El masaje de mi amiga terminó donde no debía
La mañana arrancó como todas: a los gritos.
—¡Martina! ¡Martina, levantate que llegamos tarde! —Romina golpeó la puerta del cuarto de su hija con los nudillos mientras equilibraba una taza de café en la otra mano.
Nada. Ni un ruido. Abrió la puerta y la encontró hundida entre las sábanas, con el celular todavía encendido sobre la almohada.
—Cinco minutos más, má... —murmuró la nena sin abrir los ojos.
—Cinco minutos nada. Ya tendríamos que estar en el auto. —Romina le arrancó las sábanas de un tirón—. Para hablar con tu padre a las dos de la mañana no tenés sueño, ¿no?
—Es que él está en Dubái, hay diferencia horaria —protestó Martina, arrastrándose fuera de la cama.
—La próxima que te lleve con él a Dubái. Ahora movete.
El camino al colegio fue un desastre. Romina frenó en seco en un semáforo cuando un tipo en moto se le cruzó sin mirar. El café se derramó sobre su falda. Martina, sin levantar la vista del teléfono, murmuró algo sobre que papá tenía razón en que era demasiado intensa.
Romina apretó el volante hasta que los nudillos se le pusieron blancos. No contestó.
Respirá. No le contestes. Tiene once años.
***
La oficina no mejoró las cosas. Llegó quince minutos tarde y su jefa ya la esperaba de brazos cruzados junto a su escritorio, con esa sonrisa que no era una sonrisa.
—Los informes del trimestre, Romina. Sobre mi escritorio antes de las doce. Sin excusas.
Romina asintió y se dejó caer en la silla. Tenía la falda manchada de café, el pelo a medio secar y una pila de carpetas que parecía haberse reproducido durante la noche.
A media mañana, Federico del área de ventas se acercó con esa confianza que solo tienen los hombres que nunca recibieron un no convincente.
—Qué cara, Romi. Si necesitás desestresarte, yo conozco un buen lugar después del horario —le dijo, apoyando una mano en el respaldo de su silla, demasiado cerca de su hombro.
—Necesito que te vayas de mi escritorio, Federico. Eso necesito.
Él levantó las manos con gesto exagerado y se fue riendo. Romina sintió la mandíbula apretada y un dolor sordo que le subía por la nuca hasta las sienes.
El teléfono vibró sobre el escritorio. Era Daniela.
«¡Hola, hermosa! ¿Cómo va ese lunes?», decía el mensaje, acompañado de una foto de ella en el jardín de su casa, con un jugo de naranja y unos lentes de sol enormes.
Daniela era cinco años menor que Romina. Se habían conocido en un curso de yoga hacía tres años y desde entonces habían construido una de esas amistades que funcionan justamente porque son diferentes en todo. Daniela trabajaba como masajista independiente, tenía la casa siempre ordenada, ningún ex que le arruinara la semana y una capacidad irritante para estar en paz con el mundo.
«Horrible», respondió Romina. «Manchada de café, mi jefa insoportable y Martina me dijo que soy intensa.»
«¿Y recién te enterás? Vení a casa cuando salgas. Te hago un masaje y te dejo como nueva.»
«Dejate de joder, como si con un masaje se me arreglara la vida.»
«No, pero te vas a sentir mejor. Dale, vení, así te distraés un rato.»
«¿Y Martina?»
«Que se quede a dormir en lo de alguna amiguita. Hoy es tu tarde.»
Romina lo pensó tres segundos. Llamó a la madre de la mejor amiga de Martina, le inventó una excusa sobre un turno médico y cerró el trato. A las seis de la tarde, después de sobrevivir al informe, a Federico y a dos cafés más, subió al auto y manejó hasta la casa de Daniela.
***
Daniela vivía sola desde los veinticinco en una casa luminosa con un jardín trasero amplio, una piscina pequeña y demasiadas plantas. Cuando abrió la puerta, llevaba un bikini negro y una camisa de lino abierta que no se molestaba en abotonar. El triángulo de la bombacha apenas le cubría el coño y los pezones se le marcaban duros contra la tela.
