Fui a hacer compañía y terminé en su cama
Cuando Felipe me llamó para pedirme el favor, yo estaba a medio desvestirme después de un viernes largo. No tenía ninguna gana de salir. Pero Felipe y Marcos me debían varios favores parecidos, así que acepté sin hacer mucho drama.
El plan era sencillo: Marcos llevaba semanas detrás de Valeria, amiga de Clara, la dueña de la casa donde se hacía la reunión. Felipe iba por Clara. Yo tenía que hacer compañía a Sandra, la hermana de Valeria, para que nadie se quedara sola ni incómoda. Antes de bajarnos del coche, los dos me lo dijeron juntos, casi en coro:
—No te metas con ninguna de las nuestras.
—Prometido —dije, y lo decía en serio.
Marcos llevaba un traje oscuro. Felipe también. Yo iba con pantalón gris, camisa sin corbata y el saco que agarré a último momento. Me pidieron que cambiara. No lo hice. En realidad, no estaba del todo convencido de ir, así que no tenía mucho sentido hacer el esfuerzo de vestirme como si sí lo estuviera.
Clara nos abrió la puerta con la sonrisa apuntando directamente a Felipe. La sala tenía música baja, unas quince personas repartidas en grupos, copas sobre la mesa. Clara nos llevó al fondo del salón, donde estaban sentadas las dos.
Sandra era guapa. Cabello rizado, ojos grandes, una risa que se escuchaba desde lejos. Le tendí la mano y ella me la estrechó con energía.
Pero cuando Valeria se puso de pie para saludar, entendí por qué Marcos había estado hablando de ella durante semanas.
Tendría unos treinta y cinco años. Piel clara, ojos de ese color indefinido entre el castaño y el verde. Cabello liso recogido en una cola sin un pelo fuera de lugar. Llevaba una falda negra por encima de la rodilla, medias oscuras y una blusa de escote discreto que hacía exactamente lo que tenía que hacer. Todo en ella era preciso. La forma en que se movía, en que extendió la mano, en que sonrió cuando nos presentaron.
Nuestras miradas se cruzaron un segundo de más.
Yo desvié la mía.
Prometiste.
Me senté junto a Sandra y me dediqué a ella. No fue difícil: tenía sentido del humor, contaba cosas con gracia y se reía sin esfuerzo. Conversamos durante un buen rato mientras Marcos, a mi derecha, hacía lo que mejor sabía hacer cuando estaba nervioso: hablar de sí mismo. De su trabajo, de su coche, de no sé qué proyecto que tenía en mente. De reojo vi que Valeria lo miraba con esa expresión educada y fría que tienen las personas cuando están aburridas pero no quieren ser descorteses.
En algún momento me levanté a buscar bebidas para Sandra y para mí. Cuando volví y dejé los vasos sobre la mesa, escuché la voz de Valeria desde el otro lado:
—¿Para mí no hay nada?
Tuve que darle un golpe por debajo de la mesa a Marcos para que reaccionara. El hombre se levantó de golpe, colorado, a remediar el error.
Sandra se inclinó hacia mí y me dijo en voz baja:
—No te ha quitado los ojos de encima desde que llegaste.
No le respondí nada. Terminé mi bebida y cambié de tema.
***
Cuando Felipe se levantó a bailar con Clara, Marcos arrastró a Valeria a la pista. Yo me quedé con Sandra. Fui a la barra por otra ronda y en el camino, sin ningún plan de hacerlo, me detuve un momento a observar a Valeria bailar.
Se movía con una precisión tranquila, sin exagerar, sin buscar ser el centro de atención. Pero tenía algo en los movimientos que era difícil de no ver. La falda marcaba sus caderas con cada giro. Las piernas, con las medias hasta el muslo, eran exactamente lo que uno imagina cuando se supone que no debería estar imaginando nada.
Volví a la mesa y me senté de espaldas a la pista.
Sandra y yo seguimos hablando. Su risa llenaba toda la mesa. Cuando los demás volvieron y nos sentamos todos, la conversación se repartió, pero yo notaba que Valeria buscaba participar más de lo que la situación natural justificaba. Hacía preguntas que iban dirigidas a mí aunque las hiciera en general.
Después de un rato, Sandra me avisó que tenía que irse. Era casada, tenía que llegar a una hora razonable. Sacó una tarjeta del bolso y me la puso en la mano sin que nadie lo viera.
