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Relatos Ardientes

Lo que Mamá Noel me pidió la víspera de Navidad

La temporada navideña en el Polo Norte es la más exigente del año, pero también la más hermosa. Las cadenas de producción no paran, el vapor de las máquinas se mezcla con el frío del exterior y hay una energía colectiva difícil de describir. Cada elfa, cada elfo, trabaja con una entrega que solo se explica si realmente amas lo que haces. Y yo lo amo.

Me llamo Liria. Soy una elfa de metro cincuenta y tres, delgada aunque con curvas en los sitios donde importa, con el cabello blanco como la primera nevada y los ojos de un gris casi plateado. Llevo cuatro temporadas en la Fábrica Central y me especializo en los lazos: cada cinta que adorna un regalo pasa por mis manos. Es un trabajo menor, dirán algunos, pero cada lazo bien hecho es una sonrisa que llega a algún lado del mundo. Eso me alcanza.

Lo que no me alcanza, y nunca me ha alcanzado, es resignarme a admirar a Mamá Noel desde lejos.

Ella es la verdadera columna de todo esto. Papá Noel lleva la fama y los honores, pero es ella quien dirige los turnos, quien resuelve los conflictos, quien sube la moral cuando los capataces empiezan a gritar. Mide casi uno ochenta, tiene el cabello negro hasta los hombros y una figura que parece diseñada para hacerle perder la concentración a cualquiera. Sus discursos vespertinos eran la parte del día que yo esperaba con más ansias, aunque nunca lo hubiera admitido en voz alta.

La otra parte que me alteraba era Vera.

Vera era la cocinera del turno de tarde, una elfa morena, risueña y completamente prohibida durante las horas de trabajo. Lo nuestro empezó una noche de noviembre sin ningún plan de por medio: terminamos compartiendo turno de limpieza en la cocina y de repente sus manos dejaron de fregar y se posaron sobre las mías. Así de simple y así de complicado. Desde entonces nos vimos varias veces, siempre de noche, siempre dentro de la fábrica porque ninguna de las dos tenía casa propia fuera del complejo.

Cuatro semanas después de ese primer encuentro, la secretaria personal de Mamá Noel apareció en mi puesto de trabajo.

—Liria —me dijo con la frialdad de alguien que lleva toda la vida siendo eficiente—. Mamá Noel quiere verte en su despacho. Ahora.

Me temblaron los dedos mientras dejaba el carrete de cinta sobre la mesa. Subí a La Torre del Norte en el ascensor de carga, el único que yo conocía, sin saber si bajaría con trabajo o sin él.

La segunda secretaria me recibió en recepción con una mirada que me midió de arriba abajo.

—Tú eres Liria —dijo. No era una pregunta.

—Sí —respondí.

—Pasa. Te está esperando.

Empujé las puertas del despacho. El olor llegó primero: algo cálido, dulce, con notas de madera y canela. Mamá Noel estaba sentada detrás de un escritorio enorme, firmando documentos sin levantar la vista. Esperé de pie, incapaz de decidir dónde poner las manos.

Cuando alzó los ojos hacia mí sentí el mismo vértigo de siempre: esa mirada clara y directa que parecía saber demasiado.

—Siéntate, Liria.

—Sí, Mamá Noel.

Me senté en la silla frente a ella. Terminó de firmar, apiló los papeles a un lado y me miró con una calma que me puso más nerviosa que cualquier grito.

—Necesito que seas honesta conmigo. ¿Tienes alguna relación con Vera, la cocinera del turno tarde?

—Yo... —La garganta se me cerró un segundo—. Sí.

—Hay grabaciones de las cámaras de la cocina. Se ve bastante claramente lo que hicisteis.

—Lo siento. De verdad. No quería saltarme las normas, solo fue...

—Nadie va a ser sancionada —me interrumpió con suavidad—. Pero si volvéis a hacerlo, que sea fuera del horario laboral y fuera de las instalaciones de producción. ¿Entendido?

—Sí. Totalmente.

—Bien. —Tomó un sorbo de té y volvió a mirarme—. ¿Vera y tú estáis juntas formalmente?

—No. Somos... amigas cercanas.

—¿Y tú qué eres, lesbiana?

—Sí.

—Perfecto. —Sonrió por primera vez, apenas un gesto en la comisura de los labios—. Quiero que estés frente a la Casa Noel a las diez de la noche. ¿Puedes?

—Sí, claro, pero...

—¿Pero?

—Nada. Ahí estaré.

—Así me gusta.

***

Pasé el resto de la jornada enredada en mis propios pensamientos. Até cientos de lazos sin ver ninguno. Vera me preguntó dos veces si me encontraba bien y las dos veces le dije que sí. No podía contarle lo de la cita porque no entendía qué era esa cita, y no quería generar expectativas sobre algo que probablemente no era lo que mi cabeza quería que fuera.

A las nueve menos cuarto me encerré en mi cabaña, me duché con agua bien caliente y me quedé un momento frente al espejo pequeño preguntándome qué me ponía. Al final elegí el uniforme de invierno de la temporada, el reglamentario con botones dorados, y me eché un poco del perfume que guardaba para las ocasiones que importaban.

