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Relatos Ardientes

Lo que las amigas de mis hijas me enseñaron

La tarde que Daniela se quedó a dormir en casa comenzó con una llamada de su madre preguntándome si podía alojarla esa noche. Consulté con Laura, mi hija mayor, que dijo que sí sin pensarlo dos veces. Y así fue como a las siete de la tarde apareció Daniela en la puerta con su bolsa de fin de semana y una sonrisa completamente neutral, como si entre nosotras no hubiera pasado absolutamente nada.

Me dio un beso en la mejilla. Solo eso. Un beso ligero, de los que se dan sin pensar.

Me molestó más de lo que esperaba.

Le indiqué que podía cambiarse en el cuarto de Laura y fui a la cocina a terminar con la cena. Cenamos las tres juntas, con la conversación normal de siempre, y a las diez Laura se encerró en su habitación. Cuando la casa quedó en silencio, le propuse a Daniela ver una película juntas en el salón. Ella aceptó, se acomodó a mi lado en el sofá con el pijama puesto, y durante los primeros veinte minutos no ocurrió nada.

Después apoyó la cabeza contra mi costado. Y unos minutos más tarde, sin decir nada, llevó su mano hasta mis pechos y empezó a acariciarlos.

La aparté con suavidad.

—Creo que antes deberíamos hablar, ¿no te parece?

Ella se incorporó de golpe, creyendo que la estaba rechazando. Me miró con los ojos muy abiertos y una expresión que era mitad sorpresa, mitad preocupación.

—¿Estás molesta por lo de la vez anterior?

—Para nada —le respondí—. Lo que pasa es que esta vez quiero que lo hagamos bien, sin prisas.

Llevé mi mano hasta su muslo y empecé a acariciárselo despacio. Ella tardó apenas un segundo en entender. Se acercó a mí y juntó sus labios con los míos. Fue un beso largo e intenso, y en cuanto noté su lengua volví a sentir lo mismo que la primera vez que me había besado: esa mezcla de sorpresa y certeza, de «esto es nuevo» y «esto es exactamente lo que quería».

—Quítate el vestido —me pidió en voz baja—. Tengo ganas de verte.

Me lo quité. No llevaba sujetador esa tarde, y cuando mis pechos quedaron al aire Daniela inclinó la cabeza y llevó su boca a uno de ellos. Sabía exactamente qué hacer: la presión justa, el ritmo adecuado, la alternancia entre uno y otro que me hacía imposible quedarme quieta. La dejé hacer un buen rato con los ojos cerrados.

Después la hice levantarse y le quité la parte de arriba del pijama. Sus pechos quedaron libres para mí, pequeños y preciosos, y me tomé el tiempo de disfrutarlos como ella había disfrutado los míos. Luego la besé de nuevo con las dos en pie, sus manos sobre mis pechos y las mías recorriendo sus muslos bajo la tela del pantalón del pijama.

—Quiero hacerte lo que te hice la otra vez —me dijo contra mi cuello.

Me hizo tumbarme en el sofá. Abrí bien las piernas y la dejé acercarse. Lo que vino después fue lento y deliberado, y no pude evitar mirarla mientras lo hacía: esa cabeza inclinada sobre mí, ese ritmo que sabía exactamente cuándo acelerar y cuándo detenerse. Cuando me corrí, lo hice en silencio, mordiéndome el labio inferior para no hacer ruido.

Nos pusimos en posición invertida. Ella encima de mí, su boca sobre mi sexo y el mío sobre el suyo. Así estuvimos un rato largo, sin prisa, hasta que las dos terminamos. En algún momento de ese intercambio me di cuenta de algo que no había pensado antes: que por muchas veces que repitiera esto con otras mujeres, Daniela siempre iba a ser especial. Fue ella quien me abrió esa puerta.

Cuando terminamos nos quedamos tumbadas un momento, recuperando el aliento. Entonces ella me dijo, casi susurrando:

—Si te llama la atención alguna amiga de tus hijas, no te quedes con las ganas.

Unos minutos después oímos la voz de Laura llamándonos desde arriba. Nos vestimos en silencio, rápido, y cuando mi hija bajó nos encontró sentadas en el sofá conversando como si tal cosa.

***

Pocos días después Natalia se quedó a dormir en casa. Era amiga de Sonia, la menor de mis hijas, tendría veintipocos años, y desde que llegó noté que me lanzaba miradas que no eran del todo casuales. No era deseo claro todavía, sino algo más confuso: una mezcla de curiosidad y vergüenza que yo ya sabía reconocer.

Sonia tuvo que salir a media tarde por algo del trabajo. Nos quedamos Natalia y yo solas en casa.

Le propuse ver algo en el cuarto de Sonia y le avisé de que iba a cambiarme. Me puse una bata ligera, sin nada debajo, y la dejé entreabierta lo justo para que el mensaje fuera claro sin resultar agresivo. Si iba a pasar algo, quería que ella también lo eligiera.

Cuando entré al cuarto, Natalia me miró de arriba abajo y desvió los ojos enseguida. Pero el brillo que había en ellos durante ese segundo fue suficiente para confirmar lo que pensaba.

—Las dos somos adultas —le dije, sentándome a su lado en la cama—. Estando solas no hay nada malo en estar cómodas.

Abrí la bata lo suficiente para que mis pechos quedaran al aire. Ella se quedó inmóvil.

—Ahora tú —añadí.

Dudó. Le bajé los tirantes del vestido con una lentitud que le daba tiempo de sobra para negarse. No se negó. Sus pechos quedaron libres, pequeños y firmes, y antes de que pudiera pensar demasiado la acerqué a mí dejando que los nuestros se rozaran.

—Tócalos —le pedí—. Sin miedo.

