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Relatos Ardientes

Lo que hice en el hotel esa primera noche

Miguel dormía boca abajo cuando me levanté. Eran las seis y cuarto y no tenía caso intentar dormir más. Llevábamos siete años juntos y había algo tranquilizador en ver su espalda inmóvil bajo las sábanas, aunque esa mañana ni eso me servía de consuelo. Mi primer vuelo como auxiliar era en cuatro horas y tenía el estómago cerrado.

Habíamos follado la noche anterior, más por mis nervios que por ganas reales. Miguel me había subido el camisón hasta las tetas y me había metido la polla por detrás con dos empujones cortos, sin apenas preliminares, y se había corrido dentro de mí en menos de cinco minutos con un gruñido apagado contra mi nuca. Yo me quedé húmeda y a medio camino, con su semen escurriéndome por el muslo mientras él ya roncaba. Me limpié con una toalla en el baño y volví a la cama sabiendo que tampoco esta vez iba a acabar. Me quedé mirando el techo, pensando en los procedimientos de emergencia, en si me olvidaría algo durante el briefing de seguridad, en si los pasajeros notarían que era la primera vez.

El vuelo era Barcelona-Milán. Dos horas y cuarenta minutos, noche en el hotel y vuelta al día siguiente. Me habían hablado de los dos pilotos: Alejandro Ruiz, joven, conocido entre las auxiliares por razones que no eran exactamente profesionales; y Roberto Salas, veterano con más de treinta años de experiencia, serio, poco sociable, a punto de jubilarse.

A mí me tocó trabajar en cabina de turista junto a Mónica, una rubia de mi edad con los ojos verdes y una energía que llenaba el pasillo entero. Desde el primer momento me puso las cosas fáciles, indicándome todo sin hacerme sentir torpe. Cuando el avión cogió velocidad antes del despegue, estiró el brazo y me apretó la mano, susurrando un «bienvenida» justo al separarnos del suelo.

***

—¿Te has fijado en Alejandro? —me preguntó cuando los pasajeros ya estaban atendidos y volábamos en altura de crucero.

—No mucho. Con los nervios del despegue...

—Es que es una barbaridad de hombre. —Sonrió apoyando la espalda en la mampara—. Ya hemos coincidido tres veces y esta noche espero que no se me escape. Después de cenar podemos quedar con ellos para tomar algo, es lo habitual. Pero necesito que vengas conmigo, me da apuro ir yo sola.

Accedí porque no tenía una buena razón para negarme. Tenía novio, sí, pero una copa con los pilotos tampoco era ningún drama.

—¿Y el otro? ¿Roberto?

—Buena persona, supongo, pero lleva meses con cara de entierro. Se le murió una hija hace un par de años y desde entonces es un fantasma. Antes tenía fama de ser muy... activo. —Bajó la voz—. Dicen que se follaba a todas las auxiliares nuevas y que tenía un rabo de escándalo. Pero ahora está de vuelta de todo. Lo único que sé es que tendremos competencia. Cristina, la de primera clase, también va detrás de Alejandro. Es una arpía, ya la verás esta noche.

***

En el hotel pusieron la cena para las cuatro juntas. Cristina llegó con un vestido de tirantes que no pegaba nada con la ocasión pero que tenía el efecto calculado. Mónica llevaba una camisa entallada y los dos botones de arriba abiertos. Yo me había puesto unos pantalones oscuros y una blusa de lino, sin más pretensión que estar presentable.

Los pilotos cenaban en otra mesa. Alejandro nos saludó con un gesto al vernos entrar. Roberto ni levantó la vista del plato.

Durante los postres, Cristina anunció con su voz de pito que había quedado con Alejandro después. La cara de Mónica lo dijo todo, aunque sonrió con una calma que costaba creerle.

—Nosotras también habíamos quedado con él —dijo.

—Ah, no lo sabía.

