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Relatos Ardientes

Mi amiga del gimnasio organizó mi primer trío

Hasta los treinta años creí que el sexo era una de esas cosas que la gente exagera. Como cuando te dicen que un restaurante es lo mejor del barrio y resulta ser pasable. Me casé con Andrés a los veintiocho, después de cuatro años de noviazgo bastante lineal, y la rutina sexual de los sábados por la noche no me había dado nunca una razón para pensar lo contrario. Diez minutos, posición de siempre, luces apagadas, beso en la frente, dormir.

Andrés tampoco era un huracán. Trabajaba en una consultora, llegaba cansado, miraba series hasta dormirse en el sofá. Yo daba clases de literatura en un colegio privado y corregía pruebas hasta tarde. Las pocas amigas casadas que tenía hablaban de sus maridos como de un electrodoméstico viejo: funciona, no rinde, se aguanta. Lo asumí como parte del paquete adulto.

Hasta que apareció Renata.

La conocí en el gimnasio del barrio, una tarde que llegué tarde a la clase de pilates. Pelirroja de un rojo que parecía pintado, alta, con una manera de ocupar el espacio que me intimidó nada más verla. Me sonrió sin presentarse, como si fuésemos amigas de hace años, y me cedió el sitio del fondo. Después de la clase me preguntó si quería tomar algo en el bar de la esquina.

—Vengo aquí dos veces por semana y no he hablado con nadie en seis meses —dijo, removiendo el café—. Tienes cara de que tampoco te sobra la conversación.

Tenía treinta y tres años, era arquitecta, separada desde hacía dos. Hablaba sin filtros, se reía fuerte, contaba detalles íntimos con una naturalidad que me dejaba sin palabras. En tres semanas pasamos de los cafés de los jueves a las cenas en mi casa o en la suya. Andrés la conoció una noche y la describió luego como «esa amiga rara». A mí me fascinó desde el principio.

Una noche, en su salón, después de dos botellas de tinto, salió el tema. Yo dije, sin pensarlo mucho, que el sexo siempre me había parecido un ritual aburrido del que no entendía el escándalo.

Renata dejó la copa en la mesa baja. Me miró con la boca un poco abierta.

—¿Cómo que aburrido? ¿Tú te has tocado alguna vez?

—Nunca —contesté, encogiéndome de hombros—. La verdad es que no le veo el sentido.

Soltó una carcajada que rebotó en las paredes. No era cruel. Era, más bien, incrédula.

—Lorena, por dios. Tienes treinta años. Eres una mujer guapísima y no sabes ni cómo es tu propio cuerpo. Eso no puede seguir así.

—Tampoco es tan grave.

—Es gravísimo —dijo, agarrándome la mano—. Yo no soy ninguna gurú, pero sé enseñarte lo básico. Si tú quieres.

Sentí que la cara me ardía. Me reí, intenté apartar la mano, ella no me soltó. Me miraba como una hermana mayor que está a punto de explicarte cómo se cambia una rueda.

—Yo no soy lesbiana —dije, idiota.

—Yo tampoco, tonta. No te voy a comer. Solo quiero que descubras algo.

***

Acabé tumbada en su sofá con los ojos cerrados, riéndome todavía de los nervios. Renata me pidió permiso antes de cada paso. Que si me podía desabrochar la camisa. Que si me molestaba que me bajara los tirantes del sujetador. Que si quería seguir o paraba ahí.

—Tienes un pecho precioso —dijo cuando se asomaron mis tetas grandes—. ¿Sabes lo raro que es algo así de natural?

Yo no contestaba. Estaba demasiado pendiente del calor que me subía por la nuca. Sus manos eran más cálidas de lo que yo había imaginado, sin prisa, casi clínicas. Me pidió que pensara en alguien que me gustase.

—El instructor del gimnasio —se me escapó.

—Mateo —se rio—. Buen ojo. Cierra los ojos. Imagínatelo. Imagínalo mirándote como te miro yo ahora.

Sus pulgares pasaron por encima de mis pezones. Algo se me apretó en el bajo vientre, algo que no había sentido nunca. Me oí soltar un gemido bajo y me asusté de mi propia voz.

—Tranquila. Solo siente.

