Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Grabé el trío lésbico de mi mejor amiga

Soy Laura, tengo veintiún años, estudio Administración de Empresas y no soy de las que destacan. Mi cuerpo es el de cualquier chica normal: delgada, con curvas modestas y nada que provoque que alguien se gire dos veces en la calle. Soy rubia, de familia conservadora, y mi vida gira entre la universidad, la biblioteca y el sofá de casa. La típica chica que estudia mucho y sale poco.

Mi mejor amiga es exactamente lo contrario. Valeria tiene veinticinco años y un cuerpo que hace que la gente se quede sin palabras. Sus pechos son de talla grande, sus caderas son generosas y tiene un trasero que hipnotiza cuando camina. No es solo el cuerpo: está cubierta de tatuajes desde los tobillos hasta el cuello, lleva un septum, un piercing en el ombligo y varios más en las orejas. Su estética es gótica y oscura. La mía es básica y discreta.

A pesar de ser tan distintas, somos como hermanas. Nos contamos todo. Ella sabe de mis conflictos con mis padres, de mis agobios académicos, de mis dudas existenciales. Yo sé de sus proyectos, de sus viajes, de sus ex. Llevamos años construyendo esa confianza y nunca la hemos roto.

Valeria tiene una plataforma de contenido para adultos. Cuando empezó, pensé que ganaría algo de dinero extra, nada más. Resultó que tenía talento para esto: más de cien mil seguidores en Instagram, cientos de miles en TikTok y miles de suscriptoras de pago en su sitio web. Ganaba más en un mes que muchos profesionales en tres. Yo la apoyaba sin reservas. Era su trabajo y le iba muy bien. Incluso me pedía opinión antes de publicar algunas fotos, así que nuestros cuerpos no eran ningún misterio entre nosotras.

Lo que no esperaba era que ese nivel de confianza fuera a llevarme a donde llegó.

***

Estábamos tomando algo en la terraza de un bar cuando me lo pidió. Hacía frío y yo llevaba el abrigo hasta la nariz mientras ella fumaba tranquilamente como si fuera verano.

—Tengo que pedirte algo —dijo Valeria, apagando el cigarrillo contra el cenicero—. Y quiero que sepas desde ya que si dices que no, lo entiendo perfectamente.

—Dime.

—En dos semanas voy a grabar un video con dos chicas. Quiero que vengas tú a grabar.

Me quedé mirándola un momento.

—¿Yo?

—Sé que no es tu mundo. Pero eres la persona en quien más confío. Con trípodes el resultado es mediocre. Necesito planos dinámicos, alguien que sepa moverse y que no me haga sentir incómoda delante de la cámara. Y esa persona eres tú.

—Val, yo nunca he grabado nada así.

—Te explico todo lo que tienes que hacer. No es complicado. Y te pago, por supuesto.

Estuve días dándole vueltas. Verla desnuda no era el problema: nos habíamos visto tantas veces en la playa, en vestuarios, compartiéndonos fotos antes de publicarlas. Nuestros cuerpos no eran ningún misterio. El problema era verla en acción, en algo tan íntimo. ¿Y si me ponía nerviosa? ¿Y si lo arruinaba? ¿Y si simplemente no era capaz de manejar lo que iba a ver?

Pero ¿y si no era para tanto? ¿Y si lo estaba exagerando?

Al final le escribí: «Voy. Sin pago. Es un favor.»

Me respondió con una avalancha de emoticonos y un audio de treinta segundos donde no decía nada coherente de la emoción.

***

El día llegó antes de lo que esperaba. Les dije a mis padres que me quedaba a dormir en casa de una amiga del máster. Llegué al apartamento de Valeria con una mochila, los nervios a flor de piel y sin saber muy bien qué esperar.

Ella me abrió la puerta en ropa interior. Un conjunto de encaje negro que le quedaba perfecto.

—Valeria, que te puede ver alguien —dije, empujándola hacia adentro y cerrando la puerta.

—La vecina de enfrente está de viaje y la familia de al lado no vuelve hasta el domingo. Relájate.

Me llevó a su habitación y pasamos media hora repasando cómo usar la cámara: los controles, los ángulos, la distancia focal, qué tipo de planos quería en cada momento. Era más técnico de lo que pensaba. Tomé notas mentales y traté de concentrarme en lo que me estaba explicando, no en el hecho de que dentro de unas horas iba a filmar a mi mejor amiga teniendo sexo con dos desconocidas.

—Las chicas llegarán pronto —dijo Valeria—. Se llaman Rocío y Mina. Ya verás que son un encanto.

—¿Un trío?

—Sí. Y yo hago de sumisa —soltó una carcajada—. Sé lo que estás pensando.

—No estoy pensando nada.

—Estás pensando que nunca me habías imaginado en ese rol.

Tenía razón.

***

Rocío y Mina llegaron juntas, cargando bolsas y llenando el apartamento de energía. Rocío era la más alta, con una larga trenza rojiza que le llegaba casi hasta la cintura y pequeños tatuajes geométricos cerca de los ojos. Era delgada, con pechos medianos y esa clase de presencia que llena el espacio antes de que digas nada. Mina era más baja, con el pelo corto y mechones azules, y unos pechos que hacían que la gravedad pareciera un desafío personal. Ambas tenían piercings en los labios, las cejas y la lengua, y la piel apenas visible por la cantidad de tatuajes que la cubrían.