Le puse las manos sobre los míos. Al principio las tenía tensas, como si no supiera bien qué hacer. Fui guiándola, y poco a poco la tensión fue desapareciendo. Cuando le pedí que los chupara, tuve que llevar su cabeza hacia mí, pero en cuanto abrió la boca y empezó, algo en ella cambió. La timidez se transformó en otra cosa.

Le chupé los suyos también. Después la senté sobre la cama, me puse detrás y la rodeé con un brazo. Le tapé la boca con una mano, con suavidad, y con la otra empecé a acariciarla entre las piernas. Sentí cómo se tensaba, cómo intentaba controlarse. Cuando le quité la mano de la boca, los gemidos salieron sin que ella pudiera evitarlo.

Fue ella quien se giró y me besó. Un beso largo, torpe al principio, cada vez más decidido.

—No pensaba que con una mujer pudiera ser así —me dijo cuando nos separamos—. Enséñame.

La tumbé en la cama con las piernas abiertas. Me coloqué entre ellas y empecé a lamerla despacio, prestando atención a lo que le gustaba. Sus gemidos se hicieron más intensos, sin inhibición. Cuando la noté cerca, la hice girar, la puse a cuatro patas, e introduje los dedos dentro de ella mientras acercaba mi boca a la zona más sensible de sus nalgas.

—Nadie me había hecho esto —jadeó.

Seguí hasta que se corrió, dejándose ir completamente.

Después quiso devolvérmelo. Era torpe todavía, sí, pero lo que le faltaba en técnica lo compensaba con ganas. Me usó los dedos y la lengua, aprendiendo sobre la marcha qué me hacía reaccionar, y cuando terminé las dos nos quedamos tumbadas en la cama de Sonia mirando el techo sin decir nada.

***

Unos días más tarde sonó el timbre mientras estaba sola en casa.

Abrí la puerta y me encontré con Valentina. Era amiga de Daniela, y también conocida de mis hijas, aunque nunca habíamos hablado mucho. Esa tarde llevaba una falda ajustada de color burdeos y una blusa de escote pronunciado. Entró sin esperar a que la invitara, con la naturalidad de quien ya sabe que es bienvenida.

—Daniela me contó lo de ustedes —dijo, directa, en cuanto cerré la puerta.

Me tensé de inmediato.

—Tranquila, Clara —añadió sonriendo—. Tu secreto está a salvo conmigo. Además, Daniela y yo compartimos los nuestros propios. Lo que me contó es que siempre había querido conocerte mejor.

Mientras lo decía llevó una mano hacia mis pechos y los acarició con una familiaridad que no pedía permiso. No era arrogancia, era certeza.

Algo en mí se disparó. Me puse detrás de ella, le rodeé la cintura con los brazos y posé mis manos sobre sus pechos. Ella empezó a gemir con una soltura que me dijo todo lo que necesitaba saber.

—¿Nos vamos arriba? —sugirió.

Subimos. Apenas entramos al dormitorio me empujó sobre la cama, nos besamos, y antes de que me diera cuenta me había quitado la blusa. Mis pechos al aire otra vez. Valentina los miró un instante con algo parecido al hambre antes de bajar la cabeza.

—Son exactamente como los imaginaba —murmuró.

Sabía lo que hacía. No había dudas al respecto. Sabía dónde poner la lengua, cuánta presión usar, cuándo detenerse para que la anticipación se acumulara y cuándo continuar. No era la primera vez que lo hacía, y se notaba en cada movimiento. La dejé un rato largo antes de tomar el control yo.

Le quité la blusa, luego la falda, y la dejé con solo el tanga. Me puse detrás de ella y empecé a lamerle las nalgas mientras le bajaba lo que quedaba. Ella gemía sin contenerse, con una libertad que me gustó.

No sé exactamente cómo terminé tumbada boca arriba con las piernas abiertas y Valentina posicionada entre ellas, mirándome desde abajo con una sonrisa lenta antes de acercarse.

Lo hizo despacio, muy despacio, como si se tomara el tiempo de aprender qué me gustaba antes de usarlo completamente en mi contra. Funcionó. Me llevó al orgasmo con una lentitud tan calculada que cuando llegué no me quedó nada de control.

Cuando recuperé el aliento le pedí que se mantuviera en posición. Me puse de rodillas detrás de ella, la humedecí con los dedos y después con la lengua. Sus gemidos fueron subiendo de intensidad hasta que se corrió, dejándose ir del todo.

Descansamos apenas un minuto. Entonces Valentina me empujó suavemente sobre el colchón de nuevo.

—Ahora déjame a mí —dijo.

Se tumbó sobre mí. Empezó por los pechos, los besó y lamió despacio, fue bajando por el vientre tomándose su tiempo, y cuando llegó adonde quería llegar su lengua parecía saber exactamente el mapa de lo que me hacía bien. No pude aguantar mucho. Me corrí por segunda vez, con más fuerza que la primera.

Cuando nos vestimos, Valentina me besó en la mejilla antes de irse.

—Gracias, Clara —dijo—. En serio.

Cerré la puerta y me quedé apoyada en ella un momento, escuchando sus pasos alejarse por la escalera.

Tendría que agradecérselo a Daniela.

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Comentarios (5)

Anahi77

Hermoso relato, me quede pensando un buen rato despues de leerlo. Tiene algo que te atrapa desde la primera linea.

SofiaMiranda_ok

Por favor continuacion!!! quiero saber que paso con las demas amigas jaja

Valentina_N

Muy bien escrito, se siente autentico. Sigue asi!!!

CarlosRioNegro

jaja la parte de Daniela... tremenda esa mujer

Naty_conf

Me encanto, me recordo a experiencias propias que prefiero no contar jajaja. 10/10

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