La cuarta auxiliar, Beatriz, se excusó enseguida diciendo que estaba cansada. Yo intenté hacer lo mismo pero Mónica me sujetó del brazo.

—Una copa. Solo una, Valeria.

***

En el bar del hotel estaban los dos pilotos. Alejandro se levantó en cuanto nos vio. Roberto seguía sentado en la barra con la espalda ancha y los hombros caídos, mirando su copa como si contuviera algo más interesante que whisky.

Brindamos con cava. Alejandro era tan atractivo en persona como lo pintaba Mónica: mandíbula marcada, brazos grandes, esa seguridad tranquila que tienen algunos hombres cuando saben exactamente el efecto que producen. Roberto permaneció ajeno a todo, respondiendo con monosílabos cuando alguien le incluía en la conversación.

La dinámica entre Mónica y Cristina era agotadora. Las dos orbitando alrededor de Alejandro, rozándole el brazo, riéndose de todo. Cuando propusieron salir a dar una vuelta por la ciudad, yo aproveché para despedirme.

—Buenas noches. —Dejé la copa en la barra, junto al codo de Roberto—. No subas muy tarde, que mañana tienes que llevarnos a todos de vuelta.

Era un comentario inocente. Él se giró y me miró por primera vez en toda la noche con unos ojos grises y cansados que pesaban encima.

—¿Quieres tomar algo? —preguntó.

Di que no. Sube a dormir.

—Sí, claro —contesté, y me senté a su lado.

***

Roberto Salas era un hombre difícil de describir. Grande, con el pelo completamente blanco, una camisa a medias por fuera del pantalón y unas manos que parecían diseñadas para otra época. Tenía la cara de quien había dormido poco durante décadas y que ya no esperaba recuperar el sueño perdido.

Pero sabía hablar.

Durante media hora tuvimos una conversación sobre destinos, sobre los años que llevaba en la compañía, sobre lo que le había costado tanto viajar: dos matrimonios rotos, unas hijas que apenas le conocían, una vida que había disfrutado demasiado y pagado con lo que más valía.

Pedí un cosmopolitan sin pensarlo mucho y me lo bebí demasiado deprisa.

—¿Tienes pareja? —preguntó en algún momento.

—Sí. Siete años.

Cruzé las piernas y entre la tela del pantalón noté que él bajó la vista un segundo antes de devolvérmela. No fue obsceno. Solo fue honesto.

—Alejandro me comentó durante el vuelo que le parecías muy atractiva —dijo—. Que hubiera preferido que fueras con ellos esta noche.

—Ya va bien acompañado.

—Sí. —Giró el vaso sobre la barra—. Aunque esta noche eras tú la que más le interesaba. Me dijo que le gustaría comerte el coño mientras Cristina le chupaba la polla.

Se me atragantó el trago. Le miré esperando la sonrisa que suavizara aquello, pero no llegó.

—No me interesa ningún piloto —dije, y sonó más brusco de lo que quería.

—¿Ni siquiera uno viejo? —Sonrió por primera vez. Era una sonrisa pequeña, casi involuntaria.

Me hizo gracia a pesar de mí misma. Seguimos hablando. Él pidió otro whisky y yo acepté una segunda copa cuando me la ofreció. En algún momento la conversación derivó hacia algo que no supe bien cómo había llegado ahí.

—Estarías más interesante con ese botón abierto —dijo de repente, señalando mi blusa sin tocarla—. El tercero. Solo ese.

—No pienso hacer eso.

—Ya lo sé. —Cogió con un palillo una aceituna del platito que nos habían puesto y me la acercó a la boca—. Abre.

Lo dijo con una calma que no admitía objeción. Y yo, sin entender del todo por qué, abrí la boca. La aceituna reposó en mi lengua. La mastiqué sin dejar de mirarle.

Sonrió. Esta vez la sonrisa duró más.

Entonces se giró hacia la barra y levantó la mano pidiendo otra copa para él solo, dándome casi la espalda, como si la conversación hubiera terminado.

