La prima de mi novia y el trío que no fue
Llevamos siete meses conviviendo en el departamento de Vale y ya no me imagino otro modo de vivir. Compartimos baño, heladera, cama y un secreto en la oficina: allí somos compañeras de trabajo, nada más. Lo de afuera, lo nuestro, lo guardamos para cuando se cierran las puertas.
Esa tarde volvimos juntas del trabajo, como siempre. Yo buscaba la llave en el bolso mientras Valeria me deslizaba la palma por las caderas, por fuera del pantalón, sin ningún disimulo. Cada vez que la notaba me perdía entre los bolsillos.
—No puedo concentrarme si seguís haciendo eso —le dije.
—Exactamente el plan —respondió, con la boca ya en mi cuello.
Abrí la puerta de milagro. Antes de que cruzáramos el umbral ella me tomó del brazo, me dio vuelta con suavidad y me apoyó contra la pared del pasillo. Me besó largo y profundo, el tipo de beso que no deja lugar a pensamientos distintos. Le enredé los dedos en el pelo y la acerqué más, aunque ya no había ningún espacio que cerrar entre nosotras. Sentí su lengua abrirse paso, buscando la mía, y respondí mordiéndole el labio inferior hasta que soltó un gemido corto contra mi boca.
Me desabrochó la blusa sin apuro, botón por botón. Cuando el corpiño quedó a la vista, lo bajó de un tirón por debajo de las tetas, dejándomelas al aire en pleno pasillo. Se agachó y me chupó un pezón directo, sin preámbulo, y me lo mordió despacio hasta que se me puso duro entre sus dientes. Después el otro, con la lengua girando en círculos, con la mano libre apretándome la teta que le quedaba libre. Me mordió el cuello en el punto exacto que me vacía la cabeza. Yo bajé las manos por su espalda, le metí una debajo de la falda y le agarré el culo por encima de la bombacha, tirándola contra mí. Ella soltó un sonido suave, casi privado, que me llegó directo al coño.
—Adentro —dije.
—Todavía no —respondió.
Bajó la cabeza hacia mi pecho de nuevo, besándome el escote, los costados, las zonas donde la piel es más sensible. Bajó más despacio todavía, arrodillándose en el pasillo sin ningún pudor. Me bajó el jean y la bombacha de una vez, hasta los tobillos, y me miró desde abajo un segundo, sin decir nada, con esa expresión que tiene cuando sabe exactamente lo que va a hacer. Separé las piernas porque era lo único que podía hacer. Vi cómo se acercaba y me abrió los labios del coño con dos dedos, mirándome mojada antes de tocarme siquiera.
—Estás empapada —susurró—. Y ni siquiera empecé.
—Callate y chupame.
Se rió corto y me obedeció. Llevó la boca adonde yo necesitaba, con calma, sin apuro. Empezó lamiéndome de abajo hacia arriba, con toda la lengua plana, recogiendo lo que se me caía por los muslos. Después se concentró en el clítoris, dando vueltas alrededor sin tocarlo del todo, hasta que le tironeé el pelo pidiéndole más. Me lo chupó entero entre los labios, presionándolo con la lengua, y a la vez me metió dos dedos adentro de una sola vez. Grité contra la pared. Sabe qué ritmo usar, dónde presionar más, cuándo detenerse justo antes del límite y cuándo ya no detenerse. Después de siete meses juntas me conoce de memoria.
Me cogió con los dedos ahí, arrodillada en el pasillo, curvándolos hacia adelante hasta encontrar el punto que me hace temblar las piernas. La boca no se detenía, chupando, lamiendo, presionando, mientras los dedos entraban y salían con un sonido húmedo que llenaba todo el pasillo. Sentí que se me venía encima y le agarré la cabeza con las dos manos, moviéndola contra mí sin pudor.
—Así, no pares, así, me corro, me corro…
Llegué deprisa, sin remedio. Fue uno de esos orgasmos que no avisan, que simplemente aparecen y no dejan espacio para nada más. Me apreté contra su cara con las caderas y le mojé la boca y el mentón, temblando contra la pared, mientras ella seguía adentro con los dedos, alargándome el clímax hasta el último espasmo. Cuando por fin sacó la mano, me la mostró brillante y se chupó los dedos uno por uno, mirándome desde abajo.
Me quedé apoyada en la pared del pasillo, con los ojos cerrados todavía, la bombacha en los tobillos y las piernas de goma. Valeria se incorporó, me recorrió la cara con los dedos, todavía con el olor a mí encima, y me besó en la frente. Ese gesto pequeño, más que cualquier otra cosa, siempre me llega. Después me besó en la boca y sentí mi propio sabor en su lengua.
