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Relatos Ardientes

Lo que le hice mientras dormía ese sábado

3.3(6)

Siempre que me despierto antes que Lucía, la primera media hora la paso mirando el techo. Escucho su respiración, siento el calor que desprende su cuerpo bajo el edredón, y me digo a mí misma que voy a dejarla dormir. Que soy una persona considerada. Que puedo esperar.

No puedo esperar.

El sábado de la semana pasada no fue diferente a ningún otro sábado. Me desperté a las ocho y cuarto sin alarma, con esa claridad extraña que a veces te da el cuerpo cuando ha dormido exactamente lo que necesitaba. La habitación estaba en penumbra porque las persianas están rotas desde marzo y seguimos sin arreglarlas, pero por los bordes entraba esa luz blanca de la mañana que me gusta tanto. El ventilador del techo giraba despacio. Hacía el sonido de siempre, ese zumbido bajo y constante que en invierno me molesta y en verano me calma.

Miré a Lucía.

Dormía boca abajo, con un brazo debajo de la almohada y el otro estirado hacia mi lado de la cama, como si incluso dormida buscara algo. Llevaba una camiseta de tirantes que se le había subido hasta la cintura durante la noche, así que tenía la espalda y la parte alta del culo al descubierto. Solo unas bragas mínimas de algodón blanco le cubrían a medias las nalgas, y desde donde estaba tumbada podía ver la raya de en medio, la curva de una nalga apretándose contra la otra, la sombra oscura donde la tela se hundía entre las piernas. Tiene esa manera de dormir completamente relajada, sin tensión en ningún músculo, que hace que parezca otra persona. Cuando está despierta, siempre hay algo encendido en ella, algo en alerta. Cuando duerme, parece apagada. En el buen sentido.

La observé un rato largo.

Después abrí el teléfono. Revisé el correo, que no tenía nada urgente. Pasé por Instagram durante diez minutos sin prestarle atención real a ninguna de las imágenes que desfilaban. Cerré el teléfono. Lo abrí otra vez. Lo cerré. Miré el techo. Miré a Lucía. Volví a mirar el techo. Se me estaba mojando el coño solo de tenerla al lado, respirando así, con las bragas casi enseñando lo que había debajo.

Seguía durmiendo.

Llevaba exactamente una hora y cuarenta minutos despierta cuando me rendí. Me dije que no iba a despertarla de golpe, que iba a ser suave, que si en algún momento daba señales de que no quería ser molestada me apartaría y ya está. Pero también sabía, con esa honestidad que solo te das a ti misma antes del desayuno, que no me iba a apartar. Lucía nunca da señales de no querer. Lo que da son señales de exactamente lo contrario, y a veces hay que interpretarlas en silencio, sin esperar que nadie te lo confirme.

Me acerqué con cuidado, poniéndome de costado para quedar pegada a ella por detrás. Ajusté mi postura para seguir la curva de su cuerpo. El contacto fue inmediato y bueno: su piel caliente contra la mía, su espalda contra mi pecho, sus nalgas contra mi pubis. Yo dormía solo con una camiseta larga y unas bragas finas, y sentí perfectamente cómo mi coño ya húmedo quedaba encajado contra la curva de su culo. Me quedé así un momento, sin hacer nada todavía. Solo respirando. Solo existiendo en ese espacio entre las dos donde el tiempo funciona distinto. Aunque ya movía la pelvis muy despacio contra ella, sin poder evitarlo, restregándome apenas lo justo para sentir la fricción.

Empecé por el pelo.

No con intención de tirar ni de acariciar de verdad. Solo enredando un mechón entre mis dedos, sintiendo el peso de él, la textura. Tiene el pelo largo y siempre lo lleva suelto para dormir, y cuando lo toco así me calma y me activa al mismo tiempo de una forma que nunca he sabido explicar bien. Me acerqué un poco más a su cuello. No lo toqué todavía. Solo dejé que mi respiración llegara hasta él, lenta, muy cerca de la piel.

Se movió un poco. Un ajuste inconsciente del cuerpo, no un despertar real.

Seguí.

