Natalia podía hablar de todo: del trabajo, de la familia, de las cosas que no le contaba a nadie. Había algo en ella que desactivaba los filtros.

Fue en una de esas noches cuando tocamos el tema que lo cambió todo.

Eran las once y ya habíamos vaciado casi dos botellas. El tema del sexo salió de la forma en que siempre sale cuando el vino baja las defensas: de golpe, sin anestesia. Natalia me contó de un amante que tenía en otra ciudad, alguien con quien se veía cuando viajaba por trabajo. Lo describió con tal detalle —cómo la cogía contra la ventana del hotel, cómo le acababa en la boca, cómo le metía dos dedos en el culo mientras se la chupaba— que yo me sentí un poco ajena a todo eso, como alguien que lee sobre un viaje a un país que nunca ha visitado.

—Para mí el sexo es algo completamente normal —dije cuando ella terminó—. No entiendo por qué la gente se obsesiona tanto.

Natalia dejó la copa sobre la mesa y me miró.

—¿Qué quieres decir con «completamente normal»?

—Que no me parece gran cosa. Diez minutos y ya está. Él se corre, yo finjo, listo.

Ella abrió los ojos.

—¿Y nunca te has masturbado?

—No. Nunca vi la necesidad —dije, sin darle importancia.

—¿Nunca te has tocado el coño? ¿Nunca has metido un dedo siquiera, así, por curiosidad?

—Nunca.

El silencio que siguió duró unos cinco segundos. Luego Natalia soltó una carcajada. Fue la risa de alguien que acaba de escuchar algo que no puede creer, pero sin crueldad, sin burla.

—Valeria. ¿Me estás hablando en serio?

—Completamente.

—Dios mío. —Se pasó la mano por el pelo—. Eso tiene solución. Esta misma noche.

Me reí también, sin entender bien qué quería decir. Luego ella se acercó en el sofá, me apartó el pelo del cuello y me dijo que cerrara los ojos. Que confiara en ella. Que si quería que parara, lo decía y paraba.

Debería haberme levantado. Debería haber dicho que estaba cansada y pedido un taxi. En cambio, cerré los ojos.

Sentí sus manos en mis hombros primero, masajeando despacio. Luego en mis brazos. Luego en el borde de mi blusa.

—¿Está bien? —preguntó.

—Sí —dije. Y era verdad.

Me sacó la blusa con cuidado. El apartamento estaba en silencio, con solo la música suave del teléfono de Natalia de fondo. Deshizo el cierre del sujetador y lo dejó caer. Mis pechos quedaron expuestos, los pezones erizados antes de que ella los tocara siquiera, traicionándome.

—Mira eso —murmuró—. Tu cuerpo ya sabe lo que quiere, aunque tú no lo sepas todavía.

—No pienses —dijo—. Solo siente. Si quieres que pare, lo dices.

Sus manos recorrieron mi espalda, luego rodearon hacia adelante. Me sostuvo las tetas con una calidez firme, amasándolas con una paciencia que me hizo soltar el aire en un gemido bajo. Atrapó los pezones entre el pulgar y el índice y los apretó despacio, primero suave, luego más fuerte, y yo sentí una corriente que me bajó directo al coño. Era como si entre las puntas de mis tetas y mi clítoris hubiera un cable que nunca nadie había encendido.

—Piensa en alguien que te guste —dijo Natalia en voz baja, sin dejar de pellizcarme—. No tiene que ser real. Una fantasía. El primero que se te venga a la mente.

Rodrigo. El instructor. Cuarenta y tantos años, casi un metro ochenta, con esa manera de caminar que hacía que todas las mujeres del gym lo siguieran con los ojos sin querer. Pensé en su bulto marcándose bajo los pantalones de chándal. Pensé en cómo sería sentir esa polla entrando en mí.

No lo dije en voz alta. Pero lo pensé con claridad. Y algo cambió en mi cuerpo en ese momento exacto: sentí un tirón pesado, líquido, entre las piernas, y supe sin mirar que las bragas se me habían empapado.

Los pulgares de Natalia rozaron mis pezones otra vez y solté un sonido que no había hecho nunca. Pequeño, involuntario, casi un quejido. Ella sonrió sin que yo pudiera verla.