—¿No querías nada más? —soltó sin mirarme.

Me puse de pie hecha una furia.

—No te he dado ningún derecho a tomarte esas confianzas. Te pediría que de ahora en adelante no vuelvas a hacer ningún comentario sobre mi físico.

—¿Te quedas o te vas?

La desfachatez no tenía límites. Le estaba reprendiendo y a él no se le ocurrió otra cosa que preguntarme si me tomaba otra copa.

—Me voy.

Entonces me rodeó la cintura con un brazo. Sin violencia, solo peso y calor y una presencia que no esperaba sentir así de cerca. Me encontré atrapada contra su cuerpo, sintiéndome pequeña de una manera que no era en absoluto desagradable, y eso me asustó más que cualquier otra cosa de la noche. Noté la dureza de su vientre y, más abajo, algo grueso y firme que se me apretaba contra la cadera a través de la tela del pantalón. No hizo ningún movimiento por disimularlo. Yo tampoco pude fingir que no lo había sentido.

—No te vayas enfadada —dijo—. Puedo disculparme si quieres.

Me solté con cuidado, cogí el bolso y me fui sin contestar.

***

En la habitación tardé diez minutos en calmarme. Me quité los zapatos, bebí agua del grifo y me senté en el borde de la cama con las manos entre las rodillas.

Debería llamar a Miguel. Contarle lo que ha pasado y reírme de ello. Porque no ha pasado nada. Un piloto viejo y grosero que no sabe relacionarse con una mujer. Nada más.

Entonces escuché la voz de Alejandro al otro lado de la pared.

Era inconfundible. Mónica había conseguido lo que quería y los dos estaban en la habitación contigua haciendo exactamente lo que cualquiera podía imaginar. Primero risas, después un silencio tenso, después el chasquido húmedo y rítmico de una boca chupando una polla. Se escuchaba perfectamente cómo ella mamaba, los golpes cortos contra la garganta, los jadeos apagados de Alejandro cada vez que le empujaba la cabeza hacia abajo.

—Así, no pares. Trágatela entera, joder —dijo él.

Cerré los ojos.

Escuché arcadas, saliva, y después la voz de Mónica pidiendo aire un segundo antes de que él la volviera a callar metiéndosela otra vez hasta el fondo. No tenía ningún sentido que me pusiera así. Pero escuchar aquello en la oscuridad, con la cama todavía sin deshacer, hizo que llevara una mano al vientre sin pensarlo, y de ahí bajara despacio hasta notar que ya estaba mojada por encima de la ropa.

Los ruidos cambiaron. Ahora era el crujido rítmico del somier, la cama golpeando contra la pared, y Mónica gimiendo cada vez más alto, como si él la estuviera embistiendo desde atrás. Alejandro le decía algo en voz baja que sonaba a una orden. Ella obedecía.

—Fóllame más fuerte, más fuerte —le suplicaba Mónica—. Rómpeme.

—Cállate, puta, que te van a oír.

—Que me oigan.

Los golpes de la cabecera contra la pared se hicieron secos y rápidos. Yo ya me había metido la mano por dentro del pantalón, con el elástico apretándome la muñeca, y me acariciaba el clítoris con dos dedos en círculos pequeños. Estaba empapada. Cada vez que Mónica soltaba un grito, yo apretaba más fuerte.

—Para o me corro —dijo él minutos después—. Ahora date la vuelta. Ponte a cuatro patas y abre bien el culo.

—Por ahí no, cabrón —protestó Mónica.

—Cállate y no te muevas. Solo te la meto un poco.

Hubo un silencio, después un gemido corto de ella y un «espera, espera» que él no esperó. El grito de Mónica cuando él la penetró por el culo fue largo y ronco, mitad dolor mitad otra cosa, y me llegó a través de la pared como si me lo hicieran a mí. Metí un dedo dentro, después dos, y arqueé la espalda contra el colchón. Escuchaba cada empujón, cada palmada contra las nalgas de ella, cada «así, guarra, así» de él.