Cuando por fin llegamos al cuarto, con más ropa en el piso del pasillo que encima, fue mi turno. La recosté en la cama y me tomé el tiempo que necesitaba para mirarla bien. Valeria tiene algo en la postura cuando está así, una mezcla de confianza y anticipación que me desorienta siempre. Estaba desnuda de la cintura para arriba, las tetas subiendo y bajando con la respiración, los pezones ya duros de sólo haberme mirado acabar.
Le quité la falda y la bombacha juntas, tirándolas al piso, y le abrí las piernas apoyándole las rodillas hacia afuera. Le seguí cada parte con la boca, sin apurarme en ningún punto. Le chupé las tetas hasta que se arqueó, le mordí el cuello, le pasé la lengua por el ombligo, bajé por el pubis. Se tensó un poco cuando le puse la boca justo arriba del clítoris, ese reflejo involuntario que todavía aparece aunque ya confía en mí completamente.
—Mirame —le dije.
Bajó la cabeza y me clavó los ojos. Entonces le pasé la lengua por todo el coño, de abajo hasta arriba, lento, sin dejar de mirarla. Se le escapó un gemido ahogado. Ya estaba mojada, tanto como yo antes, y el gusto se me subió a la cabeza. Le abrí los labios con los pulgares y me concentré en el clítoris, chupándoselo despacio, dándole tiempo. Le dediqué el tiempo que hacía falta, sin mirar el reloj, sin pensar en otra cosa.
Le metí un dedo, después dos, buscándole por dentro esa zona que la vuelve loca. Tiene una manera de moverse cuando está a punto, una curva que aparece sola en la espalda, un sonido que se corta justo antes de terminar como si no quisiera que escuchara todo lo que siente. Esta vez no la dejé disimular. Le clavé los dedos más profundo, le chupé el clítoris más fuerte, y cuando la sentí temblar me detuve.
—¿Por qué parás? —jadeó, con la voz rota.
—Pedímelo.
—Sofía…
—Pedímelo. En voz alta.
—Hacéme acabar —dijo entre dientes—. Por favor. Ya.
Volví a bajar la boca y no le solté más el clítoris. La chupé sin pausa, con los dedos entrando y saliendo a un ritmo que ya me sabía de memoria, hasta que se agarró de las sábanas con las dos manos y arqueó la espalda entera. Se corrió gimiendo mi nombre, apretándome la cabeza entre los muslos, con las piernas temblándole a los costados de mi cara. Le seguí lamiendo despacio mientras bajaba, hasta que me empujó suave por la frente, demasiado sensible para seguir.
Subí por su cuerpo y me acosté encima. Nos quedamos así, coño contra coño, mi boca todavía mojada de ella, restregándonos apenas, gastando lo que quedaba. Le agarré una pierna, me la subí a la cadera y empujé, y ella empujó de vuelta. Nos movimos juntas, cada una buscando el clítoris de la otra con el hueso de la pelvis, con las tetas apretadas entre los dos cuerpos, respirando en la misma boca.
—Otra vez —le pedí al oído.
—Otra vez —repitió.
Llegamos juntas al final, que es algo que todavía no deja de sorprenderme. Nos corrimos casi calladas, mordiéndonos la boca, con las caderas apretándose una contra la otra hasta el último espasmo.
Nos quedamos boca arriba sin movernos, con la respiración todavía desordenada. Afuera se oía el tráfico de siempre. Adentro, silencio.
Vale me miró con esa sonrisa que tiene cuando está bien de verdad, la que no ensaya para nadie.
—Disfruto tanto contigo —dijo.
—Yo también —respondí. Siempre digo lo mismo. Siempre es verdad.
Hubo un silencio de los buenos, de los que no necesitan llenarse con nada. Después Valeria se movió un poco y cambió el tono, ese cambio sutil que ya reconozco cuando viene algo importante.
—Tengo que contarte algo. No sé bien cómo va a caerte.
Me incorporé apoyándome en un codo para mirarla mejor.
—¿Qué pasó?
—Me llegó un mensaje de mi prima Daniela. Viene unos días a quedarse.
—¿Y eso es lo que no sabías cómo decirme?
—No. —Pausa—. Lo que no sé cómo decirte es lo que propuso en el mismo mensaje. Me preguntó si estaríamos abiertas a hacer un trío mientras esté aquí.
Me quedé callada un momento.
—Ah.
—Yo no le respondí nada —aclaró enseguida—. No me pareció algo que decidir sola. Y si te molesta, le digo que se busque un hotel y que me deje en paz.
—No me molesta —dije, y era verdad—. Al contrario. Me parece bien que me lo cuentes. Entre nosotras no hay secretos.
—¿Pero qué pensás?
