Lo que le hice mientras dormía ese sábado
Siempre que me despierto antes que Lucía, la primera media hora la paso mirando el techo. Escucho su respiración, siento el calor que desprende su cuerpo bajo el edredón, y me digo a mí misma que voy a dejarla dormir. Que soy una persona considerada. Que puedo esperar.
No puedo esperar.
El sábado de la semana pasada no fue diferente a ningún otro sábado. Me desperté a las ocho y cuarto sin alarma, con esa claridad extraña que a veces te da el cuerpo cuando ha dormido exactamente lo que necesitaba. La habitación estaba en penumbra porque las persianas están rotas desde marzo y seguimos sin arreglarlas, pero por los bordes entraba esa luz blanca de la mañana que me gusta tanto. El ventilador del techo giraba despacio. Hacía el sonido de siempre, ese zumbido bajo y constante que en invierno me molesta y en verano me calma.
Miré a Lucía.
Dormía boca abajo, con un brazo debajo de la almohada y el otro estirado hacia mi lado de la cama, como si incluso dormida buscara algo. Llevaba una camiseta de tirantes que se le había subido hasta la cintura durante la noche, así que tenía la espalda y la parte alta del trasero al descubierto. Tiene esa manera de dormir completamente relajada, sin tensión en ningún músculo, que hace que parezca otra persona. Cuando está despierta, siempre hay algo encendido en ella, algo en alerta. Cuando duerme, parece apagada. En el buen sentido.
La observé un rato largo.
Después abrí el teléfono. Revisé el correo, que no tenía nada urgente. Pasé por Instagram durante diez minutos sin prestarle atención real a ninguna de las imágenes que desfilaban. Cerré el teléfono. Lo abrí otra vez. Lo cerré. Miré el techo. Miré a Lucía. Volví a mirar el techo.
Seguía durmiendo.
Llevaba exactamente una hora y cuarenta minutos despierta cuando me rendí. Me dije que no iba a despertarla de golpe, que iba a ser suave, que si en algún momento daba señales de que no quería ser molestada me apartaría y ya está. Pero también sabía, con esa honestidad que solo te das a ti misma antes del desayuno, que no me iba a apartar. Lucía nunca da señales de no querer. Lo que da son señales de exactamente lo contrario, y a veces hay que interpretarlas en silencio, sin esperar que nadie te lo confirme.
Me acerqué con cuidado, poniéndome de costado para quedar pegada a ella por detrás. Ajusté mi postura para seguir la curva de su cuerpo. El contacto fue inmediato y bueno: su piel caliente contra la mía, su espalda contra mi pecho, el olor de su pelo cerca de mi cara. Me quedé así un momento, sin hacer nada todavía. Solo respirando. Solo existiendo en ese espacio entre las dos donde el tiempo funciona distinto.
Empecé por el pelo.
No con intención de tirar ni de acariciar de verdad. Solo enredando un mechón entre mis dedos, sintiendo el peso de él, la textura. Tiene el pelo largo y siempre lo lleva suelto para dormir, y cuando lo toco así me calma y me activa al mismo tiempo de una forma que nunca he sabido explicar bien. Me acerqué un poco más a su cuello. No lo toqué todavía. Solo dejé que mi respiración llegara hasta él, lenta, muy cerca de la piel.
Se movió un poco. Un ajuste inconsciente del cuerpo, no un despertar real.
Seguí.
Aparté el mechón de pelo que le cubría el cuello y dejé que mis labios rozaran la piel justo debajo de la oreja. No fue un beso. Fue el contacto mínimo, la presión de mis labios sin abrirlos. Ella no reaccionó de forma visible, pero noté cómo su respiración cambió un poco, se hizo más pausada, más consciente. Subí un centímetro. Bajé dos. Fui moviendo la boca por su cuello sin abrirla del todo, dejando que sintiera el calor sin la humedad todavía, construyendo algo que no iba a ningún sitio en concreto pero que tenía una dirección clara.
Entonces abrí los labios y dejé que notara la humedad.
El sonido que hizo no fue un gemido ni un suspiro. Fue algo más pequeño que eso: el sonido de alguien que empieza a cruzar el umbral entre el sueño y la conciencia sin saber todavía en qué lado está. Sus párpados se movieron. Se abrieron despacio.
Me miró de medio lado, con los ojos todavía entornados. Tenía esa cara que tiene cuando acaba de salir de un sueño profundo: un poco perdida, un poco suave. Sonrió sin abrir la boca.
