Mi marido propuso el juego y yo cambié las reglas
Me llamo Valeria. Tengo 28 años, soy rubia, pelo corto a la altura de los hombros, caderas anchas y una manera de moverme que siempre ha hecho girar cabezas. Llevamos ocho meses casados con Andrés cuando él dijo, casi sin querer, algo que lo cambió todo.
No estábamos en la cama. Estábamos cenando. Yo había hecho pasta, él había abierto un vino tinto que nos quedaba, y de repente, entre un sorbo y otro, me miró de una forma que conozco bien.
—¿Alguna vez has pensado en estar con otro hombre? —preguntó.
Bajé el tenedor. Lo miré. Tenía esa expresión que pone cuando está nervioso pero finge que no.
—¿Me estás preguntando eso en serio? —dije.
—Sí.
No respondí de inmediato. Seguí comiendo. Dejé que el silencio trabajara.
—¿Y qué harías tú si yo lo hiciera? —pregunté al fin.
Andrés tragó saliva. Tenía las mejillas coloradas, y no era por el vino.
—Quiero mirarte —confesó—. Quiero saber que estás con otro, que la tenés adentro, que te la mete otro tipo, y que después volvés conmigo con el coño lleno de otro.
Hay momentos en los que algo que parece una pregunta es en realidad una puerta. Esta lo era.
—Bien —dije—. Pero con condiciones. Lo sé todo antes, durante y después. Tú estás presente o al tanto. Una vez al mes. Siempre con preservativo. ¿De acuerdo?
Asintió como un hombre que acaba de firmar algo que no sabe exactamente qué implica.
Lo supe yo antes que él.
***
Durante las tres semanas siguientes, el trato fue lo único de lo que hablamos. En el coche de camino al trabajo, en la cama antes de dormir, mientras yo me duchaba y él se afeitaba frente al espejo. Le contaba escenas que se me ocurrían y lo veía quedarse en silencio, con los ojos muy abiertos y la polla marcándosele bajo el pantalón. Le gustaba escucharme. Le gustaba demasiado.
Una noche le describí cómo me imaginaba que un desconocido me ponía de espaldas contra la pared de un baño, me subía el vestido, me apartaba el tanga con dos dedos y me metía la polla hasta el fondo sin preguntarme nada. Andrés se quedó inmóvil unos segundos. Después me arrancó las bragas de un tirón y me folló contra el respaldo del sillón con una urgencia que no solía mostrar, susurrándome al oído «decime que te la va a meter otro, decímelo» mientras se corría dentro de mí en cuestión de minutos.
—¿Cuándo? —susurró, todavía dentro, todavía duro.
—Pronto —respondí.
La noche llegó un sábado.
Me vestí despacio, sabiendo que él me observaba desde el sillón. Elegí un vestido rojo vino, corto, con un escote que dejaba poco a la imaginación. Sin sujetador. Botas de tacón que hacían sonar mis pasos como un anuncio. Me pinté los labios de un rojo oscuro, me miré en el espejo y no reconocí del todo a la mujer que vi. Era yo, pero con algo suelto.
—¿Estás nerviosa? —me preguntó Andrés desde el sillón.
—Estoy lista —dije. Que no es lo mismo.
Me subí el vestido hasta la cintura. Llevaba tanga de encaje negro. Me pasé dos dedos por encima de la tela y los levanté para que los viera brillar bajo la luz del pasillo.
—Ya estoy mojada —le dije—. Y todavía no salí de casa.
Lo miré a través del espejo mientras él se llevaba la mano al bulto sin darse cuenta.
—Guardá esa energía —le dije, bajándome el vestido—. Para cuando vuelva con el coño chorreando de otro.
Andrés apretó los labios y asintió en silencio.
***
El bar se llamaba El Rincón. Lo habíamos elegido juntos: lo suficientemente animado como para no sentirse expuesta, lo suficientemente oscuro como para que todo pudiera pasar sin que nadie preguntara nada. Luces cálidas, música a volumen medio, gente que venía a beber y a mirar.
Andrés se sentó en una mesa cerca de la pared del fondo, de cara a la barra. Desde allí podía verlo todo sin que nadie supiera que miraba. Le pedí que no se moviera, que no me escribiera y que esperara. Que eso era parte del trato.
