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Relatos Ardientes

La desconocida del chat nocturno despertó algo en mí

4.6(10)

Voy a ser honesta: no estaba buscando a nadie. Acababa de salir de una relación de más de un año con un chico que, en retrospectiva, nunca me hizo sentir ni la mitad de lo que sentí aquella primera noche hablando con una completa desconocida a través de una pantalla.

Me llamo Renata y tengo veintitrés años. En aquel momento estaba terminando dos carreras técnicas, trabajando medio tiempo en una librería del centro y dedicando las noches a lo único que me mantenía cuerda: un juego de realidad virtual donde podía ser yo misma sin explicaciones. Creaba mi avatar, entraba a salas temáticas, hablaba con gente de todas partes. Nada serio, nada comprometido. Solo necesitaba compañía sin peso.

Esa noche entré a una sala que tenía la decoración habitual de la comunidad. Banderas de colores, luces suaves, música lo-fi de fondo. Había cuatro o cinco personas conversando en un rincón, y una chica sola sentada en un sofá virtual, con un avatar de pelo corto y una chaqueta de cuero que le daba un aire despreocupado.

—Hola —me escribió antes de que yo dijera nada—. Bonito avatar.

—Gracias. El tuyo parece sacado de una película francesa —respondí sin pensarlo.

—Me gusta que hayas dicho francesa y no americana. Eso dice mucho de ti.

Así empezó todo.

***

Se llamaba Camila. O al menos ese era el nombre que me dio esa noche. Tenía mi edad, vivía en otro país y su voz, cuando pasamos del texto al audio, era ronca y pausada, como si cada palabra la eligiera con cuidado antes de soltarla. Hablamos de libros, de series que nadie más veía, de lo absurdo que era sentirse sola en una época donde todo el mundo estaba conectado.

A las dos de la mañana descubrimos que las dos habíamos llorado con la misma película. A las tres, que las dos escribíamos en secreto. A las cuatro, que ninguna de las dos había dormido bien en semanas.

—¿Por qué no duermes? —me preguntó.

—Porque mi cabeza no se calla. ¿Y tú?

—Porque todavía no había encontrado a alguien con quien hablar a esta hora.

Sentí algo en el estómago. No mariposas, sino algo más denso, más caliente. Como cuando abres el horno y el calor te golpea la cara de golpe. Un latido bajo, en el coño, que me hizo cruzar las piernas debajo del escritorio.

Intercambiamos redes sociales. Su foto de perfil era ella de espaldas, frente a un lago, con el pelo castaño cayéndole hasta la cintura. Tenía la piel bronceada, los hombros descubiertos. No se veía su cara, pero algo en esa imagen me hizo tragar saliva.

—¿Esa eres tú? —le pregunté por mensaje.

—¿Decepcionada?

—Todo lo contrario.

***

Las primeras semanas fueron un torbellino. Camila me escribía a todas horas. Buenos días con fotos de su café, comentarios sobre canciones que le recordaban a mí, notas de voz que yo escuchaba con los auriculares puestos debajo de las sábanas, en la oscuridad, sintiendo su voz tan cerca que parecía que estuviera acostada a mi lado.

El problema era que yo no podía parar. Me despertaba y lo primero que hacía era buscar su nombre en la pantalla. En clase no podía concentrarme porque su último mensaje me daba vueltas en la cabeza. En el trabajo cometía errores porque estaba pendiente del teléfono. Dormía tres, cuatro horas como mucho, porque nuestras conversaciones se extendían hasta el amanecer y ninguna de las dos quería ser la primera en decir buenas noches.

Una madrugada, después de dos semanas sin dormir bien, reuní el valor para decírselo.

—Camila, necesito descansar. No es que no quiera hablar contigo, es que me estoy quedando sin energía y estoy fallando en todo lo demás.

Hubo un silencio largo. Luego una nota de voz.

—Lo entiendo. Perdón. Es que nunca me había pasado esto con nadie y no sé cómo manejar lo que siento.

