Fui a sorprender a mi marido y me sorprendí yo
Fui a la oficina de Marcos esa tarde con la excusa de darle una sorpresa. La verdad era otra: quería calmar la culpa que me roía por dentro desde hacía semanas, la culpa de mis aventuras con mujeres que él nunca supo. Pensé que verle, estar cerca, sería suficiente para recordar por qué me había casado con él.
La puerta de su despacho estaba entornada. Me acerqué sin hacer ruido, y antes de tocar escuché su voz.
—Estás increíble, Lorena.
Me detuve. Me quedé inmóvil en el pasillo con la mano en el aire, escuchando. Luego, muy despacio, empujé la puerta lo justo para ver.
Marcos estaba de pie junto a la ventana con la camisa gris arremangada hasta los codos. Tenía los brazos rodeando la cintura de su secretaria, una mujer que yo había visto un par de veces en eventos de empresa: Lorena, de origen colombiano, que llevaba en España desde niña y que tenía esa clase de belleza directa que no necesita esfuerzo. Llevaba una blusa oscura de botones desabrochada hasta más abajo de lo habitual y una falda negra que se le quedaba a mitad del muslo.
Marcos la tenía pegada a él y le murmuraba algo al oído mientras ella echaba la cabeza hacia atrás con una sonrisa.
—Jefe —dijo ella en voz baja—, llevo toda la mañana esperando esto.
Él no contestó con palabras. Le desabrochó la blusa de un tirón y la dejó caer al suelo. Debajo no había nada. Lorena tenía un cuerpo que era imposible no mirar: unos pechos grandes y firmes, la piel oscura y suave, el vientre liso. Marcos inclinó la cabeza y se los cogió con las manos antes de llevar la boca a uno de los pezones.
Ella cerró los ojos.
—Sigue —susurró—. Me vuelves loca cuando haces eso.
Yo no me moví. Tendría que haberme ido. Tendría que haber cerrado la puerta, bajar las escaleras y olvidar lo que había visto. En cambio me quedé apoyada en el marco, observando, y lo que sentí no fue lo que se supone que debería sentir una mujer en esa situación.
No sentí celos.
Sentí calor. Un calor que me subía desde el estómago y que no tenía nada que ver con Marcos.
Él la apartó un momento, se quitó la camisa, la hizo arrodillarse. Lorena le bajó el pantalón sin apartar la vista de él, y cuando lo tuvo en la boca él apoyó una mano en la pared para no perder el equilibrio. Gemía de una manera que yo no le había oído nunca, o quizá nunca le había prestado atención.
Después la sentó sobre la mesa, le levantó la falda y siguieron. Yo me quedé hasta que no pude más con el calor que tenía encima y decidí irme antes de que ninguno de los dos se diera cuenta de que había estado allí.
De camino a casa me di cuenta de algo: no estaba pensando en Marcos. Estaba pensando en ella.
***
Tres días después, Marcos me llamó desde el hotel para decirme que se había dejado un USB con contratos en el cajón del escritorio de casa. Necesitaba que alguien lo recogiera y se lo enviara por correo electrónico escaneado. Lorena pasaría a buscarlo esa tarde, si no me importaba.
No me importaba. Me importaba bastante, de hecho, pero en sentido contrario al que él imaginaba.
Me cambié de ropa dos veces. Al final me quedé con unos pantalones de lino beige y una blusa de seda color crema con los botones superiores abiertos. Me miré al espejo más de lo que solía mirarme y decidí que estaba bien.
Lorena llegó puntual. Llamó al timbre y cuando abrí la puerta me la encontré con una falda vaquera corta, unas sandalias con tacón y una blusa de tirantes que se ajustaba a cada curva sin disculpa ninguna. Llevaba el pelo suelto y olía a algo cítrico y cálido al mismo tiempo.
—Hola —dijo, con una sonrisa que no era la sonrisa que te pones para saludar a la mujer de tu jefe—. Siento las molestias.
—Ninguna molestia —contesté—. Pasa.