Yo me fui sola a la barra.
Pedí un gin-tonic. Me senté en un taburete alto, crucé las piernas y esperé. Notaba cómo me miraban. Dos hombres en una mesa cerca de la ventana. El barman, de reojo. Era una sensación extraña, saber que tenía permiso para hacer lo que iba a hacer, y que ese permiso me lo había dado mi propio marido.
No tuve que esperar mucho.
Lo vi llegar como si fuera parte de la decoración del lugar, alguien que pertenecía a esa clase de bares. Moreno, barba cerrada, camisa de lino azul con las mangas subidas, antebrazos gruesos y manos grandes. Ojos oscuros que recorrían la sala sin apuro. Se llamaba Esteban, me lo dijo cuando ya no había vuelta atrás. Pero eso fue después.
Se acercó sin pedir permiso. Apoyó el vaso en la barra, a dos dedos del mío.
—Estás esperando a alguien —dijo. No era una pregunta.
—Sí —respondí—. A vos.
Me miró con una sonrisa lenta, la clase de sonrisa que uno se gana.
—¿Y tu marido sabe que estás acá? —preguntó, con los ojos en el anillo.
—Está sentado ahí atrás —dije, sin señalar—. Y sabe exactamente para qué vine. Vino a mirar cómo otro tipo me folla en el baño.
Esteban giró la cabeza solo un segundo. Luego volvió a mirarme, y noté cómo se movía debajo del pantalón.
—Eso me parece interesante —dijo.
—A mí también.
Me apoyó la mano en la rodilla y la subió por el interior del muslo, muy despacio, hasta que los dedos me rozaron el borde del tanga por debajo del vestido. No aparté la pierna. Notó lo empapada que ya estaba y sonrió.
—¿Todo esto es por mí? —murmuró.
—Todo esto es por lo que me vas a hacer.
—¿Dónde? —preguntó al fin, con los dedos todavía ahí.
Señalé el pasillo del fondo con los ojos.
***
En cuanto cerramos la puerta del baño, puse el pestillo y me giré hacia él.
Esteban era más alto de lo que parecía desde el taburete. Me miraba como si tuviera todo el tiempo del mundo, y eso me puso más nerviosa que cualquier urgencia. Me puso las manos en la cintura, despacio. Me subió el vestido con la misma calma, sin tirones, sin apuro, hasta dejármelo arrollado por encima de las tetas. Se me pusieron los pezones duros al aire, y él bajó la cabeza y me chupó uno mientras el otro me lo pellizcaba entre el índice y el pulgar.
—Bien —murmuró al verme—. Muy bien.
Me apoyé contra los azulejos. Me bajó el tanga con dos dedos, lo dejó caer al suelo. Me abrió las piernas con la rodilla y me pasó dos dedos enteros por el coño, de abajo hacia arriba, hasta el clítoris. Los subió chorreando y me los metió en la boca.
—Chupá —me ordenó.
Le chupé los dedos como si fueran una polla, mirándolo. Se le oscurecieron los ojos.
Se arrodilló sin que se lo pidiera, me puso una pierna sobre el hombro y me abrió con la lengua. La primera pasada me arrancó un gemido que tuve que ahogar mordiéndome el dorso de la mano. Lo que hacía era preciso, metódico, sin apuro. Lengüetazos largos, planos, desde la entrada del coño hasta el clítoris, interrumpidos por succiones breves en el centro exacto. Después metió la lengua entera dentro de mí y la movió como si estuviera follándome con ella, y con el pulgar me apretaba el clítoris en círculos pequeños.
Cerré los ojos. Me agarré de la cañería del lavabo con una mano y con la otra le empujé la cabeza contra mí. Sentí la tensión acumularse en la base del vientre como agua que sube y no encuentra dónde ir. Me metió dos dedos y los curvó hacia arriba mientras seguía chupándome el clítoris, y ahí ya no pude más.
Me corrí sin hacer ruido, apretándole la cara con los muslos. Me mordí el labio hasta casi sangrar y sentí cómo mi coño le apretaba los dedos en espasmos que no podía controlar.