—Buenos días —le dije en voz muy baja, casi sin sonido.
—Mm —respondió. Y cerró los ojos otra vez.
Pero no se movió para alejarse. No ajustó la postura para indicarme que quería que la dejara dormir. Se quedó exactamente donde estaba. Eso era suficiente.
Me pegué más a ella y pasé un brazo por encima de su cintura. Mi mano quedó plana sobre su estómago, por encima de la camiseta. El tejido era suave y cálido de llevar horas en contacto con su piel. La atraje un poco hacia mí, ajustando el encaje de nuestros cuerpos, y sentí cómo su espalda presionaba un poco más contra mi pecho de forma instintiva.
Moví la mano hacia arriba, despacio, por debajo de la camiseta esta vez. Recorrí la piel de su costado, siguiendo la curva de las costillas. La camiseta se desplazó con el movimiento. Cuando llegué al borde inferior de su pecho, me detuve.
No sé exactamente por qué siempre hago ese momento de pausa. Supongo que es para calibrar. Para sentir si el cuerpo de la otra persona se orienta hacia mí o se cierra. El de Lucía se orientó: inspiró un poco más profundo y ajustó su postura, casi imperceptiblemente, como si estuviera acomodándose para lo que venía.
Seguí subiendo.
Cuando mi mano cubrió su pecho, noté el pezón ya endurecido bajo mis dedos. Pasé el pulgar por encima despacio, una vez. Ella exhaló. Lo hice otra vez, con más presión, y esta vez el sonido fue más claro, sin ambigüedad. Me metí en su cuello y lo besé con la boca abierta, usando la lengua, mientras seguía moviendo la mano con la misma cadencia lenta.
Se giró.
No del todo. Solo lo suficiente para poder mirarme. Sus ojos ya estaban abiertos del todo. Había algo diferente en ellos: una concentración que conozco bien, que me produce un efecto inmediato cada vez que la veo. No es una mirada suave. Es una mirada que evalúa.
—Hola —dije.
—Hola —respondió.
Y me besó.
No fue un beso de buenos días. Fue un beso de alguien que ya está completamente despierta y tiene sus propias ideas sobre cómo debería continuar esto. Me pasó una mano por el pelo y me atrajo hacia ella con firmeza, y por un momento fui yo la que tuvo que seguir el ritmo de la otra. Abrió la boca. Yo me dejé llevar. Dejé de llevar la iniciativa y lo cedí sin drama, sin resistencia.
Cuando el beso terminó, la miré. Ella me miraba a mí con esa expresión que todavía me descoloca después de dos años juntas: esa expresión que parece que te está evaluando y aprobando al mismo tiempo, como si midiera exactamente hasta dónde llegas y decidiera en tiempo real si mereces continuar.
Mi mano había seguido moviéndose mientras nos besábamos. Había bajado por su estómago y jugaba con el elástico de la ropa interior. Metí un dedo por dentro del elástico, despacio, y lo saqué. Lo volví a meter. Lo saqué. Ella aspiró el aire con más fuerza de lo que había pretendido, y lo supe porque vi cómo le tensaba ligeramente la mandíbula.
—Eres muy pesada —dijo. Pero lo dijo sonriendo, sin apartar los ojos de los míos.
—Lo sé.
Deslicé la mano completamente hacia abajo y la dejé reposar sobre la parte exterior de su ropa interior, sintiendo el calor que irradiaba desde dentro. Moví los dedos con suavidad, sin llegar a ningún sitio todavía. Ella abrió las piernas un poco: solo lo suficiente para que la presión fuera distinta, para que yo supiera que la dirección era correcta.
—Aquí no —murmuró.
Cogió mi mano. Sin preguntar, sin titubear, sin ningún gesto que fuera a medias. La llevó exactamente donde ella quería que estuviera.
Me detuve un momento para procesar eso. Hay algo en el momento en que Lucía deja de dejarse hacer y empieza a dirigir que me produce un cortocircuito completo. No sé si es porque lo hace tan naturalmente, sin señales previas ni ningún tipo de teatro. De repente está tomando el control, y yo lo cedo sin pensarlo dos veces. No porque me lo exija. Sino porque en el fondo siempre ha sido lo que esperaba que hiciera.
