Conocí a Lucía por internet y vine con mi amigo
Todo arrancó una tarde gris de octubre, frente a la pantalla del ordenador, con la lluvia repiqueteando en la ventana del despacho. No era la primera vez que me asomaba a aquellas aplicaciones de citas, pero esa tarde concreta sentía algo parecido al hartazgo: catorce años de matrimonio bien llevado, un trabajo estable y la sensación cada vez más nítida de que mi vida se había vuelto un guion repetido hasta el aburrimiento.
Me abrí un perfil sin demasiadas vueltas. Subí dos fotos en las que salía bien, escribí un anuncio claro y dejé las cartas sobre la mesa. Buscaba sexo discreto, sin compromiso ni dramas, y me presentaba como hombre casado, formal en el resto de mi vida, justamente para tranquilizar a quien no quisiera líos. Era, paradójicamente, mi mejor argumento: tenía tanto que perder como ellas.
La estrategia funcionó mejor de lo que esperaba. A los pocos días empezaron a llegar mensajes y, como la plataforma cobraba por cada respuesta, aprendí pronto a soltar mi correo personal en cuanto la conversación pasaba de los saludos. Quería sacar las charlas a un terreno más íntimo y, de paso, más barato.
Entre la avalancha de mensajes apareció uno que me obligó a frenar. Lo firmaba Lucía, vivía en otra provincia, y decía con un humor seco que mi anuncio le había hecho sonreír mientras esperaba en la cola del supermercado. Me enganchó al primer cruce de correos.
Lucía vivía en Alicante, lo bastante lejos para no temer encontrármela en la calle, pero a una distancia que la moto podía cubrir en una mañana. En sus mensajes se inventaba que era de Almería; me confesó después que lo hacía por miedo a topar con algún conocido en el chat. Pequeñas mentiras protectoras que las dos partes entendíamos sin necesidad de explicación.
—Adrián, no busco caricias bonitas —me escribió una noche—. Me obsesiona la presión justo en el vientre, ese punto bajo el ombligo. Cuando alguien aprieta ahí, mi cuerpo se cierra por dentro y todo se vuelve más intenso.
Acompañó la confesión con fotos: ella tumbada bajo la luz cálida de una lámpara, mostrándome cómo se aplicaba esa presión con un consolador. La piel del abdomen hundiéndose, los músculos cediendo, el ombligo como punto de referencia. Yo leía esos correos como quien estudia un manual antes de un examen.
Le contestaba con fotos mías en el garaje, junto a la Yamaha, las manos enfundadas en guantes negros de cuero. Estas manos no saben de delicadezas, le escribí una vez. Imagínalas sobre tu vientre cuando lo único que se oiga sea tu respiración.
Hubo un silencio de dos días en que pensé que la había perdido. La tercera noche, justo cuando iba a apagar el ordenador, llegó un correo con una sola línea en el asunto: «Creo que ya puedo decirte qué quiero de verdad».
Lo abrí y, con la frase final, me cambió la respiración:
—¿Y si dejamos de escribirnos y nos vemos?
***
El plan tomó forma vestido de cuero y motor. Le dije a mi mujer, Noelia, que el sábado haría una ruta larga con Rubén, mi mejor amigo desde los dieciséis. Saldríamos pronto, comeríamos por el camino y volveríamos ya entrada la noche. Ella tenía sus propios planes y la presencia de Rubén disipó cualquier sombra de duda.
Rubén era el único en quien podía confiar un secreto de ese calibre. Le conté el asunto sin rodeos en una cerveza de jueves, esperando reproche o broma. Soltó una carcajada, sacudió la cabeza y se prestó como coartada con la facilidad que solo dan los años de amistad. Él se iría a tomar algo por la ciudad mientras yo subía a casa de Lucía.
El sábado amaneció despejado. Ajusté las maletas de la Yamaha, Rubén apareció puntual con su moto y mi mujer nos despidió con un «id con cuidado» que me sonó más a sentencia que a deseo.
El trayecto fueron doscientos kilómetros de autovía, con el viento golpeándonos las chaquetas y la voz de Rubén entrando por el intercomunicador. Le fui contando cada detalle del intercambio: la presión en el vientre, las fotos, el cambio de tono. Él se reía con una mezcla de incredulidad y envidia.
—Joder, tío. Si tiene amiga, me la presentas, ¿eh?
Reímos, pero a medida que el GPS recortaba la distancia, mi pulso se aceleraba. Ya no eran palabras detrás de una pantalla; estábamos a punto de aterrizar en un portal real.