Las cuatro estuvimos hablando en el salón durante horas. Pedimos pizza, pusimos algo en la televisión y antes de que me diera cuenta estaba riéndome con ellas como si las conociera de toda la vida. Mina era sarcástica y rápida. Rocío era más tranquila pero con un sentido del humor seco que me hacía mucha gracia. El nerviosismo se fue disolviendo poco a poco. Casi olvidé para qué habíamos quedado.

Cuando decidimos empezar, preparamos la habitación: cubrimos la cama con toallas grandes, bajamos las persianas, colocamos unas tiras de luz roja en los laterales y pusimos música de fondo. El ambiente cambió completamente. Lo que antes era el dormitorio de mi amiga de toda la vida ahora parecía otra cosa.

—Laura, te recomiendo que te quedes en ropa interior —dijo Rocío mientras se quitaba la camiseta sin ningún pudor—. Con el foco encendido y cuatro personas aquí dentro vas a derretirte en diez minutos.

—Yo... solo vengo a grabar.

—Lo sé perfectamente. Pero el calor no entiende de roles.

Valeria me miró con una sonrisa cómplice y no dijo nada. La decisión era mía.

Me quedé pensando dos segundos. Tenía razón. Me quité la ropa y me quedé en sujetador y braguitas de algodón beige, que en ese contexto quedaba casi ridículo al lado de los conjuntos de encaje negro de las otras tres. Pero nadie dijo nada. Nadie me miró con extrañeza. Simplemente me incorporé al ambiente como si fuera lo más normal del mundo.

Encendí el foco. Encendí la cámara. Y empezamos.

***

Las tres se arrodillaron sobre la cama, muy juntas, mirándose. Empezaron a besarse despacio, con las manos recorriéndose la cintura, el cuello, las caderas. Valeria estaba en el centro. Rocío la besaba por un lado, Mina por el otro, y entre las dos la manoseaban y la acariciaban como si fuera suya.

Mina sacó un bote de aceite y empezó a verterlo sobre sus propias manos, sobre los hombros de Valeria, sobre los pechos de Rocío. El líquido bajaba lento por su piel tatuada bajo la luz roja del cuarto, haciendo que todo brillara de una manera que no esperaba. Acerqué la cámara. Busqué el ángulo.

Esto es trabajo, me dije. Estoy trabajando.

Pero era imposible no sentir algo. Sus cuerpos estaban entrelazados, los besos se hacían más intensos, los gemidos empezaban a mezclarse con la música de fondo. Las lenguas perforadas de las tres se enredaban en besos de a tres que acerqué tanto como pude con la cámara, capturando cada detalle: los labios gruesos, los hilos de saliva entre sus bocas, las miradas pícardas que se lanzaban entre ellas.

Mina se separó para ir a su bolsa. Volvió con un arnés negro y un consolador de unos veinte centímetros.

—Ponte en cuatro, pequeña —le dijo a Valeria con una voz que no era la misma de antes.

Valeria obedeció sin dudar. Se puso a cuatro patas en el borde de la cama. Mina le bajó la ropa interior y empezó a lamerla despacio, alternando entre su sexo y su ano, tomándose su tiempo. Valeria cerró los ojos y comenzó a gemir suavemente. Rocío se tumbó delante de ella con las piernas abiertas y la acercó hacia sí.

Cuando Mina consideró que Valeria estaba suficientemente preparada, echó aceite sobre el consolador y fue introduciéndoselo poco a poco, centímetro a centímetro. Valeria exhaló con fuerza. Luego vino un gemido más largo y sostenido.

Mina empezó a moverse. Despacio al principio. Luego más fuerte. Le daba azotes en los glúteos que resonaban en la habitación, le tiraba del pelo con una mano mientras la otra la aferraba por la cadera. Valeria intentaba comerle el sexo a Rocío, pero cada embestida la desconcentraba y tenía que empezar de nuevo.

—No pares —pedía Valeria entre jadeos—. Por favor, no pares.

Rocío le agarró la cabeza y la acercó más. La obligó a seguir.

Yo movía el foco de la cámara de un cuerpo a otro, buscando los detalles que Valeria me había pedido: la expresión de la cara, las manos, el movimiento de los cuerpos. Hacía calor. Había mucho calor. Pero no me moví de donde estaba.

Valeria llegó al orgasmo con un grito que me hizo apartar instintivamente la cámara un segundo. El squirt empapó la toalla. Se quedó unos instantes con la cabeza caída, recuperando el aliento, el pelo completamente deshecho.

—Me toca —dijo Rocío levantándose de la cama.

***

Esta vez fue Rocío quien se puso el arnés. Mina se tumbó sobre la cama con las piernas abiertas. Valeria se montó encima de ella en posición de vaquerita, introduciéndose despacio el consolador de Mina. Y Rocío se colocó detrás de Valeria.