Mis dedos encontraron el punto que ella había marcado y empezaron a moverse. Lentos al principio, para calibrar. Ella cerró los ojos y dejó caer la cabeza hacia atrás, muy levemente.
Coloqué mi boca en su oreja.
—¿Bien? —pregunté, casi sin voz.
Asintió.
Aumenté la presión un poco. El ritmo también. Tenía la cara cerca de su cuello y podía sentir cómo su pulso se aceleraba bajo la piel. Su mano, que antes había guiado la mía, se había quedado quieta sobre la mía. Ya no marcaba el camino. Solo me dejaba saber que estaba ahí, que todo esto era exactamente lo que quería.
Su respiración cambió de frecuencia. Más corta. Más concentrada.
—No pares —dijo. Tan bajo que casi no lo escuché, pero lo escuché.
No paré.
***
Lucía tiene esa particularidad de que cuando se concentra en lo que está sintiendo, va directo. No por impaciencia, sino porque sabe conectar con su propio cuerpo sin que nada la distraiga. Yo llevo tiempo aprendiendo a leerla: sigo su respiración, noto los cambios en cómo tensa los músculos, y sé exactamente en qué punto está antes de que llegue. Eso también me gusta. Esa sensación de anticipar algo que todavía no ha pasado.
La besé mientras llegaba. No en la boca. En la sien, en la mejilla, en la curva del cuello donde la mandíbula baja y el hombro empieza. Sus caderas se movieron ligeramente hacia delante. Sus dedos, que todavía tenía sobre los míos, apretaron sin querer.
Unos segundos de tensión. Luego el aflojamiento.
Me quedé quieta con la mano donde estaba. Sin moverme. Dejando que todo se asentara.
Silencio.
Su respiración fue volviendo poco a poco a algo parecido a la normalidad. Afuera, en algún piso de abajo, alguien había puesto música. Los sábados tienen ese sonido particular, esa sensación de que el tiempo corre distinto y que las cosas que ocurren dentro de casa quedan suspendidas en un paréntesis que nadie más tiene acceso.
La miré cuando abrió los ojos.
Tenía esa expresión que solo tiene en este momento específico: relajada, un poco luminosa, ligeramente petulante. Como si supiera perfectamente el efecto que me produce verla así y lo disfrutara de forma deliberada. Probablemente lo sepa. Con Lucía nunca sé muy bien dónde termina lo que ocurre sin querer y empieza lo que hace aposta.
—¿Contenta? —me preguntó.
—Bastante.
Se estiró lentamente, con los brazos por encima de la cabeza y las piernas extendidas. Aproveché para sacar la mano y apoyarme en el codo para mirarla desde arriba. Desde ahí, la luz de la mañana le caía de lado. Tenía el pelo enredado y la camiseta arrugada y los ojos todavía un poco cerrados de sueño, y me pareció que era una de esas imágenes que uno quisiera poder guardar en algún sitio concreto.
—¿Qué quieres para desayunar? —pregunté.
Me miró con una ceja levantada.
—Primero termina lo que has empezado.
—Ya he terminado.
—No has terminado.
Tenía razón y las dos lo sabíamos. Había algo en su mirada que era una instrucción clara, aunque no hubiera pronunciado ninguna orden explícita. Señaló hacia abajo con los ojos, sin perder esa expresión de alguien que está acostumbrada a que las cosas ocurran más o menos como quiere.
Retiré el edredón. Me coloqué entre sus piernas, que ella separó sin esperar a que se lo pidiera. Le quité la ropa interior con calma, sin prisa, y la dejé caer al suelo de cualquier manera.
La miré un momento.
—Hola otra vez —dije.
Ella se rió. Una risa corta, genuina, sin ningún fingimiento. Del tipo de risa que solo se le escapa cuando está completamente cómoda y no está pensando en otra cosa que no sea el momento exacto en el que está.
No dije nada más.
Puse la boca donde tenía que ponerla y empecé. Sin rodeos. Sin el tipo de preámbulos que sirven más para quien los hace que para quien los recibe. Lucía apoyó la mano en mi cabeza, no para empujarme ni para marcarme el ritmo: solo para recordarme que estaba ahí. Que las dos éramos conscientes de lo que estaba pasando.
El sábado siguió existiendo afuera. El sol entró un poco más por los bordes de las persianas rotas. La música del piso de abajo cambió de canción. En algún momento alguien cerró una puerta.
Dentro de la habitación, el tiempo tardó un rato en volver a correr.