Las mujeres que me hicieron descubrir el deseo
Clara terminó su primer año de universidad con todas las asignaturas aprobadas y una sensación nueva que no sabía exactamente cómo nombrar. Había empezado dos meses antes, una noche en casa de Marina. Jugaban al juego de siempre: verdad o reto. Y en un momento dado, a Marina le tocó darle un beso en los labios. Las dos pusieron cara de asco antes de hacerlo. Las dos lo cumplieron igual.
Lo que Clara no dijo fue lo que quedó zumbando en su cabeza de camino a casa. Esa noche, en su habitación, se masturbó pensando en aquellos labios. No lo hacía a menudo, pero el orgasmo llegó rápido y fue diferente a los anteriores. Después se quedó mirando el techo con una mezcla de confusión y algo que se parecía bastante a la emoción.
Los días siguientes los pasó de manera extraña. Cuando sus amigas la saludaban con los dos besos de siempre, los daba más deprisa, como si el contacto le quemara. No les dijo nada. No sabía qué decir ni cómo empezar a decirlo.
Un martes por la noche decidió que iría sola a un bar de ambiente. Sin compañía, sin explicaciones, sin tener que dar la vuelta a ninguna pregunta incómoda.
***
Eligió un viernes de finales de junio, cuando ya había terminado todos los exámenes. Se duchó, se lavó el pelo castaño que le llegaba a los hombros, y se puso un vestido de punto que se le pegaba al cuerpo. Salió de casa a las diez y cuarto.
El local que eligió tenía música suave y luz tenue. Clara pidió una limonada y se colocó cerca de la barra, observando. Había mujeres de su edad, alguna pareja, algunas solas. Se sentía fuera de lugar, pero no incómoda. Era una sensación distinta a cualquier otra que recordara.
—Clara, ¿eres tú?
Se giró. Una mujer morena, de pelo muy corto, la miraba con una expresión entre sorpresa y agrado. Tardó un segundo en reconocerla.
Sofía. Su profesora de matemáticas en segundo de bachillerato.
La saludó con los dos besos antes de pensar. Sofía pidió una copa y se puso a su lado como si se encontraran así cada semana.
—Me sorprende verte por aquí —dijo Sofía—. Y más sola.
—Vine sin amigas para no tener que explicar por qué venía a un sitio así.
—¿Y por qué vienes a un sitio así?
Clara miró su vaso.
—Un beso en un juego. Algo que no esperaba sentir y que no pude dejar de pensar.
Sofía no respondió de inmediato. La miró durante un momento con esa atención que Clara recordaba de las clases, esa capacidad de mirar a alguien como si estuviera resolviendo un problema que aún no había formulado del todo. Luego acercó su boca al oído de Clara.
—Ven conmigo al baño —susurró—. Saldrás de dudas.
Clara la siguió sin decir nada.
El cubículo era pequeño. Sofía la colocó de cara a la puerta y fue subiéndole el vestido con una calma que a Clara le pareció casi insoportable. Le bajó la ropa interior y se la guardó en el bolsillo sin preguntarle nada. Clara sintió el frío del aire en la piel y luego el calor de la boca de Sofía en el interior de su muslo, subiendo despacio.
Cuando la lengua de Sofía la alcanzó, Clara cerró los ojos y apoyó ambas manos en la puerta. Se mordió el labio para no hacer ruido. La concentración de Sofía era total, precisa, como si supiera exactamente lo que estaba buscando. El orgasmo llegó en menos de diez minutos, limpio y directo, diferente a cualquier cosa que Clara hubiera sentido sola en su habitación.
Sofía se levantó, le bajó el vestido con cuidado, y le rozó el cuello con los labios.
—Eres preciosa —dijo en voz baja.
Salieron del baño como si nada. Pasaron por dos bares más antes de que la noche terminara. Se besaron en la calle. Intercambiaron números. Quedaron en repetirlo pronto.
Clara llegó a casa cuando el cielo ya empezaba a aclarar. Cerró la puerta del piso con cuidado y se quedó apoyada en ella un momento, sonriendo sin saber exactamente por qué.
***
Al día siguiente fue a la playa con sus amigas. Se pasó la mitad del tiempo durmiendo sobre la toalla. Al volver, decidió subir andando desde la parada del metro para despejarse un poco.
