La confesión que nunca le hice a mi esposo
La primera vez que Marcos me habló, lo hizo despacio, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Esa voz suya —grave, segura, sin urgencia— fue lo primero que me descolocó. Rodrigo nunca me hablaba así. Rodrigo siempre tenía prisa.
Vine al viaje sin pensar demasiado. Mi hermana Daniela llevaba semanas insistiendo, y ceder fue más fácil que seguir escuchando sus argumentos. Rodrigo no pudo venir, o no quiso; da igual. Lo que sí sé es que cuando subí al avión sola, sentí algo parecido al alivio.
Llevaba once años con el mismo hombre. Antes de él, un par de besos en la adolescencia, alguna mano atrevida en una fiesta. Nada más. Cuando nos casamos y llegó la noche de bodas, lo que yo esperaba que fuera romántico resultó ser rápido y brusco, como si él hubiera estado aguantando demasiado tiempo y ya no pudiera esperar. Me penetró sin apenas mojarme, se corrió en tres minutos encima de mi vientre y se durmió. No me quejé. Pensé que así era. Once años pensando que el sexo eran esas embestidas cortas de Rodrigo, su polla flaca metiéndose y saliendo sin ritmo, su corrida rápida y su espalda dándome la buenas noches.
***
Marcos era primo de Kevin, el chico que Daniela había conocido el primer día. Kevin era impulsivo, joven, con esa energía de quien necesita demostrar algo todo el tiempo. Marcos era diferente. Tenía una forma de mirar que hacía sentir que te estaba leyendo por dentro, y una cortesía casi anacrónica que desentonaba con el ambiente del resort. Me preguntó si quería un trago. Me lo preguntó una sola vez, sin insistir. Y esperó.
Eso fue suficiente para mí.
No voy a contar todo lo que pasó esos primeros días como si fuera una lista de hazañas, pero sí lo que importa. La primera noche, en la habitación de Marcos, me desnudó de pie contra la puerta y estuvo casi una hora solo besándome el cuello, los pechos, mordiéndome los pezones hasta ponerlos duros como piedras, chupándomelos como si fueran lo único que le interesara del mundo. Rodrigo nunca se demoraba en mis tetas más de treinta segundos. Marcos se me arrodilló entre las piernas antes de siquiera meterme la polla, me abrió el coño con dos dedos y me estuvo lamiendo hasta que le empapé la barba, sin apuro, buscando cada pliegue con la lengua, chupándome el clítoris con los labios y dejándome caer los primeros dos orgasmos encima de su cara. Yo lloraba y me reía al mismo tiempo, agarrándome de las sábanas, porque no sabía que a una mujer se le podía hacer eso.
Cuando por fin sacó la polla, se me cortó la respiración. Era gruesa, oscura, mucho más grande que la de Rodrigo, con la cabeza brillante de tanto que estaba excitado. La primera vez que Marcos me miró a los ojos mientras yo tenía su miembro en la boca, sentí algo que no sabría nombrar con precisión. Orgullo, quizás. O el reconocimiento de algo que siempre había estado ahí, esperando. Le abrí la boca todo lo que pude y lo dejé que me empujara despacio hasta el fondo de la garganta, hasta que se me saltaron las lágrimas y tuve que respirar por la nariz para no ahogarme. Él me sostuvo el pelo hacia atrás con las dos manos y me dijo al oído: «así, muñeca, tragátela toda, mostrame lo bien que la mamás». Y yo la chupaba, la babeaba entera, se la sacaba de la boca para pasarle la lengua por debajo, desde los huevos hasta la punta, y me la volvía a meter hasta atragantarme.
Su sabor era inusual. Dulce, con algo ácido detrás, como una fruta que no identificas pero quieres seguir probando. Cuando se corrió en mi boca esa primera noche, me llenó la garganta de semen espeso, tibio, y yo me lo tragué sin pensarlo, cada gota. Primera vez en mi vida. Rodrigo nunca me lo había pedido y yo nunca se lo había ofrecido; siempre me había parecido una idea incómoda, hasta que no lo fue. Hasta que lo pedí yo, la noche siguiente, arrodillada en la ducha, mirándolo desde abajo con la boca abierta y la lengua afuera pidiéndole la corrida como una perra.