—Ahí está —susurró—. Ahí estás tú.

Bajó una mano despacio por mi vientre, dibujando círculos lentos sobre mi piel, hasta meter los dedos bajo la cintura de mis leggings. Se detuvo justo encima del pubis.

—¿Sigo?

Asentí sin abrir los ojos. No podía hablar.

Cuando tocó mi clítoris por primera vez, me tensé entera. Era una sensación eléctrica, puntual, completamente nueva. Nada que ver con los diez minutos de los sábados. Nada que ver con nada que hubiera sentido antes. Su dedo trazó círculos lentos, exactos, sobre el capuchón hinchado, y yo abrí la boca buscando aire mientras el calor me subía desde el pubis hasta la cara.

—Estás chorreando —dijo en mi oído—. Mira cómo me empapas la mano y todavía no he hecho nada.

—Relájate —dijo después—. No lo rechaces. Déjalo pasar.

Me bajó los leggings hasta los tobillos y luego las bragas. Se inclinó lo justo para verme mejor y separó mis muslos con la otra mano, abriéndome del todo. Me dio vergüenza pensar en cómo se veía mi coño desde su ángulo —los labios hinchados, brillantes, abiertos como una fruta partida— pero ella soltó un sonido bajo de aprobación que me cortó la vergüenza por la mitad.

—Qué coño más bonito tienes, Valeria. Es un desperdicio.

Siguió haciendo círculos sobre el clítoris, más firmes ahora, más precisos, rozando el punto exacto que me hacía arquear la cadera contra su mano. Luego deslizó el dedo medio hacia abajo, lo hundió entre mis labios mojados y lo metió despacio, hasta el primer nudillo. Yo gemí sin poder evitarlo.

—Mírate. Cómo me chupas el dedo por dentro. —Lo sacó brillante y lo subió a la luz para que yo lo viera—. Estás empapada.

Lo volvió a meter, esta vez entero. Volteó la muñeca para curvar el dedo hacia el frente y rascó algo dentro mío que me arrancó un gemido alto, descontrolado.

—Ahí —dijo ella sonriendo—. Ahí lo tienes.

No supe cuántos minutos pasaron. El tiempo perdió el sentido. Solo existían sus dedos, la presión que crecía en la base de mi vientre, el latido acelerado entre mis piernas y esa sensación insoportable de estar abriéndome por dentro. Añadió otro dedo, me penetró con más profundidad y empezó a follarme la mano a un ritmo sucio, lento primero, luego más insistente, sacando los dedos hasta la punta y volviendo a meterlos hasta el fondo, mientras con el pulgar seguía frotándome el clítoris arriba. Yo jadeaba sin poder evitarlo, apretando los muslos alrededor de su muñeca, embarrando mis fluidos en su mano, oyendo el ruido obsceno y húmedo que hacía mi coño cada vez que ella empujaba dentro.

—Eso es, Valeria —murmuró—. Móntame los dedos. Así, mueve las caderas. Así te tienes que correr.

—No puedo, no puedo... —dije sin saber lo que decía.

—Sí que puedes. Llevas treinta y dos años esperando para correrte. No te lo aguantes.

Aceleró el movimiento de la muñeca, golpeándome contra ese punto interno con la curva de sus dedos, mientras el pulgar me machacaba el clítoris en círculos rápidos. La presión en mi vientre se hizo insoportable. Sentí como si algo se rompiera por dentro.

Y vino. Me golpeó de lleno, como una descarga que me dejó la espalda rígida y las piernas temblando alrededor de su mano. Solté un gemido largo, ronco, gutural, sin reconocer mi propia voz. Mi coño se cerró sobre sus dedos en espasmos profundos, mojándole la mano entera, y mis caderas se sacudieron solas contra su muñeca buscando más. Otra oleada me atravesó de arriba abajo, luego otra, hasta dejarme blanda, jadeando, con la respiración rota y un hilo de fluido bajándome por el muslo.

Me corrí por primera vez en treinta y dos años de vida.