—Pasá, pasá. Preparé limonada con jengibre —dijo, dándole un beso en la mejilla y un abrazo largo.
Romina se dejó abrazar más tiempo del necesario. Olía a aceite de coco y a algo cítrico que no supo identificar. Sintió las tetas de Daniela apretarse contra las suyas a través de la blusa y un calor sordo le subió desde el vientre.
—Cada día más linda vos —dijo Romina, mirándola de arriba abajo con esa franqueza que solo se permiten las amigas cercanas, deteniéndose un segundo de más en las caderas anchas, en el culo redondo, en los muslos morenos.
—Y vos cada día más tensa. Vamos afuera, armé la camilla junto a la pileta.
—¿Afuera? Dani, los vecinos...
—Los vecinos no están. Dejá de preocuparte por todo y vení.
El jardín trasero estaba cercado por una medianera alta cubierta de enredaderas. Junto a la piscina, Daniela había montado una camilla profesional con sábanas blancas y un par de velas gruesas que ya empezaban a arder en la brisa de la tarde. Sobre una mesita había frascos de aceite, toallas enrolladas y un parlante chico del que salía algo instrumental y suave.
—Andá al baño, sacate todo y ponete la bata que dejé colgada. Te espero acá.
Romina obedeció. Se miró al espejo del baño de Daniela: ojeras, pelo recogido en un rodete desprolijo, marcas rojas del corpiño en los hombros. Treinta y siete años y parezco de cincuenta, pensó. Se sacó la ropa, se quedó un segundo en bolas frente al espejo, se tocó las tetas con las dos manos como para acordarse de que todavía estaban ahí, todavía firmes, todavía con ganas de que alguien se las agarrara. Se envolvió en la bata blanca y salió descalza al jardín.
La temperatura era perfecta. Ese punto del atardecer en que el calor afloja pero el aire todavía es tibio. Daniela le señaló la camilla.
—Boca abajo. Sacate la bata y acostate tranquila.
Romina se quitó la bata con un movimiento rápido, evitando pensar demasiado. Se acostó boca abajo, sintiendo la sábana fresca contra los pechos y el vientre. Daniela le colocó una toalla sobre el culo y le apartó el pelo del cuello.
—Ahora respirá hondo y olvidate de todo.
El primer contacto la hizo suspirar. Las manos de Daniela, untadas en un aceite tibio que olía a sándalo, presionaron firme desde la base del cuello hacia los hombros. Era una presión intensa, casi al borde del dolor, que fue aflojando a medida que los músculos cedían.
Romina cerró los ojos. El mundo se redujo a esas manos moviéndose sobre su espalda: el talón de la palma recorriendo la columna vertebral, los pulgares cavando en los nudos de los omóplatos, los dedos deslizándose por los costados, rozándole la curva exterior de las tetas aplastadas contra la camilla.
—Tenés la espalda hecha un desastre, Romi —murmuró Daniela mientras trabajaba un nudo particularmente duro entre los omóplatos—. Esto es estrés acumulado de meses.
—De años —corrigió Romina con la voz amortiguada contra la camilla.
Las manos bajaron por la zona lumbar, rodearon las caderas y empezaron a recorrer la parte posterior de los muslos. El aceite hacía que cada movimiento fuera fluido, continuo, sin interrupciones. Romina sentía cómo la tensión se iba disolviendo capa por capa.
Cuando llegó a los pies, presionó los pulgares en la planta con movimientos circulares. Romina soltó un sonido que no esperaba: un gemido bajo, casi gutural, que le salió del fondo del cuerpo.
—Perdón —dijo, avergonzada.
—No te disculpes. Para eso estamos.
Las manos volvieron a subir por las piernas, esta vez más despacio. Al llegar a la toalla, Daniela la deslizó hacia abajo con suavidad, dejando el culo al descubierto. El aire de la tarde chocó contra la piel expuesta y Romina sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío.