Y después vino el follar propiamente dicho. Marcos me tiró en la cama boca arriba, me abrió las piernas y me metió la polla despacio, centímetro por centímetro, mirándome a los ojos mientras yo sentía cómo me llenaba entera, cómo me estiraba, cómo llegaba a lugares que Rodrigo nunca había alcanzado. «Estás apretadísima», me dijo, y empezó a moverse. Primero lento, con las caderas girando, haciéndome sentir cada vena de su verga rozándome las paredes. Después más fuerte, con las manos agarrándome de las nalgas, levantándome del colchón para meterla más profundo. Me hizo terminar dos veces así, boca arriba, gritándole que no parara, con los pies apoyados en sus hombros y las tetas rebotando al ritmo de sus embestidas. Después me dio la vuelta, me puso en cuatro y me la metió por detrás agarrándome de la cintura, follándome como si fuera un animal, con esa palma abierta que de vez en cuando me caía en el culo dejándome la piel roja. La tercera vez que me corrí se me doblaron los brazos y quedé con la cara contra el colchón, el culo en el aire, y él siguió embistiéndome hasta vaciarse adentro con un gruñido largo que me hizo estremecer.
Lo del anal fue otra noche, y fue diferente. Dolió. Marcos me untó los dedos de lubricante y me estuvo un rato largo trabajándome el culo, primero con uno, después con dos, mientras me mordía la nuca y me susurraba obscenidades. «Este culo tan chiquito y tan cerrado, mirá cómo se me va abriendo, muñeca, mirá cómo lo querés». Cuando me apoyó la punta de la polla ahí, me tensé entera y me quejé. Marcos fue paciente, y en esa paciencia había algo que Rodrigo nunca me había dado: la sensación de que yo importaba más que su propio apuro. Se detuvo cuando se lo pedí. Esperó. Me hizo respirar hondo, me tocó el clítoris con dos dedos hasta relajarme, y me la fue metiendo de a poco. Volvió a empezar cuando yo asentí. El dolor era brutal al principio, ardía, y pensé que no iba a poder. Pero cuando entró del todo, cuando lo tuve entero enterrado en el culo y él empezó a moverse lento mientras me seguía tocando el coño, el dolor se transformó en algo que todavía no sé cómo describir. Me corrí así, con la polla en el culo y sus dedos adentro del coño al mismo tiempo, gritando contra la almohada mientras él se corría atrás, dejándome ese ardor tibio que después escurrió sábana abajo. Daniela me preguntó después cómo había estado. Le dije que bien. Ella rio.
—Eso es lo que tú dices —respondió, y se dio vuelta a seguir durmiendo.
***
Eran casi las cuatro de la tarde cuando decidimos bajar a la piscina. Habíamos pasado gran parte del día en las habitaciones, y el hambre ya no podía ignorarse. Marcos quería salir. Yo, la verdad, también. Necesitaba el sol, el ruido del agua, algo que me sacara de mi propia cabeza por un rato.
Me puse el traje de baño morado que Rodrigo me había metido en la maleta antes del viaje. Lo había empacado él mismo, con una nota que no voy a repetir aquí. Solo diré que la nota me dejó una sensación extraña, como si me hubiera dado permiso para algo que ninguno de los dos se había atrevido a nombrar en voz alta.
Caminamos tomados de la mano hacia la piscina. Marcos tenía esa costumbre de entrelazar los dedos, no de agarrarte la mano por encima como si fuera un trámite. Nos sentamos un momento cerca del kiosco y fue entonces cuando la vi.
***
Sofía estaba sola en el extremo menos transitado de la piscina, sentada en las escaleras interiores con los brazos apoyados en el borde y la mirada perdida en el agua. Era morena, cabello negro y liso hasta la cintura, con el tipo de belleza que no parece esforzarse. Llevaba un traje de baño azul oscuro, semi tanga, que le marcaba bien las caderas. La reconocí del velero del día anterior, aunque ahí casi no habíamos cruzado palabras.
Cuando nos vio, levantó la mano con una sonrisa. Yo estaba tomada de la mano de Marcos, y por un instante me incomodó que me viera así; el día del velero había mencionado que estaba casada, que su marido Felipe había venido con ella al resort.
—Qué sorpresa encontrarte —dijo cuando me acerqué—. ¿Y ese chico de dónde salió?
—Un amigo —dije—. Marcos. Lo conocimos con mi hermana los primeros días del viaje.
Ella lo miró. No con discreción, sino directamente, con una franqueza que no esperaba de la misma chica tímida y callada que había estado casi todo el velero mirando el agua. Marcos, con su habitual sentido del momento, dijo que iba al kiosco a buscar bebidas y desapareció, dejándonos solas.
