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Relatos Ardientes

La confesión que nunca le hice a mi esposo

3.9 (9)

La primera vez que Marcos me habló, lo hizo despacio, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Esa voz suya —grave, segura, sin urgencia— fue lo primero que me descolocó. Rodrigo nunca me hablaba así. Rodrigo siempre tenía prisa.

Vine al viaje sin pensar demasiado. Mi hermana Daniela llevaba semanas insistiendo, y ceder fue más fácil que seguir escuchando sus argumentos. Rodrigo no pudo venir, o no quiso; da igual. Lo que sí sé es que cuando subí al avión sola, sentí algo parecido al alivio.

Llevaba once años con el mismo hombre. Antes de él, un par de besos en la adolescencia, alguna mano atrevida en una fiesta. Nada más. Cuando nos casamos y llegó la noche de bodas, lo que yo esperaba que fuera romántico resultó ser rápido y brusco, como si él hubiera estado aguantando demasiado tiempo y ya no pudiera esperar. No me quejé. Pensé que así era. Once años pensando que así era.

***

Marcos era primo de Kevin, el chico que Daniela había conocido el primer día. Kevin era impulsivo, joven, con esa energía de quien necesita demostrar algo todo el tiempo. Marcos era diferente. Tenía una forma de mirar que hacía sentir que te estaba leyendo por dentro, y una cortesía casi anacrónica que desentonaba con el ambiente del resort. Me preguntó si quería un trago. Me lo preguntó una sola vez, sin insistir. Y esperó.

Eso fue suficiente para mí.

No voy a contar todo lo que pasó esos primeros días como si fuera una lista de hazañas. Solo diré que hice cosas que nunca había hecho con Rodrigo, cosas que once años de matrimonio no habían producido. La primera vez que Marcos me miró a los ojos mientras yo tenía su miembro en la boca, sentí algo que no sabría nombrar con precisión. Orgullo, quizás. O el reconocimiento de algo que siempre había estado ahí, esperando.

Su sabor era inusual. Dulce, con algo ácido detrás, como una fruta que no identificas pero quieres seguir probando. Me lo tragué sin pensarlo. Primera vez en mi vida. Rodrigo nunca me lo había pedido y yo nunca se lo había ofrecido; siempre me había parecido una idea incómoda, hasta que no lo fue. Hasta que lo pedí yo.

Lo del anal fue diferente. Dolió. Pero Marcos fue paciente, y en esa paciencia había algo que Rodrigo nunca me había dado: la sensación de que yo importaba más que su propio apuro. Se detuvo cuando se lo pedí. Esperó. Volvió a empezar cuando yo asentí. Cuando ocurrió del todo, el dolor se transformó en algo que todavía no sé cómo describir. Daniela me preguntó después cómo había estado. Le dije que bien. Ella rio.

—Eso es lo que tú dices —respondió, y se dio vuelta a seguir durmiendo.

***

Eran casi las cuatro de la tarde cuando decidimos bajar a la piscina. Habíamos pasado gran parte del día en las habitaciones, y el hambre ya no podía ignorarse. Marcos quería salir. Yo, la verdad, también. Necesitaba el sol, el ruido del agua, algo que me sacara de mi propia cabeza por un rato.

Me puse el traje de baño morado que Rodrigo me había metido en la maleta antes del viaje. Lo había empacado él mismo, con una nota que no voy a repetir aquí. Solo diré que la nota me dejó una sensación extraña, como si me hubiera dado permiso para algo que ninguno de los dos se había atrevido a nombrar en voz alta.

Caminamos tomados de la mano hacia la piscina. Marcos tenía esa costumbre de entrelazar los dedos, no de agarrarte la mano por encima como si fuera un trámite. Nos sentamos un momento cerca del kiosco y fue entonces cuando la vi.

***

Sofía estaba sola en el extremo menos transitado de la piscina, sentada en las escaleras interiores con los brazos apoyados en el borde y la mirada perdida en el agua. Era morena, cabello negro y liso hasta la cintura, con el tipo de belleza que no parece esforzarse. Llevaba un traje de baño azul oscuro, semi tanga, que le marcaba bien las caderas. La reconocí del velero del día anterior, aunque ahí casi no habíamos cruzado palabras.

Cuando nos vio, levantó la mano con una sonrisa. Yo estaba tomada de la mano de Marcos, y por un instante me incomodó que me viera así; el día del velero había mencionado que estaba casada, que su marido Felipe había venido con ella al resort.

—Qué sorpresa encontrarte —dijo cuando me acerqué—. ¿Y ese chico de dónde salió?

—Un amigo —dije—. Marcos. Lo conocimos con mi hermana los primeros días del viaje.