Cuando las dos empezaron a moverse al mismo tiempo, Valeria lanzó un sonido que no tenía nada de dolor.

La seguí con la cámara. El ángulo desde el lateral lo mostraba todo: el cuerpo de Valeria entre las dos, los pechos botando con cada movimiento, la espalda arqueada, la cara enrojecida y sudorosa con los ojos entornados y la boca entreabierta.

—¿Te gusta así? —preguntó Rocío mientras le daba un azote seco.

—Sí —respondió Valeria con una voz que no reconocí—. Más fuerte.

Rocío le complació. Y también Mina desde abajo, que la agarraba de las caderas y marcaba el ritmo con firmeza. Las tres se sincronizaron en algo que parecía coreografiado pero que claramente surgía del instinto. Era hipnótico verlo.

Valeria llegó a otro orgasmo. Se sacó ambos consoladores con torpeza y el squirt salió con fuerza, empapando las sábanas y los muslos de Mina. Yo lo grabé todo sin mover la cámara.

***

Cambiaron de roles. Valeria se puso el arnés esta vez. Mina se tumbó y la dejó entrar. Valeria la penetró en misionero, le cruzó la cara un par de veces, le escupió en la boca. Mina lo pedía entre risas y gemidos, con las mejillas enrojecidas y los ojos llorosos de placer.

Rocío se colocó detrás de Valeria para completar el círculo. Las tres encontraron su ritmo rápido.

La habitación sonaba a golpes, a carne húmeda, a gemidos que ya no intentaban controlarse. Yo me había olvidado del calor. Me había olvidado de dónde estaba y de que al día siguiente tenía clase a las nueve de la mañana. Solo existía ese cuadro que miraba a través de la lente, ese mundo de cuerpos tatuados y brillantes de aceite que se fundían bajo la luz roja.

Cuando Mina llegó al orgasmo, el squirt me alcanzó de lleno. Solté un sonido involuntario de sorpresa. Las tres se giraron a mirarme un segundo y luego estallaron en carcajadas.

—Lo siento mucho —dijo Mina sin parecer arrepentida en absoluto.

Seguimos. Rocío fue la última en correrse, temblando, con las piernas que no le respondían del todo.

***

Después las tres se tumbaron juntas y se besaron más despacio. Los besos eran tranquilos ahora, cariñosos. Se lamían los labios, se recolocaban el pelo, se reían de cosas que yo no alcanzaba a escuchar. Sus cuerpos brillaban por el aceite y el sudor, enrojecidos por los golpes.

Las tres se masturbaron mutuamente para cerrar el video. Los dedos entraban y salían de sus sexos húmedos con un sonido constante. Llegaron al orgasmo de una en una: primero Mina, luego Valeria, luego Rocío. Los tres chorros terminaron de mojar la lente de la cámara.

Apagué el foco.

—Hemos terminado —dijo Mina desde la cama, sin moverse—. Eres una camarógrafa increíble, Laura.

Apagué también la cámara. Miré el reloj. No era consciente de lo rápido que había pasado el tiempo: casi una hora. Casi una hora viendo el sexo más intenso de mi vida.

***

Recogimos la habitación entre las cuatro. Las toallas al cesto, el suelo limpio, las ventanas abiertas para ventilar. Nos duchamos por turnos porque el baño era pequeño. Cuando me tocó a mí, el agua fría me hizo volver del todo a mí misma.

Pusimos un colchón en el suelo del salón para Rocío y Mina. Ellas durmieron sin ropa interior porque la tenían mojada. Yo me puse el pijama, pero me quedé sin braguitas.

Valeria y yo nos metimos en su cama. La habitación aún olía a aceite.

—No sé cómo agradecértelo —dijo en voz baja.

—No tienes que agradecerme nada.

—Sí tengo. Podría haberlo hecho con trípodes. Te pedí esto porque quería que estuvieras tú. Y porque sabía que lo harías bien.

—¿Lo hice bien?

—Lo hiciste perfecto.

Hubo un silencio.

—¿Estás bien tú? —me preguntó.

Pensé en eso un momento antes de responder.

—Sí —dije—. Estoy bien.

Y era verdad. Estaba cansada, tenía el pelo húmedo y olía a aceite. Pero estaba bien. Mejor que bien, en realidad. Había hecho algo que nunca habría imaginado hace seis meses y había salido entera. Más que entera.

Valeria me apretó el brazo en la oscuridad.

—Eres la mejor amiga que existe.

Me dormí antes de poder responderle.

Valora este relato

Comentarios (6)

Anto_BA

que relato!! me encanto la idea de la camara, muy original

Lautaro_89

Por favor hacé una segunda parte, me quede con muchísimas ganas de mas

Marcos_78

Me enganche de principio a fin. Hay algo muy especial en la perspectiva del que observa en silencio, lo transmitiste increiblemente bien. Uno de los mejores relatos de la categoría que lei hasta ahora, seguí escribiendo!

SoledadK

jajaja dios mío que bueno estuvo, no lo esperaba así

MiguelA_sur

El detalle de la camara le da un giro distinto al relato tipico, muy buena idea. Sigue asi!

Camila_cba

se hizo corto!!! quiero la continuacion

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.