Lo que siento. Esas tres palabras me quitaron el sueño por razones completamente distintas.

***

Camila respetó mi espacio. Dejó de escribirme a las tres de la mañana, dejó de enviarme quince mensajes seguidos. Y curiosamente, esa distancia hizo que yo la extrañara más. Que la buscara yo. Que fuera mi dedo el que iniciaba la conversación cada noche, como si mi cuerpo supiera lo que mi cabeza todavía se negaba a aceptar.

Una noche, mientras hablábamos por videollamada, ella apareció con el pelo mojado y una camiseta blanca que se le pegaba al cuerpo. No llevaba sujetador; se le marcaban los pezones oscuros a través de la tela húmeda, dos círculos duros que me hicieron olvidar cualquier cosa que estuviera por decir. No lo hizo a propósito. O quizá sí. Con Camila nunca estuve segura de dónde terminaba la casualidad y dónde empezaba la intención.

—¿Qué estás leyendo? —me preguntó, recostándose en su cama.

—Un libro de cuentos. Pero no puedo concentrarme.

—¿Por qué?

—Porque me estás mirando así.

Ella sonrió. Esa sonrisa lenta, de medio lado, que me hacía sentir como si alguien me pasara un dedo por la columna vertebral.

—¿Así cómo?

—Como si supieras algo que yo todavía no.

—Quizá lo sé —dijo, y su voz bajó medio tono—. Quizá sé que llevas semanas queriendo preguntarme algo y no te atreves.

Tenía razón. La pregunta estaba ahí, entre nosotras, desde la primera noche. Pero ponerla en palabras la haría real, y lo real da miedo.

—¿Qué somos? —solté, y mi voz sonó más frágil de lo que hubiera querido.

—Somos dos chicas que se gustan y que todavía no saben qué hacer con eso —respondió sin dudar—. Pero yo ya sé lo que quiero hacer.

—¿Y qué es? —susurré, apretando los muslos debajo de la sábana.

—Quiero meterte los dedos en el coño hasta que grites mi nombre —dijo, sin cambiar el tono, como si me estuviera diciendo la hora—. Y quiero comértelo entera hasta que no puedas caminar al día siguiente.

Se me cortó el aire. Sentí que la cara me ardía y que entre las piernas empezaba a mojarme tan rápido que la ropa interior se me pegó al sexo en cuestión de segundos.

***

Lo que siguió fue una escalada lenta y deliberada. Camila no tenía prisa, pero tampoco tenía miedo. Empezó con preguntas. Preguntas que al principio parecían inocentes pero que iban dejando un rastro de calor por donde pasaban.

—¿Alguna vez has estado con una chica?

—No. Pero lo he pensado.

—¿Cuándo lo piensas?

—Por las noches. Últimamente, mucho.

—¿Piensas en alguien en particular?

No respondí. No hacía falta. Mi silencio era la respuesta más honesta que podía dar.

—¿Te tocas pensando en mí, Renata? —insistió, en voz muy baja.

—Sí —admití, y sentí que soltar esa palabra me quemaba la garganta—. Casi todas las noches.

—Cuéntame cómo.

—Me meto la mano bajo la ropa interior y me imagino que es la tuya. Me acaricio el clítoris despacio, con dos dedos, hasta que me corro pensando en tu voz.

La escuché respirar hondo del otro lado. Un silencio pesado, mojado.

—Joder, Renata —dijo, y por primera vez su voz sonó descontrolada—. No sabes las ganas que tengo de estar ahí.

Después de esa conversación, algo cambió. Las videollamadas se hicieron más largas, más íntimas. Camila me hablaba con la luz apagada, solo con la pantalla iluminándole el rostro, y su voz adquiría un tono diferente, más grave, más cercano. Me contaba cosas que nunca le había dicho a nadie. Yo hacía lo mismo. Era como desnudarse por capas, empezando por las que más pesan.