Encontramos el USB enseguida, en el tercer cajón. Lorena lo conectó a su portátil y mientras esperaba que cargara yo me quedé de pie a su lado, mirando la pantalla, aunque la pantalla no me interesaba nada. Me interesaba el escote que se le marcaba cada vez que se inclinaba hacia delante.
No sé en qué momento dejé de disimular. En algún punto entre el segundo minuto y el tercero llevé una mano hacia su hombro, muy despacio, como si fuera a preguntarle algo sobre el archivo.
—Lorena —dije.
Ella no se movió. No se apartó. Se quedó quieta con las manos sobre el teclado y esperó.
Eso fue suficiente.
Le bajé el tirante con dos dedos y ella se giró hacia mí con una expresión que no era sorpresa. Era otra cosa. Era la misma clase de calor que yo llevaba días cargando.
—¿La señora no está enfadada conmigo? —preguntó en voz baja.
—No me llames señora —le dije—. Me llamo Nadia. Y no, no estoy enfadada en absoluto.
Le desabroché la blusa despacio, botón por botón, sin apartar la vista de ella. Cuando la abrí, sus pechos quedaron al descubierto, y yo me tomé un momento para mirarlos porque era lo que quería hacer. Luego llevé las dos manos hacia ellos y los cogí con cuidado.
—Tienes unos pechos increíbles —le dije—. No me extraña que a Marcos le cuesten tanto dejarte en paz.
Ella soltó una carcajada suave.
—Nadia, no me esperaba esto de ti.
—Yo tampoco —admití.
Incliné la cabeza y le pasé la lengua por el pezón izquierdo. Ella cerró los ojos y echó el cuello hacia atrás. Seguí haciéndolo despacio, mientras le acariciaba el otro pecho con la mano, y al cabo de un momento ella puso una mano en mi nuca para acercarme más.
—Dios —murmuró—. Lo haces mucho mejor que él.
Eso me gustó escucharlo. Seguí un buen rato así, pasando de uno a otro, disfrutando de sus gemidos, del peso de sus pechos en mis manos. Cuando levanté la cabeza tenía los labios algo húmedos y ella me miraba con una expresión entre asombrada y hambrienta.
—Ahora me toca a mí —dijo.
Me desabrochó la blusa con más habilidad de la que yo había tenido con la suya, me abrió el cierre del sujetador por detrás con una sola mano y me lo quitó. Se quedó mirando mis pechos un segundo, con esa atención que no suele tener nadie.
—Son preciosos —dijo—. Marcos es idiota.
Y sin esperar respuesta me los empezó a chupar. Lo hacía de otra manera a como Marcos lo hacía: con más calma, con más presencia, como si tuviera tiempo de sobra y ninguna prisa por llegar a ningún lado. Cada vez que cambiaba de pecho lo hacía con una lentitud deliberada que me desesperaba de la mejor manera posible.
Me tuve que apoyar en la mesa.
***
Cuando nos quedamos solo con la ropa interior, fue ella quien propuso ir a la habitación. Yo la llevé por el pasillo con las manos en su cintura, sintiendo cómo se movía al caminar.
—¿Así que aquí es donde duermes con mi jefe? —preguntó al entrar, mirando la cama con una sonrisa.
—Duermo —le dije—. Lo de dormir se da más que lo otro.
Nos reímos las dos. Fue un momento extraño y agradable, ese segundo de humanidad antes de volver a lo que estábamos haciendo.
La tumbé sobre la cama y le bajé la falda. Debajo llevaba una tanga de encaje negro muy pequeño. Me arrodillé a los pies de la cama y le fui bajando también eso, despacio, mirándola mientras lo hacía. Ella no tenía ninguna vergüenza. Se dejó mirar con tranquilidad, como alguien que sabe bien lo que tiene.
Empecé por los muslos. Le pasé la boca por el interior del muslo izquierdo, luego el derecho, sin llegar adonde ella claramente quería que llegara. La oí resoplar con impaciencia.
—Nadia.
—¿Qué?
—Ya sabes qué.