—¿Y Felipe? —pregunté.
—En el bar. —Hizo una pausa—. Con un «amigo» que dice que encontró por casualidad aquí en el hotel.
El gesto de su cara lo decía todo.
—¿Lo conoces?
—Demasiado —dijo Sofía.
***
Propuse ir a la zona húmeda del hotel. Había un jacuzzi apartado, lejos del área principal, donde el ruido del agua ahogaba cualquier conversación. Marcos entendió sin que se lo explicara: desde el kiosco le hice señas, le mostré la muñeca como indicándole cuánto tiempo, y él respondió con el pulgar arriba. Sofía se rio al verlo.
—¿Así se comunican ustedes? —preguntó mientras caminábamos.
—Llevamos menos de una semana. Todavía estamos aprendiendo el idioma.
El jacuzzi estaba ocupado por otras parejas que estaban en lo suyo. Encontramos un rincón con más privacidad, nos metimos en el agua caliente, y el ruido del motor lo cubría todo. Me recosté contra el borde y la miré.
—Cuéntame —dije.
Y Sofía empezó a hablar.
***
El amigo se llamaba Bruno. Había aparecido en sus vidas cuando ella y Felipe todavía eran novios, y desde el primer momento Sofía había sentido algo raro, aunque nunca había sabido nombrarlo. Bruno aparecía siempre donde estaban ellos, lograba que Felipe tomara de más, y después se ofrecía a llevar a Sofía a su casa. Ella aceptó varias veces, porque no había otra opción visible.
—¿Y se propasó contigo? —pregunté.
—No. Eso era lo que me confundía más. Manejaba y me contaba cosas. Cosas de las mujeres con las que había estado, con mucho detalle. Cómo les chupaba el coño hasta hacerlas suplicar, cómo se las follaba por atrás, cómo terminaba corriéndose en sus caras. A mí me incomodaba, pero nunca le dije nada. Y a veces, cuando llegaba a mi casa, tenía las bragas empapadas.
Sofía bajó la voz. El jacuzzi borboteaba entre nosotras.
—Una noche salimos con una amiga mía, Paula. Felipe se emborrachó como siempre, lo llevamos a casa. Bruno ofreció llevarnos a las dos. Paula insistió en que me dejaran primero a mí, y luego ellos seguirían en algún bar.
Levanté una ceja. Sofía asintió.
—Paula quería quedarse sola con él. Yo me lo imaginaba, pero igual me hice la dormida en el asiento trasero. Por curiosidad. O por algo que todavía no sé cómo llamar.
Me recosté un poco más en el borde del jacuzzi y la dejé seguir. Bruno había conducido hasta detenerse en una calle oscura. Paula había puesto la mano sobre él primero, sin que nadie se lo pidiera. Le había desabrochado el pantalón, le había sacado la polla y la había mirado un momento en silencio antes de agacharse. Lo que vino después, Sofía lo contó con la voz de alguien que ha revisado esa escena muchas veces en la cabeza sin conseguir olvidarla.
Paula había bajado la cabeza sobre el regazo de Bruno y se la había metido entera en la boca de una sola vez. Sofía los oía claramente desde el asiento trasero: el sonido húmedo de la garganta abriéndose, la saliva chorreándole por el mentón a Paula, el jadeo contenido de él, su mano guiando la nuca de Paula con firmeza sin dejarla retirarse. «Así, chupá esa verga, hasta el fondo», le decía Bruno, y Paula obedecía, gimiendo con la boca llena. Bruno no quitaba los ojos del retrovisor.
—¿Y tú qué sentiste? —pregunté cuando ella hizo una pausa.
—Vergüenza —dijo—. Y muchas ganas de no ser Paula sino estar en su lugar. De ser yo la que le estaba chupando la polla a ese hijo de puta.
Debajo del agua noté que sus manos habían dejado de estar quietas. Se estaba tocando por encima del traje de baño, apretándose el coño con el talón de la mano, sin darse cuenta o sin querer disimular.
No sé qué me hizo decir lo que dije a continuación. Quizás el calor del agua, o la intimidad de haberla escuchado, o simplemente el estado en que llevaba días viviendo sin reconocerme demasiado a mí misma.
—Si quieres, yo puedo hacer eso por ti mientras sigues contándome —dije.
