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Relatos Ardientes

Lo que nunca le conté a mi marido sobre el gimnasio

Llevaba casi tres años encerrada en casa, trabajando frente a la misma pantalla, en la misma silla, sin ver a casi nadie. Mi cuerpo lo acusaba: los pantalones apretaban un poco más, la espalda dolía, la energía brillaba por su ausencia. Fue Andrés, mi marido, quien me animó a buscar un gimnasio cerca. Lo hice sin muchas expectativas.

El primer día me atendió Diego.

Era alto, moreno, con los ojos oscuros y una mandíbula cuadrada que le daba un aspecto serio hasta que sonreía. Treinta y tantos, atlético sin llegar a exagerado, con ese tipo de carisma calmado que hace que la gente se sienta bien sin saber muy bien por qué. Me explicó las máquinas, me ajustó la postura en la sentadilla, me preguntó mis objetivos. Todo fue completamente profesional.

Yo tenía treinta y dos años, algo bajita, de piel clara, caderas anchas y el cabello oscuro casi siempre recogido. No me consideraba nada especial, pero Diego me miraba cuando hablaba, y eso ya era algo.

Los primeros meses pasaron despacio. Aprendí la rutina, empecé a notar cambios pequeños en mi cuerpo, y sin darme cuenta comencé también a arreglarme un poco más antes de ir al gimnasio. Solo un poco. Tampoco era necesario, me decía a mí misma. Solo era costumbre.

Diego me hacía comentarios que en otro contexto habrían sido inocuos: «te noto con más fuerza esta semana», «qué buen progreso», «ese ejercicio te sienta especialmente bien». Nada que no pudiera decirle a cualquier otra cliente. Pero había algo en su tono cuando me lo decía a mí, o quizás era yo que lo inventaba.

Empecé a desearlo en silencio, y el silencio se fue volviendo cada vez más difícil de mantener.

***

Una noche tuve un sueño con él tan vívido que me costó volver a dormirme. En el sueño estábamos en el gimnasio, pero vacío, sin música ni otros clientes. Me corregía la postura desde atrás, sus manos grandes en mis caderas, y sentía su polla dura empujando contra la tela del pantalón corto, marcándome el culo como una advertencia. Me metía una mano por dentro del short, dos dedos gruesos que se abrían paso entre mis labios ya empapados, y me susurraba al oído lo mojada que estaba. Me desperté agitada, con el corazón acelerado, los muslos pegajosos y el coño latiendo como si me acabaran de tocar de verdad. Supe que había cruzado algún tipo de línea invisible.

A partir de ahí fue diferente. Lo miraba de otro modo. Me costaba concentrarme cuando se acercaba a ayudarme. Más de una vez me pillé fantaseando con qué pasaría si me quedara sola con él cuando cerrara, con su polla dentro de mi boca mientras yo estaba de rodillas sobre el suelo de goma.

Un día, sin haberlo planeado, se lo conté.

No sé exactamente por qué lo hice. Supongo que llevaba semanas cargando eso sola y en algún momento tenía que salir. Le dije que había soñado con él, que no hacía falta que le diera detalles, que solo quería que supiera que esa tensión existía de mi parte. Esperaba una respuesta incómoda, quizás una disculpa profesional, una sonrisa cortés que zanjara el asunto para siempre.

En cambio, me miró fijo un momento y dijo:

—No eres la única que lo nota. Llevo semanas empalmándome cada vez que me agacho a corregirte la postura.

Y así empezó todo.

***

Las conversaciones cambiaron de tono. No de golpe, sino de a poco, como cuando el agua empieza a hervir y no te das cuenta hasta que ya burbujea. Mensajes después de los entrenamientos, alguna pregunta que comenzaba siendo sobre rutina y terminaba en otra cosa completamente distinta. Me encontraba mirando el teléfono más de lo habitual, esperando su respuesta con una ansiedad que reconocía de mi adolescencia y que no creía volver a sentir.

Me masturbé pensando en él más de una vez. Muchas más de una vez. Me metía dos dedos en el coño mientras me imaginaba su polla llenándome, y con la otra mano me pellizcaba los pezones hasta que me dolían. Me inventé escenarios: el cuarto de las colchonetas al fondo con él follándome a cuatro patas, el vestuario vacío un lunes por la mañana con mi cara aplastada contra los azulejos fríos, la sala de spinning con la persiana baja y yo montándolo encima de una de las bicicletas. Mi imaginación hacía el trabajo que yo no me permitía hacer en la realidad, y la realidad esperaba pacientemente su turno.