Cuando dejé de temblar, Natalia sacó los dedos despacio. Los miró brillantes a la luz de la lámpara, se los llevó a la boca y los lamió uno por uno, mirándome a los ojos.

—Mmm. Sabes bien.

Luego tomó mi mano.

—Ahora tú —dijo.

Me guio. Mi propia mano, mis propios dedos, llevados por la suya hasta el coño que todavía me palpitaba. Era extraño al principio, torpe, como aprender algo en un idioma nuevo. Sentir mis propios labios hinchados y resbaladizos, mi propio clítoris duro como un guisante bajo la yema del dedo. Pero ella corregía con paciencia: más suave, círculos, no fricción, siente el ritmo.

—Mete dos. Eso es. Sin miedo. Es tu coño, conócelo.

Y funcionó de nuevo, más despacio, pero funcionó igual. Me obligó a tocarme sin vergüenza, a separarme los labios con una mano mientras me masturbaba con la otra, a encontrar el punto exacto de mi clítoris y a escuchar cómo mi cuerpo pedía más, más rápido, más hondo. Me follé los dedos despacio bajo su mirada hasta que la segunda corrida me dejó con la cabeza echada hacia atrás y la garganta temblando, otra vez chorreando sobre el sofá.

Natalia se mordió el labio.

—Ahora tu turno de enseñarme —dijo.

Se quitó la ropa sin apuro. Cuerpo largo y firme, tetas pequeñas con pezones oscuros, piel morena, un coño rasurado al borde con un triángulo corto de vello. Se sentó frente a mí en el sofá y abrió las piernas de par en par. Vi cómo sus labios brillaban, ya hinchados, ya pidiendo.

—Tócame como yo te toqué a ti —dijo.

Debería haberme negado. Pero la curiosidad era más grande que cualquier otra cosa que pudiera nombrar.

Empecé con sus tetas, con cuidado. Tomé los pezones oscuros entre los dedos y los pellizqué como ella había hecho con los míos. Natalia cerró los ojos y soltó el aire entre los dientes. Bajé la cabeza y le chupé uno, sintiendo la punta endurecerse en mi lengua, y la oí gemir bajo. Me sorprendió cuánto me gustaba el sabor de su piel, lo natural que se sentía tenerla en la boca.

Bajé la mano despacio hasta su coño. Su clítoris ya estaba hinchado, asomando del capuchón. Lo froté con los mismos círculos que ella me había enseñado, primero con la punta del dedo, luego con dos, buscando la presión justa mientras ella abría más las piernas y me guiaba con una respiración cada vez más rápida.

—Sí. Exacto. Ahora dos dedos dentro. Despacio.

Lo hice. Estaba caliente, empapada, mucho más mojada de lo que esperaba. Le separé los labios con los dedos y la penetré despacio, sintiendo cómo se abría alrededor de mí, cómo su vagina se contraía y soltaba al ritmo de mi mano. Natalia soltó un gemido suave y se movió hacia mi mano, empujando la cadera para tomar más, para que no me detuviera.

—Más hondo. Cúrvalos hacia arriba. Ahí. Ahí, joder.

Encontré el punto. Lo sentí distinto al resto, más rugoso, más esponjoso. Lo froté con la yema mientras le seguía haciendo círculos al clítoris con el pulgar, copiando exactamente lo que ella había hecho conmigo. Natalia echó la cabeza para atrás y empezó a montarme la mano.

—Así, así... —murmuró—. No pares, no pares ahora.

La seguí hasta que su cuerpo se tensó. Luego tembló de arriba abajo, con la pelvis apretándose contra mis dedos, la respiración entrecortada y un gemido ahogado que le salió apenas por entre los dientes. Cuando se corrió, lo hizo con una contracción lenta, profunda, su coño cerrándose alrededor de mi mano en pequeños espasmos rítmicos que sentí latir contra mis dedos. Me empapó la palma entera.

Saqué los dedos despacio. Brillaban. Sin pensarlo, me los llevé a la boca.

—Mira a la alumna —dijo Natalia, riéndose entrecortada—. Aprende rápido.

Después me besó. Un beso corto, suave, con el sabor de ella todavía en mi lengua.

—Bienvenida —dijo.

