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Relatos Ardientes

La masajista que cambió lo que yo creía sentir

Soy Valeria, y llevo cuatro años entrenando con una constancia que mis amigas califican de obsesión. Treinta y un años, cabello castaño hasta los hombros, ojos verdes, y un cuerpo al que le he dedicado más horas que a cualquier relación. Mis piernas y mis glúteos son el resultado de ese sacrificio: firmes, definidos, el tipo de físico que la gente nota cuando entras a una sala.

Pero ningún músculo bien entrenado escapa al estrés ni a las agujetas. Por eso, desde hace dos años, me permito el lujo de dos masajes al mes en el centro Lumina. Cuarenta y cinco minutos cada vez, con Sofía, mi masajista de siempre.

Llegué ese jueves a las seis y cuarto, cinco minutos antes de mi hora. La recepcionista —una chica joven con gafas y el pelo recogido— levantó la vista del ordenador cuando empujé la puerta.

—Buenas tardes. Tengo cita a las seis y media, con Sofía.

—Sí, Valeria Montero. —Buscó en la pantalla y apretó los labios.— Hay un pequeño cambio. Sofía tuvo que ausentarse por un tema personal. La sustituye Elena.

—Ah —dije, y no dije más, porque qué más podía decir.

—¿Hay algún problema?

—Ninguno.

La sala era la misma de siempre: al fondo del pasillo, a la derecha, con esa puerta blanca que nunca cerraba del todo. Llamé dos veces y entré cuando oí el «pase» desde dentro.

Elena estaba de espaldas a mí, doblando toallas junto a la ventana. Llevaba el uniforme reglamentario del centro: camiseta de tirantes blanca y pantalón corto del mismo color. Desde esa posición podía ver que tenía un cuerpo menudo y bien proporcionado, las piernas delgadas, el pelo oscuro recogido en un moño bajo. Cuando se giró, tardé un segundo en reaccionar.

Sus pechos eran desproporcionadamente grandes para su complexión. Grandes de verdad, no «un poco más que la media» —grandes de las que se notan, de las que se marcan en cualquier tela. La camiseta blanca no hacía ningún favor a ese secreto. No llevaba sujetador, y los contornos de sus pezones asomaban claramente. No era algo que ella intentara ocultar.

—Tú eres Valeria, ¿no? —dijo con una voz tranquila.

—Sí. Venía con Sofía pero ya me han explicado.

—Estoy al tanto. ¿Empezamos?

Dijo «empezamos» y dio un pequeño saltito de entusiasmo. Todo rebotó.

Dios mío.

—Sí, vamos —respondí, mirando la pared.

Me desnudé en el extremo de la sala mientras Elena me daba la espalda. Era algo que hacía sin pudor desde la primera visita —llevas el tiempo suficiente en un gimnasio y desnudarte delante de otras personas deja de tener importancia. Pero esa tarde me descubrí siendo consciente de cada prenda que me quitaba: primero la chaqueta, luego el top deportivo, luego los leggings grises. Cuando me quité las bragas y alcancé la toalla, me volví a mirar.

Elena seguía de espaldas, preparando aceite en un cuenco de madera. Pero algo en la inclinación de su cuerpo —la manera en que se arqueaba para alcanzar el estante— hacía visible la línea del tanga bajo el pantalón blanco.

No soy lesbiana. Nunca lo he sido.

Me tumbé boca abajo en la camilla y puse la cabeza sobre la toalla enrollada.

—Tienes un físico increíble —dijo Elena desde detrás, mientras extendía aceite sobre sus manos.— ¿Cuánto llevas entrenando?

—Cuatro años. Piernas y glúteos, principalmente.

—Se nota.

Sus manos llegaron a mi espalda. La primera pasada fue firme, técnica, casi impersonal: dos palmas abiertas deslizándose desde los lumbares hasta los trapecios con el aceite templado. Noté el olor a coco antes de sentirlo en la piel.

—¿Solo cardio o también levantamiento?

—Las dos cosas. Sentadillas, peso muerto, prensa. Nada de esto se consigue solo con la cinta.

—Ojalá yo tuviese tu disciplina. Yo con estos —se rio— no puedo hacer ningún ejercicio sin que sea una odisea.

Entendí la referencia sin necesidad de verla.

—Yo ojalá tener lo tuyo —solté sin pensarlo. Y cuando me di cuenta de lo que había dicho, me mordí el labio.

Ella no respondió de inmediato. Siguió trabajando los trapecios, luego los omóplatos.

—Qué cosas dices —dijo al fin, con una sonrisa que yo solo podía imaginar.

Nos quedamos en silencio. Eso era lo que más me gustaba de los masajes con Sofía: los primeros quince minutos hablando, los siguientes en silencio, dejando que la mente se vaciara. Elena parecía entender eso sin que yo tuviese que pedírselo.