Una noche me mandó una foto. No era del todo explícita, pero lo sugería todo. Estaba acostada de lado, con la camiseta levantada hasta las costillas, mostrando la curva de su cintura, la sombra de su cadera, el nacimiento de un pecho pequeño y redondo. La piel dorada. El borde del elástico de su ropa interior apenas visible, y una mancha oscura de humedad marcando la tela entre sus muslos.

Me quedé mirando esa foto durante diez minutos. Sentí la boca seca. El pulso en los oídos. Un calor concentrado en el vientre que bajaba despacio, como miel caliente. Me metí la mano dentro del pantalón sin pensarlo y me encontré empapada, tan mojada que los dedos se me deslizaron dentro sin resistencia.

—No tienes que enviarme nada de vuelta —me escribió—. Solo quería que supieras cómo me veo cuando pienso en ti. Estoy mojándome la ropa interior escribiéndote esto.

Cuando pienso en ti. Cerré los ojos y dejé que esas palabras me recorrieran entera mientras mis dedos entraban y salían de mi coño al ritmo de su voz imaginaria.

***

No le envié una foto esa noche. Ni la siguiente. No porque no quisiera, sino porque el deseo que sentía era tan nuevo, tan grande, que necesitaba entenderlo antes de actuar. Con mis parejas anteriores todo había sido mecánico, predecible. Un par de embestidas torpes, una corrida rápida de él encima de mí, y a dormir. Esto era diferente. Esto me hacía temblar y mojarme con solo una frase en una pantalla.

Pasaron tres días sin que habláramos. Los más largos de mi vida. Pensé que se había molestado, que había interpretado mi silencio como rechazo. Pero cuando finalmente le escribí, su respuesta fue inmediata.

—Te estaba esperando.

—¿No estás enojada?

—¿Por qué estaría enojada? Necesitabas tiempo. Yo te doy todo el que necesites. Pero quiero que sepas algo: no voy a desaparecer.

Esa noche hicimos una videollamada que duró hasta las cuatro de la mañana. No fue como las otras. Algo se había roto. O tal vez algo se había abierto. Camila estaba acostada en la oscuridad y yo podía ver solo el brillo de sus ojos y el movimiento de sus labios cuando hablaba.

—Cierra los ojos —me pidió.

—¿Para qué?

—Confía en mí. Y quítate la ropa.

Dudé un segundo, pero le hice caso. Me quité la camiseta, los pantalones, la ropa interior. Me acosté desnuda sobre las sábanas con la piel de gallina y la cámara apuntando al techo, respirando fuerte.

—Yo también estoy desnuda —dijo—. Cierra los ojos. Ahora escúchame.

Los cerré. Y entonces empezó a hablar. Despacio. Describiendo con una precisión que me erizaba la piel lo que haría si estuviera ahí, en mi cama, a mi lado.

—Primero te besaría la boca. Fuerte. Te chuparía la lengua hasta dejarte sin aire. Después te bajaría al cuello y te mordería justo debajo de la oreja hasta que gimieras.

Se me escapó un jadeo. Camila lo escuchó y siguió, más lenta.

—Después te chuparía las tetas. Una y otra. Te lamería los pezones hasta ponértelos duros como piedras y te los mordería justo lo suficiente para que se te escapara un grito. ¿Los tienes duros ahora?

—Sí —susurré.

—Tócatelos por mí. Pellízcatelos. Fuerte.

Levanté las manos y me apreté los pezones entre los dedos, retorciéndolos con la fuerza que ella me pedía. Un latigazo caliente me atravesó desde el pecho hasta el clítoris.

—Ahora bajo por tu estómago con la lengua —siguió—. Beso cada centímetro. Te muerdo los huesos de las caderas. Te abro las piernas con las manos, despacio, y me quedo mirando cómo estás de mojada.

—Estoy chorreando, Camila —confesé, y sentí que la vergüenza me abandonaba con cada palabra.

—Enséñame.