Pensé en serio antes de responder. Tríos había tenido, aunque ninguno entre tres mujeres. Sabía lo que solía implicar, lo que podía salir bien y lo que podía complicarse.
—Voy a ser honesta: no me opongo por principio. Depende de cómo lo sintamos las dos. Si vos no querés, no se habla más.
—No sé lo que quiero —admitió—. Por eso no respondí nada.
—Bien. Entonces te ayudo a pensarlo. —Me senté en la cama y la miré de frente—. Imaginá la escena. Las tres estamos acá. Daniela te besa a vos mientras yo miro. ¿Qué sentís?
Valeria arrugó la nariz en un gesto que ya conozco de memoria.
—La mato.
Me reí fuerte, de las que duelen un poco en el estómago.
—Esa era la pregunta fácil. ¿Querés la difícil?
—No, ya sé cómo termina. —Se cruzó de brazos con aire de sentencia—. La difícil es peor todavía.
—Ella y yo, y vos mirando.
—Ni muerta. Voy presa antes.
Me reí de nuevo, esta vez con más ganas. Valeria intentó aguantar y no pudo. Al final se rió también, sin querer.
—Ya sé que sos celosa —le dije—. No es una crítica. Es que lo necesitábamos saber.
—Soy muy celosa —confirmó, con una dignidad absoluta—. Y no pienso pedir disculpas por eso.
La tomé de la mano y la acerqué hacia mí.
—Entonces ya está. Le decís que no hay espacio, que se busque un hotel, y si pregunta por lo del trío, le explicás que no estamos en ese momento.
—¿Y si se ofende?
—Que se ofenda. No le debés nada.
Valeria asintió. Algo en sus hombros se alivió, visible. Me apoyé en su hombro y ella me rodeó con el brazo, ese gesto automático que tiene cuando quiere pero no sabe cómo decirlo con palabras.
—Una pregunta —dijo después de un momento—. Vos que sos más tranquila en estas cosas: ¿no te molestaría que otra me tocase?
—En ese contexto, con acuerdo de las dos, no es traición. Es un pacto. —Levanté la vista hacia ella—. Pero si vos no podés con eso, tampoco me molestaría que no puedas. No hay una respuesta correcta.
—No puedo —admitió—. Y no quiero poder. Sos mía. Eso no lo comparto.
Le di un beso largo, de los que no necesitan palabras después.
—Está bien así —le dije—. Estoy bien así.
***
Al final quedamos con Daniela de todas formas, para tomar algo. Valeria la llamó tres días después, le explicó que lo del trío no iba a pasar sin entrar en detalles, y la prima lo entendió sin drama. Quedaron en verse el sábado siguiente en un bar del centro que a Vale le gusta.
Daniela ya estaba cuando llegamos. Era parecida a Valeria en los rasgos, pero con un acento diferente, de haber vivido varios años fuera. Nos saludamos, pedimos algo para beber y la conversación fue fluyendo desde el principio, sin tensión ni incomodidad.
Nosotras dos nos sentamos juntas, como siempre. Valeria me tomó la mano encima de la mesa sin pensarlo, un gesto automático de los que ya son hábito. Daniela lo vio y sonrió.
—Pensé que era algo casual entre ustedes —dijo—. Pero se ve que no.
—Bastante que no —confirmó Valeria, con esa calma que tiene cuando está segura de algo.
—Se nota mucho. —Daniela nos miró a las dos—. Aunque vos, Valeria, la última vez que coincidimos no ibas por este lado.
—Las cosas cambian —respondió Vale, sin entrar en detalles. Sabía a qué se refería y también sabía que no quería explicarlo.
—¿Y vos, Sofía? —me preguntó Daniela, con curiosidad genuina, sin segunda intención.
—Yo he tenido experiencias de todo tipo —dije—. Nunca una relación seria hasta esta. Siempre las fui postergando.
—Tiene sentido. —Daniela apoyó el vaso en la mesa—. Oye, perdón por lo del mensaje. No quise meter la pata.
—No metiste ninguna —le dije—. Fuiste directa. Eso se agradece siempre.
—Igual no lo vuelvo a intentar —dijo, con una sonrisa—. Ya vi cómo se miran.
Valeria no dijo nada, pero apretó mi mano un poco más fuerte.
Daniela nos observó un momento más, con algo en la cara que parecía admiración genuina, y luego cambió de tema. Hablamos de la ciudad, de trabajo, de los planes que tenía para el resto de la semana. Al final se fue primero, que tenía cena con otros conocidos. Nos dimos un abrazo rápido en la puerta del bar y cada una siguió su camino.
***
En el camino de vuelta, Valeria caminaba a mi lado con las manos en los bolsillos y algo en la cara que no terminaba de contener.
—¿Qué te divierte tanto? —le pregunté.
