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Relatos Ardientes

La noche que Camila subió al escenario

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Camila y yo nos conocemos desde hace doce años. Nos hicimos amigas en la universidad, en uno de esos vínculos que sobreviven a los novios, a las mudanzas y a los trabajos que no duran. De lunes a viernes trabaja como enfermera en una clínica privada cerca del centro. Los fines de semana baila en un club al que se entra con reserva anticipada y código en la puerta.

Me lo contó hace tres años, una noche después de cenar, con esa calma que tiene para soltar cosas enormes como si fueran comentarios de pasada. Dijo que bailaba, que ganaba bien, que no le pedía permiso a nadie. Le pregunté si podía ir a verla alguna vez. Se rió. Me dijo que sí, algún día.

Ese algún día llegó el viernes pasado.

Camila mide casi uno setenta y cuatro. La mayor parte de esa altura son sus piernas, largas y con esa forma que hace difícil no mirarlas cuando camina. Tiene el pelo oscuro y liso que le llega a media espalda, y unos ojos que cambian entre el castaño y el verde dependiendo de la luz y del estado de ánimo. Cuando sonríe, aparece un hoyuelo en la mejilla izquierda que lo desordena todo.

La deseo desde hace tiempo. No sé exactamente desde cuándo, aunque creo que fue durante un viaje que hicimos juntas a la costa, hace cuatro veranos. Compartimos habitación con una sola cama doble. Esa noche tardé horas en dormirme con su cuerpo a diez centímetros del mío, escuchando su respiración tranquila mientras yo no podía dejar de pensar en lo cerca que estaba su mano de la mía sobre la almohada. Me toqué en silencio bajo las sábanas, mordiéndome el labio para no hacer ruido, pensando en su coño, en cómo sería meterle la lengua hasta el fondo mientras dormía.

Nunca le dije nada. Somos amigas desde hace doce años y eso vale más que cualquier fantasía. Pero las fantasías siguen ahí aunque uno no las invite. Se acumulan, se refinan, toman detalles prestados de conversaciones reales y de miradas que duran un segundo más de lo necesario.

Camila es la fantasía más recurrente que tengo. Y ella no lo sabe.

***

El club está en una calle sin salida al sur de la ciudad, detrás de un portal de madera oscura sin letrero. Camila me pasó el código por mensaje esa misma tarde, junto con un «no llegues tarde» sin más explicación.

El interior es más grande de lo que parece desde fuera. Mesas bajas, luz tenue en tonos ámbar, una barra larga al fondo. El escenario circular con una barra vertical en el centro ocupa casi un tercio del espacio. No había más de cuarenta personas. La música era suave, de fondo, lo suficiente para cubrir las conversaciones sin impedir los pensamientos propios.

Me senté en una mesa cerca del escenario, pedí algo de beber y esperé.

Cuando Camila salió al escenario tardé un segundo en reconocerla. Llevaba el pelo suelto con una ligera onda que no lleva en el día a día, algo brillante aplicado sobre los hombros y los brazos que los hacía relucir con la luz, una pieza negra mínima que no dejaba lugar a la imaginación: dos triángulos de tela apenas cubriendo los pezones y una tanga que se le metía entre los cachetes del culo. Caminó hasta la barra central con esa manera suya de moverse que siempre noté pero que esa noche era completamente distinta. Más deliberada. Más consciente de sí misma.

Empezó la música. Y Camila empezó.

Hay personas que bailan para la sala. Hay personas que bailan para sí mismas. Camila lo hacía con una concentración que convertía a todos los demás en ruido de fondo. Era precisa, era fluida. Se colgó de la barra boca abajo, abrió las piernas de par en par, y desde mi mesa vi cómo la tela de la tanga se le pegaba al coño, marcando cada pliegue. Se me secó la boca.

Sus ojos recorrieron la sala. Cuando llegaron a mi mesa, se detuvieron.

Sonrió. No el tipo de sonrisa de «qué alegría que hayas venido». El tipo de sonrisa que dice algo que no se traduce bien a palabras pero que yo entendí perfectamente desde la segunda fila.

No aparté la vista.

Ella tampoco.

Bailó durante quince minutos que para mí duraron tres. Cuando bajó del escenario caminó directamente hacia mi mesa. Se paró delante, me miró desde arriba con las manos en las caderas y dijo:

—¿Y bien?

—Eres increíble —respondí, y no sé si me salió natural o si se notó demasiado lo que había detrás de la frase.

Ella cogió mi copa, bebió un sorbo sin pedirme permiso y se sentó a mi lado. Olía a su perfume mezclado con el calor del escenario, y esa combinación hizo algo en mi estómago que intenté ignorar con escaso éxito.