Ella lo miró. No con discreción, sino directamente, con una franqueza que no esperaba de la misma chica tímida y callada que había estado casi todo el velero mirando el agua. Marcos, con su habitual sentido del momento, dijo que iba al kiosco a buscar bebidas y desapareció, dejándonos solas.

—¿Y Felipe? —pregunté.

—En el bar. —Hizo una pausa—. Con un «amigo» que dice que encontró por casualidad aquí en el hotel.

El gesto de su cara lo decía todo.

—¿Lo conoces?

—Demasiado —dijo Sofía.

***

Propuse ir a la zona húmeda del hotel. Había un jacuzzi apartado, lejos del área principal, donde el ruido del agua ahogaba cualquier conversación. Marcos entendió sin que se lo explicara: desde el kiosco le hice señas, le mostré la muñeca como indicándole cuánto tiempo, y él respondió con el pulgar arriba. Sofía se rio al verlo.

—¿Así se comunican ustedes? —preguntó mientras caminábamos.

—Llevamos menos de una semana. Todavía estamos aprendiendo el idioma.

El jacuzzi estaba ocupado por otras parejas que estaban en lo suyo. Encontramos un rincón con más privacidad, nos metimos en el agua caliente, y el ruido del motor lo cubría todo. Me recosté contra el borde y la miré.

—Cuéntame —dije.

Y Sofía empezó a hablar.

***

El amigo se llamaba Bruno. Había aparecido en sus vidas cuando ella y Felipe todavía eran novios, y desde el primer momento Sofía había sentido algo raro, aunque nunca había sabido nombrarlo. Bruno aparecía siempre donde estaban ellos, lograba que Felipe tomara de más, y después se ofrecía a llevar a Sofía a su casa. Ella aceptó varias veces, porque no había otra opción visible.

—¿Y se propasó contigo? —pregunté.

—No. Eso era lo que me confundía más. Manejaba y me contaba cosas. Cosas de las mujeres con las que había estado, con mucho detalle. Lo que les hacía, cómo las tocaba, cómo reaccionaban. A mí me incomodaba, pero nunca le dije nada.

Sofía bajó la voz. El jacuzzi borboteaba entre nosotras.

—Una noche salimos con una amiga mía, Paula. Felipe se emborrachó como siempre, lo llevamos a casa. Bruno ofreció llevarnos a las dos. Paula insistió en que me dejaran primero a mí, y luego ellos seguirían en algún bar.

Levanté una ceja. Sofía asintió.

—Paula quería quedarse sola con él. Yo me lo imaginaba, pero igual me hice la dormida en el asiento trasero. Por curiosidad. O por algo que todavía no sé cómo llamar.

Me recosté un poco más en el borde del jacuzzi y la dejé seguir. Bruno había conducido hasta detenerse en una calle oscura. Paula había puesto la mano sobre él primero, sin que nadie se lo pidiera. Lo que vino después, Sofía lo contó con la voz de alguien que ha revisado esa escena muchas veces en la cabeza sin conseguir olvidarla.

Paula había bajado la cabeza sobre el regazo de Bruno. Sofía los oía claramente desde el asiento trasero: el sonido húmedo, el jadeo contenido de él, su mano guiando la nuca de Paula con firmeza sin dejarla retirarse. Bruno no quitaba los ojos del retrovisor.

—¿Y tú qué sentiste? —pregunté cuando ella hizo una pausa.

—Vergüenza —dijo—. Y muchas ganas de no ser Paula sino estar en su lugar.

Debajo del agua noté que sus manos habían dejado de estar quietas.

No sé qué me hizo decir lo que dije a continuación. Quizás el calor del agua, o la intimidad de haberla escuchado, o simplemente el estado en que llevaba días viviendo sin reconocerme demasiado a mí misma.

—Si quieres, yo puedo hacer eso por ti mientras sigues contándome —dije.

***

Sofía me miró un segundo. Dos. Luego se acercó dentro del agua, tomó mi mano y la llevó donde ella quería. Yo no la retiré.

Siguió hablando. Bruno se había detenido a un lado de la vía y había tomado a Paula con ambas manos, guiando sus movimientos sin que ella opusiera resistencia. Le había preguntado si quería que parara, y Paula le había dicho que no. Yo escuchaba y mis dedos se movían dentro de Sofía, y sus caderas respondían sin que le importara disimularlo.

—¿Y Bruno supo desde el principio que tú los estabas mirando? —pregunté.

—Creo que sí —dijo Sofía, con la voz ya cambiada—. Me miraba por el retrovisor todo el tiempo.

Sentí cómo se sacudía contra mi mano antes de terminar la frase. Un orgasmo rápido y tenso, como algo que llevaba mucho tiempo esperando salir. Se mordió el labio para no hacer ruido.

—Nunca le había contado esto a nadie —dijo después, con los ojos aún cerrados.

—Lo sé —dije.

Hubo un silencio. Un silencio bueno.