Cuando me recuperé, él ya estaba de pie. Se había bajado los pantalones. La tenía enorme, gruesa, con una vena marcada que le subía por debajo, y ya le goteaba por la punta. La vi y el estómago me dio un vuelco.
—El preservativo —dije, con la voz más firme de lo que me sentía.
—No tengo —respondió.
Silencio.
Lo miré. Sentí el calor de su cuerpo a pocos centímetros. Sentí mi propio pulso entre las piernas, que no había bajado del todo desde hacía un rato. Le agarré la polla con la mano y se la apreté. Estaba caliente, dura, palpitando.
—¿Querés que pare? —preguntó.
Sí, pensé.
—No —dije—. Cogeme así. A pelo. Quiero sentirla toda.
Me cogió de la cadera con las dos manos, me levantó una pierna hasta engancharla en su cintura y guio la punta con la otra mano. Me la pasó primero por todo el coño, mojándola, y después empezó a entrar despacio, como si supiera que así era peor. Un centímetro. Dos. La plenitud de algo que no había planificado y que no podía ignorar. Sentí cómo me abría por dentro, cómo cada centímetro de esa polla me llenaba un lugar que llevaba ocho meses vacío sin saberlo. Cuando llegó al fondo solté el aire de golpe y apoyé la frente en su hombro.
—Dios —susurré—. Qué grande la tenés.
—Aguantá —me dijo al oído—. Todavía no empecé.
Empezó a moverse. Despacio al principio, sacándola casi entera y volviendo a metérmela hasta el fondo, con embestidas largas que me hacían gemir cada vez que llegaba al final. Yo le había dicho cómo tratarme sin palabras, solo con cómo arqueé la espalda contra los azulejos y con cómo apreté las paredes del coño alrededor de su polla. Me mordió el cuello. Me metió los dedos entre el pelo y me dobló la cabeza hacia atrás.
—Más —le pedí—. Más fuerte. Rompeme.
Me lo dio.
Me agarró de las dos piernas, me levantó del suelo y me clavó contra la pared. Yo le rodeé la cintura con las piernas y me colgué de su cuello, y él empezó a follarme de verdad. Cada embestida me subía por dentro hasta el estómago. Los azulejos me golpeaban la espalda a cada envión. La polla entraba y salía con un ruido húmedo, obsceno, que retumbaba en el baño y que me daba más morbo que cualquier cosa. Se me escapó un gemido largo que no pude ahogar.
—Callate —me murmuró, y me tapó la boca con la mano.
Le lamí la palma. Se la mordí. Seguí gimiendo contra su mano mientras me la metía cada vez más fuerte.
Me bajó al suelo. Me giró contra el lavabo, me puso la mano en la nuca y me empujó hasta dejarme doblada frente al espejo. Me miré la cara en el reflejo: el rímel corrido, los labios hinchados, el pelo pegado a la frente. Detrás de mí, él se agarró la polla y me la volvió a meter de un solo empujón.
—Miralo —me ordenó—. Miralo mientras te la meto.
Lo miré. Me la metía hasta las bolas, agarrándome del pelo con una mano y de la cadera con la otra. El sonido de sus caderas golpeándome el culo llenaba todo el baño. Cada embestida me sacudía las tetas contra el borde del lavabo. Sentía cómo mi coño se abría para él, cómo lo apretaba, cómo lo empapaba.
—Voy a correrme otra vez —jadeé.
—Correte —dijo—. Correte con mi polla adentro.
Me corrí por segunda vez con él todavía dentro, y sentí cómo mi interior lo apretaba en espasmos largos, sin que yo lo controlara. Grité contra el brazo que me había puesto en la boca. Esteban soltó un sonido grave, profundo, me agarró de las caderas con las dos manos y se hundió hasta el fondo. Se vació dentro de mí. Largo. Caliente. Sin apuro. Sentí cada pulsación de su polla como si fuera la primera vez que notaba que algo así era posible, y sentí cómo su semen me llenaba, cómo se me metía adentro, cómo me marcaba.
Se quedó dentro un rato, sin salir, respirándome en la nuca. Cuando por fin la sacó, sentí un chorro tibio bajarme por el interior del muslo.