***

Las semanas que siguieron cambiaron mi relación con mi propio cuerpo de una forma que no sabía cómo describir. Empecé a masturbarme todas las mañanas antes de que Julián se despertara, en el baño, con la ducha corriendo para tapar mis gemidos. Aprendí lo que me gustaba, lo que no, la velocidad exacta que necesitaba. Me compré un vibrador y lo escondí en el fondo del cajón de las medias. Descubrí que el placer no era algo que le pasaba a otro tipo de personas.

Me pasaba a mí también. Siempre había estado ahí, esperando que alguien se tomara el tiempo de mostrármelo.

Natalia y yo seguimos viéndonos todas las semanas. Las cosas entre nosotras eran distintas ahora: había una complicidad nueva, difícil de nombrar pero fácil de reconocer en la manera en que nos mirábamos cuando nadie prestaba atención. Más de una vez terminamos en su cama o en la mía, comiéndonos el coño la una a la otra hasta quedar deshechas.

Fue un jueves de café cuando ella dijo, sin rodeos:

—Le escribí a Rodrigo.

Levanté la vista de la taza.

—¿A Rodrigo el instructor?

—El mismo. —Hizo una pausa—. Me lo cogí una vez hace tiempo. La tiene grande y sabe usarla, créeme. Le dije que tenía una amiga que quería conocerlo mejor. Le pregunté si estaría dispuesto a una tarde con las dos.

El corazón me dio un salto raro. No de alarma. De algo que no quería admitir. Sentí el coño humedecerse ahí mismo, en la cafetería.

—¿Y qué dijo?

—Que si era verdad que existías, que le parecía demasiado bueno para creerlo. Pero que sí. —Natalia tomó su café sin quitarme los ojos de encima—. El jueves que viene. En mi apartamento. Si tú quieres.

Pasé el resto de la semana diciéndome que no iba a ir. Me masturbé cada noche pensando en él. En él y en ella. En las dos manos a la vez.

El jueves llegué a las ocho en punto.

Natalia abrió la puerta con una copa de vino en la mano y esa sonrisa suya que siempre decía más de lo que sus palabras decían.

—Sabía que vendrías —dijo.

Entré. El apartamento tenía música baja y la luz tenue de las lámparas de pie. Sobre el sofá donde ella me había enseñado todo lo que sabía, Rodrigo estaba sentado con los codos en las rodillas y una copa en la mano. El mismo que veía en el gym tres veces por semana y al que nunca le había dicho nada más que «buenos días» y «hasta luego».

Me miró de arriba abajo sin esconder que lo hacía. Vi cómo sus ojos se detenían en mis tetas, en mis caderas, en la falda corta que me había puesto sabiendo perfectamente lo que estaba haciendo.

—Natalia me dijo que eras seria —dijo—. Pero aquí estás.

—Me llamo Valeria —dije.

—Ya lo sé. —Sonrió—. Me alegra mucho que hayas venido.

Natalia me puso la copa en la mano. Los tres hablamos durante un rato, con esa tensión específica de cuando todos saben lo que va a pasar pero nadie quiere ser el primero en decirlo. Rodrigo era exactamente como parecía en el gimnasio: directo, tranquilo, con sentido del humor. Eso lo hizo todo más fácil. Mientras hablaba, mis ojos bajaban solos al bulto que ya se le marcaba bajo el pantalón.

Se levantó del sofá y se acercó. Se arrodilló frente a mí, tomó mi cara entre sus manos.

—No tienes que hacer nada que no quieras —dijo.

—Sé exactamente lo que quiero —respondí.

Me sorprendí a mí misma al decirlo.

Me besó. Fue un beso distinto a todos los que conocía: largo, directo, sin timidez, con la lengua entrando en mi boca con la misma seguridad con que su mano se acomodaba en mi nuca. Natalia se acercó por detrás y me sacó la chaqueta mientras él seguía besándome. Sus manos eran seguras, cálidas. Los dos se movían con la calma de alguien que no tiene prisa.