La noche era despejada y helada. Las auroras boreales parpadeaban sobre Ciudad Noel con ese verde y ese violeta que nunca te cansas de ver. Llegué a las puertas de la Casa Noel diez minutos antes, me planté frente al portón y esperé con el corazón en la garganta.

Antes de que pudiera tocar el timbre, la puerta se abrió sola. Una sirvienta alta, con el cabello recogido y una expresión amable, me indicó que pasara.

—¿Eres Liria?

—Sí.

—Ven conmigo, por favor.

La seguí por pasillos con molduras doradas, cuadros al óleo con paisajes nevados y candelabros que proyectaban una luz ámbar sobre todo. Subimos tres pisos. La sirvienta se detuvo frente a una puerta de madera oscura, la abrió y se apartó para que yo entrara.

El dormitorio estaba en penumbra, iluminado únicamente por el fuego de la chimenea y cuatro velas gruesas sobre la repisa. La cama era enorme, con dosel y sábanas color marfil. El ventanal al fondo daba a toda la ciudad. Era el tipo de habitación que solo existe en los sueños o en los cuentos.

—Espera en la cama —llegó la voz de Mamá Noel desde el cuarto de baño.

Me senté en el borde. Mis pies quedaron colgando porque el colchón era demasiado alto para mis piernas. Escuché el ruido del agua, el vapor que se filtraba por la rendija de la puerta entreabierta y la voz de Mamá Noel tarareando algo sin melodía definida.

Cuando el ruido del agua cesó, la puerta del baño se abrió del todo.

Salió desnuda, envuelta en el vapor, caminando hacia mí sin ninguna prisa. No le importaba que la mirara. Más que eso: quería que la mirara. Y yo la miré. Cada centímetro de ese cuerpo de casi uno ochenta, sus curvas amplias iluminadas por el naranja de la chimenea, sus pezones oscuros, su pelo negro pegado todavía húmedo al cuello.

No pude articular nada. Me quedé completamente paralizada mientras ella se acercaba.

Se sentó a mi lado en el borde de la cama, rozando su cadera con la mía, y sin decir nada me tomó la barbilla con dos dedos y me besó con una suavidad completamente inesperada. Olía a jazmín y a algo más dulce que no supe identificar. Sus labios eran cálidos y lentos, como si tuviéramos toda la noche y ella lo supiera.

Nos separamos apenas unos centímetros.

—¿Tendrías sexo conmigo? —preguntó en voz muy baja, todavía con la mano sobre mi mejilla.

—Sí —respondí, y ni siquiera tuve que pensarlo—. Lo que quieras.

—Quita la ropa, entonces.

Se levantó y caminó hacia el tocador. Me quité el uniforme con manos que temblaban un poco, no de miedo sino de todo lo contrario. Cuando me giré, ella ya me estaba mirando: de pie frente al espejo, desnuda, con los brazos cruzados y esa sonrisa de quien tiene todo bajo control.

Me acerqué a ella sin que me lo pidiera. Puse la mano sobre su cintura, sentí el calor de su piel, y ella bajó la cabeza para besarme de nuevo, esta vez con más intensidad. Sus manos recorrieron mi espalda, mis costillas, la curva de mis caderas. Sus labios se movieron hacia mi cuello, despacio, y yo cerré los ojos y dejé de pensar.

Nos tumbamos en la cama. Ella se tomó su tiempo con cada centímetro de mi cuerpo: besó mis clavículas, pasó la lengua por mis pezones hasta que los tuve completamente tensos, bajó por el vientre sin apresurarse en absoluto. Cuando llegó entre mis piernas ya estaba tan excitada que apenas podía quedarme quieta.

Su lengua trabajó con una precisión y una paciencia que me dejaron sin argumentos. Levanté las caderas, le agarré el cabello sin querer y ella siguió sin inmutarse, leyendo exactamente cómo reaccionaba mi cuerpo a cada movimiento suyo. Oraciones largas para describir lo que hacía; oraciones cortas para lo que yo sentía. El orgasmo llegó antes de que pudiera anticiparlo. Cerré los muslos alrededor de su cabeza y me vine con un grito que no fui capaz de contener, empapándola de golpe.

—Lo siento —dije cuando pude hablar.

—No te disculpes —respondió ella, limpiándose la cara con el dorso de la mano y sonriendo—. Para nada.

***

Se tumbó a mi lado y tomó mi mano para guiarla hacia su cuerpo. Pasé los dedos por sus muslos, su vientre, hasta que llegué a donde ella quería. Estaba húmeda y caliente. Empecé a masturbarla despacio, aprendiendo su ritmo, y ella cerró los ojos y dejó escapar el primer gemido contra mi mejilla.

Fui aumentando la cadencia poco a poco. Ella me guiaba sin palabras: con pequeñas presiones de cadera o con el cambio en la respiración. Cuando llegó al orgasmo no gritó. Aguantó el aire unos segundos y luego lo soltó todo de golpe, con un espasmo que recorrió su cuerpo entero y que empapó mis dedos y las sábanas bajo ella.