***

Lo que os cuento a partir de aquí no es exactamente lo que ocurrió esa noche. Es la versión que se repite en mi cabeza cuando no puedo dormir. Lo que imaginé en el taxi de vuelta a casa, con la ciudad pasando oscura por la ventanilla y el corazón todavía acelerado y los muslos apretados uno contra el otro.

En la que imagino, Camila se sienta muy cerca. Tan cerca que siento el calor de su piel y ese perfume que siempre lleva, floral con algo más oscuro por debajo. Me mira un momento con esos ojos que cambian de color y dice:

—Llevas todo el número mirándome como si quisieras comerme el coño.

—Es que quiero —le digo yo. En la fantasía eso me sale sin esfuerzo, sin el peso de doce años de amistad tirando desde el otro lado.

Ella no dice nada. Me mira un segundo más. Luego me besa.

No es un beso de saludo ni de ninguna otra cosa con nombre conocido. Es deliberado y lento, con una mano en mi mejilla que me orienta exactamente hacia donde quiere. Me mete la lengua hasta el fondo, me la enrosca con la mía, y noto cómo su otra mano baja por mi muslo y me lo aprieta con fuerza por encima del pantalón. Lo siento en el estómago, en el pecho, en el coño que ya está empapado antes de que nadie lo haya tocado.

Cuando se separa no va lejos. Su frente toca la mía.

—¿Cuánto tiempo llevas pensando en esto? —pregunta.

—Cuatro años —respondo.

—Yo cinco —dice ella, y sonríe con el hoyuelo de la mejilla izquierda—. Cinco años imaginándome cómo sabes.

Nos perdemos entre bastidores, en una sala pequeña con un sofá de cuero y una lámpara de pie que da una luz cálida y anaranjada. Camila cierra la puerta con pestillo, se gira hacia mí y me desabrocha la chaqueta con los dedos, despacio, sin apartar los ojos de los míos. La tela cae al suelo. Pone las palmas abiertas sobre mi clavícula y las baja muy despacio por mi escote, hasta apretarme las tetas por encima del sujetador.

—Para —digo.

Ella para inmediatamente.

—Para que pueda quitarme la camisa yo —aclaro.

Nos reímos las dos, y hay algo en esa risa compartida que hace todo más real, más nuestro. Me saco la camisa por la cabeza y ella me desabrocha el sujetador con una mano sola, con la práctica de quien ha hecho eso muchas veces. Cuando mis tetas quedan al aire agacha la cabeza sin decir nada y me chupa un pezón, lento, marcando círculos con la lengua, mientras con los dedos me pellizca el otro. Se me escapa un jadeo agudo que yo no reconozco.

—Joder, qué tetas tienes —murmura contra mi piel—. Todo este tiempo escondidas bajo la ropa.

Me empuja suavemente hacia el sofá y se sienta encima de mí con las rodillas a cada lado de mis caderas. Su peso es exactamente como lo imaginé todas esas noches en que me prohibí imaginarlo. Le agarro el culo con las dos manos por encima de la tanga y ella empieza a moverse sobre mí, restregándome el coño contra el muslo, dejando una mancha de humedad sobre mi pantalón que noto perfectamente. Le arranco los dos triángulos de tela negra que le cubren las tetas y ahí están, redondas y firmes, con los pezones oscuros y ya duros como piedras.

—Chúpame —me dice, cogiéndome de la nuca y bajándome la cabeza.

Le chupo. Le meto un pezón entero en la boca, le paso la lengua alrededor, le tiro suavemente con los dientes. Ella arquea la espalda y suelta un gemido largo que me sube directo al coño. Cambio al otro, le doy el mismo tratamiento, y siento cómo se mueve más rápido sobre mí, cómo su respiración se rompe.

Me besa el cuello. Despacio, trazando una línea con la lengua desde la mandíbula hasta donde empieza el hombro. Tengo los dedos enterrados en su pelo y no recuerdo haberlos puesto ahí. Desliza las manos por mi abdomen hacia abajo, me desabrocha el pantalón, mete la mano por debajo de la ropa interior sin ceremonia y me toca directamente.

—Estás empapada —dice, y hay algo triunfal en su voz—. Estás chorreando, Marta.

—Llevo así desde que has salido al escenario —confieso.

Me mete un dedo. Luego dos. Los mueve dentro de mí con una precisión que me hace apretar la mandíbula. Con el pulgar me busca el clítoris y empieza a hacer círculos lentos, mientras me mira a la cara para no perderse ni una sola de mis reacciones.