Me quitaron la blusa entre los dos. Me quitaron el sujetador. Rodrigo bajó la boca por mi cuello y luego más abajo, y soltó un sonido grave cuando llegó a mis tetas, chupando primero un pezón y luego el otro, mordiendo apenas, lamiendo con hambre mientras Natalia me desabrochaba la falda por detrás y dejaba que cayera al suelo.

—Natalia no exageraba —dijo él con la boca llena de mi pecho—. Qué tetas tienes, joder.

Sentí calor en las mejillas y también en otro lado. Las bragas ya me chorreaban.

Natalia me besaba el cuello desde atrás mientras él me succionaba el pezón. Sus manos rodeaban hacia adelante y me sostenían las tetas para él, ofreciéndome como si yo fuera un regalo entre los dos. Yo tenía las manos en el pelo de los dos sin saber a quién dirigir la atención, sin querer que ninguno parara. Rodrigo me llevó con cuidado hasta el sofá y me hizo abrir las piernas mientras Natalia se arrodillaba detrás de mí en el respaldo, sosteniéndome la cabeza contra sus tetas pequeñas.

Me quedé sin rodillas en algún momento y terminamos los tres en el sofá.

Rodrigo me arrancó las bragas con los dientes, despacio, mirándome a los ojos desde abajo. Cuando vio mi coño abierto y empapado para él, soltó un gruñido bajo.

—Mírate. Estás chorreando antes de que te toque siquiera.

—Cómesela, Rodri —dijo Natalia por encima de mi hombro—. Hazla correrse en tu boca.

Él bajó la cabeza y yo dejé de pensar. Su lengua encontró mi clítoris con una presión firme, obscena, plana y caliente, y me arrancó un gemido que me hizo agarrar el respaldo del sofá. Lamió de abajo hacia arriba con la lengua entera, recogiéndome los jugos hasta el clítoris, y allí se quedó, succionando, jugando con la punta, atrapándolo entre los labios y soltándolo. Después metió dos dedos de golpe y siguió lamiendo, metiéndolos y sacándolos a un ritmo profundo y húmedo mientras yo me retorcía contra su boca, mientras Natalia me pellizcaba los pezones y me lamía la oreja diciéndome cochinadas.

—Eso es. Móntale la cara. Restriégale el coño en la boca.

La primera vez que un hombre me hacía eso, tardé menos de tres minutos en correrme. Le agarré la cabeza con las dos manos y me corrí contra su lengua con un grito que no traté de contener, sintiendo cómo sus dedos seguían entrando y saliendo mientras yo le empapaba la barbilla. Rodrigo lo tomó como un halago personal y no se apartó. Siguió chupándome el clítoris hipersensible, sin piedad, hasta que me corrí una segunda vez, temblando, con las manos aferradas a su pelo y las piernas abiertas de par en par, suplicándole que parara y que no parara al mismo tiempo.

Natalia se colocó sobre mí entonces. Se sentó a horcajadas en mi cara, con su coño rasurado a centímetros de mi boca, y me agarró el pelo.

—Tu turno. Cómemelo como yo te enseñé.

Su sabor era familiar ya, tranquilizador de una manera extraña. Saqué la lengua y la lamí de abajo hacia arriba, separándole los labios, encontrándole el clítoris hinchado y chupándolo con todo lo que había aprendido. Me resultaba natural de un modo que hacía tiempo había dejado de cuestionar. Le metí dos dedos mientras le succionaba el clítoris, follándole el coño con la mano al ritmo que sabía que ella necesitaba, sintiéndola empapada, lista, ya temblando sobre mi cara.

Rodrigo se incorporó entre mis piernas. En algún momento se había quitado la ropa. Vi su polla por primera vez: gruesa, dura, larga, palpitando contra su vientre con una gota brillante en la punta. Se puso un preservativo y se acomodó.

—Voy a entrar despacio —dijo—. Avísame si es demasiado.

Apoyó la punta en mi entrada empapada y empujó. Cerré los ojos. Sentí cómo me abría, cómo mi coño cedía centímetro a centímetro hasta que estuvo entero dentro mío, llenándome de un modo que no había sentido nunca. Solté un gemido contra el coño de Natalia y la oí gemir también, porque la vibración la atravesó.