***
Sofía me miró un segundo. Dos. Luego se acercó dentro del agua, tomó mi mano y la llevó donde ella quería. Le aparté la tela de la tanga con dos dedos, sentí su coño ya empapado bajo el agua caliente, la carne blandita, hinchada, pidiendo. Deslicé el dedo del medio adentro y ella arqueó la espalda contra el borde del jacuzzi sin dejar de morderse el labio. Yo no la retiré. Metí un segundo dedo y empecé a moverlos despacio, buscándole ese punto rugoso arriba, mientras con el pulgar le rozaba el clítoris.
Siguió hablando, aunque la voz se le quebraba. Bruno se había detenido a un lado de la vía y había tomado a Paula con ambas manos, guiando sus movimientos sin que ella opusiera resistencia. Le había preguntado si quería que parara, y Paula le había dicho que no, que le llenara la boca, que se corriera adentro. Yo escuchaba y mis dedos se movían dentro de Sofía cada vez más rápido, entrando y saliendo con el sonido acuoso perdiéndose en el borboteo del motor, y sus caderas respondían sin que le importara disimularlo, cabalgando mi mano bajo el agua.
—¿Y Bruno supo desde el principio que tú los estabas mirando? —pregunté.
—Creo que sí —dijo Sofía, con la voz ya cambiada, jadeando entre palabra y palabra—. Me miraba por el retrovisor todo el tiempo. Y yo tenía la mano metida adentro de las bragas, tocándome, y estoy segura de que él lo veía.
Le clavé un tercer dedo y le apreté el clítoris entre el índice y el pulgar. Sentí cómo se sacudía contra mi mano antes de terminar la frase. Un orgasmo rápido y tenso, como algo que llevaba mucho tiempo esperando salir. Se mordió el labio para no hacer ruido pero un gemido largo se le escapó igual, ahogado contra mi hombro, mientras el coño le latía apretado alrededor de mis dedos.
—Nunca le había contado esto a nadie —dijo después, con los ojos aún cerrados.
—Lo sé —dije.
Hubo un silencio. Un silencio bueno.
Luego Sofía me miró de otra manera. Me pidió que me sentara en el borde del jacuzzi. Obedecí. Ella se acercó, me abrió las piernas con esa suavidad que las mujeres tenemos entre nosotras, apartó la tela de mi traje de baño a un lado y se quedó mirándome el coño un segundo antes de agacharse. Cuando su lengua me tocó el clítoris, di un respingo y estuve a punto de perder el equilibrio. Empezó despacio, dando lametones largos desde la entrada hasta arriba, saboreándome. Después se concentró en el clítoris, chupándomelo con los labios, envolviéndolo con la lengua en círculos precisos, mientras me metía dos dedos y los curvaba adentro. Me recosté sobre las baldosas frías sin importarme nada más, con las piernas abiertas de par en par y las manos hundidas en su pelo negro empujándole la cara contra mí. Tenía una seguridad que no esperaba para ser la primera vez que decía que hacía esto. O quizás simplemente tenía ganas, y las ganas suplen la experiencia.
—Tu sabor es increíble —murmuró contra mí sin levantar la cabeza, y volvió a chuparme entera, del culo al clítoris de un solo lametón, ese que Marcos me había enseñado que existía.
—Sigue —dije—. No pares, por favor, no pares.
Era lo único que se me ocurrió decir. Ella me metió los dedos más adentro, los movía como Marcos, buscando el punto, y con la boca no me soltaba el clítoris. Me corrí encima de su cara mordiéndome el puño, un orgasmo largo, sacudido, que me dejó las piernas temblando y el coño chorreando encima de las baldosas.
***
No escuché llegar a Marcos. Lo vi de reojo cuando ya estaba a pocos metros, caminando despacio hacia nosotras con esa calma suya que nunca apuraba nada. Se detuvo. Evaluó la situación: yo despatarrada en el borde del jacuzzi con el coño al aire y Sofía arrodillada entre mis piernas con la boca brillante de mis jugos. Una sonrisa lenta. Ya se le marcaba la polla dura contra el traje de baño.
Sofía lo notó cuando él ya estaba cerca. Levantó la vista, un poco alarmada. Yo la miré, y ella me leyó la cara. Se relajó.
