Lo que ese hombre casado me propuso en el gym
Tengo 32 años y voy al gimnasio tres veces por semana desde hace cuatro. No es solo por mantenerme en forma, aunque los resultados están ahí: glúteos firmes, cintura marcada, pecho generoso que la ropa ajustada no puede ignorar. Me gusta cómo me queda la ropa de entrenamiento y, desde hace tiempo, dejé de usar ropa interior cuando entreno. No me lo recomendó nadie. Es una decisión mía, porque me incomoda que se marque la ropa interior y porque, seré honesta, me gusta el efecto que causa en los demás.
No soy de las que fingen no darse cuenta de las miradas. Me doy cuenta de todas.
Había un hombre que llevaba como un mes apareciendo cerca de mí con demasiada frecuencia para ser casualidad. Alto, cuerpo todavía firme a pesar de los años —debía tener unos 55— y ese tipo de confianza tranquila que da la edad cuando uno la ha vivido bien. Siempre venía acompañado de dos amigos de su generación, y los tres usaban anillo de casados. No era algo que me pasara desapercibido.
Los observé durante semanas antes de que cualquiera de ellos dijera algo. Cuando él se acercaba a una máquina cercana a la mía, yo me concentraba en mi rutina, pero notaba cómo me miraba desde el espejo. A veces escuchaba un comentario entre los tres y, aunque nunca llegaba a oír las palabras, sabía perfectamente de qué hablaban. Me preguntaba cómo sería cada uno de ellos fuera de ahí. Me lo preguntaba con demasiado detalle como para llamarlo curiosidad inocente.
Me gustaba eso. Me gustaba demasiado.
Había algo en él que me llamaba la atención desde el principio: no actuaba como alguien que intentara disimularse. Me miraba con una seguridad que no pedía permiso, y yo respondía con la misma moneda. Elegía los aparatos cerca de los suyos con más frecuencia de lo necesario. Hacía sentadillas sabiendo que los tres podían verme. Dejaba que mis pezones se marcaran bajo el top sin hacer nada por evitarlo. No me arrepiento de nada.
***
El día que me habló no fue diferente a ningún otro. Era martes, pasaban de las siete de la tarde, el gimnasio estaba medio lleno y yo había terminado mi rutina de piernas. Me acerqué al dispensador de agua con la botella vacía y él apareció a mi lado sin prisa, como si llevara tiempo esperando ese momento exacto.
—Hola —dijo—. Perdoná que sea tan directo, pero llevo semanas con ganas de decirte algo y ya no aguanto más. Sos una mujer increíblemente atractiva, y me gustaría invitarte a salir cuando terminemos acá. Hoy.
Lo miré. Agua cayendo en la botella. Él esperando sin nerviosismo visible.
—¿Salir a dónde? —respondí, aunque los dos sabíamos que esa pregunta no necesitaba hacerse.
—A donde vos quieras que sea.
Cerré la botella. Le sostuve la mirada un segundo más de lo necesario.
—Esperame en el estacionamiento en quince minutos —le dije, y me di la vuelta sin esperar respuesta.
En el vestuario me cambié despacio, con calma. Me peiné frente al espejo. Tenía los pezones marcados bajo el top todavía, el short pegado a las caderas. Pensé en él esperándome abajo, en sus dos amigos que no sabían nada, en el anillo que llevaba en la mano izquierda. Sentí un calor que no era del entrenamiento.
Bajé.
***
Su auto estaba en una esquina del sótano, lejos de las luces. Me subí y casi antes de que cerrara la puerta me estaba besando. No fue un beso tentativo ni preguntón: fue uno de esos besos que ya vienen con una decisión tomada, profundo y pausado al mismo tiempo, con las manos en mi cara. Sabía besar. No todos saben.
Nos separamos para respirar.
—Tengo tiempo hasta las nueve —le dije.
—Sobra.
El motel quedaba a diez minutos. Entramos a la habitación y seguimos donde habíamos dejado: de pie junto a la cama, él con las manos recorriendo mi espalda por debajo del top, yo con los dedos en su nuca. Me empujó suavemente hacia la cama y quedé sentada al borde mientras él seguía de pie, mirándome con esa calma que ya me tenía impaciente.
—Antes de seguir —dijo—, quiero pedirte dos cosas.
—Decime.
—Que me dejes grabarte. Y que estés dispuesta a hacerlo sin preservativo.
No tardé ni tres segundos en responder.
—Las dos.
***
Me subió el top despacio y se quedó mirando mis pechos un momento antes de hacer cualquier otra cosa. No dijo nada. Después bajó la cabeza y empezó a besarlos con una calma que me sacaba de quicio: lengua y dientes, alternando entre uno y el otro, con las manos sosteniéndolos desde abajo como si pesaran demasiado para dejarlos sin apoyo. Yo tenía la mano en su cabello y me contenía de empujarlo más abajo. Me quedé quieta y dejé que hiciera.