Bajé la mano y me pasé dos dedos entre los labios del coño. Los saqué brillantes, empapados, y los levanté frente a la cámara. La escuché gemir bajito del otro lado.

—Chúpatelos —me ordenó—. Quiero verte probarte a ti misma.

Me metí los dedos en la boca. Sabían a sal y a algo dulce, denso. Cerré los labios alrededor de ellos y los chupé como si fueran su lengua.

—Buena chica —susurró—. Ahora bájate y tócate el clítoris. Círculos lentos. Como te tocaría yo si tuviera mi cara enterrada entre tus muslos.

Obedecí. Empecé con la yema del dedo corazón haciendo círculos suaves alrededor de ese punto hinchado, sintiendo cómo latía contra mi mano. La voz de Camila iba marcando el ritmo, subiendo cuando yo debía apretar más, bajando cuando yo estaba a punto de correrme y tenía que aguantar.

—Ahora métete dos dedos en el coño —murmuró—. Despacio. Sin dejar de tocarte el clítoris con la otra mano.

Metí dos dedos y sentí que el cuerpo entero se me arqueaba. Estaba tan mojada que se colaron sin resistencia hasta los nudillos. Empecé a moverlos, entrando y saliendo, mientras la otra mano seguía dibujando círculos sobre el clítoris.

—Así —dijo—. Escúchame. Cuando esté ahí, en tu cama, voy a hacerte exactamente eso pero con mi lengua. Te voy a chupar el clítoris mientras te meto los dedos hasta el fondo. Te voy a comer el coño hasta que me supliques que pare, y cuando me lo supliques no voy a parar. Voy a seguir hasta que te corras dos, tres veces seguidas contra mi boca.

—Camila…

—Métete otro dedo. Tres. Quiero oírte.

Metí el tercero y solté un quejido largo. Estaba tan llena, tan tensa, que sentía cada latido del corazón entre las piernas.

—Ahora fóllate rápido. Piensa que soy yo la que te está partiendo por la mitad. Piensa en mi lengua chupándote el clítoris mientras te penetro con los dedos.

Aceleré. Los dedos entrando y saliendo con un ruido húmedo que llenaba el silencio de la habitación, el clítoris ardiendo bajo la otra mano, la voz de Camila diciéndome cochinadas al oído como si me estuviera lamiendo la oreja.

—Córrete para mí, Renata. Ya. Córrete pensando en mi boca.

Y me corrí. Un orgasmo violento que me sacudió de arriba abajo, que me hizo cerrar las piernas alrededor de mi propia mano y morder la almohada para no despertar a los vecinos. Un grito ahogado, largo, que salió de un lugar que yo no conocía, que no sabía que existía dentro de mí. Sentí los muslos temblarme durante un minuto entero después, con los dedos todavía dentro, empapados hasta la muñeca.

Después hubo silencio. Solo nuestras respiraciones descompasadas, separadas por miles de kilómetros pero más juntas que nunca. La escuché a ella también terminando, un gemido apretado entre los dientes, un jadeo largo y después un suspiro que sonó a rendición.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Estoy mejor que bien —susurré—. Estoy despierta.

***

Lo que pasó esa noche lo cambió todo. Ya no era curiosidad, ya no era amistad con bordes difusos. Era deseo puro, concreto, con nombre y apellido. La quería. Quería sus manos de verdad, no solo su voz. Quería saber a qué sabía su coño, cómo se sentía su lengua contra mi clítoris, qué cara ponía cuando era ella la que perdía el control con la cabeza entre mis piernas.

Empecé a planear el viaje sin decirle nada. Guardé dinero durante tres semanas, pedí días en el trabajo, inventé una excusa para mi familia. Y una tarde, mientras ella me hablaba de un libro que estaba leyendo, le escribí una sola línea.

—¿Cuál es tu dirección?

Hubo una pausa larga. Luego una nota de voz que era solo su risa, nerviosa, incrédula, y al final su voz quebrándose:

—¿Hablas en serio?