—Llámame cuando quieras salir con más calma —dijo.
Nos dimos un beso en los labios. Rápido pero sin ambigüedad. Cuando se separó, me dijo al oído:
—Pásalo bien con mi hermana. Que se nota a la legua que le tiene ganas. No la hagas esperar más ni te hagas el difícil, que la conozco: si no te la follas esta noche, mañana está de mal humor conmigo.
Se despidió de todos con su risa grande y se fue. Yo me quedé mirando la tarjeta un momento antes de guardarla.
***
No tardé mucho en entender lo que quería decir.
Valeria me preguntó si bailaba. Le dije que no era lo mío. Se puso de pie, me tendió la mano y dijo sin negociación posible:
—Mi hermana te me encargó. Ven.
Miré a Marcos. Se encogió de hombros con una mueca que era resignación y fastidio mezclados. Yo levanté las palmas en señal de que no había sido idea mía y fui con ella.
Bailamos. Al principio con la distancia que corresponde a personas que acaban de conocerse. Pero Valeria fue acercándose poco a poco, con esa misma precisión que tenía en todo lo que hacía. Para la segunda canción ya estaba lo suficientemente cerca como para que yo sintiera el calor de su cuello.
—Eras mucho más simpático con Sandra —me dijo.
—Con Sandra no había razón para ser serio.
—¿Y conmigo sí la hay?
Me tomé un momento antes de responder.
—Vine con Marcos.
—Lo sé. Y tú sabes que entre Marcos y yo no hay absolutamente nada, ¿verdad? Nunca lo hubo.
No me sorprendió. Se había notado desde el principio.
Cuando volvimos a la mesa, Marcos ya estaba de mejor humor. Había tomado unos tragos y decidido que la noche podía terminar bien de alguna otra forma. Poco después se levantó, se despidió y me preguntó si me iba con él o me quedaba. Antes de que yo abriera la boca, Valeria dijo que ella me llevaba.
Marcos se fue sin hacer drama. Era mejor persona de lo que parecía cuando estaba nervioso.
***
Quedamos cuatro alrededor de la mesa: Clara, Felipe, Valeria y yo. Valeria sacó un disco del estuche que había traído y se lo pasó a Clara para que lo pusiera. Se giró hacia mí con una sonrisa:
—No te vas a escapar de bailar el resto de la noche.
—No tenía ninguna intención de escaparme —dije.
Bailamos otro rato largo. Las otras parejas que quedaban en la sala fueron desapareciendo de a poco. A cierta altura dejé de notar si quedaba alguien más o no. Valeria tenía las manos en mi cuello. Las mías estaban en su cintura, y de vez en cuando bajaban un poco sin que ninguno de los dos dijera nada al respecto. En una de esas bajadas se me fueron directamente al culo, por encima de la falda, y ella no se movió: al contrario, apretó más su cadera contra la mía. Yo estaba empalmado y ella tenía que sentírmelo entero a través de la tela. Me llevó los labios al oído y susurró:
—La tienes dura desde hace rato, ¿eh?
—Desde que te vi bailar con Marcos.
—Mentiroso. Desde antes.
—¿Salimos un momento? —me preguntó.
Salimos.
***
La noche afuera estaba fresca. El coche de Valeria, un Peugeot negro, estaba estacionado a media cuadra. Caminamos juntos sin apuro. Cuando llegamos, me dijo que iba a buscar más música para Clara. Abrió la puerta del lado del pasajero y se inclinó hacia adentro para revolver en la guantera.
Me quedé detrás de ella sin fingir que no miraba. La falda se le había subido con la inclinación, y arriba de las medias oscuras se veía la franja de piel blanca del muslo y el borde de una tanga negra. Se demoró revolviendo más de lo necesario, con el culo levantado hacia mí, sabiendo perfectamente lo que estaba haciendo.
Cuando se incorporó con el estuche en la mano y se giró, estaba a unos veinte centímetros de mi cara. No dijimos nada. La distancia se cerró sola.
La besé contra la puerta del coche. Ella respondió de inmediato, con una mano en mi pecho y la otra apretando mi nuca. Era un beso largo, directo, sin tanteos. Su lengua entró en mi boca buscando la mía, y yo se la chupé despacio, mordiéndole el labio de abajo cuando se separaba para respirar. Sabía al vino de la noche y a algo más que no tenía nombre exacto.