—¿Qué hacés? —preguntó, pero no se movió.
—Hay que trabajar toda la cadena muscular. Acá se acumula mucha tensión también —respondió Daniela con tono profesional, aunque sus manos ya estaban haciendo algo que no figuraba en ningún manual.
Amasó las nalgas con movimientos amplios y profundos, agarrándole una en cada mano, separándolas apenas, soltándolas. Romina sintió la corriente de aire fresco entre las nalgas abiertas y un latido sordo le empezó entre las piernas. Daniela alternaba entre presión firme y caricias largas que bajaban por la cara interna de los muslos, cada vez más cerca, cada vez más arriba.
Los dedos de Daniela rozaron la cara interna de su muslo, apenas a centímetros de su coño. Fue un toque breve, casi accidental. Pero Romina sintió cómo todo su cuerpo respondía: los pezones se le endurecieron contra la sábana hasta dolerle, la respiración se le cortó un segundo y una humedad espesa empezó a acumulársele entre los labios.
Esto no es un masaje normal. Pero no dijo nada. No quería que parara. Quería justamente lo contrario.
Daniela vertió más aceite. Lo dejó caer en un hilo fino sobre la espalda baja de Romina y lo esparció con las dos manos, bajando sin prisa hasta las nalgas, recorriendo la hendidura con la presión justa. Pasó el dedo medio por el surco, despacio, de arriba abajo, rozándole el agujero del culo apenas, sin detenerse. Romina apretó los puños contra la camilla y soltó un gemido que ya no se molestó en disimular.
Luego se inclinó y dejó un beso lento, húmedo, en la curva de una nalga. Después otro más adentro. Después una mordida suave en la carne tibia. Romina hundió la cara en la camilla y soltó un suspiro largo, tembloroso.
—Date vuelta —dijo Daniela. Ya no había tono profesional. Era una instrucción suave pero firme, con algo ronco en la voz que Romina no le había escuchado antes.
Se giró despacio. Quedó boca arriba, expuesta, con las piernas apretadas por reflejo y los ojos entrecerrados por el sol del atardecer. Intentó cubrirse con la toalla pero Daniela la detuvo con un gesto.
—No hace falta. Estamos solas.
—Sos peligrosa, Dani.
—Solo si vos me dejás serlo —respondió con una media sonrisa, acercándose.
Empezó por la frente, las sienes, los lóbulos de las orejas. Bajó por el cuello, la clavícula. Cuando sus manos llegaron a las tetas de Romina no las esquivó. Las rodeó con las palmas abiertas, las amasó con un movimiento lento y circular, sintiendo cómo los pezones se endurecían bajo su toque. Le pellizcó los pezones con los dedos índice y pulgar, los retorció apenas y Romina dejó escapar el aire entre los dientes con un siseo.
—Mirá cómo te ponen las tetas duras de nada, Romi —murmuró Daniela, inclinándose para tomarse uno en la boca.
Le chupó el pezón con fuerza, lo soltó con un sonido húmedo, lo mordió suave, volvió a chuparlo. Luego pasó al otro, sin soltar el primero, que seguía pellizcando con los dedos. Hacía meses que nadie la tocaba así. Hacía años, si era honesta. Su exmarido había dejado de buscarla mucho antes de irse a vivir su vida con otra. Y los encuentros casuales que vinieron después habían sido rápidos, torpes, insatisfactorios. Tipos que se venían en cinco minutos y se daban vuelta para dormir. Esto era distinto. La boca de Daniela sabía exactamente cuánto succionar, cuándo soltar, cuándo morder para que el placer cruzara la línea hacia algo más oscuro.