Marcos se arrodilló delante de mí, se bajó el traje de baño y me dejó su verga a la altura de la boca. Le tomé lo que ya conocía en la boca, empapada como estaba, y me la tragué entera hasta la garganta, mientras Sofía volvía a hundir la cara entre mis piernas y me seguía chupando. El cruce de sensaciones hizo que perdiera el sentido del tiempo. La polla de Marcos entrando y saliendo de mi boca, sus manos agarrándome del pelo, y al mismo tiempo la lengua de Sofía enredada en mi clítoris y sus dedos hundidos hasta los nudillos en mi coño. Escuché a las otras parejas en el salón moverse, acomodarse, fingir cada vez menos que no nos veían. Una de las mujeres se estaba tocando abiertamente mirándonos. No me importó. Llevaba días aprendiendo que no me importaba.
Después fue el turno de Sofía. Le acerqué a Marcos a ella, sosteniéndolo con la mano, mirándola. Ella lo aceptó sin dudar; tomó entre sus manos ese miembro oscuro y alargado, lo saboreó despacio, con una atención que me hizo sonreír. Le pasaba la lengua por toda la longitud, se detenía en la punta a lamer la gota transparente que le brotaba, después se la metía hasta la garganta y se la sacaba con un hilo de saliva colgando. Me arrodillé a su lado y compartimos sin que hiciera falta hablar de ello, turnándonos, alternando, rozándonos las lenguas sobre esa polla, besándonos con ella entre nuestras bocas, chupándole los huevos una mientras la otra se tragaba la verga. Era algo nuevo para las dos. Era fácil.
Más tarde, Marcos la tomó por detrás. Sofía se apoyó en el borde del jacuzzi en cuatro, con el culo levantado sobre el agua, y él le arrancó la tanga a un lado y le metió la polla de una sola embestida larga. Sofía gritó y yo me senté delante de ella, abriéndole las piernas al revés, pegándole el coño a la boca para que me siguiera comiendo mientras Marcos la embestía por detrás. Cada empujón de Marcos hacía que la cara de Sofía se enterrara más profundo entre mis piernas, que su lengua trabajara con más urgencia. Era una geometría extraña y perfecta al mismo tiempo. Cada una recibía y daba en la misma cadencia. Yo veía por encima del hombro de Sofía cómo Marcos la agarraba de las caderas y la clavaba contra su polla, veía sus tetas balanceándose bajo el agua, veía la cara de él concentrado, mordiéndose el labio. Las baldosas frías contra mi espalda, el ruido del agua cubriendo los sonidos, los gemidos de Sofía contra mi coño componían algo que nunca me había imaginado sintiéndome.
Sofía se corrió primero, mordiéndome el muslo para no gritar, temblando entera. Yo me corrí encima de su cara otra vez, tirándole del pelo. Marcos aguantó unos minutos más, sacó la polla del coño de Sofía, la giró y la tumbó de espaldas contra el borde, y se corrió encima de sus tetas y su vientre, chorros gruesos de semen blanco que le quedaron colgando entre los pechos. Sofía se pasó dos dedos por encima, los recogió y se los metió en la boca. Después me miró y me ofreció los mismos dedos. Yo los chupé sin pensarlo.
Cuando Marcos terminó, se apoyó contra el borde del jacuzzi con esa expresión suya de satisfacción tranquila. Sofía y yo nos miramos desde abajo, el agua hasta la cintura, con la piel manchada, el pelo mojado, la boca hinchada, y nos reímos al mismo tiempo sin saber bien de qué.
***
Cuando salimos de la zona húmeda ya era casi de noche. Sofía volvió a buscar a Felipe sin que ninguna de las dos dijera demasiado. Un beso en la mejilla. Los ojos brillantes. Entendí que lo que había pasado no necesitaba ser nombrado para ser real.
Marcos y yo subimos a cambiarnos para el evento de la noche. El hotel tenía una fiesta en la discoteca —lencería para las mujeres, traje de baño para los hombres— y yo llevaba días pensando en qué me pondría. Rodrigo había metido en mi maleta un conjunto rojo que yo todavía no había destapado. Una nota adjunta decía que lo usara para la persona indicada.
Lo saqué de la bolsa por primera vez. Era rojo, con detalles en cadena fina, más atrevido de lo que yo hubiera elegido sola en cualquier tienda. Me lo probé frente al espejo del baño y me quedé mirándome un momento.
Sí, pensé. Esta soy yo ahora. O quizás siempre lo fui.
Marcos me esperaba en la puerta. Me miró de arriba abajo con esa expresión suya que nunca apuraba nada.
—Lista —dije.
—Siempre lo estuviste —contestó.
Salimos juntos hacia la noche, y yo todavía no sabía todo lo que iba a pasar antes del amanecer.
