Las cámaras grabaron lo que no debí ver
En la oficina no podía concentrarme. Llevaba tres semanas así, desde el día que lo descubrí. Mi mujer y mi hermana tenían algo entre ellas. No sabía desde cuándo ni cómo había empezado, solo lo que había visto esa tarde: las dos dentro del coche de Carmen, aparcado en un lateral de un centro comercial, besándose. Un beso largo, pausado, de los que no dejan lugar a dudas.
No me acerqué. No toqué el claxon. Di media vuelta y me fui. Estuve conduciendo durante una hora sin rumbo antes de volver a casa, y cuando entré por la puerta actué como si nada hubiera pasado porque todavía no sabía de qué otra manera actuar.
Lo que sentí era una mezcla que todavía me cuesta describir. Rabia, sí. Traición, por supuesto. Pero debajo de todo eso había algo más incómodo, algo que no quería reconocer: una excitación sorda, casi avergonzada de sí misma, que me había acompañado desde entonces sin que yo la invitara.
Así estaba cuando mi jefe entró en la sala de reuniones y me sacó de mis pensamientos. Trabajaba como coordinador de proyectos en una empresa de instalación y monitoreo de sistemas de seguridad. Ese día, la dirección había lanzado un nuevo beneficio para empleados: instalación gratuita de cámaras interiores en casa. Querían que yo redactara la circular y la enviara a todos los departamentos antes del viernes.
Estuve un buen rato mirando la pantalla en blanco antes de entender lo que tenía delante.
Yo tenía acceso al equipo. Yo gestionaba los proyectos de instalación. Yo sabía exactamente qué casas necesitaban cámaras.
***
Tardé dos meses en completarlo todo. La primera instalación la hice en mi propia casa con la excusa de que el sistema perimetral exterior necesitaba una actualización. Luego, cuando Carmen se fue un fin de semana a visitar a unos amigos, aproveché para entrar con el equipo y colocar las cámaras en su casa también. Les dije a los técnicos que era un cliente de bajo perfil que prefería discreción, y no hicieron preguntas. Nadie del equipo sabía que esas dos direcciones tenían que ver conmigo.
En cada casa instalé dos cámaras: una en el salón y otra en el dormitorio principal. Conocía los ángulos de memoria porque los había configurado yo mismo. Había elegido las posiciones con cuidado, pensando en la cobertura, en la iluminación natural de cada habitación, en los puntos ciegos que quería minimizar.
El sistema era el mismo que instalábamos en cientos de casas de clientes por toda la ciudad: aplicación en el móvil o en el ordenador, acceso con contraseña, imagen en tiempo real. Nada especial desde fuera. Todo especial desde dentro.
La primera vez que lo abrí por las noches y vi el salón vacío de mi hermana, no sentí nada en particular. Solo el runrún de lo que me rondaba desde hacía semanas. Esperé sin saber muy bien qué esperaba.
***
El martes que me decidí de verdad, Natalia me avisó por la mañana que iba a desayunar con Carmen. Lo dijo con total normalidad, como llevaba diciéndolo durante meses, sin saber que yo ya no era el mismo tipo que lo escuchaba con indiferencia.
Pedí teletrabajo. En cuanto se cerró la puerta, abrí el panel de monitoreo, seleccioné las cámaras de la casa de mi hermana y esperé a que llegara mi mujer.
Carmen estaba preparando el desayuno. Llevaba una camiseta vieja de manga corta y unos shorts de algodón holgados, el pelo recogido con un pasador. Se movía entre la cocina y el salón con la familiaridad de alguien en su propia casa un martes cualquiera, sin ningún signo de lo que yo buscaba.
Cuando llegó Natalia, se saludaron con un beso en la mejilla. Solo eso. Las vi desayunar durante casi una hora: café, tostadas, algo de fruta cortada. Hablaban de trabajo, de ropa, de una serie que estaban viendo las dos. La escena era completamente normal. Me pregunté si me había equivocado, si lo que había visto semanas atrás había sido un momento de afecto exagerado y yo lo había convertido en algo que no era.