Aparté el mechón de pelo que le cubría el cuello y dejé que mis labios rozaran la piel justo debajo de la oreja. No fue un beso. Fue el contacto mínimo, la presión de mis labios sin abrirlos. Ella no reaccionó de forma visible, pero noté cómo su respiración cambió un poco, se hizo más pausada, más consciente. Subí un centímetro. Bajé dos. Fui moviendo la boca por su cuello sin abrirla del todo, dejando que sintiera el calor sin la humedad todavía, construyendo algo que no iba a ningún sitio en concreto pero que tenía una dirección clara.

Entonces abrí los labios y dejé que notara la humedad. Saqué la lengua un poco y la pasé lentamente por el trozo de piel detrás de la oreja, ese que sé que le pone la carne de gallina. Cerré los dientes con muchísimo cuidado sobre el lóbulo y tiré apenas.

El sonido que hizo no fue un gemido ni un suspiro. Fue algo más pequeño que eso: el sonido de alguien que empieza a cruzar el umbral entre el sueño y la conciencia sin saber todavía en qué lado está. Sus párpados se movieron. Se abrieron despacio.

Me miró de medio lado, con los ojos todavía entornados. Tenía esa cara que tiene cuando acaba de salir de un sueño profundo: un poco perdida, un poco suave. Sonrió sin abrir la boca.

—Buenos días —le dije en voz muy baja, casi sin sonido.

—Mm —respondió. Y cerró los ojos otra vez.

Pero no se movió para alejarse. No ajustó la postura para indicarme que quería que la dejara dormir. Se quedó exactamente donde estaba, y al contrario, echó el culo un poco más hacia atrás, apretándolo contra mí. Eso era suficiente. Eso era más que suficiente.

Me pegué más a ella y pasé un brazo por encima de su cintura. Mi mano quedó plana sobre su estómago, por encima de la camiseta. El tejido era suave y cálido de llevar horas en contacto con su piel. La atraje un poco hacia mí, ajustando el encaje de nuestros cuerpos, y sentí cómo su espalda presionaba un poco más contra mi pecho de forma instintiva. Yo empujé la cadera contra su culo con la misma intención, y noté por debajo de la tela lo caliente que estaba, cómo su cuerpo ya estaba respondiendo antes incluso de estar del todo despierto.

Moví la mano hacia arriba, despacio, por debajo de la camiseta esta vez. Recorrí la piel de su costado, siguiendo la curva de las costillas. La camiseta se desplazó con el movimiento. Cuando llegué al borde inferior de su pecho, me detuve.

No sé exactamente por qué siempre hago ese momento de pausa. Supongo que es para calibrar. Para sentir si el cuerpo de la otra persona se orienta hacia mí o se cierra. El de Lucía se orientó: inspiró un poco más profundo y ajustó su postura, casi imperceptiblemente, como si estuviera acomodándose para lo que venía. Arqueó la espalda muy sutilmente para que mi mano subiera del todo.

Seguí subiendo.

Cuando mi mano cubrió su teta, noté el pezón ya endurecido bajo mis dedos, tieso, arrugado como un botoncito duro contra la palma. Se lo cogí entero, apretándolo con la mano abierta, sintiendo el peso de la carne blanda encajando en mi palma. Pasé el pulgar por encima del pezón despacio, una vez. Ella exhaló. Lo hice otra vez, con más presión, pellizcándoselo entre el pulgar y el índice, y esta vez el sonido fue más claro, sin ambigüedad. Un gemido bajo desde el fondo de la garganta. Se lo enrosqué entre los dedos, tirando hacia fuera con cuidado, y le arrancó otro sonido, más largo. Me metí en su cuello y lo besé con la boca abierta, usando la lengua, chupando la piel hasta dejar una marca roja, mientras seguía trabajándole el pezón con la misma cadencia.

Se giró.

No del todo. Solo lo suficiente para poder mirarme. Sus ojos ya estaban abiertos del todo. Había algo diferente en ellos: una concentración que conozco bien, que me produce un efecto inmediato cada vez que la veo. No es una mirada suave. Es una mirada que evalúa.

—Hola —dije.

—Hola —respondió.

Y me besó.