***
Aparcamos las motos frente a su edificio. La llamé al móvil con los dedos un poco entumecidos por los guantes y le anuncié que ya estaba abajo. Le dije que venía con un amigo. No le pareció mal.
—Espera, que bajo —contestó.
El portal se abrió a los pocos segundos. Lucía apareció con el pelo castaño cortado a la altura de la mandíbula, una camiseta blanca sencilla y unos shorts que le marcaban la cintura. Hasta esa tarde nunca me había enseñado la cara: solo había compartido fotos del cuerpo, recortadas con cuidado. Verla entera me dejó sin recursos.
Era guapa de esa manera que no se sabe explicar, mezcla de sencillez y nervio. Se acercó con paso firme y nos besó a ambos en la mejilla. Rubén, detrás de mí, también se quedó callado.
—¿Adrián? —preguntó, mirándome a los ojos.
—Sí —contesté, quitándome el casco.
—¿No subís un momento a tomar algo? —ofreció.
Rubén intentó declinar. Ella insistió. La cordialidad con la que manejaba la situación contrastaba con la timidez que había percibido en los correos, y eso, en lugar de desactivar el morbo, lo encendió.
En el ascensor pasó algo que terminó de marcarme la noche. Cabíamos los tres a duras penas con los cascos y las chaquetas. Lucía se colocó delante de mí y, en cuanto las puertas se cerraron, empezó a apretar el culo contra mi entrepierna con un movimiento lento, casi imperceptible. Rubén, a un palmo, no se enteraba. Yo llegué a su rellano con la respiración alterada y la polla durísima.
***
El piso olía a café recién hecho. Nos pidió que dejáramos los cascos en el recibidor y nos pasó al salón. Volvió de la cocina con tres botellines bien fríos y se sentó entre los dos en el sofá, cruzando las piernas con una naturalidad estudiada.
El bulto en mi pantalón no había bajado. Lucía me miró de reojo, miró mis vaqueros y soltó una risa que casi le hizo escupir la cerveza.
—¿Adrián? ¿Eso qué es?
Rubén alzó la cabeza, descolocado.
—Tu amigo… que se ha dejado el motor encendido —añadió ella, con una chispa nueva en los ojos.
Rubén se puso colorado y soltó una tos incómoda.
—Ejem, bueno… me bebo esto rápido y os dejo solos.
Decidí jugármela. Le pasé el brazo por encima del hombro a Lucía, le obligué a girar la cara hacia mí y le pregunté en voz baja si quería pasarlo bien sin filtros. Sostuvo la mirada y me dijo que sí, que quería ser, durante unas horas, la mujer que no se atrevía a ser fuera de aquellas paredes.
Me incliné hacia su oreja antes de que Rubén se levantara.
—¿Te has masturbado alguna vez imaginando a dos a la vez? —le susurré.
Sintió el escalofrío recorrerla entera. Asintió con un movimiento mínimo de cabeza.
—¿Te gustaría ahora?
Volvió a asentir, encogida sobre sí misma. Levanté la vista hacia mi amigo, que ya tenía el casco en la mano.
—Rubén, me preguntabas por una amiga en el camino. Si te apetece quedarte y echarme una mano, esta tarde podemos darle una sesión completa.
Mi amigo se quedó parado, mirándonos a uno y a otro. Lucía, con los mofletes encendidos, le sostuvo la mirada hasta que él dejó el casco en la mesa.
—Si ella quiere, yo me quedo.
***
El ambiente del salón cambió en un par de segundos. La levanté del sofá tirándole de las muñecas, le pedí que me mirara y le ordené que se sacara la camiseta. Obedeció con los brazos en alto y los ojos cerrados, dejando al aire unos pechos firmes que reaccionaron al instante a la temperatura. Le pellizqué los pezones hasta sentir cómo se endurecían bajo mis yemas. Rubén, contagiado, se acercó por detrás y le clavó los dedos en el otro pecho.
Lucía soltó un quejido seco, mezcla de dolor y rendición. Me arrodillé a su altura para morderle un pezón mientras Rubén le bajaba los shorts hasta los tobillos. Cuando estuvo desnuda en el centro del salón, su entrepierna delataba todo lo que la cabeza no se atrevía a decir: estaba empapada.
—¿Te gusta esto, verdad? —le pregunté, agarrándola del pelo y obligándola a mirar al techo.
—Sí…
Cogí uno de los botellines vacíos de la mesa. Sentí cómo se encogía cuando el vidrio frío rozó su piel ardiente. Le pasé el cuello de la botella por la entrepierna, presioné con cuidado el clítoris contra el hueso y lo deslicé después hacia su entrada, hundiéndolo despacio. Sus rodillas flaquearon. La sostuve por la cintura mientras le susurraba al oído.