Sus manos bajaron por mi espalda hasta la cadera. Echó más aceite. Las palmas comenzaron a trabajar los glúteos con presión sostenida, deslizándose en círculos lentos que soltaban la tensión acumulada en la zona lumbar.

Esto es normal. Sofía hace exactamente lo mismo.

Pero Sofía no se detenía así. No con ese dedo trazando el límite entre una nalga y la otra con una lentitud que no tenía nada de terapéutico.

Solté el aire por la nariz. Un suspiro pequeño, involuntario.

—¿Te molesta? —preguntó ella.

—No —respondí, con la mejilla aplastada contra la toalla.— Para nada.

Echó más aceite, esta vez directamente sobre la zona. El líquido frío se deslizó entre mis nalgas hacia abajo, rozando el ano, siguiendo hasta mojar los labios. Me tensé un segundo, luego me obligué a soltarme.

—Tengo muchas agujetas de ayer —dije, sin que nadie me lo hubiera preguntado.

—Ya me ocupo.

Sus manos volvieron a los glúteos pero esta vez con un recorrido diferente. Más interno. Sentí el calor de su palma acercarse al centro, sin llegar, retroceder, volver. Como si tanteara. Como si esperara que yo dijera algo.

No dije nada.

Entonces su pulgar rozó el ano con un movimiento circular. Lento, deliberado, cubierto de aceite.

Agarré el borde de la camilla con los dedos.

—¿Bien? —susurró, con la boca cerca de mi oído.

—Sí —dije, y apenas reconocí mi propia voz.

—Es una técnica de relajación. Estimula el nervio pudendo y libera la tensión pélvica.

No sé si era verdad. No me importó.

Siguió con el pulgar mientras la otra mano descendía. Los dedos pasaron sobre mis labios desde fuera, sin presión, casi explorando. Luego un poco más. La yema de su índice rozó el clítoris de pasada.

Me mordí la toalla.

—¿Quieres que siga? —preguntó.

—Sí —dije.— Por favor.

El ritmo cambió. Ya no había nada de terapéutico en lo que hacía. Dos dedos moviéndose entre mis labios con un ritmo lento que fue acelerándose, el pulgar presionando el ano con la misma cadencia. Empecé a gemir sin poder evitarlo. Movía los pies en señal de lo que no sabía cómo expresar de otra manera.

Cuando llegué al orgasmo, apreté tanto los dientes que me dolió la mandíbula. Un largo escalofrío recorrió mi cuerpo de abajo arriba. Me quedé tumbada sin poder moverme, respirando contra la toalla.

Oí el roce de ropa cayendo al suelo.

Me di la vuelta.

Elena estaba desnuda. No era el cuerpo que había imaginado mientras mantenía los ojos cerrados: era mejor. Delgada, de piel muy blanca, con esos pechos que desafiaban cualquier lógica y que ahora, sin la tela que los contenía, parecían aún más imposibles. Areolas grandes, oscuras, pezones ya erguidos.

Me miró desde el otro lado de la camilla con una calma que me desarmó.

Se subió encima de mí.

Sus labios encontraron los míos con una suavidad que no esperaba. La besé. No lo decidí —simplemente ocurrió, como ocurren las cosas cuando llevan suficiente tiempo acumulándose. Sus manos en mi pelo, las mías en sus caderas, el calor de su piel contra la mía.

Entonces me acordé de Rodrigo.

—Espera —dije, separándome.

—¿Qué pasa? —preguntó ella, con la frente apoyada en la mía.

—Tengo pareja.

Elena no se apartó. Se quedó exactamente donde estaba, sus pechos aplastados contra los míos, y me miró con una expresión que no era de culpa ni de presión.

—Si quieres que pare, paro. Sin problema. Pero si lo que te frena es la culpa, considera que lo que estás sintiendo ahora mismo no tiene nada que ver con lo que sientes por él. Son cosas distintas.

No era un argumento muy sólido. Pero me convenció igual.

La atraje hacia mí.

***

Elena se puso de rodillas sobre la camilla y apoyó las manos en el cabecero. Luego, sin decir nada, bajó su cuerpo hacia mi cara.

Su sexo era depilado, sonrosado, ya húmedo. Lo lamí con la punta de la lengua primero, tanteando, explorando algo que nunca había tenido delante. Ella soltó un sonido suave desde arriba.

Nunca había hecho esto. Nunca había querido hacerlo.

Metí la lengua entre sus labios y empecé a moverla en círculos sobre el clítoris. Ella comenzó a mecerse levemente, siguiendo el ritmo, apoyando más peso sobre mi cara. Desde mi ángulo podía verla: la columna inclinada, los pechos oscilando con cada movimiento, una mano que descendió para apretárselos ella misma.

