Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Lo que mi marido nunca quiso darme

Me llamo Marta, tengo cuarenta y dos años y llevo ocho casada con Roberto. Nuestra relación es buena, estable, de esas que no dan sobresaltos. En la cama también: frecuente, predecible, sin complicaciones. Él encima, yo debajo, apagamos la luz. A veces cambiamos de posición, pero el guión siempre es el mismo.

La fantasía del sexo anal empezó a rondarme hace tres años. No recuerdo bien de dónde vino. Quizás una historia que leí, o una tarde de domingo sola frente al ordenador. El caso es que empezó como un pensamiento fugaz y fue volviéndose más concreto, más insistente, hasta que se instaló en mi cabeza sin permiso.

Durante meses lo insinué de distintas formas. Un gemido más largo cuando sus manos se acercaban a esa zona. Un toque guiado que él desviaba sin decir nada, o tal vez sí se daba cuenta y prefería no entrar al juego. Roberto es buena persona, pero no es un hombre de explorar. Tiene sus costumbres y las defiende sin necesidad de discutir.

Una noche, después de hacer el amor, decidí decirlo directamente.

—Roberto… quería pedirte algo. Tengo ganas de probar el sexo anal.

Él se quedó callado unos segundos. Luego soltó una pequeña risa, mezcla de incomodidad y rechazo.

—Marta, eso no es para nosotros. Eso duele, y a mí no me llama la atención para nada. Estamos bien como estamos.

Y ahí terminó la conversación. Nunca más lo mencioné. Pero la fantasía siguió ahí, latiendo cada vez más fuerte en los momentos más inoportunos.

***

Dos meses después se lo conté a Sandra. Tomábamos café en su apartamento un martes por la tarde, sin nada especial que hacer, y de repente me salió solo. Le conté todo: la fantasía, las indirectas, la conversación con Roberto, el rechazo sin rodeos.

Sandra me escuchó sin interrumpir. Luego me miró con esa expresión suya de quien sabe algo que tú todavía no.

—Conozco a alguien —dijo simplemente.

—No, Sandra.

—Solo escúchame. Es un hombre muy experimentado y muy discreto. No es ningún loco. Sabe exactamente cómo hacerlo para que no duela y para que sea placentero. Solo anal, nada más. Sin besos, sin romanticismo, sin nada que no sea eso. Es como si fuera un procedimiento, pero uno que vas a disfrutar.

—Estoy casada.

—Ya lo sé. Por eso mismo. Roberto no te va a dar eso. ¿Por qué ibas a quedarte sin probarlo toda la vida solo porque a él no le apetece?

Me quedé callada. No respondí.

Esa noche, sola en casa mientras Roberto trabajaba hasta tarde, le escribí a Sandra un mensaje que tardé veinte minutos en enviar: Está bien. Preséntamelo. Solo una vez.

***

Quedamos en el apartamento de Sandra un jueves por la tarde. Yo llegué nerviosa, con las manos frías y la sensación de que todo el mundo en el ascensor podía ver lo que iba a hacer. Cuando Sandra abrió la puerta, él ya estaba dentro.

Se llamaba Marcos. Tendría unos treinta y cinco años, moreno, de constitución atlética pero sin exagerar. Tenía una manera de estar en el espacio que transmitía calma. No era el tipo que uno esperaría en una situación así: conversador, con una sonrisa directa y sin amenaza, el tipo de hombre que inmediatamente hace que bajen los hombros.

Sandra nos dejó solos con una excusa breve.

—El apartamento es todo suyo. Estaré fuera un par de horas. Relájense.

La puerta se cerró y el silencio se volvió denso de golpe. Yo seguía de pie junto al sofá, sin saber dónde poner las manos. Marcos no se acercó de inmediato. Se sentó en el sillón y habló primero.

—No tienes que hacer nada que no quieras. Si en algún momento quieres parar, paramos. Sin explicaciones.

Asentí. Respiré.

Hablamos un rato de nada. Él tenía una forma de conversar que aplacaba la tensión sin fingir que no existía. Después sacó de una mochila un pequeño neceser negro: lubricante de silicona, un plug pequeño y suave, guantes desechables, toallas limpias. Lo dejó todo sobre la mesita sin ningún dramatismo.

—¿Lista? —preguntó.

—Creo que sí —dije.

***

Me pidió que me tumbara boca abajo sobre la cama, con una almohada bajo las caderas. La habitación estaba en penumbra. Me quité la ropa de cintura para abajo y me recosté sintiendo el aire frío en la piel. Era una sensación extraña: vulnerable y, al mismo tiempo, completamente electrizante.