Pegué mi cadera a la suya. Ella no se separó: al revés, metió una mano entre los dos y me apretó la polla por encima del pantalón, midiéndola con la palma, apretando y soltando como si estuviera calculando qué tenía por delante. Yo le levanté la falda hasta la cintura con las dos manos y le agarré el culo desnudo, un culo firme y redondo que llenaba las palmas. Le metí un dedo por debajo de la tanga y bajé por la raya hasta que sentí que ya estaba mojada de verdad. Ella soltó un gemido corto contra mi boca.
—Así no —jadeó—. Aquí no. Adentro.
—¿Segura?
—Segura de que me vas a follar. Aquí no.
Cuando nos detuvimos, los dos respirábamos con más prisa que antes. Le bajé la falda otra vez, aunque me costó soltarle el culo. Valeria me miró un segundo con esa expresión directa que ya era familiar, se pasó el pulgar por el labio para arreglarse el rojo corrido, y dijo:
—Entremos, que hace frío. Y que se me nota demasiado en la cara.
***
Cuando volvimos con el disco, Clara y Felipe nos recibieron con una sonrisa que no fingía ignorar nada. Pusimos la música, bailamos otro rato, terminamos las bebidas. En algún momento Clara se acercó y nos propuso que si queríamos, había un cuarto libre. Sus hijos estaban fuera ese fin de semana. Que así no teníamos que preocuparnos por nada y desayunábamos todos juntos al día siguiente.
Valeria me miró. Yo asentí.
Subimos las escaleras detrás de Clara, que señaló la puerta del fondo y desapareció.
***
El cuarto estaba en penumbra. Valeria echó el seguro de la puerta y se giró hacia mí. Nos acercamos en la oscuridad y nos besamos de nuevo, pero este era diferente al de afuera. Más lento. Más adentro. Se me pegó entera al cuerpo, con una pierna enredada entre las mías, y me volvió a apretar la polla por encima del pantalón. Esta vez sin prisa, midiendo con la mano abierta cuánto ocupaba a lo largo, hasta que encontró la punta con el pulgar y la apretó por encima de la tela.
—La tienes bien dura —dijo, en voz baja, como si estuviera comentando el tiempo.
—Es tu culpa.
—Ya lo sé.
Mis manos encontraron la cremallera lateral de su falda y la bajé. La falda cayó al suelo. Quedaron las medias, que subían hasta la mitad del muslo, y la tanga negra de encaje que ya conocía. Le quité la blusa. Debajo llevaba un sujetador negro a juego, que también le fui bajando de a poco hasta que le salté los pechos afuera: dos tetas medianas, blancas, con los pezones ya duros y oscuros. Bajé la cabeza y le atrapé uno con la boca. Se lo chupé despacio, girando la lengua alrededor, mientras con la otra mano le pellizcaba el otro. Ella arqueó la espalda y me clavó las uñas en los hombros.
—Espera —dijo, y me empujó suavemente.
Me desabrochó la camisa uno a uno, sin apuro, y después me atacó el cinturón. Cuando me bajó el pantalón y el bóxer de un solo tirón, la polla saltó afuera dura y ya con una gota de líquido en la punta. Ella se quedó un segundo mirándola, sin tocar, y después me miró a los ojos con una media sonrisa.
—Menos mal que Sandra se fue temprano —dijo—. Porque esto es mío.
Me cerró la mano alrededor. La bajó despacio hasta la base, la subió otra vez, y me la apretó justo debajo del glande hasta que se me escapó un gemido. Todo con esa misma precisión que tenía en todo lo que hacía.
La llevé a la cama. Con ella tumbada boca arriba, le arranqué las bragas por el costado. La tanga cedió con un ruido seco. Le separé las piernas: piernas largas, con las medias todavía puestas hasta el muslo, y en medio el coño depilado, hinchado y brillando de mojado bajo la luz que entraba por la puerta entreabierta del baño.
Besé la cara interior de los muslos, mordí donde terminaban las medias, y fui subiendo despacio. Cuando llegué al coño, primero le pasé la lengua entera de abajo hacia arriba, muy lento, arrastrando toda la humedad hacia el clítoris. Ella soltó un sonido que no tenía nada de ensayado, un jadeo grave que le salió de la garganta sin querer.
—Otra vez —pidió.