Bajó una mano por mi vientre, despacio, dándome tiempo a parar. No paré. Cuando los dedos cruzaron el elástico de las mallas y rozaron por primera vez una zona que mi marido apenas había localizado en cinco años, me arqueé entera.

—Esto es tu clítoris —dijo, con el tono con el que me había enseñado a configurar una hoja de cálculo el mes anterior—. Pequeño y dormido. Espera y verás.

***

Me corrí esa noche por primera vez en mi vida. Fue un terremoto vergonzoso, ridículo, magnífico. Le hundí los dedos en el muslo a Renata, dije cosas que no recordaría después y me eché a llorar de pura sorpresa. Ella me abrazó como si fuera una niña que se ha caído de la bici.

—Bienvenida —dijo, contra mi pelo—. Ahora me toca a mí.

Se desnudó sin teatro. Cuerpo trabajado, pecas en los hombros, vello rojizo cuidadosamente recortado. Se sentó frente a mí, abrió las piernas y me agarró la mano.

—Igual que antes. Tú a mí.

Lo hice torpe, con la lengua apretada entre los dientes. Ella me corrigió en susurros, me llevó la mano a donde tenía que estar, me dijo cuándo apretar y cuándo aflojar. Cuando se corrió no gritó: contuvo el aire, soltó un quejido largo, me apretó la muñeca. Después se inclinó, me dio un beso suave en los labios y se levantó a por más vino.

—Esto se queda entre nosotras —dije, todavía temblando.

—Por supuesto. Pero, ahora que sabes cómo funciona el cuerpo, vamos a hacer una segunda cosa.

***

La segunda cosa apareció diez días después, en forma de mensaje al móvil:

«Le dije a Mateo que tenías curiosidad. Que estabas casada y reprimida. Que tu marido no te había hecho un favor. Le pareció un reto. Jueves, ocho de la tarde, en mi casa».

Le contesté con tres signos de interrogación seguidos. Llamé. Le grité. Renata se rio durante medio minuto.

—Te juro que no le he dicho nada feo. Y si no te apetece, no vienes y se acabó. Pero piénsalo. Yo voy a estar ahí. No te dejo sola.

Pasé tres días dándole vueltas. Le dije a Andrés que tenía una cena de antiguas alumnas. Mentir me salió tan fácil que me asustó. El jueves a las siete y media estaba en el portal de Renata con el pulso en las orejas, peinada como si fuese a una boda, oliendo a un perfume que reservaba para fin de año.

Renata abrió en bata de seda granate. Detrás, en el sofá, con una cerveza en la mano y una sonrisa de persona que sabe lo que está a punto de pasar, estaba Mateo. Cuarenta y dos años, hombros anchos, brazos marcados, el pelo todavía húmedo de la ducha. En el gimnasio nunca lo había mirado así. Aquí, en un salón con las luces bajas, era otra cosa.

—Lorena —dijo, levantándose—. No pensé que vendrías.

—Yo tampoco —contesté.

Renata cerró la puerta con llave. Me dio una copa de vino blanco helado. Me sentó entre los dos en el sofá, me apartó el pelo del cuello y me besó por debajo de la oreja.

—Confía. Como la otra vez.

***

El primer beso de Mateo fue lento, con la mano grande puesta en mi nuca. Sabía a cerveza fría y a una colonia masculina barata que me gustó más de lo que esperaba. Mientras él me besaba, Renata me iba desabrochando los botones de la blusa uno a uno, sin prisa. Cuando mis pechos quedaron al aire, Mateo se apartó un instante para mirarlos y soltó un suspiro entre dientes.

—Es injusto que escondas esto debajo de un anorak en clase —dijo.

Renata se rio detrás de mí. Me bajó la falda hasta dejarla en un círculo en el suelo. Me ayudó a levantarme. Yo, con el sujetador colgando de los codos y las medias, miré a los dos como si esperase que alguien dijera la frase mágica que me dejara salir corriendo. Nadie la dijo. Renata me besó la espalda. Mateo se arrodilló y me besó el vientre.

—Si quieres parar, paramos —dijo él, sin levantar la vista—. Cuando tú digas.

No quise parar.