Luego Natalia se levantó, se puso detrás de Carmen y empezó a masajearle los hombros.
—Pareces tensa —le dijo.
—Duermo mal últimamente.
—Sube. Así no te puedo hacer nada bien.
***
En el dormitorio de Carmen, Natalia fue directa al armario y lo abrió. Desde el ángulo de la cámara vi ropas colgadas y cajones abiertos. Entonces vi lo que sacó: una camiseta mía. Una que llevaba meses sin ver y que había dado por perdida en alguna mudanza. Luego abrió un cajón y sacó un bóxer de la misma estantería.
Me quedé inmóvil delante de la pantalla.
Carmen se quitó la camiseta sin ningún pudor. Sus pechos cayeron libres: grandes, con pezones oscuros y anchos, la piel ligeramente bronceada. Me los había visto de pequeño, cuando compartíamos vestuario en casa de nuestros padres y todo eso era completamente neutro. Ahora los miraba desde otro lugar y no tenía manera de fingir lo contrario.
Se puso mi camiseta. Luego el bóxer, por encima de la ropa interior que ya llevaba. Era su manera de vestirse para ella, comprendí. Toda esa ropa mía guardada en el armario de mi hermana tenía una lógica que no supe cómo procesar mientras las veía bajar al salón.
***
—Quítate eso —dijo Natalia señalando la camiseta—. Que te haga los masajes bien.
—Hace mucho que no me los das.
Carmen se sacó la camiseta y se tumbó boca abajo en el sofá grande. Natalia se sentó a horcajadas sobre sus caderas, sin apenas apoyar peso, y empezó a trabajarle la espalda con las palmas. Primero los hombros, luego la columna, luego la zona lumbar. Lento y metódico. Había algo casi doméstico en el gesto, algo que habría podido ver en cualquier sitio sin que hubiera nada que señalar.
Durante diez minutos fue exactamente eso: un masaje. Pero yo la veía desde arriba, desde la cámara que yo mismo había colocado en el techo, y notaba cosas que desde otro ángulo no se habrían notado. La forma en que los pulgares de Natalia se demoraban más de lo necesario en la cintura. La manera en que Carmen respiraba un poco más despacio con cada pasada, con el cuerpo cada vez más pesado contra el sofá.
Cuando Natalia deslizó las manos hasta la cinturilla del bóxer y se detuvo ahí, el cambio fue casi imperceptible. Casi.
—¿Puedo? —preguntó en voz baja.
—Sí —dijo Carmen sin moverse.
Le bajó los boxers despacio. Debajo llevaba una ropa interior de algodón ancha, con un borde fino de encaje rosado. Natalia apoyó las palmas en sus nalgas y siguió masajeando con la misma cadencia de antes, como si el gesto fuera una continuación natural de todo lo anterior.
Fue Carmen la que cambió el ritmo. Se puso en cuatro apoyos, dobló las rodillas y dijo algo en voz baja que apenas capté por el micrófono.
Natalia le bajó la ropa interior.
***
No debería haber seguido mirando.
No tengo manera de justificarlo y no voy a intentarlo. Lo que sí puedo decir es que en ese momento no existía nada más que la pantalla y lo que ocurría en ella.
La vulva de mi hermana apareció en el encuadre: cerrada, depilada, brillante. Natalia separó sus nalgas con las dos manos y pasó la lengua despacio, de arriba abajo. Carmen apoyó la cabeza en los brazos del sofá y exhaló con fuerza, un sonido largo que no dejaba lugar a interpretaciones.
Yo me desabroché el pantalón.
No fue una decisión deliberada. Fue algo que simplemente ocurrió mientras yo seguía con los ojos fijos en la pantalla, igual que cuando levantas el brazo para equilibrarte antes de caer: el cuerpo va por delante de cualquier razonamiento.
