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Relatos Ardientes

La desconocida del chat nocturno despertó algo en mí

Voy a ser honesta: no estaba buscando a nadie. Acababa de salir de una relación de más de un año con un chico que, en retrospectiva, nunca me hizo sentir ni la mitad de lo que sentí aquella primera noche hablando con una completa desconocida a través de una pantalla.

Me llamo Renata y tengo veintitrés años. En aquel momento estaba terminando dos carreras técnicas, trabajando medio tiempo en una librería del centro y dedicando las noches a lo único que me mantenía cuerda: un juego de realidad virtual donde podía ser yo misma sin explicaciones. Creaba mi avatar, entraba a salas temáticas, hablaba con gente de todas partes. Nada serio, nada comprometido. Solo necesitaba compañía sin peso.

Esa noche entré a una sala que tenía la decoración habitual de la comunidad. Banderas de colores, luces suaves, música lo-fi de fondo. Había cuatro o cinco personas conversando en un rincón, y una chica sola sentada en un sofá virtual, con un avatar de pelo corto y una chaqueta de cuero que le daba un aire despreocupado.

—Hola —me escribió antes de que yo dijera nada—. Bonito avatar.

—Gracias. El tuyo parece sacado de una película francesa —respondí sin pensarlo.

—Me gusta que hayas dicho francesa y no americana. Eso dice mucho de ti.

Así empezó todo.

***

Se llamaba Camila. O al menos ese era el nombre que me dio esa noche. Tenía mi edad, vivía en otro país y su voz, cuando pasamos del texto al audio, era ronca y pausada, como si cada palabra la eligiera con cuidado antes de soltarla. Hablamos de libros, de series que nadie más veía, de lo absurdo que era sentirse sola en una época donde todo el mundo estaba conectado.

A las dos de la mañana descubrimos que las dos habíamos llorado con la misma película. A las tres, que las dos escribíamos en secreto. A las cuatro, que ninguna de las dos había dormido bien en semanas.

—¿Por qué no duermes? —me preguntó.

—Porque mi cabeza no se calla. ¿Y tú?

—Porque todavía no había encontrado a alguien con quien hablar a esta hora.

Sentí algo en el estómago. No mariposas, sino algo más denso, más caliente. Como cuando abres el horno y el calor te golpea la cara de golpe.

Intercambiamos redes sociales. Su foto de perfil era ella de espaldas, frente a un lago, con el pelo castaño cayéndole hasta la cintura. Tenía la piel bronceada, los hombros descubiertos. No se veía su cara, pero algo en esa imagen me hizo tragar saliva.

—¿Esa eres tú? —le pregunté por mensaje.

—¿Decepcionada?

—Todo lo contrario.

***

Las primeras semanas fueron un torbellino. Camila me escribía a todas horas. Buenos días con fotos de su café, comentarios sobre canciones que le recordaban a mí, notas de voz que yo escuchaba con los auriculares puestos debajo de las sábanas, en la oscuridad, sintiendo su voz tan cerca que parecía que estuviera acostada a mi lado.

El problema era que yo no podía parar. Me despertaba y lo primero que hacía era buscar su nombre en la pantalla. En clase no podía concentrarme porque su último mensaje me daba vueltas en la cabeza. En el trabajo cometía errores porque estaba pendiente del teléfono. Dormía tres, cuatro horas como mucho, porque nuestras conversaciones se extendían hasta el amanecer y ninguna de las dos quería ser la primera en decir buenas noches.

Una madrugada, después de dos semanas sin dormir bien, reuní el valor para decírselo.

—Camila, necesito descansar. No es que no quiera hablar contigo, es que me estoy quedando sin energía y estoy fallando en todo lo demás.

Hubo un silencio largo. Luego una nota de voz.

—Lo entiendo. Perdón. Es que nunca me había pasado esto con nadie y no sé cómo manejar lo que siento.

Lo que siento. Esas tres palabras me quitaron el sueño por razones completamente distintas.

***

Camila respetó mi espacio. Dejó de escribirme a las tres de la mañana, dejó de enviarme quince mensajes seguidos. Y curiosamente, esa distancia hizo que yo la extrañara más. Que la buscara yo. Que fuera mi dedo el que iniciaba la conversación cada noche, como si mi cuerpo supiera lo que mi cabeza todavía se negaba a aceptar.