Andrés no notó nada. O no quiso notar. Estábamos bien, éramos funcionales, nos queríamos a nuestra manera. Pero llevábamos tiempo sin esa clase de electricidad, esa tensión que hace que el aire entre dos personas pese de otra forma.

***

Cuando Andrés me dijo que tenía un viaje de trabajo de cinco días, algo se movió en mi pecho.

Esta es la oportunidad.

La rechacé de inmediato. Me dije que era una locura, que no iba a hacer nada, que el deseo era una cosa y la acción era otra muy distinta. Me lo repetí durante días. Y al cuarto día, le escribí a Diego.

Solo un mensaje breve: «Mi marido está fuera hasta el jueves».

Respondió en menos de un minuto: «¿Cuándo puedes venir?»

***

Me preparé con las manos temblando. Me bañé despacio, intenté calmarme bajo el agua caliente y no lo conseguí del todo. Me depilé el coño entero con la maquinilla, dejándomelo liso, y solo con pasarme los dedos para comprobar noté que estaba resbaladiza. Me puse un vestido ligero que no tenía nada de especial, lo primero que encontré. No me puse ropa interior. No porque fuera un gesto calculado, sino porque ya estaba demasiado húmeda para que tuviera sentido y porque intuía que el tiempo iba a ser limitado.

Salí a la calle con el cabello todavía húmedo.

El trayecto al gimnasio fueron diez minutos que parecieron una hora. Caminaba pensando en dar la vuelta, en inventar alguna excusa, en mandarle un mensaje diciendo que me había puesto mal. Y al mismo tiempo mis pies seguían moviéndose hacia adelante, como si tuvieran criterio propio y hubieran tomado la decisión sin consultarme. Sentía cada paso en el coño desnudo, la tela del vestido rozándome los pezones erguidos, y para cuando llegué a la esquina tenía los muslos pegajosos de mis propios jugos.

Desde la esquina lo vi en la puerta, con los brazos cruzados y una expresión tranquila. Me hizo una señal con la cabeza. Miré hacia ambos lados de la calle sin saber muy bien por qué, saludé desde lejos con una sonrisa y crucé.

—Pensé que no ibas a venir —dijo mientras cerraba la puerta a mi espalda.

—Yo también lo pensé —respondí.

***

No hubo más conversación.

Apenas cerró con llave, me tomó del brazo, me giró y me besó. No fue un beso tentativo ni de pregunta. Fue directo, seguro, con las manos en mi cintura y luego en mi trasero, apretando. Me metió la lengua hasta el fondo de la boca y yo se la chupé como si llevara meses hambrienta de eso. Sus manos me subieron el vestido por detrás y encontraron el culo desnudo. Notó enseguida que no llevaba nada debajo del vestido e hizo un sonido grave que no era exactamente una palabra.

—Qué considerada —murmuró contra mi boca. Deslizó una mano entre mis piernas por delante, sin ceremonia, y sus dedos se hundieron en mi coño empapado de un tirón—. Y qué mojada estás, joder.

—Llevo así desde que salí de casa —le dije, con la voz rota.

Me metió dos dedos hasta los nudillos y los curvó hacia arriba, buscándome ahí dentro. Los sacaba y los volvía a meter, sacaba y volvía a meter, mientras el pulgar me presionaba el clítoris en círculos lentos. Yo me abría contra su mano sin ninguna vergüenza, con las piernas separadas ahí de pie contra la puerta del gimnasio, gimiendo bajito en su boca. Me reí, nerviosa, entre gemido y gemido, y ese momento de risa fue lo único que necesitaba para dejar de temblar por completo.

Me llevó al fondo, a la sala que usaban para clases de suelo, con sus colchonetas azules apiladas contra una pared. Sacó tres de la pila y las tendió en el suelo. Me hizo arrodillarme. Se bajó el pantalón de chándal y los calzoncillos de un tirón y su polla saltó hacia afuera, dura, pesada, apuntándome a la cara. Me detuve un segundo. Era grande, notablemente grande, gruesa en la base y con la cabeza ancha y morada de tan hinchada, y tuve ese instante absurdo en que el cerebro hace cálculos rápidos sobre la viabilidad de lo que está a punto de ocurrir.