—Nunca he hablado más en serio en mi vida.

***

El aeropuerto era pequeño y estaba medio vacío a las once de la noche. Salí con mi maleta arrastrando y el corazón latiéndome en la garganta. La busqué con la mirada entre las pocas personas que esperaban en la salida, y la vi antes de que ella me viera a mí.

Era más alta de lo que imaginaba. Llevaba unos jeans oscuros, una blusa negra sin mangas y el pelo suelto, exactamente como en aquella foto del lago. Cuando me reconoció, se le iluminó la cara con esa sonrisa que yo ya conocía de memoria pero que en persona era mil veces más devastadora.

Caminé hacia ella y no dije nada. No hacía falta. Me abrazó y olía a jazmín y a algo cítrico, y cuando se separó apenas unos centímetros, me miró a los ojos y dijo:

—No puedo creer que estés aquí.

—Yo tampoco —susurré.

Y la besé. Ahí, en medio de la terminal, con la maleta todavía en la mano. La besé como si llevara meses ensayando ese beso en la oscuridad de mi habitación. Sus labios eran suaves y tenían un sabor dulce, como a fruta madura, y cuando su lengua rozó la mía sentí que las rodillas se me doblaban. Me metió la mano en la nuca y me pegó a su cuerpo, y noté sus tetas pequeñas apretándose contra las mías a través de la ropa.

—Vámonos de aquí —murmuró contra mi boca—. Antes de que te folle en el baño del aeropuerto.

***

Su departamento era pequeño, lleno de plantas y libros apilados en el suelo. No encendió la luz. Solo la lámpara de la mesa de noche, que bañaba todo en un tono ámbar que hacía que su piel pareciera de oro.

Nos sentamos en la cama porque no había sofá. Nos miramos con esa mezcla de nervios y hambre que solo se siente cuando algo que has deseado durante meses está finalmente al alcance de tu mano.

—Tengo miedo —admití.

—Yo también —dijo, y me acarició la mejilla con el dorso de la mano—. Pero el miedo bueno. El que significa que lo que viene importa.

Me besó despacio. Con una ternura que no esperaba, que me desarmó más que cualquier urgencia. Pero la ternura duró poco. En cuanto abrí la boca para dejarla entrar, su beso se volvió hambriento, mordido, con la lengua profunda buscando la mía como si llevara meses de hambre acumulada. Sus manos me recorrieron los hombros, los brazos, la cintura, y de ahí bajaron directas al culo, apretándome con fuerza y pegándome a su cadera.

Me quitó la camiseta de un tirón. Después el sujetador, con una destreza que me hizo pensar que ya había hecho aquello muchas veces antes. Me miró las tetas desnudas a la luz de la lámpara y respiró hondo.

—Joder —susurró—. Son perfectas.

Se agachó y me atrapó un pezón con la boca. Lo chupó primero, despacio, después lo mordió, y después me lo tironeó con los dientes hasta que solté un gemido agudo. Con la otra mano me pellizcó el otro pezón, retorciéndolo entre el pulgar y el índice, y yo eché la cabeza hacia atrás sintiendo el latigazo bajarme directo al coño.

—Eres más hermosa de lo que imaginé —susurró contra mi clavícula, pasando de un pecho al otro, dejándome los pezones brillantes de saliva y tan hinchados que me dolían.

Me tumbó de espaldas sobre la cama y me arrancó los pantalones y la ropa interior de un solo movimiento. Se quedó de rodillas mirándome desnuda, con las piernas abiertas frente a ella, y vi cómo se lamía el labio inferior antes de hablar.

—Mírate cómo estás. Estás empapada, Renata. Toda esta humedad es por mí.

—Sí —jadeé—. Toda por ti.

Me abrió las piernas más con las manos, agarrándome por dentro de los muslos, y bajó la cabeza sin previo aviso. Sentí su lengua caliente pasar de abajo hacia arriba en un solo movimiento largo y lento, desde la entrada del coño hasta el clítoris, y grité tan fuerte que ella se rio contra mi sexo.