—Aprieta, que como se rompa, te enteras.
Lucía contrajo los músculos con una fuerza desesperada, sudando, mientras Rubén se sacaba la polla y se acercaba a su cara. Le tiré del pelo para guiarla hacia él y la obligué a abrir la boca. El salón se llenó de sonidos sucios y entrecortados.
***
La pasamos a la mesita baja, a cuatro patas. Yo entré por detrás de un envite seco mientras ella se ocupaba de Rubén con una entrega que descolocaba. Apoyé la botella sobre su vientre, justo donde tantas veces había descrito en sus correos, y empecé a presionar con saña. Sentí desde dentro el estrechamiento del que tanto había hablado: las paredes de su sexo apretándome la polla con una fuerza nueva, provocada por la presión externa.
—Joder, Adrián, cómo aprieta —rugió Rubén con la voz ronca—. Me lo está sacando todo.
—Báñala bien —le dije sin parar de embestir—. La quiero marcada por fuera y por dentro.
Rubén descargó con un gruñido sobre su cara. Lucía recibió el chorro con la boca abierta y siguió pajeándolo con las dos manos hasta vaciarle el último latido. Cuando me corrí yo, dentro de su coño, la mantuve apretada contra la mesa hasta que la última oleada se calmó. El salón olía a cerveza, a sudor y a sexo crudo.
***
Pidió pizzas un rato después, ya con el cuerpo en otro plano. Le ordené que no se vistiera, solo que se lavara la cara. Cuando volvió, se sentó entre nosotros con los muslos pegajosos y el rímel corrido. Comimos casi en silencio, con la televisión de fondo, hablando de cualquier cosa. Era irreal: tres personas que apenas se conocían, repartiéndose una caja de cartón con normalidad después de lo ocurrido.
Le pregunté en algún momento por qué se había atrevido conmigo. Lucía dejó la porción a medio comer.
—Que estés casado fue parte de la decisión. Sé que no vas a aparecer en mi puerta, no vas a montarme una historia ni a llamarme al trabajo. Es la única manera en la que puedo permitirme ser esta otra Lucía sin que me explote la vida por dentro.
Rubén asintió, masticando. Yo le acaricié el muslo con una mano, sin decir nada más.
***
La rematamos en el dormitorio. Me tumbé boca arriba y le pedí que se sentara sobre mí; mi polla volvió a entrar como si llevara horas esperándola. Rubén se echó lubricante y la abrió por detrás, despacio, con una paciencia que contrastaba con la brusquedad anterior. Yo, desde abajo, sentía perfectamente el empuje de la verga de mi amigo a través del tabique de su sexo. Era una sensación nueva, desconcertante y brutal.
Lucía se dejó caer hacia adelante sobre mi pecho, con los ojos cerrados y la boca entreabierta. Le agarré la nuca y empecé a embestir despacio mientras Rubén hacía lo propio por el otro lado. La habitación se llenó de gemidos sordos y de un ritmo común que tardamos en encontrar y que, una vez encontrado, pareció no tener final.
El orgasmo le llegó a ella en silencio, con los muslos temblándole y un hilo de saliva cayendo sobre mi clavícula. Rubén se corrió primero, dentro, y yo poco después. Nos quedamos los tres pegados unos minutos largos, escuchando nuestras respiraciones acomodándose.
***
Nos duchamos por turnos. La encontré sola en el pasillo al salir del baño, con una bata clara y el pelo todavía húmedo. Me miró desde abajo, vulnerable, y me dijo en voz baja:
—Yo no soy así, Adrián. No quiero que te lleves una idea equivocada.
Le sujeté los brazos con suavidad y la obligué a mirarme.
—Sí eres así. Y eso es lo que me ha vuelto loco. Lo que me atrae es justamente eso que escondes en tu vida normal y has compartido conmigo esta tarde. No sé si volveremos a vernos, pero no me llevo otra cosa que el recuerdo más grande.
Me apretó las manos. No hizo falta más.
***
Bajamos las escaleras en silencio. Rubén me tendió el casco con una palmada en el hombro.
—De esto, ni una palabra a nadie —le dije.
—Ni lo dudes. Pacto.
Arrancamos las motos frente al portal. Antes de meter primera, miré una vez hacia el balcón. Ella no estaba asomada y mejor así. Salimos hacia la autovía con el sol bajando y el aire enfriándose, doscientos kilómetros por delante para volver a una vida que, vista desde aquel asfalto, parecía pertenecer a otra persona.