—Nada. —Pausa—. Es que estoy de novia con una libertina.
Le pegué en el brazo.
—Daniela dijo que soy directa. Eso es diferente.
—Claro. Una libertina directa.
Me detuve en la vereda y la miré. Ella se rió y abrió los brazos. Me acerqué y nos quedamos así un momento, en el medio de la calle, con la gente pasando y ninguna de las dos moviéndose ni un centímetro.
—Libertina o no, sos mía —dijo con la boca en mi pelo.
—Lo sé —respondí—. Y me parece perfecto.
Cuando llegamos al departamento, Valeria cerró la puerta con llave y se quedó mirándome desde el pasillo, apoyada contra la madera con los brazos cruzados.
—Tengo un pendiente con vos —dijo.
—¿Cuál?
—Te lo prometí la semana pasada. Lo estuve postergando.
Tardé un segundo en entender a qué se refería. Cuando lo entendí, sentí calor en la cara.
—No lo olvidaste —dije—. Lo postergás porque te cuesta pedirlo en voz alta.
Valeria bajó la vista un momento. Asintió.
—Sí —admitió—. Me cuesta mucho.
Me acerqué hasta quedar a un paso de ella, con las manos en sus caderas.
—Entonces pedímelo. En voz alta.
Ella levantó los ojos. Había algo en su cara que no era exactamente vergüenza, sino algo más parecido a la anticipación, a estar a punto de decir algo que querés hace rato y no te animás.
—Quiero que me cojas con el arnés —soltó, en voz baja pero clara—. Quiero que me la metas fuerte, hasta el fondo, y no pares hasta que te lo pida yo.
La tomé de la muñeca y la llevé hacia el cuarto sin decir nada más.
Le arranqué la ropa de a tirones, sin cuidarme por los botones. Ella hizo lo mismo con la mía. Cuando estuvimos las dos desnudas, la empujé contra la cama boca abajo y le abrí las piernas con la rodilla. Saqué el arnés del cajón, me lo ajusté a las caderas sin quitarle los ojos de encima, y me acomodé la polla de goma en su lugar. Valeria miró por encima del hombro y se mordió el labio.
—Date vuelta —le dije—. Quiero verte la cara.
Se dio vuelta, con las piernas abiertas, apoyando los pies planos en el colchón. Le pasé la punta por el coño, arriba y abajo, sin meterla todavía, mojándola con lo suyo. Ella empujó las caderas contra mí, buscándome.
—No me hagas rogar —jadeó.
—Ya rogaste bastante en el pasillo.
Se la metí de una, hasta el fondo, y ella soltó un grito que le nació de la garganta. Me quedé quieta un momento adentro, sintiéndola apretarme alrededor, viéndole la cara transformada. Después empecé a moverme, primero lento, después más rápido, con las manos apoyadas a los costados de su cabeza. Ella me clavó las uñas en la espalda y me pidió más con la cadera, subiendo a mi ritmo, mordiéndose los labios para no gritar demasiado.
—Más fuerte —dijo—. Cógeme más fuerte.
Le agarré las dos piernas y se las abrí más todavía, apoyándomelas en los hombros. La embestí hasta que la cama empezó a golpear contra la pared. Ella se agarró de la sábana con los puños cerrados, con la boca abierta, con los ojos entrecerrados mirándome. Le chupé un pezón sin dejar de moverme y ella se arqueó entera.
—Así, así, no pares…
La di vuelta sin sacársela, la puse en cuatro, y le agarré una teta con una mano y la cadera con la otra. Se la volví a meter desde atrás, hasta el fondo, y ella empujó el culo contra mí pidiendo más. Le tiré del pelo suave, juntándoselo en una cola, y ella gimió más fuerte todavía. Me incliné sobre su espalda y le mordí el hombro, sin dejar de cogerla.
—¿Así lo querías? —le pregunté al oído.
—Sí. Sí. No pares.
Metí una mano por delante y le busqué el clítoris con dos dedos, frotándoselo al mismo ritmo de las embestidas. Sentí que se le acortaba la respiración, que se tensaba entera, que apretaba la polla adentro suyo como si no quisiera dejarla salir.
—Me corro —jadeó—. Me corro, Sofía…
—Correte.
Se corrió gritando contra la almohada, temblando en cuatro patas debajo mío, con las piernas fallándole. Yo no paré. Seguí moviéndome despacio, más suave, alargándole el orgasmo mientras la sentía deshacerse. Cuando por fin cayó boca abajo, respirando entrecortado, me quedé un momento arriba de ella, todavía adentro, besándole la nuca y los hombros.
Después salí despacio y me acosté a su lado. Ella se dio vuelta y se apretó contra mí sin decir nada. Le pasé la mano por el pelo.
A veces las palabras sobran.