***

Me llevaron a la cama de Renata, una cama amplia con sábanas blancas. Renata se quitó la bata. Mateo se desnudó delante de mí sin teatralidad. La primera vez que vi una polla distinta a la de Andrés me quedé mirándola como si no supiese dónde poner los ojos. Era más gruesa, más oscura, un poco amenazante. Me mareé un segundo y luego me oí reír, sin saber bien de qué.

—Túmbate —dijo Renata, suavemente.

Me tumbó boca arriba. Se subió encima de mí a horcajadas, pero al revés, con la cara hacia mis pies, los muslos rodeándome la cabeza. Antes de que pudiera reaccionar, noté su sexo encima de mi boca y, a la vez, su lengua entre mis piernas. Mi cabeza no entendía qué tocar primero. Ella sí.

Mateo se subió a la cama detrás de Renata. Yo no podía verlo, pero la oí gemir contra mi muslo cuando él se hundió en ella. La cama se sacudía con un ritmo nuevo. El olor de los tres se mezcló de un modo que no sabría describir. Yo lamía a Renata como ella me había enseñado en su sofá, atenta al ruido que hacía cuando acertaba.

—Ya, ya, espera —jadeó Renata, levantándose—. Ahora tú.

Me cambió de sitio. Me dejó tumbada, con las piernas abiertas, y le pidió a Mateo que se pusiera entre ellas. Él me miró un segundo a la cara, esperando una palabra. Asentí. Entró despacio, conteniéndose. Algo dentro de mí cedió con un dolor breve y luego se abrió a una sensación que no tenía nombre.

—Mírame —dijo él, agarrándome la cara con una mano—. No cierres los ojos. Mírame.

Lo miré. Renata se acomodó a mi lado, me besó los pezones, me susurró cosas al oído, me pasó la mano por el pelo. Mateo empujaba con un ritmo paciente, profundo, que me arrancó un gemido que no parecía mío. Cada vez que pensaba que iba a venirse, frenaba, me dejaba respirar y volvía a empezar. Después de la tercera vez perdí la cuenta de los orgasmos.

—Voy a acabar —avisó, ronco—. ¿Dentro o fuera?

Renata contestó por mí.

—En su pecho. Eso lo merece ella.

Salió de mí, se incorporó, y cuando vino fue una secuencia caliente sobre mis tetas y mi cuello. Renata se inclinó y, mirándome a los ojos, recogió un hilo del nacimiento de mi pecho con la lengua. Yo me eché a reír. No podía creer que aquello me estuviera pasando a mí.

***

Volví a casa pasada la una de la mañana. Andrés dormía con la boca abierta, abrazado al mando del televisor. Me duché dos veces, me acosté a su lado y me quedé mirando el techo hasta el amanecer. No sentía culpa. Sentía algo más raro: una especie de inventario nuevo del cuerpo, como cuando descubres una habitación de la casa que llevabas años sin abrir.

El jueves siguiente, Renata me esperaba con la misma sonrisa pícara. Mateo, en el sofá, con una cerveza nueva. No hubo discurso. Cerré la puerta detrás de mí y la cerré con llave yo, esta vez. Andrés todavía no lo sabe. No creo que necesite saberlo. Lo que aprendí en aquella casa no le pertenece.

Renata me dijo, una de esas noches, que lo importante no es lo que descubrimos a los treinta, sino el momento en el que dejamos de fingir que no nos interesa. Yo, por mi parte, ya no finjo.

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Comentarios (9)

dracusor

tremendo relato!!

Lucas87

Muy bueno!!! me encanto desde el principio

Tomas_Rosario

Quede con ganas de mas... hay segunda parte?

JorgeCordobes

El instructor del gimnasio, siempre el mas peligroso. Muy buen relato

CuriosaLec

Eso realmente paso? porque si es verdad te envidio jajaja

Marcelo_BA

La tension del comienzo esta muy bien lograda, uno se imagina la escena de golpe. Sigue subiendo!

Rosita_Mdeo

increible!!! mas por favor 😄

PatricioMza

Me encanto como arranca el relato, ese momento de abrir la puerta y encontrar esa situacion tiene una carga que se siente. Muy bien narrado, se nota dedicacion. Espero el proximo!

MarisolLP

Me recordo a una situacion similar que tuve hace años, aunque mucho menos elaborada jaja. Muy buena historia

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