Nos quedamos quietos unos segundos. El único ruido era el agua de la pileta goteando y mi propia respiración.
Después me acomodé el vestido. Recogí el tanga del suelo y me lo guardé en el bolso. No me limpié. Eso era para después.
—Gracias —le dije.
Él asintió con esa misma sonrisa lenta de antes.
Abrí el pestillo y salí.
***
Andrés estaba exactamente donde lo había dejado. Pálido. Con el vaso apretado entre las manos y los ojos clavados en mí desde que di el primer paso fuera del pasillo.
Me acerqué con calma. Me senté en la silla de al lado, no en su regazo como había planeado. Quería que me mirara de frente.
—¿Cómo estás? —pregunté.
—No lo sé —dijo. Era honesto.
—Rompí una regla —le dije.
Vi cómo se le tensaba la mandíbula.
—¿Cuál?
—El preservativo.
El silencio que siguió fue diferente al de la cena de tres semanas atrás. Más denso. Más real. El ruido del bar seguía, la gente seguía, pero entre nosotros todo se había detenido.
—Valeria… —empezó.
—Está todo bien —lo corté—. Se corrió adentro. Toda. Todavía la tengo adentro. Quería que lo supieras ahora. Quería ver tu cara cuando te lo dijera.
Andrés me miraba sin parpadear. Tenía una expresión que yo no le había visto antes: algo entre el miedo, la rabia y algo que no podía nombrar pero que reconocí igual. Bajé los ojos a su regazo. La tenía dura, marcada bajo el pantalón. Lo conocía de memoria. Eso no era rabia.
Le extendí la mano por encima de la mesa.
—Nos vamos —dije.
Agarró mi mano y se levantó sin decir nada.
***
En el taxi no hablamos. Yo miraba por la ventana. Él miraba al frente. Podía sentir el semen de Esteban bajarme lento por el interior del muslo, empapándome cada vez que cerraba las piernas, y cada vez que el coche frenaba en un semáforo me concentraba en esa sensación hasta que me ponía colorada. Abrí las piernas un poco y le agarré la mano a Andrés. Se la llevé por debajo del vestido, se la puse contra el coño y se la apreté ahí.
—Sentí —le susurré—. Sentí cómo me dejó.
Los dedos se le hundieron solos. Los sacó chorreando, brillantes bajo la luz del semáforo. Se los miró un segundo largo, sin respirar. Después se los llevó a la boca y los chupó uno por uno, sin apartar los ojos de mí.
Me pregunté si Andrés sabía lo que yo estaba pensando. Probablemente sí.
En cuanto cerramos la puerta del departamento, me detuve en el pasillo.
—Quitate los zapatos —le dije.
Lo hizo.
—Ahora arrodillate.
Hubo una pausa. Larga. Andrés me miraba desde el otro lado del pasillo, y yo lo miraba a él. Ocho meses de matrimonio. Ocho meses de conocernos de una manera. Esta era otra.
Se arrodilló.
Me acerqué despacio. Me quité el vestido y lo dejé caer. Me quedé en nada, solo las botas. Saqué el tanga del bolso y lo sostuve frente a él. Estaba empapado, oscuro de humedad, pesado.
—Abrí la boca —le dije.
La abrió. Le metí el tanga adentro y se lo dejé ahí, apretado entre los dientes. Vi cómo se le movía la nuez tragando lo que había en la tela.
—Sacátelo —le ordené después—. Y sabés lo que quiero.
Escupió el tanga al suelo. Me llevó las manos a las caderas para acercarme. Yo abrí las piernas y le apoyé el coño contra la boca. Cuando la lengua le tocó los labios inferiores, sentí que dudaba un segundo. Sabía a qué. Sabía a otro hombre. Sabía al semen de Esteban que todavía me chorreaba por dentro.
—Chupá —le dije—. Chupame todo lo que él me dejó.
Se rindió. Lamió con una entrega que no esperaba. Lento al principio, luego con más urgencia, metiéndome la lengua hasta el fondo, sacando cada gota de semen que quedaba y tragándosela. Yo sentía cómo se le movía la garganta contra mí, cómo respiraba pegado al coño, cómo me chupaba el clítoris entre trago y trago.