Me acaricié despacio, con los ojos abiertos en el techo, escuchando cada sonido que llegaba desde el otro lado de la pared. Y en algún momento, sin buscarlo, pensé en Roberto. En la manera en que me había mirado. En la aceituna. En su brazo alrededor de mi cintura. En el bulto que le había notado apretándose contra mi cadera.

Retiré la mano antes de correrme. Me quedé temblando, con los dedos brillantes, respirando entrecortada.

Tenía razón, y eso era lo que más me fastidiaba.

Me levanté de la cama.

Me quité el pantalón y la ropa interior. Volví a ponerme solo la blusa de lino con los tres botones superiores abiertos. Me miré en el espejo. Se me marcaba cada curva. Los pezones duros bajo el tejido fino. Por debajo de la blusa se me veía la mata de vello púbico oscuro y, más abajo, los muslos brillantes de mi propia humedad.

No lo hagas.

Abrí la puerta y salí al pasillo.

***

Roberto seguía en el mismo taburete. No se giró cuando me acerqué y me senté a su lado. Llamé al camarero y pedí un cosmopolitan.

—Vienes sin ropa interior —dijo sin mirarme.

—Sí.

—¿Por qué has bajado?

—No lo sé.

—No voy a follarte esta noche.

—No te lo he pedido.

Hubo un silencio. Giró el vaso una vez, dos veces. Después me miró de frente.

—¿Te has tocado arriba?

—No.

—Enséñame los dedos.

Dudé un segundo y le tendí la mano derecha. Él me cogió la muñeca sin apretar y se acercó los dedos a la nariz. Los olió con calma, primero el índice, después el corazón. No cambió la expresión.

—Mentirosa. Estás empapada. —Me soltó la mano sin devolvérmela, dejándola caer sobre la barra—. ¿Te has corrido?

—No.

—Bien. No lo hagas. Quiero que mañana, en el vuelo de vuelta, sigas sin ponerte ropa interior. Y quiero que llegues a Barcelona sin haberte corrido desde ayer. —Cogió la copa que me habían servido y le dio un sorbo antes de dejármela delante—. Cuando entres por la puerta de tu casa, te bajas las braguitas del uniforme, coges a tu novio del cuello y le montas encima como una perra. Le vas a dar el mejor polvo de los siete años. Y no le vas a decir por qué.

Se me contrajo todo por dentro. Bebí un trago sin apartar los ojos de los suyos.

—¿Y si no aguanto?

—Aguantas. —Dejó dinero en la barra y se puso de pie—. Tu pareja te lo agradecerá cuando llegues a casa.

Caminamos juntos hasta el ascensor sin decir nada. Él pulsó el tres. Las puertas se cerraron y nos vimos reflejados en el espejo de la cabina pequeña. Bajé la vista y vi el bulto marcado en su pantalón. Era grueso y estaba desplazado hacia la izquierda, apoyado contra la costura. No aparté los ojos. Él tampoco apartó los suyos de mi trasero.

—Sin ropa interior queda mucho mejor —dijo—. Date la vuelta. Apoya las manos en el espejo.

Lo hice sin pensar. Puse las palmas frías contra el cristal y noté cómo la blusa se me subía por atrás dejando las nalgas al aire. Él se quedó detrás de mí, sin tocarme, mirándome desde arriba a través del reflejo.

—Abre las piernas.

Las separé un poco. Él avanzó un paso. Sentí el bulto de su pantalón apretándose entre mis nalgas desnudas, la tela áspera contra mi piel, y una mano grande y caliente subiéndome por la parte interna del muslo derecho hasta rozarme apenas los labios del coño. Fue un roce breve, casi accidental, pero yo estaba tan mojada que se me escapó un gemido largo.