Aumenté el ritmo. Ella gemía ya sin disimulo, retorciéndose, dejando caer el cuerpo. Cuando llegó al orgasmo lo hizo con un temblor que recorrió toda su pelvis, y soltó sobre mi boca y mi barbilla un chorro caliente que me dejó medio ahogada y completamente mojada.

Se tumbó a mi lado durante un momento. Respiraba con la boca abierta, los ojos cerrados.

—Tienes muy buena técnica para ser tu primera vez —dijo.

—He aprendido de lo que me gusta que me hagan a mí.

Me sonrió con los ojos todavía cerrados.

***

Le eché aceite por todo el cuerpo mientras estaba tumbada boca arriba. Lo extendí con las palmas abiertas, siguiendo cada curva, pasando los pulgares por la cintura, los costados, el abdomen. Me detuve en sus pechos: los tomé con las dos manos, incapaz de abarcarlos del todo, y los apreté con una mezcla de fascinación y deseo que todavía me sorprendía a mí misma.

Me metí uno de sus pezones en la boca y lo chupé despacio. Ella arqueó la espalda.

Luego bajé.

Puse la boca sobre su sexo y lo lamí desde abajo hasta arriba con una pasada larga. Luego me concentré en el clítoris con la lengua plana, en movimientos lentos y constantes. Ella comenzó a moverse. Metí dos dedos dentro de ella y los curvé hacia arriba, buscando ese punto que hace que todo cambie.

Lo encontré.

Elena llegó al orgasmo por segunda vez con un grito que se tapó con el antebrazo. Su cuerpo se sacudió, y un nuevo chorro empapó mis manos y la camilla.

Me tumbé sobre ella, exhausta, con el cuerpo cubierto de aceite y el rostro mojado.

—Nunca me habían hecho un oral —dije en voz alta, sin haber planeado decirlo.

—¿Nunca?

—Rodrigo dice que no le gusta.

Elena me miró un segundo.

—Eso no es justo para ti.

—Ya lo sé.

Nos besamos despacio, sin prisa, con esa calma que queda después de un orgasmo compartido. Luego miró el reloj que llevaba en la muñeca.

—Nos quedan diez minutos.

***

Nos sentamos frente a frente en la camilla, con las piernas cruzadas y los cuerpos brillantes de aceite. Echamos más entre las dos. Empujamos nuestros sexos el uno contra el otro y comenzamos a movernos.

Era torpe al principio. Yo no sabía cómo encontrar el ángulo, cómo sincronizar el ritmo. Ella me guio con las manos en mis caderas, ajustando, hasta que el contacto entre las dos fue directo y constante. El placer era diferente a cualquier cosa que hubiera sentido antes: más difuso, más sostenido, sin el pico abrupto al que estaba acostumbrada.

Ella llegó primero, con un temblor que afectó a todo su cuerpo y un chorro que llegó hasta mi vientre.

Me tumbé de espaldas. Elena bajó la cabeza entre mis piernas, pasó la lengua por mi ano primero, luego subió al clítoris y lo succionó con la boca mientras introducía un dedo dentro de mí.

Llegué al orgasmo en menos de un minuto, con los muslos apretados contra su cabeza y un sonido que no fui capaz de contener.

***

Mientras me vestía, Elena recogía la sala con la eficiencia de alguien que ha hecho esto muchas veces. La camilla estaba empapada de aceite y de nosotras.

—Esto es un desastre —dije, mirando las toallas.

—Vete tranquila. Para eso estoy yo.

Me di la vuelta cuando ya estaba en la puerta.

—¿Cuándo trabajas la semana que viene?

Elena sonrió sin levantar la vista de lo que estaba haciendo.

—Los jueves y los viernes. A partir de las cinco.

Asentí. Fui a la recepción, pagué el masaje —el masaje— y salí a la calle con el pelo húmedo y las piernas que me temblaban un poco.

En el coche, antes de arrancar, pensé en Rodrigo esperándome en casa.

Luego pensé en el jueves que viene.

Arranqué.

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Comentarios (5)

nocturna_88

Que relato... me dejo sin palabras. La tension del principio es increible, se te va metiendo la sensacion debajo de la piel. Mas asi por favor!

SilRosario88

Me recordó a algo que me pasó hace años, esa confusion de emociones es exactamente asi. No se puede explicar con palabras pero vos lo lograste. Muy bien escrito.

Tiago_Cba

Lo lei dos veces. No es para todos poder escribir algo que se sienta tan real y a la vez tan intenso. Felicitaciones

MariaCarmen_Sur

Por favor la segunda parte!! Quede con muchisimas ganas de saber que paso despues

pablofer_22

Buenisimo el relato, se nota que fue escrito con mucha entrega. Saludos!

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