Luego Sofía me miró de otra manera. Me pidió que me sentara en el borde del jacuzzi. Obedecí. Ella se acercó, apartó la tela de mi traje de baño a un lado, y lo que hizo con su lengua me hizo perder el equilibrio y recostarme sobre las baldosas frías sin importarme nada más. Tenía una seguridad que no esperaba para ser la primera vez que decía que hacía esto. O quizás simplemente tenía ganas, y las ganas suplen la experiencia.

—Tu sabor es increíble —murmuró contra mí sin levantar la cabeza.

—Sigue —dije.

Era lo único que se me ocurrió decir.

***

No escuché llegar a Marcos. Lo vi de reojo cuando ya estaba a pocos metros, caminando despacio hacia nosotras con esa calma suya que nunca apuraba nada. Se detuvo. Evaluó la situación. Una sonrisa lenta.

Sofía lo notó cuando él ya estaba cerca. Levantó la vista, un poco alarmada. Yo la miré, y ella me leyó la cara. Se relajó.

Marcos se arrodilló delante de mí. Le tomé lo que ya conocía en la boca, mientras Sofía seguía con su lengua entre mis piernas. El cruce de sensaciones hizo que perdiera el sentido del tiempo. Escuché a las otras parejas en el salón moverse, acomodarse, fingir cada vez menos que no nos veían. No me importó. Llevaba días aprendiendo que no me importaba.

Después fue el turno de Sofía. Le acerqué a Marcos a ella, sosteniéndolo con la mano, mirándola. Ella lo aceptó sin dudar; tomó entre sus manos ese miembro oscuro y alargado, lo saboreó despacio, con una atención que me hizo sonreír. Me arrodillé a su lado. Compartimos sin que hiciera falta hablar de ello, turnándonos, alternando, rozándonos sin incomodidad. Era algo nuevo para las dos. Era fácil.

Más tarde, Marcos la tomó por detrás mientras ella mantenía la boca sobre mí. Era una geometría extraña y perfecta al mismo tiempo. Cada una recibía y daba en la misma cadencia. Las baldosas frías contra mi espalda, el ruido del agua cubriendo los sonidos, los gemidos de Sofía contra mi piel componían algo que nunca me había imaginado sintiéndome.

Cuando Marcos terminó, se apoyó contra el borde del jacuzzi con esa expresión suya de satisfacción tranquila. Sofía y yo nos miramos desde abajo, el agua hasta la cintura, y nos reímos al mismo tiempo sin saber bien de qué.

***

Cuando salimos de la zona húmeda ya era casi de noche. Sofía volvió a buscar a Felipe sin que ninguna de las dos dijera demasiado. Un beso en la mejilla. Los ojos brillantes. Entendí que lo que había pasado no necesitaba ser nombrado para ser real.

Marcos y yo subimos a cambiarnos para el evento de la noche. El hotel tenía una fiesta en la discoteca —lencería para las mujeres, traje de baño para los hombres— y yo llevaba días pensando en qué me pondría. Rodrigo había metido en mi maleta un conjunto rojo que yo todavía no había destapado. Una nota adjunta decía que lo usara para la persona indicada.

Lo saqué de la bolsa por primera vez. Era rojo, con detalles en cadena fina, más atrevido de lo que yo hubiera elegido sola en cualquier tienda. Me lo probé frente al espejo del baño y me quedé mirándome un momento.

Sí, pensé. Esta soy yo ahora. O quizás siempre lo fui.

Marcos me esperaba en la puerta. Me miró de arriba abajo con esa expresión suya que nunca apuraba nada.

—Lista —dije.

—Siempre lo estuviste —contestó.

Salimos juntos hacia la noche, y yo todavía no sabía todo lo que iba a pasar antes del amanecer.

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3.9 (9)

Comentarios (9)

Carla_norte

que relato!!! me dejo pensando todo el dia

LectorBA_99

La primera parte me engancho de entrada. Por favor una continuacion, quedé con muchísimas ganas de saber toda la verdad.

PatitoRosado91

hay algo muy real en como esta contado, se siente autentico. Eso es lo que mas me gusta de las confesiones.

NocheViajera

y Rodrigo nunca sospecho nada en todos estos años? eso es lo que más me intriga de toda la historia

Renato_BA

Confesiones es mi categoria favorita del sitio y esta está entre las mejores que lei. Se escribe con mucha naturalidad.

solelover1969

tremendo, gracias

Marcos_99

Me recordó a algo que yo tambien me callé por mucho tiempo. Es raro cargar con ese tipo de secretos. Buen relato.

CruceVillero

Hay una tension en todo el relato que no te suelta. Muy bien logrado, espero que cuente mas!

alexabello

Se hizo corto jaja, quiero saber exactamente que fue lo que paso en ese viaje :)

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