Bajaron por el vientre. La lengua de Daniela trazó un camino húmedo desde el esternón hasta el ombligo, donde se demoró un segundo. Romina contuvo la respiración. Los dedos de Daniela trazaron un arco por la cadera, descendieron por la ingle y, finalmente, encontraron su coño. El primer roce fue suave, casi una pregunta. Romina respondió abriendo las piernas apenas unos centímetros.
—Más —pidió Daniela con voz ronca—. Abrilas bien.
Romina obedeció. Separó las rodillas hasta sentir el aire fresco directo contra los labios mojados, contra el clítoris hinchado, contra todo lo que llevaba meses sin que nadie tocara. Daniela se quedó mirando un segundo, mordiéndose el labio.
—Tenés un coño hermoso, Romi. Y estás chorreando.
—Callate y tocame.
No necesitó decirlo dos veces. Los dedos de Daniela, resbaladizos por el aceite y la humedad propia de Romina, encontraron el clítoris y empezaron a moverse en círculos lentos, calculados, con una presión que iba aumentando de a poco. Después bajaron, exploraron la entrada del coño, jugaron con los labios mojados, los separaron.
—Dani... —la voz de Romina se quebró.
—Dejate llevar, Romi. Hoy no tenés que hacer nada. Te voy a coger yo.
Hundió dos dedos de golpe. Romina arqueó la espalda y soltó un grito ahogado. Los dedos entraron hasta el fondo, se quedaron quietos un segundo, sintiendo cómo el coño se le contraía alrededor, y empezaron a moverse. Adentro, afuera. Curvándose en cada embestida para apretar contra ese punto que le hacía ver luces detrás de los párpados.
—Así me gusta, así, sentí cómo te entran —murmuró Daniela, mientras con el pulgar dibujaba círculos sobre el clítoris hinchado al mismo tiempo que los otros dedos la cogían adentro.
Romina clavó los talones en la camilla. Las caderas empezaron a moverse solas contra los dedos de Daniela, buscando más, queriendo más adentro, más fuerte. Daniela aceleró. Tres dedos ahora. El sonido era obsceno: el chapoteo del coño empapado, los gemidos cortos de Romina, la respiración pesada de las dos.
—Decímelo. Decime que te gusta —exigió Daniela, sin dejar de cogerla con los dedos.
—Me gusta, Dani... me encanta... no pares, por favor no pares...
—No paro, mamita, no paro. Te voy a hacer acabar acá mismo.
Todo lo que Romina había cargado esa mañana, esa semana, esos meses, se concentró en un punto incandescente entre sus piernas. El orgasmo no fue silencioso. Fue un grito que se mezcló con algo parecido a un sollozo, como si el placer y el alivio fueran la misma cosa. Romina tembló entera, con los ojos cerrados y las manos aferradas al borde de la camilla. Los dedos de Daniela siguieron adentro, moviéndose más despacio, alargando el espasmo, hasta que Romina le agarró la muñeca porque no podía más.
Quedó respirando agitada, con los párpados húmedos. Daniela retiró los dedos despacio, se los llevó a la boca y los chupó uno por uno, mirándola a los ojos.
—Mmm. Tenés un sabor riquísimo.
Después se inclinó sobre ella y le dio un beso en los labios. Romina sintió su propio sabor en la lengua de Daniela y eso, en vez de darle asco, le encendió algo nuevo. Le devolvió el beso. Lo profundizó. Metió una mano en el pelo de Daniela y la atrajo hacia ella con una urgencia que la sorprendió a sí misma. La lengua de Daniela encontró la suya y se quedaron así, besándose con la desesperación tranquila de dos personas que llevaban tiempo queriendo hacer exactamente eso.
Con los dedos todavía torpes por la adrenalina, Romina desabrochó la parte de arriba del bikini de Daniela y lo dejó caer al suelo. Las tetas de Daniela rebotaron libres, llenas, con los pezones marrones y duros apuntando hacia ella. Romina se incorporó a medias y se las llevó a la boca. Le chupó un pezón con avidez, hambrienta, recorriéndolo con la lengua, succionándolo hasta dejarlo más duro y más rojo, mientras con la mano libre le amasaba la otra teta. Cambió al otro pezón sin soltar el primero. Daniela le sostenía la cabeza con ambas manos, guiándola, soltando suspiros cortos cada vez que Romina succionaba con más fuerza.