No fue un beso de buenos días. Fue un beso de alguien que ya está completamente despierta y tiene sus propias ideas sobre cómo debería continuar esto. Me metió la lengua en la boca sin preguntar, buscando la mía, chupándomela. Me pasó una mano por el pelo y me atrajo hacia ella con firmeza, y por un momento fui yo la que tuvo que seguir el ritmo de la otra. Abrió la boca. Yo me dejé llevar. Dejé de llevar la iniciativa y lo cedí sin drama, sin resistencia. Ella me mordió el labio inferior, tiró de él, y me lo soltó despacio.

Cuando el beso terminó, la miré. Ella me miraba a mí con esa expresión que todavía me descoloca después de dos años juntas: esa expresión que parece que te está evaluando y aprobando al mismo tiempo, como si midiera exactamente hasta dónde llegas y decidiera en tiempo real si mereces continuar.

Mi mano había seguido moviéndose mientras nos besábamos. Había bajado por su estómago, se había demorado en la curva de la cadera, y ahora jugaba con el elástico de las bragas. Metí un dedo por dentro del elástico, despacio, y lo saqué. Lo volví a meter, esta vez un poco más abajo, rozando apenas el vello del pubis. Lo saqué. Ella aspiró el aire con más fuerza de lo que había pretendido, y lo supe porque vi cómo le tensaba ligeramente la mandíbula.

—Eres muy pesada —dijo. Pero lo dijo sonriendo, sin apartar los ojos de los míos.

—Lo sé.

Deslicé la mano completamente hacia abajo y la dejé reposar sobre la parte exterior de las bragas, sintiendo el calor que irradiaba desde dentro. La tela estaba empapada, se había pegado a los labios de su coño, marcaba perfectamente la hendidura. Moví los dedos con suavidad por encima, sin llegar a ningún sitio todavía, presionando apenas, sintiendo cómo el algodón se hundía entre sus labios. Ella abrió las piernas un poco: solo lo suficiente para que la presión fuera distinta, para que yo supiera que la dirección era correcta.

—Aquí no —murmuró.

Cogió mi mano. Sin preguntar, sin titubear, sin ningún gesto que fuera a medias. Me apartó las bragas de un tirón hacia un lado y la llevó exactamente donde ella quería que estuviera: directamente sobre el clítoris, apretando mis dedos contra él con los suyos. Estaba hinchado, resbaladizo, y en cuanto lo toqué a piel desnuda ella dejó escapar un jadeo largo.

Me detuve un momento para procesar eso. Hay algo en el momento en que Lucía deja de dejarse hacer y empieza a dirigir que me produce un cortocircuito completo. No sé si es porque lo hace tan naturalmente, sin señales previas ni ningún tipo de teatro. De repente está tomando el control, y yo lo cedo sin pensarlo dos veces. No porque me lo exija. Sino porque en el fondo siempre ha sido lo que esperaba que hiciera.

Mis dedos encontraron el punto que ella había marcado y empezaron a moverse. Lentos al principio, para calibrar. Dibujando círculos pequeños alrededor del clítoris, resbalando en su propia humedad. Ella cerró los ojos y dejó caer la cabeza hacia atrás, muy levemente. Bajé dos dedos hasta la entrada del coño, la rodeé un momento sintiendo cómo palpitaba, y los metí despacio. Estaba tan mojada que entraron enteros sin resistencia, hasta los nudillos.

—Joder —susurró.

Los curvé dentro, buscando ese punto rugoso que sé de memoria, y empecé a presionar contra él con un movimiento constante de la muñeca mientras la palma me golpeaba el clítoris con cada empujón. Coloqué mi boca en su oreja.

—¿Bien? —pregunté, casi sin voz.

Asintió.

Aumenté la presión un poco. El ritmo también. Metí un tercer dedo. La sentí abrirse alrededor de mis nudillos, apretarme, absorberme. Empecé a follarla despacio con la mano, sacando los dedos casi del todo y volviendo a meterlos con firmeza, un ritmo largo y hondo que le arrancaba un sonido con cada empujón. Tenía la cara cerca de su cuello y podía sentir cómo su pulso se aceleraba bajo la piel. Su mano, que antes había guiado la mía, se había quedado quieta sobre la mía. Ya no marcaba el camino. Solo me dejaba saber que estaba ahí, que todo esto era exactamente lo que quería.