Natalia trabajó a Carmen sin prisa, con una paciencia que yo no le conocía. Le lamió el clítoris hasta que mi hermana empezó a mover las caderas contra su boca, buscando más presión. Le penetró con un dedo primero, luego con dos. Cuando Carmen le pidió más, metió tres y empezó a frotarle el clítoris con el pulgar al mismo tiempo, manteniendo un ritmo constante que se escuchaba en los sonidos que salían de los altavoces del ordenador.
—No pares —dijo Carmen—. Estoy a punto.
Su voz era más ronca de lo que yo la conocía, más urgente. No era la voz de mi hermana en el teléfono ni en la mesa familiar de las navidades. Era otra voz que yo no sabía que existía, y escucharla mientras me masturbaba frente a la pantalla era demasiado para cualquier freno que me quedara.
Natalia no paró.
Yo tampoco.
***
Carmen acabó con un grito corto y agudo que el micrófono captó incluso con la calidad mediocre de la cámara. Su cuerpo entero se tensó durante unos segundos y luego se relajó de golpe, desplomándose sobre el sofá. Natalia retiró los dedos despacio y se los llevó a la boca uno por uno, mirando a mi hermana con una expresión que reconocí perfectamente aunque desde otra perspectiva.
—Eres preciosa —dijo—. ¿Te puedo hacer una foto?
Fue a buscar el teléfono a su bolso. Volvió arrodillándose detrás de Carmen y le pidió que se abriera con las manos. Carmen obedeció sin dudarlo.
Natalia fotografió lo que quedó al descubierto con absoluta calma, mientras yo eyaculaba sobre la mesa de centro de mi propio salón con una intensidad que no recordaba haber sentido en mucho tiempo. Sobre la madera oscura los rastros eran evidentes y yo sabía que tendría que limpiarlos antes de que Natalia volviera, pero por ahora me era completamente imposible moverme.
***
Tardé varios minutos en ordenarme. Busqué papel, limpié la mesa lo mejor que pude y me volví a vestir. En la pantalla, Carmen estaba tumbada con un cojín sobre las caderas. Natalia tenía el teléfono en la mano, mirando las fotos que acababa de sacar.
Entonces Carmen dijo algo que me heló en el sitio.
—Tengo la aplicación de las cámaras en el móvil. ¿Y si lo espiamos un poco?
Hubo una pausa breve. Natalia levantó la vista del teléfono.
—¿Qué cámaras?
—Las de su casa. Rodrigo me dio acceso cuando las instaló, por si había algún problema mientras él no estaba.
Era cierto. Lo había hecho yo mismo, como parte del protocolo estándar. Acceso de emergencia. Le había enviado las credenciales por mensaje sin pensarlo dos veces.
Natalia se sentó junto a ella en el sofá. Carmen abrió la aplicación, seleccionó la cámara del salón de mi casa y la imagen apareció en la pantalla de su teléfono.
La imagen del salón donde yo estaba sentado.
—Está ahí —dijo Carmen.
—¿Qué está haciendo?
Una pausa larga. Vi cómo las dos inclinaban la cabeza hacia el teléfono.
—Creo que acaba de... mira la mesa.
Yo miré la cámara que yo mismo había instalado en el techo de mi propio salón. Conocía su ángulo exacto. Sabía que desde ahí se veía el sofá, la mesa de centro y buena parte del escritorio. Sabía lo que estaban viendo.
—Se dio cuenta —dijo Carmen en voz muy baja—. Nos está mirando.
Natalia levantó el teléfono hacia la cámara de la casa de mi hermana, enfocándola directamente hacia el objetivo durante un segundo, como si quisiera que yo la viera haciéndolo. Luego sonrió.
No una sonrisa de vergüenza ni de sorpresa. Una sonrisa que conocía perfectamente, la que aparecía cuando ella ya sabía cómo iba a terminar algo.
Cerré el portátil despacio y me quedé sentado en el silencio del salón, con el papel arrugado junto a la mesa y la lluvia que había empezado a caer afuera, preguntándome qué clase de conversación me esperaba cuando Natalia volviera a casa.