Se lo hice otra vez. Y otra. Después empecé a chupárselo en serio: los labios entre los míos, la lengua girando alrededor del clítoris, dos dedos entrando y saliendo despacio, buscando el punto de adentro con la yema. Tenía una mano en mi cabeza, sin guiarme, solo apretando cuando algo le gustaba especialmente. Le sentía las piernas temblar cada vez que le pasaba la punta de la lengua por encima del clítoris hinchado.
—Ahí, ahí no pares, no pares, no pares…
Curvé los dedos adentro y le chupé el clítoris fuerte, sin soltarlo. Tardó menos de lo que esperaba en correrse: un temblor que empezó en sus muslos y subió, la espalda que se le arqueó del colchón, y una descarga de humedad que me llenó los dedos y la boca. Sus caderas se levantaron solas y se apretaron contra mi cara, y ella soltó un gemido largo, roto, que le tuve que ahogar con la mano libre porque me acordé de que Clara y Felipe estaban abajo.
Cuando terminó, se quedó quieta unos segundos, respirando con la boca abierta, la piel del pecho manchada de rojo. Después me miró desde abajo con los ojos vidriosos y dijo:
—Ahora yo.
***
Me jaló hacia arriba para que quedara tumbado a su lado. Me besó en la boca sin importarle probarse a sí misma, y fue bajando: cuello, pecho, abdomen. No lo hacía con apuro ni de forma mecánica. Cuando llegó a mi entrepierna, primero me lamió toda la polla desde la base hasta la punta, con la lengua plana y la boca abierta, como si estuviera saboreando un helado. Después me chupó los huevos uno a uno, metiéndoselos enteros en la boca, sin dejar de mirarme.
Cuando por fin me la metió, lo hizo despacio, dejando que se le abriera la garganta hasta que la punta le tocó el fondo. La sacó otra vez lentamente, con los labios apretados alrededor, y en la punta se detuvo para girar la lengua alrededor del glande.
Lo hacía bien. Muy bien. Con un ritmo que no era constante sino deliberado, cambiando justo cuando uno menos lo esperaba: a veces me la comía entera, hundiendo la nariz contra mi vientre, y a veces se quedaba solo en la punta, chupando fuerte y golpeando el glande con la lengua. Con la mano libre me apretaba los huevos y la base de la polla, ordeñándome hacia arriba para juntarlo todo en su boca. Levantaba la vista para mirarme de vez en cuando, con la boca llena, y eso lo hacía todo todavía más difícil de aguantar.
—Si sigues así me corro —le avisé, con la voz medio rota.
No paró. Al contrario: aceleró el ritmo, apretó más los labios y me clavó los ojos, pidiéndomelo. Le puse una mano en la nuca sin empujar, solo sintiendo el ritmo, y me vine en su boca con una descarga que me sacudió las caderas. Ella no se separó hasta que terminé, tragando cada oleada sin parpadear. Cuando por fin me soltó, sacó la lengua para enseñarme que ya no quedaba nada, y después se lamió los labios muy despacio.
—Todavía no terminas —dijo, con una sonrisa que mezclaba satisfacción con algo más, algo que hacía que la sangre no terminara de bajar del todo.
Tenía razón. La tenía otra vez dura antes de que hubiera terminado la frase.
***
Se subió encima de mí. Me tomó con la mano, se acomodó la punta en la entrada del coño y se restregó despacio arriba y abajo por toda la raja, empapándome antes de meterla. Después se fue sentando, centímetro a centímetro, con la boca abierta y los ojos cerrados. Estaba tan mojada que no hubo resistencia, solo esa sensación de los primeros centímetros que uno quisiera que durara mucho más de lo que dura. Cuando la tuvo entera adentro, se quedó quieta un segundo, apretándome con el coño desde adentro, como si estuviera aprendiendo a llevármela.
—Dios mío —susurró—. Cómo llenas.
Puse las manos en sus caderas. Ella puso las suyas en mi pecho y empezó a moverse. Despacio al principio, subiendo y bajando entera, buscando el ángulo que le gustaba. Después empezó a mover las caderas en círculos, restregándose el clítoris contra mi hueso pubiano cada vez que bajaba. Me incorporé para besarle los pechos, morder el pezón, chupárselo mientras ella se movía encima; escuchar cómo le cambiaba la respiración según lo que yo hacía.