—Así, Romi... así, chupámelas —susurró Daniela—. Mordeme.
Romina la mordió. Daniela gimió y le tiró del pelo. Rodaron de la camilla a la alfombra de césped artificial que bordeaba la piscina. El contacto de la superficie rugosa contra la espalda de Romina contrastaba con la suavidad del cuerpo de Daniela encima del suyo. Daniela le tiró de la bombacha hacia abajo —porque en algún momento se había quedado solo con eso—, la pateó al costado y quedó completamente desnuda, montándola, con el coño aceitado apenas a centímetros del vientre de Romina.
Romina la tomó por las caderas, la giró y se acomodó entre sus piernas.
Nunca le había chupado el coño a una mujer. Nunca lo había pensado seriamente. Pero en ese momento, con Daniela abierta de piernas frente a ella y el sol cayendo oblicuo sobre sus cuerpos aceitados, la idea de no hacerlo le pareció absurda. Tenía el coño de Daniela ahí, brillando de humedad, con los labios hinchados y el clítoris asomando duro entre el vello recortado. Olía a sexo y a sándalo. Romina respiró hondo y se hundió.
Empezó con una lamida larga, de abajo hacia arriba, recogiendo toda la humedad acumulada con la lengua plana. Daniela soltó un gemido largo y le clavó los talones en la espalda. Romina repitió el movimiento. Después otro. Y otro. Cada lamida iba más arriba, más adentro, hasta que la punta de la lengua encontró el clítoris.
—Ahí, Romi... ahí, mi amor, no te muevas de ahí.
Romina obedeció. Empezó a chuparle el clítoris despacio, sintiendo cómo se hinchaba todavía más bajo su lengua. Alternó entre pasadas largas con la lengua plana y succiones breves, lo envolvió con los labios, lo dejó descansar un segundo y volvió. Porque era su propio cuerpo el mapa: los mismos puntos, la misma presión, el mismo ritmo que ella necesitaba cuando se tocaba a solas en la oscuridad de su cuarto.
Mientras la chupaba, levantó una mano y le metió dos dedos en el coño. Daniela arqueó la espalda y le agarró la cabeza con las dos manos, apretándole la cara contra su coño.
—Sí, sí, sí... metémelos hasta el fondo, Romi, así, sentí cómo te aprieto.
Romina sintió las paredes del coño de Daniela contraerse alrededor de sus dedos, calientes, mojadas, cerrándose con cada embestida. La cogía con los dedos mientras le devoraba el clítoris con la boca. El sabor era fuerte, salado, profundo. No se parecía a nada que Romina hubiera probado y al mismo tiempo era exactamente lo que su cuerpo quería esa tarde.
—No pares... por favor, no pares —pidió Daniela con la voz rota, agarrándose del borde de la piscina con una mano y enterrando la otra en el pelo de Romina.
Romina no paró. Intensificó el ritmo, sintiendo los muslos de Daniela apretarse contra sus mejillas, escuchando los sonidos húmedos de su lengua y de sus dedos cogiéndola al mismo tiempo. Sumó un tercer dedo. Daniela soltó un grito y empezó a temblar.
—Me vengo, Romi, me vengo, me vengo...
Daniela se vino con un espasmo que le recorrió todo el cuerpo, las caderas chocando contra la cara de Romina, los muslos cerrándose alrededor de su cabeza, un grito agudo que se perdió en el jardín vacío. Romina sintió el coño contraerse rítmicamente alrededor de sus dedos y siguió chupando hasta que Daniela le pidió piedad.
Se quedaron quietas un momento. Romina tenía la cara empapada y se la limpió con el dorso de la mano sin dejar de mirarla. Daniela se rio, una risa floja y satisfecha, y la atrajo hacia arriba para besarla. Se besaron largo, compartiendo el sabor de la otra en los labios.