Marcos se sentó a mi lado. Calentó el lubricante entre sus palmas y comenzó a masajear mis nalgas con movimientos lentos y firmes, sin prisa, sin ir directamente a ningún sitio. Sus manos eran seguras. Poco a poco fue bajando hacia la parte interior de los muslos, rozando sin llegar, construyendo una anticipación que me tensó todo el cuerpo antes de relajarme.

Cuando sus dedos tocaron por primera vez el centro, sentí que todo se concentraba ahí.

—Respira —dijo en voz baja.

Tomó el plug, lo untó con generosidad y lo presionó con mucha suavidad. La punta era pequeña, fría y resbaladiza. Giró, presionó, retrocedió. Era un movimiento pausado, casi metódico, pero el efecto era completamente lo contrario. Sentí un leve ardor al principio, la sensación de que algo no debería estar ahí, y luego, centímetro a centímetro, mi cuerpo cedió.

Cuando la parte más ancha del plug pasó el anillo muscular, solté un gemido que no había planeado. Una plenitud extraña se extendió hacia adentro, una presión profunda y cálida que no se parecía a nada que hubiera sentido antes. Sin que nadie tocara otro sitio, noté que me estaba mojando.

Dios. Esto es real.

Marcos dejó el plug dentro unos minutos, moviéndolo en círculos suaves, dejando que mi cuerpo se acostumbrara. Luego lo retiró con cuidado.

—¿Cómo estás?

—Bien —respondí, con la voz más ronca de lo esperado.

Se puso un guante, aplicó más lubricante y empezó a masajear el exterior con la yema del índice. Círculos lentos, constantes. La presión fue aumentando hasta que la punta del dedo entró.

El músculo cedió despacio, como si reconociera la presión y decidiera dejar de resistir. Marcos entró y salió varias veces con solo la primera falange, sin forzar nada. Luego fue más adentro. Un dedo completo. Sentí la invasión de una forma muy concreta, sin posibilidad de ignorarla. Cada movimiento rozaba una zona que enviaba señales directas a mi vientre, como si hubiera un punto oculto que nunca había tocado nadie.

—Estás respondiendo muy bien —murmuró.

Mis caderas se movieron solas, buscando más.

Añadió un segundo dedo. El estiramiento fue más intenso, un ardor que en otro contexto habría sido solo incomodidad pero que en ese momento se mezclaba con un placer tan extraño y profundo que no encontré palabras para describirlo. Los músculos internos empezaron a contraerse alrededor de sus dedos en pequeños espasmos que no pude controlar.

***

Cuando retiró la mano, hubo un segundo de vacío. Luego sentí la presión caliente de algo mucho más grueso contra mi ano. Respiré hondo y empujé hacia afuera, como me había indicado. Cuando la cabeza pasó el anillo más apretado, solté un gemido largo y ahogado. Mis dedos se clavaron en la sábana.

Marcos se quedó quieto unos segundos. Dejó que el ardor se transformara. Y se transformó: en una plenitud caliente y profunda, como si me estuviera llenando de una forma completamente nueva.

Empezó a moverse muy despacio. Embestidas cortas, controladas, que iban ganando profundidad sin prisa. Mis gemidos salieron tímidos al principio, casi disculpándose.

—¿Cómo te sientes, Marta? —preguntó con voz grave.

—Bien… muy bien —susurré.

Estoy casada y estoy dejando que un desconocido me penetre por detrás. Dios mío.

—¿Qué hace Roberto cuando llegas a casa esta noche? —preguntó Marcos, empujando un poco más adentro.

El nombre de mi marido en su boca me electrizó de una forma que no esperaba.

—Me… me pregunta qué tal el día —respondí, con la voz entrecortada.

—Y tú le vas a decir que bien, que estuviste con Sandra. Mientras yo te abro aquí.

Cerré los ojos. Un calor líquido me subió por el vientre.

—Sí… —admití en un hilo de voz.

El ritmo fue aumentando. Marcos empujaba con más decisión, clavándose más adentro con cada embestida. Mis gemidos se volvieron más seguidos, más roncos. Y dentro de mi cabeza empezó a sonar algo oscuro que no podía apagar:

Esto es una infidelidad. Estoy engañando a Roberto. Y no puedo parar porque nunca he sentido nada así.

—Tu marido nunca te ha dado esto —dijo Marcos, con la voz más sucia ahora—. Nunca ha querido tocarte aquí.

—No… —gemí.

—Y tú lo estás buscando con otro. Eso te hace sentir…

No terminó la frase. Esperó.

—Culpable —respondí—. Y muy excitada.

—Las dos cosas a la vez.

—Sí.