—Mírate. —Su voz estaba pegada a mi oreja—. Mírate la cara. Estás a punto de correrte solo con esto.

Era verdad. Tenía la boca abierta, los ojos vidriosos, las mejillas coloradas. Empujé las caderas hacia atrás buscando más contacto y él retrocedió el paso justo antes de que llegara.

Levantó la mano y me dio un azote seco y contundente en la nalga derecha.

El sonido llenó el ascensor.

Se me escapó un gemido justo cuando se abrían las puertas.

—Buenas noches, Valeria —dijo, y salió al pasillo sin mirar atrás—. Mañana no lo olvides.

***

En la habitación me desnudé frente al espejo. La marca de su mano todavía me ardía en el glúteo, roja y perfecta, con los cinco dedos dibujados. Me giré para verla mejor. Después me miré de frente: los pezones tan duros que dolían, el coño hinchado y brillante, los muslos pegajosos hasta las rodillas.

Metí los dedos entre mis piernas. Un roce y estaba temblando. Dos y ya me arqueaba. Podía correrme en diez segundos si quería. Casi no pude aguantarme, pero me acordé de lo que me había pedido.

No quiero que lo hagas. Así mañana estarás todavía más caliente.

Retiré la mano. Me miré los dedos empapados y me los llevé a la boca, chupándomelos uno a uno, imaginando que era él quien me los había hundido dentro. Me metí en la cama boca abajo, apretando el coño contra la sábana, y tardé casi dos horas en dormirme, moviéndome de lado a lado, sintiendo el calor que irradiaban mis muslos y reprimiendo una necesidad que no recordaba haber sentido tan intensa. En algún momento me di la vuelta, abrí las piernas y dejé que el aire de la habitación me acariciara. Estuve así hasta que caí rendida, con una mano apoyada sobre el pubis, sin permitirme moverla.

A la mañana siguiente me puse el uniforme sin sujetador ni braguitas, tal como me había pedido. La falda me rozaba directamente el sexo cada vez que caminaba y sentía los pezones marcados debajo de la camisa blanca. Cuando Mónica pasó a buscarme para desayunar, tenía la cara de quien ha dormido poco y está más o menos satisfecha de ello. No dijo mucho sobre Alejandro. Yo tampoco pregunté.

Fue en el desayuno cuando vi el correo con mis próximos destinos.

La semana siguiente. Barcelona-Milán. Tripulación: Alejandro Ruiz, Roberto Salas.

Levanté la vista hacia la mesa de los pilotos. Roberto ya me estaba mirando. Bebió un sorbo de café sin apartar los ojos de mí y esbozó algo que podría haber sido una sonrisa.

Él también había visto el correo.

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Comentarios(12)

LectorMDQ

Dios mio, que inicio. Me dejo sin palabras.

nocturno77

Lo lei dos veces y la segunda vez fue mejor que la primera. Asi se escribe.

Marce_posta

Hay continuacion? Por favor que haya continuacion!!!

ViajeroNocturno

Ese detalle del bar me mato. Sabes crear atmosfera como pocos.

Fer_84

Tremendo relato, me enganche desde el primer parrafo y no pude parar. Sigue asi!!

SolDeMadrugada

Me recordo a un viaje que hice sola hace unos años... cosas que uno no olvida. Muy bien contado.

PatoGdl

Excelente!! Espero el proximo pronto

CaroMdz

La narradora tiene una voz increible, te arrastra sin que te des cuenta. Gracias por compartir.

CuriosoNocturno

Pregunta sincera: esto es autobiografico? Se siente demasiado real para ser inventado jaja

NandoBA

Muy bueno, tiene ese suspenso al principio que te mantiene leyendo. Ojala haya segunda parte con lo que paso despues.

kimera

corto pero demoledor, asi me gustan :)

Luciana_SC

Me gusto mucho como jugas con la duda de ella, si lo eligio o no. Eso es lo mejor del relato, lo que no se dice.

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