—Chssst. Vas a despertar al edificio entero.

—Me da igual —dije, agarrándole el pelo con las dos manos—. No pares.

Camila enterró la cara entre mis piernas y empezó a comerme el coño con un hambre que yo nunca había visto en nadie. Chupaba los labios, los mordía suavemente, metía la lengua tan adentro como podía y después subía a girar círculos alrededor del clítoris con la punta. Alternaba lengua y labios, chupando el clítoris como si fuera un caramelo, tirando de él con la boca hasta que yo levantaba las caderas de la cama buscando más.

—No pares —le pedí, y mi voz sonó como la de alguien que llevaba toda la vida esperando decir esas dos palabras.

Metió un dedo primero. Luego dos. Los curvó dentro de mí buscando ese punto que yo nunca había sabido encontrarme sola, y cuando lo tocó supe exactamente dónde estaba porque el cuerpo entero me dio una sacudida. Empezó a bombearme los dedos, entrando y saliendo con un ritmo firme, mientras seguía chupándome el clítoris sin descanso.

—Camila… Camila me voy a correr…

—Córrete en mi boca —dijo con los labios pegados a mi coño, y esa vibración fue lo que me terminó de romper.

Me corrí gritando. Un orgasmo que me arqueó la espalda entera, que me cerró los muslos alrededor de su cabeza, que me hizo empujarle la cara contra mí sin poder controlarme. Camila no se apartó. Siguió chupándome, más suave, con los dedos todavía adentro moviéndose despacio, arrancándome espasmo tras espasmo hasta que le tuve que suplicar que parara porque no aguantaba más.

Cuando levantó la cara tenía el mentón y la boca brillantes de mi humedad. Se lamió los labios sin quitarme los ojos de encima, como si estuviera saboreando un postre.

—Sabes deliciosa —dijo—. Podría comerte durante horas.

Subió despacio por mi cuerpo, besándome el estómago, el esternón, el cuello, y cuando llegó a mi boca me besó con los labios todavía impregnados de mí. Probé mi propio sabor mezclado con su saliva y sentí que se me removía todo por dentro otra vez.

Después la miré y supe que era mi turno. Que quería conocerla como ella me había conocido a mí. La empujé de espaldas y le quité la ropa sin prisa, besándole cada centímetro que iba descubriendo. Su estómago plano, la curva de sus caderas, el lunar que tenía justo debajo del ombligo. Le abrí la blusa botón a botón, le desabroché el sujetador negro y me quedé mirándole las tetas pequeñas y firmes, con los pezones rosados apuntando hacia arriba.

Me agaché y se los chupé, uno primero, después el otro, dedicándoles el tiempo que ella me había dedicado a los míos. La escuché arquearse debajo de mí y morderse el labio.

—No sabía que iba a ser tan buena —murmuró—. Sigue.

Le bajé los jeans y la ropa interior de un tirón. La vi desnuda por primera vez y me quedé un segundo en silencio, memorizándola. El monte cubierto de un vello corto y oscuro, los labios del coño hinchados y brillantes, el olor cálido y almizclado que subía de entre sus muslos.

Le abrí las piernas y bajé la cara. La primera pasada de mi lengua la hice con miedo, con curiosidad, y su sabor me impactó. Salado, denso, íntimo. La segunda pasada la hice con hambre. La tercera ya no me acuerdo, porque a partir de ahí perdí la cabeza.

Le chupé el clítoris como ella me había chupado el mío. Le metí la lengua en la entrada, la moví adentro con círculos, la saqué y volví a subir a chupar. Ella empezó a mover las caderas contra mi cara, marcándome el ritmo con las manos hundidas en mi pelo, y cuando me atreví a meterle dos dedos y encontrar su punto por instinto, la escuché soltar un gemido largo y ronco que era mi nombre.