Cuando pasó por el segundo piso, una mujer estaba metiendo cajas por la puerta entreabierta. El piso había estado vacío casi dos años desde que los herederos de la anciana que vivía allí lo vendieron. Clara la saludó. La mujer levantó la cabeza y asintió con un gesto seco, sin sonrisa. Tenía los cincuenta bien llevados, el pelo negro recogido en un moño bajo, y algo en la manera de moverse que hacía que fuera difícil no mirarla. Guapa, a su manera. Fría.
Clara subió al piso de arriba y se metió en la ducha.
No había nadie en casa. Dejó el agua caliente correr un rato antes de empezar a tocarse, pensando en Sofía, en la textura de sus labios, en la sensación del baño del bar. Pero en algún punto, sin saber cómo, fue la imagen de la nueva vecina la que ocupó su mente. La frialdad de sus ojos oscuros. La precisión de sus movimientos mientras cargaba cajas. El gesto seco con el que la había mirado.
El orgasmo llegó con esa imagen y Clara cayó de rodillas en la bañera, sorprendida de sí misma.
***
Pasaron varios días. Intercambió mensajes con Sofía, quedó con sus amigas de fiesta, coincidió brevemente con la nueva vecina en el buzón pero apenas cruzaron dos palabras. La mujer le devolvió el saludo con la misma frialdad de la primera vez y siguió su camino sin mirar atrás.
Un viernes por la noche, sola en casa y sin planes, Clara descargó una aplicación para ligar con mujeres. Solo por curiosidad, se dijo. Para ver cómo funcionaba.
Estaba a punto de dejarlo cuando llegó un mensaje de un perfil sin foto clara. Una mujer. La conversación arrancó de manera natural y dos horas después Clara tenía la sensación de estar hablando con alguien que la conocía mejor de lo que debería. La mujer era directa, segura, con esa clase de autoridad que no necesita levantar la voz para hacerse notar. Le dijo que tenía sesenta años.
Clara tardó un momento en decidir si eso importaba. Llegó a la conclusión de que no.
La distancia que marcaba la aplicación era de un solo metro.
Tardó un instante en entender lo que eso significaba. Cuando la mujer le pidió que compartiera su ubicación exacta, Clara lo hizo. La respuesta llegó en segundos:
«Soy tu vecina del segundo piso.»
***
Clara se quedó mirando la pantalla sin moverse. Todo lo que había sentido en los últimos días —la curiosidad, el pensamiento en la ducha, esa punzada cada vez que se cruzaban en el portal— cobró una forma concreta de repente.
La siguiente línea llegó poco después:
«Mañana. Llama a mi puerta a las diez. Sin ropa.»
Clara estuvo a punto de no contestar. Luego escribió: «De acuerdo.»
Al día siguiente, sus padres habían salido al pueblo y no volverían hasta el domingo. El edificio estaba tranquilo. A las diez menos cinco Clara estaba en pie en el centro de su habitación, mirando su ropa tirada en la silla.
Se desvistió. Abrió la puerta del piso. Bajó un tramo de escaleras descalza, con el corazón golpeándole el pecho y la piel erizada.
Llamó.
Helena abrió. Llevaba una camisa blanca de manga larga y unos pantalones oscuros. La miró de arriba abajo sin decir nada. Luego esperó.
Clara se arrodilló en el umbral y apoyó los labios en el dorso del pie de la mujer.
Helena le puso un collar de cuero fino alrededor del cuello con una calma absoluta, como si fuera el gesto más natural del mundo. Enganchó una correa. Sin pronunciar una palabra, tiró de ella hacia el interior del piso.
La hizo recorrer toda la casa de rodillas. Cuando llegaron al dormitorio, a Clara le dolían las rodillas pero no dijo nada.
—Levántate y apóyate en el borde de la cama —ordenó Helena.
La voz era la misma de la aplicación. Directa, sin énfasis.
Clara obedeció. Escuchó el silbido de la fusta en el aire un segundo antes de sentir el primer golpe. Llegaron veinte en total, repartidos con una cadencia precisa, diez por lado. Clara se mordía el labio cada vez. No entendía por qué, en lugar de querer marcharse, cada impacto la dejaba más concentrada en ese punto entre el dolor y algo que aún no tenía nombre.
Después vino la vaselina, trabajada con paciencia. Clara protestó cuando entendió lo que se avecinaba.
—Nunca lo he hecho así —dijo—. Nunca.
—Lo sé. Por eso voy despacio.
La penetración fue lenta y se detuvo tres veces. Con cada pausa, la mano de Helena bajaba hacia su vientre y más allá, y sus dedos la tocaban con la misma precisión que el resto de sus movimientos. El orgasmo llegó antes de que Clara pudiera prepararse para él. Contrajo todos los músculos de golpe y soltó un sonido que no reconoció como propio.