Su respiración cambió de frecuencia. Más corta. Más concentrada. Empezó a mover las caderas al ritmo de mi mano, follándose a sí misma con mis dedos, buscando el ángulo exacto.

—No pares —dijo. Tan bajo que casi no lo escuché, pero lo escuché—. Ahí, joder, ahí no pares.

No paré.

***

Lucía tiene esa particularidad de que cuando se concentra en lo que está sintiendo, va directo. No por impaciencia, sino porque sabe conectar con su propio cuerpo sin que nada la distraiga. Yo llevo tiempo aprendiendo a leerla: sigo su respiración, noto los cambios en cómo tensa los músculos, noto cómo el coño se le empieza a apretar rítmicamente alrededor de mis dedos antes incluso de que ella lo sepa, y sé exactamente en qué punto está antes de que llegue. Eso también me gusta. Esa sensación de anticipar algo que todavía no ha pasado.

La besé mientras llegaba. No en la boca. En la sien, en la mejilla, en la curva del cuello donde la mandíbula baja y el hombro empieza. Sus caderas se movieron ligeramente hacia delante, empujándose contra la palma de mi mano. Sus dedos, que todavía tenía sobre los míos, apretaron sin querer. El coño se le cerró alrededor de mis dedos con una fuerza que casi no me dejaba moverme, latiéndome contra ellos en oleadas, mientras un chorro de humedad me resbalaba por la muñeca.

—Ay, joder, joder —masculló contra mi hombro, con la voz rota.

Unos segundos de tensión. Luego el aflojamiento.

Me quedé quieta con la mano donde estaba, con los dedos todavía dentro de ella, sintiendo los últimos espasmos apretándome. Sin moverme. Dejando que todo se asentara.

Silencio.

Su respiración fue volviendo poco a poco a algo parecido a la normalidad. Muy despacio, saqué los dedos, que salieron brillantes y pegajosos, y los subí hasta mi boca sin pensarlo mucho. Me los chupé uno a uno, sintiendo su sabor concentrado en la lengua. Ella me miró hacerlo desde debajo de los párpados a medio abrir, sin decir nada, pero se le curvó una esquina de la boca.

Afuera, en algún piso de abajo, alguien había puesto música. Los sábados tienen ese sonido particular, esa sensación de que el tiempo corre distinto y que las cosas que ocurren dentro de casa quedan suspendidas en un paréntesis que nadie más tiene acceso.

La miré cuando abrió los ojos del todo.

Tenía esa expresión que solo tiene en este momento específico: relajada, un poco luminosa, ligeramente petulante. Como si supiera perfectamente el efecto que me produce verla así y lo disfrutara de forma deliberada. Probablemente lo sepa. Con Lucía nunca sé muy bien dónde termina lo que ocurre sin querer y empieza lo que hace aposta.

—¿Contenta? —me preguntó.

—Bastante.

Se estiró lentamente, con los brazos por encima de la cabeza y las piernas extendidas. La camiseta se le subió del todo y dejó las tetas al descubierto, con los pezones todavía duros y enrojecidos de mis dedos. Aproveché para sacar la mano y apoyarme en el codo para mirarla desde arriba. Desde ahí, la luz de la mañana le caía de lado. Tenía el pelo enredado y la camiseta arrugada y los ojos todavía un poco cerrados de sueño, y las bragas torcidas dejando ver el coño mojado, todavía rojo e hinchado, y me pareció que era una de esas imágenes que uno quisiera poder guardar en algún sitio concreto.

—¿Qué quieres para desayunar? —pregunté.

Me miró con una ceja levantada.

—Primero termina lo que has empezado.

—Ya he terminado.

—No has terminado.

Tenía razón y las dos lo sabíamos. Había algo en su mirada que era una instrucción clara, aunque no hubiera pronunciado ninguna orden explícita. Señaló hacia abajo con los ojos, sin perder esa expresión de alguien que está acostumbrada a que las cosas ocurran más o menos como quiere.

Retiré el edredón de un tirón, dejándola completamente expuesta a la luz de la mañana. Me coloqué entre sus piernas, que ella separó sin esperar a que se lo pidiera, abriéndolas de par en par. Le enganché las bragas con los dos pulgares y se las bajé despacio, arrastrándolas por los muslos, por las rodillas, por las pantorrillas, y las dejé caer al suelo de cualquier manera.