—Dime qué quieres —dice contra mi cuello.

Hay cosas que uno sabe exactamente, incluso cuando nunca las ha tenido.

—Quiero que me comas el coño —le digo, sin disculparme por ello, sin bajar la voz—. Quiero tu lengua dentro de mí. Ya.

Sonríe contra mi cuello.

—Bien —dice.

***

Se baja de encima de mí y se arrodilla en el suelo entre mis piernas. Me quita el pantalón tirando de las perneras, luego la ropa interior, y las tira las dos a un lado. Me abre las rodillas con las palmas, sin prisa, apreciando lo que ve.

—Menudo coño —dice, más para sí misma que para mí—. Todos estos años y no tenía ni idea.

No baja de golpe. Primero me besa la parte interior de los muslos, uno y luego el otro, subiendo con la boca centímetro a centímetro. Cuando llega arriba se salta el coño a propósito y me besa el hueso de la cadera. Sube más. Me lame la piel debajo del ombligo. Baja otra vez por el otro muslo, mordiendo suavemente.

—Camila, por favor —digo, y ya no me importa cómo suena.

—Por favor qué —dice ella, mirándome desde abajo con los labios brillantes y las cejas levantadas.

—Cómemelo. Por favor.

Baja la cabeza. La primera pasada de su lengua es plana, larga, desde abajo hasta arriba, y hace que me tiemblen las piernas y que apriete los dedos contra el cuero del sofá. La segunda es más precisa: la punta de la lengua directa al clítoris, círculos pequeños y constantes, con una presión exacta que me hace soltar un gemido que sale sin filtro.

Sabe lo que hace. No hay tanteo, no hay búsqueda. Con la lengua establece un ritmo constante y preciso sobre mi clítoris, sin prisa y sin interrupciones. Alterna: chupa, lame, mete la punta de la lengua muy adentro para sacarla enseguida, vuelve al clítoris. Cada vez que me acerco al límite lo nota y ajusta la presión o el ángulo lo justo para mantenerme ahí, en ese borde, un poco más. Es deliberado. Lo hace a propósito. Y yo lo sé, y eso lo hace todavía más difícil de aguantar.

—Camila —digo, y no sé si es queja o súplica o simplemente su nombre, que me gusta cómo suena cuando lo pronuncio así—. Camila, por favor, no pares, no pares.

Levanta la vista sin detenerse. Tiene la barbilla brillante, empapada de mí, y esa imagen sola me tensa todo el cuerpo. Sus ojos están oscuros, concentrados, con algo en ellos que no había visto nunca porque hasta esta noche nunca la había tenido aquí, en esta posición, con la boca metida en mi coño y mirándome así desde abajo.

Mete un dedo dentro de mí, luego dos, y curva las yemas hacia arriba buscando ese punto exacto que la mayoría no encuentra. Lo encuentra a la primera. El ritmo que mantiene con la lengua se sincroniza con el movimiento de su mano y de pronto todo es una sola cosa: la lengua encima, los dedos dentro, el pulgar de la otra mano apretándome el muslo para mantenerme abierta. Siento la tensión acumularse desde los pies hacia el centro, densa y urgente, como una ola que se levanta muy despacio y no va a bajar hasta que rompa.

—Me voy a correr —le aviso, con la voz apretada—. Camila, me voy a correr en tu boca.

Ella gime contra mi coño y esa vibración es lo que me acaba de romper. Le agarro el cabello con las dos manos, aprieto más de lo que debería, le empujo la cara contra mí sin ningún cuidado.

—No pares —le digo—. No pares, joder, no pares.

No para. Al contrario: acelera el ritmo de la lengua, mete los dedos más hondo, más rápido, y me chupa el clítoris entre los labios con una succión que me destroza.

Cuando llego, llego despacio y luego de golpe, con la espalda curvada hacia adelante y un sonido en la garganta que no reconozco como mío, un aullido apretado que me sale desde muy abajo. El orgasmo me sacude en oleadas, una detrás de otra, y cada una es más larga que la anterior. Camila sostiene el ritmo hasta la última contracción, chupando y lamiendo mientras me convulsiono debajo de ella, hasta que yo suelto su pelo y me dejo caer contra el respaldo del sofá con la respiración todavía agitada y los músculos sin fuerza.

Saca los dedos despacio, brillantes y empapados, y se los mete en la boca sin dejar de mirarme mientras los chupa uno por uno.

—Sabes exactamente como me imaginaba —dice.

—Ven aquí —le pido, con un hilo de voz.