Aumentó el ritmo. Le subí las manos por la espalda, la agarré del pelo y le tiré la cabeza hacia atrás para poder morderle el cuello. Ella gimió más fuerte. Sus caderas encontraron un punto y se quedaron ahí, moviéndose con más insistencia, cabalgándome cada vez más rápido. Las tetas le rebotaban delante de mi cara; yo se las agarraba, las apretaba, se las estrujaba con las dos manos.
—Me voy a correr otra vez —jadeó—. Me voy a correr, me voy a correr…
—Córrete encima mío. Toda.
Cuando llegó, se inclinó hacia adelante y clavó los dedos en mis hombros. Sentí cómo el coño se le cerraba alrededor de la polla en oleadas, apretándome de adentro hacia afuera. Se le escapó un gemido largo contra mi cuello, y le tapé la boca con la mano porque estaba gritando ya casi sin filtro.
Aproveché ese momento, con ella todavía temblando, para girarla sin salir de ella. Quedé encima. Le levanté las piernas y las puse sobre mis hombros: los muslos todavía con las medias, el coño hinchado y rojo abierto de par en par para mí.
Empujé fuerte y ella respondió con un jadeo agudo. Empecé a follármela así, doblada, con la polla entrándole hasta el fondo cada vez, y podía ver perfectamente cómo se la metía y se la sacaba, cómo salía brillando de sus jugos, cómo cada embestida le arrancaba un ruidito de la garganta. La cama crujía y golpeaba contra la pared; en algún momento me acordé de Clara y Felipe abajo, pero ya ninguno de los dos podía frenar.
—Más fuerte —me pidió—. Más, más fuerte, dámela toda…
Le bajé una pierna, la puse de costado, le levanté la de arriba y seguí desde ese ángulo, más profundo. Sus manos recorrieron mi espalda, mis caderas, me clavó las uñas en el culo para pegarme más contra ella. Ya no había nada de calma en ninguno de los dos. Nos besamos en medio de todo, esa clase de beso torpe e interrumpido que ocurre cuando dos personas están demasiado ocupadas como para concentrarse en otra cosa.
La puse boca abajo, le levanté el culo y volví a metérsela por atrás. Con una mano le agarré la cadera y con la otra le agarré el pelo desde la nuca. Ella hundió la cara en la almohada y empezó a empujar hacia atrás, encontrándome a mitad de camino en cada embestida, con el culo golpeándome contra la ingle en un ruido húmedo y rítmico que llenó toda la habitación.
—Me vengo —le avisé—. Voy a venirme…
—Adentro. Adentro, no salgas, adentro.
Cuando me vine lo hice adentro de ella, hasta el fondo, con dos, tres embestidas finales que le arrancaron otro gemido ahogado contra la almohada. Sentí cada descarga vaciarse dentro del coño mientras ella se apretaba alrededor y me exprimía. Nos quedamos así un momento, sin separarnos, con mi peso encima de su espalda, hasta que la respiración encontró de nuevo algo parecido a un ritmo normal. Cuando por fin salí, se me escapó un hilo de semen que le corrió por el muslo hasta la media, y ella soltó una risa baja, cansada.
—Menudo favor le hicimos a mi hermana —murmuró contra la almohada.
***
Nos quedamos dormidos sin apagar la luz.
Cuando la habitación empezó a clarear, Valeria se movió a mi lado. Abrí los ojos. Estaba mirando el techo con una expresión tranquila, sin ansiedad, sin ninguno de esos gestos que a veces aparecen en la madrugada cuando alguien se arrepiente de algo.
—Buenos días —dijo.
—Buenos días.
Abajo, alguien movía cosas en la cocina. El olor a café empezaba a subir por las escaleras.
Valeria se giró hacia mí. Me miró de esa forma directa que ya conocía, bajó la mano por debajo de la sábana y me agarró la polla, que ya estaba medio dura solo de tenerla al lado. Me la trabajó despacio hasta ponérmela otra vez a tono, sin dejar de mirarme a los ojos.
—¿Otra vez? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.
—Otra vez. Y despacio, que ahora tenemos tiempo.
Se puso encima sin decir nada más, se la acomodó y se la metió entera de un solo movimiento, hasta abajo. Cerró los ojos, echó la cabeza hacia atrás y empezó a moverse muy despacio, casi sin subir, solo apretándome desde adentro y girando las caderas.
El desayuno podía esperar un poco.