Deslizó los dedos por debajo del short y se detuvo al sentir que no había nada más.
—No llevás nada abajo —dijo, y se le notó la sonrisa contra mi piel.
—Ya te dije que venía del gimnasio.
Dos dedos adentro y el pulgar en el lugar correcto. Me recosté sobre los codos y cerré los ojos. Empezó a moverlos con un ritmo específico, deliberado, que demostraba que no estaba improvisando. Me llevó al límite con los dedos y la boca juntos, sin apuro, sin fingir que eso era solo el preludio. Cuando llegué, llegué fuerte, con las caderas levantadas y los dedos apretando las sábanas.
Llevaba semanas imaginando esto. No me había imaginado que fuera tan bueno.
Después me incorporé y le devolví el favor. Lo tomé en la boca y lo trabajé despacio, mirándolo a los ojos cada tanto. Gimió con la cabeza hacia atrás y tuvo que pedirme que parara antes de estar listo para hacerlo.
***
—Date vuelta —dijo.
Lo hice. Me puse en cuatro y él entró desde atrás, despacio al principio, tanteando. Era corto pero grueso, con esa textura firme que se siente diferente. Cuando estuvo adentro del todo se detuvo un momento, como para que yo me acostumbrara, y yo le dije que siguiera. Empezamos a movernos juntos y el ritmo fue aumentando solo, sin que ninguno de los dos lo decidiera conscientemente.
Me agarraba de las caderas con las dos manos y yo escuchaba el sonido de los dos cuerpos encontrándose. Mis pechos se movían con cada empuje y yo apoyé la frente en la almohada, concentrada solo en eso.
—¿Hacés anal? —preguntó, sin dejar de moverse.
—Nunca lo hice.
Se detuvo.
—¿Querés intentarlo?
Lo pensé menos de lo que esperaba pensarlo.
—Sí. Pero despacio.
Fue despacio. Con paciencia, con el lubricante que encontró en el cajón de la mesita, con pausas cada vez que yo lo pedía. Dolió al principio: ese tipo de ardor que no sabe si es dolor o placer porque vive exactamente en el límite de los dos. Después el ardor cedió y quedó solo la presión, y la presión era buena, más que buena, y le dije que siguiera.
Siguió.
Cuando acabó lo sentí adentro, caliente, sin aviso previo. Se quedó quieto con las manos en mis caderas, recuperando el aliento. Después se recostó a mi lado y me pasó un brazo por los hombros como si nos conociéramos de toda la vida.
Nos quedamos dormidos.
***
No supe cuánto tiempo dormimos. Cuando abrí los ojos la habitación estaba en penumbra y él me estaba mirando desde su lado de la cama, con esa misma calma de siempre.
—Falta tiempo todavía —dijo.
—Sí.
Y volvimos a empezar, pero diferente: más lento, más consciente. Esta vez de frente, con él encima, mirándome a los ojos mientras se movía dentro de mí. Sus manos no paraban: mis caderas, mis pechos, el costado de mi cuello. Yo tenía las palmas abiertas sobre su pecho y lo sentía respirar, sentía el ritmo acelerarse y frenarse según lo que él decidía, sin que yo pudiera predecirlo.
Me besó mientras seguía moviéndose. Fue un beso largo, sin apuro, de esos que se notan en el estómago. Cuando acabó por segunda vez lo sentí igual que la primera: adentro, caliente, ese calor que permanece un rato después de que todo termina. Me quedé quieta unos segundos, sintiendo cómo bajaba lentamente.
—Tengo que irme —le dije.
—Lo sé.
Detuvo la grabación. Nos vestimos en silencio pero no fue un silencio incómodo. Me alcanzó de vuelta al estacionamiento del gimnasio, donde mi auto seguía esperando. Me dio un beso corto antes de que me bajara.
—¿Cuándo volvés al gym? —preguntó.
—Jueves.
—Yo también.
No agregó nada más. Yo tampoco.
***
Llegué a casa y fui directo al cuarto. Me saqué la ropa: había una mancha blanca en el short, pequeña pero visible. La dejé caer al piso y me metí a la ducha. Bajo el agua caliente pensé en la tarde entera: el dispensador de agua, el estacionamiento oscuro, la habitación del motel, la forma en que me había mirado mientras me besaba.
Pensé también en sus dos amigos, que habían estado entrenando toda esa noche sin saber nada de lo que estaba pasando. Pensé en cómo se miraban entre ellos cuando me observaban. En los comentarios que hacían en voz baja. En que los tres llevaban anillo.
Me pregunté qué pasaría si él les contaba. O qué pasaría si decidía averiguarlo yo misma.
Eso es para otro relato.