La miré un momento. La tenía toda para mí, con las piernas abiertas, el coño empapado y brillante, los labios internos separados, ese olor concentrado y almizclado que me pone hasta perder la cabeza.

—Hola otra vez —dije, hablándole al coño.

Ella se rió. Una risa corta, genuina, sin ningún fingimiento. Del tipo de risa que solo se le escapa cuando está completamente cómoda y no está pensando en otra cosa que no sea el momento exacto en el que está.

No dije nada más.

Puse la boca donde tenía que ponerla y empecé. Sin rodeos. Sin el tipo de preámbulos que sirven más para quien los hace que para quien los recibe. Le pasé la lengua entera de abajo arriba, desde la entrada del coño hasta el clítoris, chupando y recogiendo toda la humedad que se había acumulado. El sabor era intenso, un poco salado, y sentí cómo ella arqueaba la espalda desde el primer contacto. Le abrí los labios con dos dedos para tener acceso completo y me dediqué a lamerle el clítoris con la punta de la lengua, con movimientos cortos y precisos, exactamente como sé que le gusta.

—Ah, joder —dijo, y su voz sonó ronca, todavía ronca por lo de antes.

Lucía apoyó la mano en mi cabeza, no para empujarme ni para marcarme el ritmo: solo para recordarme que estaba ahí. Que las dos éramos conscientes de lo que estaba pasando. Pero al cabo de un momento sus dedos se enredaron en mi pelo con más fuerza y sí que empezó a empujarme suavemente contra ella, marcándome exactamente el ritmo que quería. Envolví el clítoris con los labios y lo chupé, tirando hacia mí con una succión firme, y la sentí sacudirse entera.

—Sí, así, así —jadeó—. No pares otra vez. Cómemelo entero.

Metí dos dedos otra vez mientras seguía chupándola. Entraron con la misma facilidad de antes, tan mojada estaba, y empecé a bombearlos dentro de ella con un ritmo constante mientras le trabajaba el clítoris con la boca. Sus muslos se cerraron un poco a los lados de mi cabeza, apretándome, y noté cómo empezaba a temblarle todo el cuerpo. Se le escapó un gemido largo, sin controlar, más fuerte de lo habitual.

Sabía que estaba cerca de nuevo. La sentía apretarse alrededor de mis dedos, cada vez más rápido, cada vez más tensa. Aumenté la presión de la lengua sobre el clítoris y aceleré el movimiento de los dedos dentro.

Se corrió con la mano firmemente cerrada sobre mi pelo, tirándome de él sin darse cuenta, gimiendo mi nombre entre dientes. Las caderas se le levantaron de la cama, empujando el coño contra mi boca, y yo no aparté los labios hasta que ella misma me apartó, agotada, riéndose y gimiendo a la vez, incapaz de aguantar la sensibilidad.

Subí despacio, besándole el interior del muslo, la cadera, el estómago, hasta llegar otra vez a su boca. Me besó sin importarle que tuviera su sabor en los labios. Al contrario: me lamió la barbilla, me metió la lengua entera en la boca buscándose a sí misma.

El sábado siguió existiendo afuera. El sol entró un poco más por los bordes de las persianas rotas. La música del piso de abajo cambió de canción. En algún momento alguien cerró una puerta.

Dentro de la habitación, el tiempo tardó un rato en volver a correr.

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3.3(6)

Comentarios(9)

Viky

Qué buenisimo!!! me encantó, muy bien narrado

PolarDreamer

Seguiiiii por favor, me quedé con ganas de mas

granluis

Me atrapó desde el principio, se hace muy corto. Esperando la continuación!

Loki35

La forma en que lo contás hace que te metas en la historia enseguida, genial

NocheEnBlanco

Me recordó algo que me pasó hace un tiempo... esa sensación de no poder esperar mas. Muy bien capturado, se siente auténtico

Nomar

excelente!!! mas de esto por favor

kimera

Buenisimo relato, muy bien escrito y sin ser burdo. Saludos

SoledadW

La narradora en primera persona le da un toque muy personal, se siente real. Seguí escribiendo!

fran

Corto pero intenso, justo como tiene que ser :)

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