Nos quedamos quietas un momento. La chimenea crepitaba. Afuera el viento rozaba el ventanal.

Luego ella se incorporó, hizo un gesto suave con la mano en el aire y uno de los cajones de la mesilla se abrió solo. Un juguete de color rojo oscuro salió flotando despacio, dejando un rastro de destellos pequeños que se apagaban antes de llegar al suelo. Era largo, liso, de una marca que yo había visto anunciada en la tienda del complejo: «Nieves del Norte».

Mamá Noel se puso sobre mí y comenzó a besarme mientras el juguete se posicionaba entre mis piernas. Cuando entró lo hizo con calma, centímetro a centímetro, y yo abrí los ojos de la sorpresa y los cerré enseguida.

—Relájate —me susurró ella al oído.

Obedecí.

El juguete empezó a moverse y a vibrar al mismo tiempo. Mamá Noel me besaba el cuello, los pechos, mientras lo controlaba con movimientos casi imperceptibles de los dedos. Las velas de la repisa se despegaron del suelo y comenzaron a girar lentamente en un círculo sobre nosotras. La primera gota de cera cayó sobre mi vientre y me arrancó un sonido que no esperaba: no era dolor exactamente, sino ese límite exacto entre el dolor y el placer que te descoloca y te pide más.

Más cera cayó sobre mis costillas, mis muslos, mis pechos. Cada vez que la piel absorbía el calor y la cera se endurecía encima volvía a soltar un gemido, y Mamá Noel me miraba con esa expresión de concentración satisfecha de quien sabe exactamente lo que está haciendo. El juguete aceleró. Yo estaba tan al límite que lo único que podía hacer era aferrarme a ella. Me vine por segunda vez con una intensidad que me nubló la vista.

Las velas volvieron a sus lugares solas. El juguete salió despacio.

Me puse sobre ella, que ahora estaba tumbada boca arriba, y sin que ninguna de las dos lo propusiera terminamos en un sesenta y nueve: yo inclinada sobre su cuerpo, ella sujetándome las caderas. La lamí con toda la concentración que me quedaba, perdida en el olor y el sabor de ella, escuchando sus gemidos ahogados contra mi entrepierna. Ella llegó al orgasmo primero, con las piernas tensas y los dedos apretados sobre mis caderas. Yo llegué unos segundos después, sacudiéndome encima de su cara.

Caímos separadas, agotadas, con la respiración descontrolada.

***

La bañera del cuarto de baño ya estaba llena cuando entramos. El agua humeaba con algo que olía a lavanda y a pino. Ella entró primero y yo me deslicé detrás de ella, apoyando la espalda contra su pecho, sintiendo el agua caliente y el calor de su cuerpo al mismo tiempo. Era una sensación completamente distinta a cualquier cosa que hubiera experimentado antes.

—Has estado increíble —dijo ella, con los labios cerca de mi oreja.

—Nunca imaginé que esto fuera a pasar —respondí.

—¿Y ahora qué piensas?

—Que me alegra mucho que haya pasado.

Silencio un momento. El agua rozaba el borde de la bañera cada vez que nos movíamos.

—Liria, hay algo que tengo que contarte.

Esperé.

—Algunas peticiones que llegan cada año son poco convencionales. Esta temporada llegaron varias de personas que pedían experiencias específicas: alguien quería saber lo que es estar con una mujer que disfruta de verdad. Otra pedía sensaciones con cera y control. Yo necesitaba a alguien que fuera lesbiana, que tuviese suficiente confianza en su cuerpo y que... —Hizo una pausa—. Cuando vi las grabaciones de la cocina, supe que eras tú.

Lo dejé reposar un momento.

—¿Me usaste?

—Fui honesta contigo sobre el sexo desde el principio. Lo que no te dije es el para qué.

Podría haberme molestado. Pensé en si me molestaba. Llegué a la conclusión de que no.

—¿Y la noche? ¿Eso también era parte del pedido?

—La noche fue mía —dijo, y sentí su sonrisa aunque no podía verla—. Nunca había tenido una noche tan buena con nadie.

Me recosté un poco más sobre ella. El agua se había enfriado apenas un grado.

—Dijiste que había más pedidos.

—Uno más para Nochebuena. Una persona pidió un trío.

—¿Y necesitas que yo...?

—Tú y Vera. Si ella acepta.

Me reí. No lo pude evitar.

—Vera va a decir que sí —dije.

—Lo imaginaba.

El agua siguió quieta. Afuera, detrás del ventanal, las auroras todavía bailaban sobre Ciudad Noel con ese verde y ese violeta que nunca te cansas de ver.

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Comentarios (5)

SolMza

excelente!!! me encanto de principio a fin

Carolina_M

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de mas jaja

Luciana_Cba

jajaja lo de Mama Noel es un clasico pero aca esta muy bien llevado, me dio risa y calor al mismo tiempo. Bien ahi!

NightReader88

Me recordo a unas navidades hace unos años... digamos que las fiestas pueden deparar sorpresas muy gratas jeje

MelancolicaLuna

Lo que mas me gusto es como va construyendo la tension desde el principio. Sin apuro, sin vulgaridades. Muy buen relato.

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