Sube por mi cuerpo y la beso. Me sabe a mí en su boca, salada y densa, y ese detalle solo me vuelve a encender. Le meto la mano entre las piernas por debajo de la tanga y su coño está tan mojado que los dedos me resbalan de un lado a otro sin agarre. Ella jadea contra mi boca.

—Túmbate —le digo.

Se tumba boca arriba en el sofá y yo me pongo encima de ella, encajando mi muslo entre los suyos. Le arranco la tanga por un lado, sin desatar nada, y ella suelta una risa corta que se convierte en gemido cuando le meto dos dedos de golpe. Se le tensa todo el cuerpo. Le muerdo el cuello mientras la follo con los dedos, buscándole el mismo punto que ella me buscó a mí, y por su cara sé cuando lo encuentro.

—Ahí —dice ella, con los ojos cerrados—. Ahí, ahí, no te muevas de ahí.

La monto contra mi propio muslo, moviendo la cadera al mismo ritmo que los dedos, y ella me clava las uñas en la espalda tan fuerte que sé que mañana voy a tener marcas. Bajo la boca a sus tetas, le muerdo un pezón sin miedo, y ella gime más alto, sin importarle si al otro lado de la pared la escuchan.

—Marta, joder, así, así, no pares —dice, y su voz suena distinta a cualquier voz que le haya oído en doce años.

No paro. Meto un tercer dedo, cambio el ángulo, le froto el clítoris con la palma cada vez que empujo hacia dentro. Ella arquea la espalda del sofá, se le abre la boca sin sonido, y cuando llega lo hace apretando las piernas alrededor de mi mano, aprisionándome los dedos dentro de ella mientras se corre en oleadas largas que le recorren todo el cuerpo.

Cuando termina se queda quieta un momento, con los ojos cerrados y una sonrisa pequeña. Luego me tira encima de ella y me abraza, todavía dentro suya, y se queda así respirando contra mi cuello.

No dice nada durante un rato. La habitación huele a sexo, a su perfume y al cuero del sofá, y afuera, muy lejos, sigue la música del club como si nada hubiera pasado, aunque para mí ha pasado todo.

Luego dice:

—¿Cuatro años guardando eso?

—Cuatro años y pico —confirmo.

—Qué desperdicio —dice, y se ríe—. Y ahora vamos a tener que recuperar el tiempo perdido, ¿eh?

Me río también. Nos reímos las dos. Y en la fantasía nos quedamos así un rato largo, desnudas y pegadas en el sofá, sin que haga falta decir nada más.

***

Lo que ocurrió de verdad fue que Camila se sentó a mi lado, bebió de mi copa y nos quedamos hablando hasta la una de la madrugada. Sobre el trabajo, sobre un viaje que está planeando para el verano, sobre una serie que las dos estamos viendo sin habérselo dicho a la otra hasta esa noche. La llevé en coche hasta su portal. Me dio un beso en la mejilla al bajarse, como hace siempre desde que nos conocemos, y desapareció dentro del edificio.

En el taxi de vuelta a casa me pregunté si algún día le diría algo. Si llegaría un momento en que el peso de guardarlo fuera mayor que el de perder lo que tenemos. No llegué a ninguna conclusión. Nunca llego. Llegué a casa, me metí en la cama sin cambiarme y me toqué pensando en ella, en su boca, en su coño apretado bajo la tanga, y me corrí en menos de dos minutos con la cara enterrada en la almohada.

El miércoles hemos quedado para cenar.

Voy a ir. Voy a mirarla como siempre la miro, con ese secreto que solo conozco yo. Y probablemente la fantasía siga siendo mía para siempre, acumulándose en silencio como todas las anteriores.

Pero cuando le pregunté si podía volver el próximo viernes a verla actuar, Camila se rió.

Me dijo que sí.

Y esa sonrisa con el hoyuelo duró un segundo más de lo normal.

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Comentarios(7)

Nubeluz

que hermoso!!!!! me encanto de principio a fin

Paty_23

Ay, esa tension de años sin animarse a decir nada... me llego mucho. Espero con ansias que haya mas partes

CarmenDelSur

Lei dos veces porque no queria que terminara. Eso te dice todo, la verdad

Luisa_mv

Me hize acordar de algo parecido con una amiga de la facu. Al final no paso nada pero uno siempre se pregunta jajaja. Muy bueno

vanesa

seguí por favor!!! quede con ganas de saber que pasa despues :)

Maiki_lector

Como describís esa sensacion de ver diferente a alguien que conoces de toda la vida... tremendo. Gran relato

Caro88

El titulo ya te atrapa antes de empezar. Y el relato no decepciona para nada, sigue escribiendo así!

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