Le conté todo mientras lo hacía. Cómo Esteban me había mirado al arrodillarse. Cómo me había arrancado la primera corrida con la lengua. Cómo me había levantado en el aire y me había clavado contra la pared. Cómo la tenía enorme, mucho más grande que la suya. Cómo había entrado sin apuro y me había abierto en dos. Cómo yo había dicho que no cuando él me había preguntado si quería que parara, y lo que eso significaba, y cómo me había sentido al decirlo. Cómo se había vaciado dentro de mí y cómo yo lo había dejado.
—Él me la metió a pelo —le dije, apretándole la cara contra mí—. Se corrió adentro de tu mujer. Y ahora vos te lo estás tragando. Todo. Cada gota.
Andrés gemía mientras escuchaba. Ese sonido, ahogado contra mi coño, me resultó más excitante que cualquier cosa que hubiera pasado esa noche. Se llevó la mano al pantalón, se la sacó y empezó a masturbarse mientras me comía.
—No —le dije—. Las manos atrás.
Obedeció. Se puso las manos en la espalda y siguió lamiéndome con los ojos cerrados y la polla dura al aire.
Me corrí apoyando la mano en su cabeza para no caerme. Me corrí en su boca. Le apreté la cara con los muslos hasta que sentí que no podía respirar, y solo entonces lo solté.
***
Después lo senté en el sofá y me monté encima. Le agarré la polla con la mano y me la metí yo misma, empujándome hacia abajo hasta el fondo. Estaba tan tenso que entré sin resistencia. Me quedé quieta un momento, mirándolo, sintiéndolo dentro de un coño que todavía olía a otro.
—Escuchame —le dije, cogiéndole la cara con las dos manos—. Las reglas cambiaron.
—¿Cómo cambiaron? —preguntó. La voz le salió entrecortada.
—Yo decido cuándo, con quién y cómo. Sin preservativo. Sin preguntarte. Cuando yo quiera, con el que yo quiera. Vos me esperás en casa, me chupás el coño lleno de otro y me agradecés que te deje. ¿Entendido?
Me miró con esa mezcla de cosas que ya no podía separar: deseo, miedo, algo que se parecía mucho a la rendición.
—¿Y si no quiero? —susurró.
Me incliné hacia él, le hablé despacio, muy cerca del oído, y empecé a subir y bajar sobre su polla, apretándolo con cada movimiento.
—Ya lo querés —le dije—. Te la estoy metiendo con el coño de otro y estás por correrte en menos de dos minutos. Eso ya es un sí.
Y empecé a moverme en serio. Le apoyé las manos en el pecho, me arqueé hacia atrás y empecé a cabalgarlo con todo. Le mostré las tetas, le mostré cómo su polla entraba y salía de un coño que acababa de ser follado por otro. Le agarré la mano y me la puse en el clítoris.
—Ahí —le dije—. Frotámelo mientras me la metés.
Le obedecí a mí misma. Subí y bajé cada vez más rápido, sintiéndolo palpitar dentro. Le apreté las paredes del coño con toda la fuerza que tenía.
Se corrió en menos de dos minutos, gimiendo mi nombre con una desesperación que no le conocía, agarrándome de las caderas y hundiéndome hasta el fondo. Yo sentí cómo su semen se sumaba al de Esteban dentro de mí, cómo se mezclaban, cómo ya no había manera de separar qué había puesto cada uno. Me corrí encima de él, apretándolo, sintiendo cómo todo se mezclaba dentro de mí y me chorreaba por los muslos hasta la base de su polla.
Cuando terminamos, me quedé quieta sobre él, sin sacármela, con la cabeza en su hombro, respirando despacio.
—Regla nueva número uno —murmuré—: lo de esta noche es el nuevo estándar. No el techo. El piso.
Andrés no respondió. Me rodeó con los brazos y me apretó más fuerte.
Y supe que eso era un sí.
No un sí de resignación. Un sí de alguien que acaba de entender para qué sirve rendirse.
Y yo, por primera vez en ocho meses de matrimonio, sentí que acababa de empezar algo.