Helena la llevó al baño. Agua caliente, jabón, las manos de la mujer moviéndose por su espalda y sus hombros con una suavidad que contrastaba con todo lo anterior. Hicieron el amor de otra manera debajo del agua, más lenta, más cercana, y Clara tuvo dos orgasmos más antes de quedarse apoyada contra los azulejos sin fuerzas.
De vuelta en su propio piso, al cerrar la puerta, se dio cuenta de que había dicho «gracias» antes de salir, sin que nadie se lo pidiera.
***
Las semanas siguientes tomaron un ritmo propio. Sofía algunos miércoles. Helena cuando ella lo decidía. Y la aplicación, que Clara no desinstalaba.
Un viernes vio la foto de un perfil nuevo. Mujer morena de cincuenta y tantos, ojos color avellana, sonrisa amplia. Llevaban dos horas hablando cuando decidieron intercambiar fotos de cara.
Clara necesitó un segundo para reconocerla.
Era Lucía. La madre de su amiga Paula.
Ninguna de las dos escribió nada durante casi cinco minutos. Lucía fue la primera:
«Esto no tiene por qué ser complicado.»
«Un poco lo es —respondió Clara—. Paula es mi mejor amiga.»
«¿Y eso hace que quieras dejar de hablar conmigo?»
Clara pensó durante un momento. Escribió: «No.»
***
Quedaron a tomar un café el sábado. Las dos llegaron con la misma tensión contenida, esa mezcla extraña de familiaridad antigua y situación completamente nueva que hacía que cualquier gesto tuviera más peso de lo normal.
Lucía le dijo, hacia el final del café, que le gustaría que su marido estuviera presente.
Clara la miró.
—Depende de cómo —dijo al final.
—Primero tú y yo solas. Él entraría después, si tú quisieras.
—Mientras me traten bien, de acuerdo.
Lucía sonrió. Pagó el café.
Fueron juntas al aparcamiento. Antes de arrancar, Lucía apoyó una mano en el muslo de Clara y la fue subiendo sin prisa. Clara no la detuvo. Se bajó la ropa interior y se la puso en la palma de la mano de Lucía sin decir nada.
Lucía condujo hacia su casa con los ojos en la carretera. Pero le apretó la mano a Clara todo el trayecto.
En el ascensor, se besaron. Lucía le besó el cuello con una lentitud que hizo que Clara cerrara los ojos y apoyara la cabeza hacia atrás. Cuando llegaron al piso se quitaron la ropa sin ceremonias, con la urgencia de quien lleva demasiado tiempo pensando en algo.
Se tumbaron en la cama. Clara encima de Lucía, recorriéndola con las manos y con la boca, aprendiendo la geografía de ese cuerpo sin prisa. Lucía era generosa con sus reacciones: respiraba fuerte, cerraba los ojos, guiaba la cabeza de Clara con las manos.
Cuando Lucía abrió las piernas y Clara se inclinó entre ellas, tenía toda la concentración puesta ahí, en el sabor y el sonido y la respiración cortándose cada vez más, cuando notó unas manos en sus caderas.
Se tensó.
—Soy Andrés —dijo una voz tranquila detrás de ella—. Si no quieres, paro.
Clara no quiso que parara.
Lo que siguió fue un equilibrio extraño y perfecto. Clara con la boca en Lucía, los dedos de Clara en Lucía, y Andrés moviéndose detrás con una cadencia constante que la empujaba hacia adelante con cada embestida. Después Andrés tomó el lubricante de la mesilla. Clara ya sabía lo que eso significaba. Le avisó que era solo la segunda vez.
Él fue despacio.
Lucía llegó primero, con las manos apretadas en el pelo de Clara y los muslos cerrándose. Luego llegó Clara, en una contracción larga y profunda que arrastró a Andrés consigo.
Los tres terminaron debajo de la ducha de Lucía y después durmieron en la misma cama, con Clara en el medio.
***
Así fue ese verano para Clara. Helena los martes. Sofía cuando podían encontrar un hueco. Y Lucía y Andrés los fines de semana, hasta que empezaron a frecuentar juntos lugares donde nadie conocía a nadie y todo era posible.
No había tenido tantos orgasmos en su vida. Y lo que más le sorprendía era que, en ningún momento, tuvo la sensación de estar perdiéndose algo.
Solo de encontrarlo.