Respiré. La tomé en la mano —no me la abarcaba entera, tuve que usar las dos— y la acerqué a la boca. Le di primero un lametón largo desde la base hasta la punta, siguiéndole la vena gruesa que la recorría por debajo, y cuando llegué arriba le lamí la gota transparente que le brillaba en la punta. Sabía salada, densa. Le oí soltar el aire por la nariz.

—Métetela en la boca —me pidió con la voz ronca, y yo obedecí.

Abrí bien la mandíbula y me la metí. Era pesada, suave, y apenas cabía, pero me las arreglé. Empecé despacio, cubriéndole solo la cabeza, jugando con la lengua por debajo del glande. Después fui bajando más y más, hasta que la sentí en el fondo de la garganta y tuve que retirarme para no atragantarme. Volví a intentarlo. Y otra vez. La saliva empezó a chorrearme por la barbilla, cayéndome sobre las tetas por dentro del vestido. Con una mano le acariciaba los huevos, pesados y calientes en mi palma, y con la otra le apretaba la base mientras chupaba.

Diego me agarró del pelo, no para forzarme, sino para marcarme el ritmo. Me metía la polla hasta donde yo podía y me la sacaba, dejándome respirar, y volvía a meterla. Lo miré desde abajo, con la boca llena, los ojos llorosos, y él soltó un gemido grave que me hizo apretar los muslos.

—Joder, qué bien la chupas —murmuró—. Como si llevaras meses queriéndolo.

Meses. Meses enteros. Se lo confirmé con la mirada, sin sacármela de la boca.

***

Cuando notó que estaba a punto, me la sacó de la boca de un tirón. Me tumbó sobre las colchonetas.

Me subió el vestido hasta el cuello, dejándome las tetas al aire, y me chupó los pezones uno tras otro mientras me abría las piernas con la rodilla. Me abrió las piernas sin prisa pero sin pausa, se colocó entre ellas, y se pasó la cabeza de la polla por todo el coño, mojándola bien en mis flujos, resbalándomela arriba y abajo, presionándome el clítoris con la punta hasta que yo levanté la cadera buscándolo. Me miró un segundo como confirmando algo, y entró.

Entró de un solo empujón, hasta el fondo.

Sentí todo de golpe: el volumen, la profundidad, una presión que rozaba el dolor pero que no lo era, que era algo más complejo para lo que no encontraba nombre exacto. Me llenaba entera, me abría, me tocaba algo por dentro que Andrés no había alcanzado nunca. Me quedé sin voz. No porque me lo pidiera, sino porque mi cuerpo simplemente no encontró el camino hacia las palabras. Solo podía sentir cómo se retiraba casi por completo y volvía a hundirse hasta el fondo, cada vez con más fuerza.

Diego se movía con un ritmo constante que sabía mantener. Me la clavaba entera y la retiraba despacio, dejando que yo sintiera cada centímetro entrar y salir. Me besaba mientras lo hacía, me agarraba la cadera con una mano y con la otra me sujetaba del hombro para tener punto de apoyo y empujar más hondo. Cada tanto me preguntaba, en voz baja, si estaba bien.

—Sí —era todo lo que podía articular—. Sí, sí, más fuerte.

Más que bien. Completamente fuera de mí y al mismo tiempo más presente que nunca en mi propio cuerpo.

Aceleró. Cada embestida me arrancaba un gemido que rebotaba en las paredes vacías de la sala. Me chupó el cuello, me mordió el hombro sin llegar a dejar marca, me metió tres dedos en la boca para que se los chupara mientras me follaba. Cuando sacó los dedos, brillantes de saliva, se los llevó abajo y me empezó a frotar el clítoris al ritmo de sus embestidas. Me corrí así, con él dentro y su mano encima, arqueándome contra la colchoneta, apretándole la polla con el coño de tal manera que él soltó un juramento entre dientes.

—Joder, así, córrete en mi polla —me dijo al oído, sin dejar de moverse—. Que se te note.

Y me corrí otra vez casi seguido, temblando entera.