—Renata… así… no pares… sigue así…

Seguí. Aprendí en tiempo real, leyéndole el cuerpo, ajustando la presión cuando la respiración se le aceleraba, aguantando cuando notaba que se acercaba, empujándola de nuevo cuando había pasado el momento. Sentía sus muslos temblarme contra las orejas, sus manos apretarme más el pelo, sus caderas subir a buscar mi boca.

Cuando se corrió lo hizo con un grito ronco que se le atragantó en la garganta, un espasmo violento que me apretó los dedos por dentro con una fuerza que no esperaba. Le seguí lamiendo despacio hasta que me apartó suavemente porque el clítoris se le había puesto tan sensible que ya no soportaba el roce.

Cuando mi boca llegó de nuevo a la suya y la escuché gemir mi nombre con esa voz ronca que me había enamorado a través de una pantalla, supe que nada en mi vida volvería a ser igual.

No paramos ahí. Nos comimos durante horas, tomándonos turnos, cambiando posiciones, aprendiéndonos con la boca y con los dedos. Ella se sentó a horcajadas sobre mi cara y me obligó a comerle el coño mientras se agarraba al cabecero, moviéndose despacio, follándome la boca hasta correrse otra vez encima de mi lengua. Yo la monté a la inversa, con las tetas contra las suyas, restregándonos los coños uno contra el otro hasta que las dos gemimos al mismo tiempo, empapadas, resbaladizas, apretándonos hasta que ni sabíamos ya de quién era cada humedad.

Perdí la cuenta de las veces que me corrí. Perdí la cuenta de las veces que la hice correrse a ella. En algún momento, cuando ya no podíamos más, nos quedamos abrazadas boca arriba, sudorosas, con las sábanas empapadas y el olor a sexo llenando toda la habitación.

***

Nos quedamos abrazadas hasta que la luz del amanecer entró por la ventana. Su cabeza en mi pecho, mis dedos enredados en su pelo. El silencio más cómodo que había sentido en años.

—¿Sabes qué es lo que más me sorprende? —dije.

—¿Qué?

—Que no me siento diferente. Me siento yo. Más yo que nunca.

Camila levantó la cabeza y me miró con esos ojos oscuros que habían sido solo píxeles durante meses y que ahora estaban ahí, a centímetros de los míos, reales, brillantes, llenos de algo que yo estaba empezando a reconocer.

—Quédate —dijo.

—Tengo el vuelo de vuelta el jueves.

—No digo hoy. Digo quédate. En mi vida. No desaparezcas.

Le besé la frente, los párpados, la punta de la nariz, las comisuras de los labios.

—No voy a desaparecer —le prometí, usando sus propias palabras de aquella noche—. Nunca fui buena para huir de las cosas que me importan.

Ella sonrió y se acomodó de nuevo contra mi cuerpo. Afuera, la ciudad empezaba a despertar. Adentro, yo acababa de descubrir que lo que había confundido toda mi vida con estar completa era solo estar cómoda. Y que la diferencia entre ambas cosas cabía exactamente en la distancia entre su piel y la mía.

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Comentarios(8)

Leti_sur

increible!!! me quede pegada hasta la ultima linea

MartaB88

me paso algo muy parecido hace tiempo y este relato me lo recordo todo. muy bien escrito, gracias por compartirlo

Clara_nocturna

Segunda parte porfavor!! me dejo con ganas de saber que paso despues entre ellas :)

Tatianita97

me engancho desde el primer parrafo. esas noches de chat que te cambian algo por dentro... me entiendo jaja. Muy bueno

Romina_84

Que bien que lo describis. Se siente autentico, sin ser forzado. Sigue asi!!

Marce2k

la voz ronca por chat jajaja tremendo, no se puede. Muy bueno igual!

NatiR86

Una de mis categorias favoritas y este relato no decepciona para nada. Espero el proximo con ansias!

Lectora_K

Buenisimo :)

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