—Mirá lo que aprendiste a la primera —murmuró Daniela contra su boca.
—Tuve buena maestra.
Daniela la maniobró hasta que quedaron frente a frente, acostadas de lado sobre el césped. Le pasó una pierna por encima y entrelazaron las piernas como una tijera, hasta que sus coños quedaron en contacto directo, mojados, calientes, aceitados, uno contra el otro. El primer roce fue eléctrico. Romina gimió fuerte y Daniela también.
—¿Sentís cómo te queda mi coño contra el tuyo? —murmuró Daniela.
—Lo siento... está empapado.
—Empapado de vos. Movete contra mí.
Empezaron a moverse juntas, encontrando un vaivén que era mitad instinto y mitad desesperación, presionando una contra la otra con una fricción húmeda y constante. Romina podía sentir el clítoris hinchado de Daniela rozando el suyo en cada embestida, los labios de los dos coños deslizándose unos contra otros, mojados de aceite y de jugo, calientes como brasas.
Las caderas se aceleraron. Romina se agarró de la cintura de Daniela para empujarla más fuerte contra ella, para que la fricción fuera más profunda. Daniela hizo lo mismo, clavándole los dedos en el culo, marcándole el ritmo. El sonido era obsceno: el chapoteo de los coños mojados frotándose, los gemidos sin control, la respiración pesada que se mezclaba en cada beso.
—Más rápido —pidió Romina con voz rota—. Más rápido, Dani, me voy a venir de nuevo.
—Venite conmigo. Venite así, contra mi coño.
Se besaban entre jadeos, mordiéndose los labios, soltando gemidos que ya no se preocupaban por disimular. Las caderas chocaban con un ritmo cada vez más desesperado, los coños empapados restregándose con una violencia tierna que las llevaba al límite a las dos a la vez.
El orgasmo de Romina fue más profundo que el primero. La recorrió entera, desde los dedos de los pies hasta la nuca, y la dejó sin aire. Sintió una contracción que le subía desde el coño y le explotaba en el vientre y en el pecho. Gritó contra la boca de Daniela. Daniela la siguió segundos después, clavándole las uñas en el culo mientras todo su cuerpo se tensaba y se soltaba de golpe en una serie de espasmos largos que las hicieron temblar a las dos hasta que no les quedó fuerza.
Se desplomaron sobre el césped, una encima de la otra, respirando el mismo aire caliente. Daniela le dio un beso en la frente, otro en los labios, otro en el cuello. Romina la abrazó fuerte, sintiendo el corazón de la otra latir contra su pecho.
***
Se metieron a la piscina sin hablar. El agua estaba fresca y les arrancó un grito a las dos. Daniela la atrajo contra ella en el agua, le pasó las piernas alrededor de la cintura, le besó el cuello, le mordió el lóbulo de la oreja. Las manos no se quedaban quietas: una le agarraba una teta bajo el agua, la otra le bajaba por la espalda hasta el culo. Romina se rio bajito y se dejó hacer un rato largo más, flotando abrazadas mientras el cielo se ponía naranja sobre las medianeras.
Cuando Romina se vistió para irse, Daniela la acompañó hasta la puerta envuelta en una toalla, con el pelo mojado y esa sonrisa perezosa de quien acaba de tener exactamente lo que quería.
—¿Te vas más tranquila? —preguntó, apoyándose en el marco de la puerta.
Romina la miró. Pensó en la mañana, en los gritos, en el café sobre la falda, en Federico y su jefa y Martina llamándola intensa. Todo eso seguía ahí, esperándola mañana. Pero en ese momento, con el cuerpo blando, el coño todavía latiendo y la piel todavía tibia del sol y de Daniela, nada de eso parecía tan grave.
—Demasiado tranquila —dijo. Y se fue sonriendo por primera vez en meses.