***

Me puso en cuatro. Frente a nosotros había un espejo grande que usaban para que los alumnos se corrigieran la postura. La ironía no se me escapó. Me pidió que lo mirara, que no cerrara los ojos, y yo obedecí porque en ese momento habría obedecido cualquier cosa que no fuera detenerse.

Podía vernos los dos: él de pie detrás de mí, concentrado, con el sudor empezando a brillarle en el pecho; yo con el vestido subido hasta la cintura, los nudillos blancos apretados sobre la colchoneta, la cara que no reconocía del todo. Se agarró la polla con la mano, se la pasó por mis labios abiertos por detrás, y me penetró de nuevo, esta vez desde atrás, hundiéndose entero. Vi en el espejo cómo mi propio coño se abría para tragárselo, cómo su polla salía brillando por completo de mis jugos y volvía a entrar hasta desaparecer.

Me agarraba el cabello con una mano, no con violencia, sino con esa firmeza que recuerda que alguien más tiene el control por un rato. Tiró de él hacia atrás hasta que arqueé la espalda y le ofrecí más. Me dio una nalgada, abierta y limpia, y el sonido llenó la sala vacía. Me ardió la piel donde la mano me marcó roja al instante.

Me gustó más de lo que esperaba. Se lo pedí en voz alta.

—Otra.

Me dio otra, más fuerte. Y otra. Me follaba y me nalgueaba al mismo tiempo, y yo empujaba el culo hacia atrás pidiendo más de las dos cosas. En el espejo veía mis tetas balancearse con cada embestida, la boca abierta, los ojos entornados, y ver mi propia cara así —la cara de una mujer a la que están follando bien— me hizo apretarlo por dentro otra vez.

—Se te ve todo —me dijo mirándome también por el espejo—. Cómo te la trago tu coño. Cómo la quieres.

—La quiero —jadeé—. Toda.

Me metió el pulgar mojado de saliva en el culo mientras seguía follándome el coño, y yo grité contra la colchoneta, con una intensidad nueva, sintiéndome llena por todos lados a la vez.

***

Cambiamos de posición un par de veces más. Me tumbó boca arriba y me puso las piernas sobre sus hombros, doblándome casi en dos, y desde ahí me la clavaba de arriba hacia abajo con todo el peso de su cuerpo. Probamos algo con mis piernas cruzadas encima de su hombro que lo hacía sentir diferente, más adentro, tocándome un punto que me hacía ver puntos blancos, y en ese momento sí hice sonidos que no habría podido controlar aunque lo hubiera intentado. Gemía, gritaba, le pedía que no parara, le decía guarradas que ni sabía que tenía guardadas en algún rincón. Él aceleró el ritmo cuando me oyó, como si eso fuera una instrucción que entendía perfectamente.

Me monté encima. Me senté a horcajadas sobre él, me guie su polla con la mano hasta ponérmela en la entrada, y me dejé caer despacio hasta el fondo. Empecé a moverme, subiendo y bajando, apoyándome con las manos en su pecho, y él me miraba desde abajo agarrándome las tetas, apretándome los pezones entre los dedos. Me la clavaba de abajo cada vez que yo bajaba, sincronizándose, y el ruido húmedo de nuestros cuerpos chocando llenaba la sala. Me toqué el clítoris yo misma mientras cabalgaba, y me corrí por tercera vez, apretándolo tanto que él tuvo que detenerme un momento agarrándome de las caderas para no correrse él también.

El sudor le brillaba en la frente, en el cuello, en el pecho. Su estado físico era evidente: el aguante, la constancia, la energía sostenida. Me sorprendió en el buen sentido.

Al final me sacó de encima con cuidado, me tumbó boca arriba otra vez, se puso de rodillas sobre mis pechos y se meneó la polla con el puño a un ritmo furioso, mirándome fijo. Le sostuve los huevos con una mano y le abrí la boca esperando, sacando la lengua. Se retiró y terminó sobre mi vientre y mis tetas, con chorros gruesos y calientes que me cayeron encima uno tras otro, el último llegándome hasta el cuello. Se corrió mucho y largo, gruñendo, con la polla latiéndole entre los dedos. Cuando terminó, me pasó la cabeza mojada por los labios y yo lo lamí, chupándole las últimas gotas.