No fue como los sábados de diez minutos con Julián. Fue lento al principio, profundo, con pausas que eran casi peores que el movimiento en sí. Rodrigo sabía exactamente lo que hacía. Salía hasta la punta y volvía a meterla entera de un solo golpe, hasta el fondo, golpeando algo dentro mío que me hacía ver chispas. Encontraba ángulos que yo no sabía que existían. Me agarró las caderas con las dos manos y empezó a moverse en serio, embistiéndome con una firmeza que hacía sonar nuestras pieles cada vez que chocaba contra mí, mientras Natalia se montaba mi boca y me empujaba la cara contra su coño.

—Más fuerte —pidió ella—. Méteselo más fuerte. Mira cómo le tiembla todo.

Rodrigo aceleró. Cada embestida me sacudía entera. Yo lamía a Natalia con desesperación, le metía la lengua dentro, le chupaba el clítoris hasta que sentí cómo se cerraba alrededor de mis dedos y se corría sobre mi boca con un temblor largo que la dejó deshecha. Me empapó la cara.

Se bajó de encima mío justo a tiempo para verlo. Rodrigo me tenía las piernas levantadas contra su pecho, embistiéndome a un ritmo brutal, su polla entrando y saliendo brillante de mi coño, golpeándome ese punto exacto en cada estocada.

—Córretelo —dijo Natalia a mi oído, lamiéndome la mejilla húmeda—. Córretelo en su polla. No te aguantes nada.

Llegué al clímax con los tres en tensión máxima, con las manos de Natalia en mis tetas pellizcándome los pezones y la voz de Rodrigo gruñendo algo obsceno al oído mientras me la metía hasta el fondo. Me corrí temblando, gritando, con el coño cerrándose en espasmos profundos alrededor de su polla, chorreándole los muslos. Sentí cómo él se ponía rígido segundos después, agarrándome las caderas con fuerza, clavándomela hasta el fondo y quedándose inmóvil mientras se vaciaba dentro del preservativo con un gruñido largo, jadeando contra mi cuello.

Quedamos los tres tumbados en el sofá durante un rato largo sin decir nada, los cuerpos pegajosos, el aire pesado a sudor y sexo. La música seguía sonando. Fuera, la ciudad hacía sus ruidos de siempre, ajena a todo lo que acababa de pasar en ese apartamento.

Natalia fue la primera en hablar.

—¿Qué piensas ahora del sexo?

Solté una carcajada. Rodrigo también.

—Creo que he estado perdiendo el tiempo —dije.

Ella se apoyó en mi hombro.

—Llegaste un poco tarde al partido, pero llegaste.

Los jueves dejaron de ser días normales. Julián siguió sin enterarse de nada, siguió subiéndose encima los sábados durante diez minutos sin notar que su mujer estaba cogiendo mejor que en toda su vida en otra cama. Yo seguí yendo al gimnasio tres veces por semana, mirando a Rodrigo desde la colchoneta de pilates y pensando en lo que vendría. Natalia me saludaba desde el otro lado del espejo con esa sonrisa suya que ya sabía leer perfectamente.

No me arrepentí ni un solo día.

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3.3(38)

Comentarios(10)

ValenRo92

increible como lo contás, se siente tan natural y real. Esperando la segunda parte!!

FedeLector

Me gusto mucho la progresion de la historia, como algo simple va creciendo sin que se sienta forzado. Muy buen ritmo.

Lucas_cba

que bueno estuvo esto!!!

Carlitos22

Hay continuacion? porque termina justo cuando empieza lo mejor jaja. Por favor seguí

Mirta_BA

Lo lei de un tiron y me quede con ganas de mas. De los mejores que encontre aca en mucho tiempo.

seba70

La introduccion con el vino y la confesion es lo que mas me llego, muy bien logrado ese arranque. Seguí publicando!

MarisolQ

excelente relato!!!

RocioFP

Me recordo a una noche con amigas que termino de forma inesperada... muy realista todo. Buen relato!

Tony46

Bien escrito, sin vueltas innecesarias. Se agradece que no sea burdo. Felicitaciones

Paty_RJ

El personaje de Natalia me fascino, me gustaria saber mas de ella. Espero que haya una segunda parte con mas de su historia :)

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