Me reí y le hice caso. Llevé la boca hasta su sexo y le pasé la lengua despacio, de abajo hacia arriba, antes de separarla con los dedos y buscar el ritmo que hacía que se le cortara la respiración. No tardé en dar con él. Ella gemía con la cabeza echada hacia un lado y los dedos enredados en las sábanas.
—Así —decía—. Así, no pares.
Seguí hasta que noté que se tensaba toda, que sus caderas empujaban hacia mí, y la oí hacer ese sonido que no se puede fingir. Se corrió con fuerza, con los muslos apretados alrededor de mi cabeza, y se quedó unos segundos sin decir nada, recuperando el aliento.
Luego me indicó que subiera. Me tumbé a su lado y ella me miró con una expresión que mezclaba gratitud y algo parecido al reto.
—Tu turno —dijo.
Me bajó la tanga con las dos manos y se colocó entre mis piernas. No fue rápida. Empezó por el vientre, le pasó los labios por la cadera, luego por el pliegue del muslo, y yo que me creía paciente descubrí que no lo era nada.
—Lorena —dije.
—¿Qué? —preguntó, imitando exactamente el tono que yo había usado antes.
Nos reímos otra vez. Luego me hizo lo que quería que me hiciera, y lo hizo tan bien que en algún momento dejé de pensar en nada. Solo sentía su lengua, el peso suave de su mano sobre mi cadera, la presión exacta en el lugar exacto. Cuando llegué al orgasmo fue largo y claro, sin ninguna duda, y me dejó con la espalda arqueada y los ojos cerrados.
Descansamos unos minutos hablando poco, con las piernas entrelazadas. Lorena me acariciaba el brazo con la yema de los dedos sin darse cuenta, como por inercia.
—Tengo una pregunta —dijo al final.
—Dime.
—¿Esto ha sido algo puntual o podemos repetirlo?
Lo pensé de verdad antes de contestar. No la miré: miré el techo y dejé que la pregunta ocupara el espacio que merecía.
—Repite la pregunta la próxima vez que Marcos esté de viaje —dije.
Ella sonrió. Lo noté sin verla.
***
Nos duchamos juntas antes de que se fuera. La idea de enjabonarnos fue mía, pero fue ella quien la convirtió en algo más. Bajo el agua caliente, con el vapor llenando el baño, nos tocamos con la calma de quienes ya no tienen nada que demostrar. Le lavé la espalda. Ella me lavó el pelo con esa clase de atención lenta que te deja sin palabras.
Cuando le rocé los pechos con el jabón, los dos cuerpos húmedos y resbaladizos, ella dejó caer la cabeza hacia atrás y yo aproveché para besarle el cuello, primero suave, luego con más ganas. Le rodeé la cintura con los brazos desde atrás y le llevé una mano hacia su sexo, despacio, mientras el agua seguía cayendo sobre las dos.
La masturbé con los dedos hasta que sus caderas perdieron el control y ella apoyó las manos en los azulejos para no caerse. Cuando se corrió lo hizo en silencio, con la respiración entrecortada y los hombros tensos, y después se giró y me besó en la boca por primera vez en toda la tarde. Fue un beso largo y sin prisa.
Cuando salimos, nos secamos en silencio. Se vistió delante de mí sin apresurarse y yo la observé sin disimulo. Antes de irse, con la mano ya en el picaporte, se giró.
—Puedo dejar de verme con Marcos, si quieres —dijo. Lo dijo en serio. No era un gesto vacío.
—No hace falta —contesté—. Los dos sois libres de hacer lo que queráis.
Asintió. Abrió la puerta.
—Hasta la próxima vez, Nadia.
—Hasta la próxima vez.
Cerré la puerta y me quedé apoyada en ella un momento, escuchando sus pasos en la escalera. Pensé en Marcos en su hotel, sin saber nada. Pensé en la culpa que había ido a buscar a su oficina unos días atrás y en cómo había desaparecido por completo sin que yo hiciera nada para que se fuera.
Algunas cosas se resuelven solas. Otras te las resuelven otras personas.