Nos quedamos un momento quietos, los dos respirando fuerte, sin hablar. Me pasé un dedo por el vientre, recogiendo su semen espeso, y me lo llevé a la boca sin pensarlo demasiado.

—Ducha —dijo él, levantándose y mirándome hacer eso.

—Ducha —repetí yo.

***

La ducha estuvo bien. El agua caliente me devolvió algo parecido a la calma, y hablar allí fue más fácil que hablar vestida: sin el peso formal de lo que acababa de pasar, sin tener que mirarnos desde la distancia. Bromeamos un poco. Me enjabonó la espalda, no como un gesto romántico sino como algo natural y sin pretensiones, y eso me gustó incluso más que el gesto en sí. Bajó las manos jabonosas por delante, me abarcó las tetas, me pellizcó otra vez los pezones, y bajó más, entre las piernas, limpiándome despacio ahí donde su semen se mezclaba con mis propios flujos. Yo me apoyé de espaldas contra su pecho, sintiéndole la polla otra vez media dura contra el culo, y suspiré.

Salimos, nos secamos, nos vestimos. No hubo promesas ni declaraciones ni preguntas incómodas sobre qué significaba todo aquello. Nos despedimos en la puerta con un beso breve y yo salí a la calle.

El aire de la noche era fresco. Caminé despacio de vuelta a casa, escuchando mis propios pasos, sintiendo el coño hinchado y el culo todavía ardiéndome de la nalgada.

***

El fin de semana fue extraño de una manera agradable. Cada vez que mi mente volvía al gimnasio, al espejo, a sus manos en mi cadera, a su polla llenándome hasta el fondo, sentía una oleada de calor que me sorprendía en los momentos más inesperados: fregando los platos, leyendo en el sofá, intentando quedarme dormida. Me masturbé el sábado dos veces y el domingo una, metiéndome tres dedos y fantaseando con volver a tenerlo entero dentro, y las tres veces llegué rápido, casi sin esfuerzo, mordiendo la almohada para no gritar.

Andrés volvió el miércoles, un día antes de lo previsto. Estaba cansado del viaje pero de buen humor, y esa noche, en nuestra cama, aproveché toda esa energía acumulada de una manera que a él le sorprendió gratamente. Me le subí encima sin darle tiempo a nada, se la chupé como no se la había chupado en años, me la metí yo misma, cabalgué hasta hacerle terminar dentro y le pedí más. No hizo preguntas. Yo tampoco di explicaciones.

Algunos secretos son mejor dejarlos donde están.

***

Seguí yendo al gimnasio. Diego siguió siendo mi entrenador. Las cosas volvieron a ser como antes en la superficie, con esa diferencia invisible que solo notábamos nosotros dos: una mirada un segundo más larga de lo necesario, una sonrisa que sabía a algo concreto y pasado, una mano que se demoraba un instante extra ajustándome la postura sobre la cadera.

No lo repetimos. Tampoco lo descartamos en voz alta.

Lo dejamos ahí, suspendido, como esas conversaciones que se interrumpen en el mejor momento y que no necesitan terminar para haber valido absolutamente la pena.

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Comentarios(9)

Maxi_3009

Brutalmente bueno. Me quede sin palabras al final!!

SolBonaerense

Por favor que haya segunda parte, me quede con ganas de mas!!!

ClaudioBsAs

Que tension desde el primer parrafo, se siente muy real. Eso es lo que mas me gusto. Seguí escribiendo!!

Fercho22

jaja el detalle del gimnasio le da mucho realismo, no es la primera vez que pasan esas cosas ahi

Ramiro_Mza

Excelente relato! La narrativa es muy fluida y te mete de lleno en la situacion desde el principio. Espero que haya continuacion, hay cosas que quedaron en el aire y me muero por saber como termina todo esto

Pili_lectora

Me encanto el titulo, super sugerente. Buenisimo :)

karinaLP

Muy bien escrito, se nota que quien lo cuenta lo vivio de verdad. Gracias por compartirlo!

Martin_Cba

Hay algo en los relatos de infieles contados en primera persona que los hace irresistibles. Este es un ejemplo perfecto

Mariela_99

El principio ya me atrapo, termine de leerlo de un tiron. Increible!!

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