Marcos aceleró. Cada embestida era más profunda y cada una sacaba un sonido de mí que no reconocía como mío. Sentí que me mojaba con fuerza aunque nadie tocaba mi sexo. El placer se extendía desde el centro hacia afuera en oleadas que me recorrían la espalda.

—Dime qué soy —susurró.

Dudé. La vergüenza me apretó el pecho.

—Eres… eres el hombre que me está dando lo que mi marido no quiso darme —dije, con la voz completamente rota.

Marcos gruñó. Empujó más fuerte. El orgasmo empezaba a acumularse en algún sitio profundo, diferente a cualquier cosa que hubiera sentido antes.

—¿Quieres que pare? —preguntó, ralentizando de golpe.

El pánico fue inmediato. Moví las caderas hacia atrás por instinto, buscando más.

—No. No pares. Por favor, no pares.

Retomó el ritmo, aún más fuerte. Sus manos se apoyaron en mis caderas y me sujetaron con firmeza. Ya no había gentileza calculada. Era exactamente lo que necesitaba.

—¿Qué es esto para ti? —preguntó.

—Una infidelidad —respondí, con la voz completamente quebrada—. Soy una infiel.

Decirlo en voz alta me rompió por dentro de la mejor forma posible. El orgasmo me golpeó desde las profundidades, un espasmo largo y profundo que me hizo aferrarme a la sábana con ambas manos. Los músculos internos se cerraron en contracciones que no pude controlar. Grité. Sin cuidado, sin filtro, con toda la vergüenza y todo el placer mezclados en ese sonido.

Marcos se enterró hasta el fondo y se corrió dentro de mí. Sentí cada pulso caliente en las paredes internas. Eso prolongó mis contracciones unos segundos más.

Después hubo silencio.

***

Me quedé tumbada sin moverme durante varios minutos. El cuerpo seguía temblando en pequeñas oleadas. Mi ano palpitaba, sensible, lleno todavía de una presencia que ya no estaba. Tenía las piernas débiles y la mente completamente en blanco, que es la sensación más extraña para alguien que suele tener la cabeza siempre llena de todo.

Marcos se limpió en silencio, con la misma calma de antes. Me trajo una toalla caliente sin que yo la pidiera.

—¿Cómo estás? —preguntó.

—No lo sé todavía —respondí honestamente.

Se fue sin drama, sin despedidas largas. Cerró la puerta del apartamento y el silencio volvió a llenarlo todo.

Unos minutos después llegó Sandra. Me miró, miró la cama, me miró a mí otra vez.

—Cuéntame —dijo, sentándose a mi lado.

Me incorporé despacio. Sentí una punzada leve al moverme, un recordatorio físico de lo que acababa de pasar.

—Fue diferente a todo. No puedo explicarlo de otra manera. La sensación es completamente distinta: más profunda, más intensa, más primitiva. Y el morbo de saber que Roberto nunca va a saber esto…

Sandra asintió sin decir nada.

—Me siento culpable —continué—. Pero también me siento más viva que en años. Y eso me da más miedo que la culpa.

—¿Vas a repetirlo?

Me quedé mirando al suelo. Pensé en Roberto, en la cena de esa noche, en la cama que compartimos desde hace ocho años. Pensé en cómo Marcos me había sujetado las caderas, en la plenitud de ese momento, en mis propias palabras diciéndome infiel a mí misma en voz alta por primera vez.

Levanté la vista.

—No lo sé. Pero ya no soy la misma persona que entró aquí hace dos horas.

Sandra no respondió. No hacía falta.

***

Esa noche cené con Roberto como siempre. Le pregunté por su día, lo escuché hablar del trabajo, lavé los platos y me acosté a su lado. Él se durmió rápido. Yo me quedé mirando el techo durante un buen rato.

Todavía sentía el calor adentro. Todavía notaba el palpitar suave de algo que no iba a desaparecer pronto.

Crucé una línea que no puedo descruzar. Y la parte más honesta de mí no lamenta haberlo hecho.

Valora este relato

Comentarios (6)

Sonia_Reyes

Que relato tan intenso!!! me dejo sin palabras

FernandoMx

Por favor que haya segunda parte, quede con muchisimas ganas de saber que paso despues

lector777

Me encanto como describe ese momento de duda, se siente muy real. Seguí así!

MartinaBsAs

Me recordo tanto a algo que yo misma vivi, esa sensacion de estar al borde de tomar una decision que lo cambia todo... excelente

Gonzalo_87

¿Hay continuacion? No puede quedar ahi jajaja

PatricioRos

Lo que mas me gusto es que no hace falta ser burdo para que sea excitante. Bien logrado.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.