Una noche, mientras hablábamos por videollamada, ella apareció con el pelo mojado y una camiseta blanca que se le pegaba al cuerpo. No lo hizo a propósito. O quizá sí. Con Camila nunca estuve segura de dónde terminaba la casualidad y dónde empezaba la intención.

—¿Qué estás leyendo? —me preguntó, recostándose en su cama.

—Un libro de cuentos. Pero no puedo concentrarme.

—¿Por qué?

—Porque me estás mirando así.

Ella sonrió. Esa sonrisa lenta, de medio lado, que me hacía sentir como si alguien me pasara un dedo por la columna vertebral.

—¿Así cómo?

—Como si supieras algo que yo todavía no.

—Quizá lo sé —dijo, y su voz bajó medio tono—. Quizá sé que llevas semanas queriendo preguntarme algo y no te atreves.

Tenía razón. La pregunta estaba ahí, entre nosotras, desde la primera noche. Pero ponerla en palabras la haría real, y lo real da miedo.

—¿Qué somos? —solté, y mi voz sonó más frágil de lo que hubiera querido.

—Somos dos chicas que se gustan y que todavía no saben qué hacer con eso —respondió sin dudar—. Pero yo ya sé lo que quiero hacer.

***

Lo que siguió fue una escalada lenta y deliberada. Camila no tenía prisa, pero tampoco tenía miedo. Empezó con preguntas. Preguntas que al principio parecían inocentes pero que iban dejando un rastro de calor por donde pasaban.

—¿Alguna vez has estado con una chica?

—No. Pero lo he pensado.

—¿Cuándo lo piensas?

—Por las noches. Últimamente, mucho.

—¿Piensas en alguien en particular?

No respondí. No hacía falta. Mi silencio era la respuesta más honesta que podía dar.

Después de esa conversación, algo cambió. Las videollamadas se hicieron más largas, más íntimas. Camila me hablaba con la luz apagada, solo con la pantalla iluminándole el rostro, y su voz adquiría un tono diferente, más grave, más cercano. Me contaba cosas que nunca le había dicho a nadie. Yo hacía lo mismo. Era como desnudarse por capas, empezando por las que más pesan.

Una noche me mandó una foto. No era explícita, pero lo sugería todo. Estaba acostada de lado, con la camiseta levantada hasta las costillas, mostrando la curva de su cintura, la sombra de su cadera. La piel dorada. El borde del elástico de su ropa interior apenas visible.

Me quedé mirando esa foto durante diez minutos. Sentí la boca seca. El pulso en los oídos. Un calor concentrado en el vientre que bajaba despacio, como miel caliente.

—No tienes que enviarme nada de vuelta —me escribió—. Solo quería que supieras cómo me veo cuando pienso en ti.

Cuando pienso en ti. Cerré los ojos y dejé que esas palabras me recorrieran entera.

***

No le envié una foto esa noche. Ni la siguiente. No porque no quisiera, sino porque el deseo que sentía era tan nuevo, tan grande, que necesitaba entenderlo antes de actuar. Con mis parejas anteriores todo había sido mecánico, predecible. Esto era diferente. Esto me hacía temblar con solo una frase en una pantalla.

Pasaron tres días sin que habláramos. Los más largos de mi vida. Pensé que se había molestado, que había interpretado mi silencio como rechazo. Pero cuando finalmente le escribí, su respuesta fue inmediata.

—Te estaba esperando.

—¿No estás enojada?

—¿Por qué estaría enojada? Necesitabas tiempo. Yo te doy todo el que necesites. Pero quiero que sepas algo: no voy a desaparecer.

Esa noche hicimos una videollamada que duró hasta las cuatro de la mañana. No fue como las otras. Algo se había roto. O tal vez algo se había abierto. Camila estaba acostada en la oscuridad y yo podía ver solo el brillo de sus ojos y el movimiento de sus labios cuando hablaba.

—Cierra los ojos —me pidió.

—¿Para qué?

—Confía en mí.

Los cerré. Y entonces empezó a hablar. Despacio. Describiendo con una precisión que me erizaba la piel lo que haría si estuviera ahí, en mi cama, a mi lado. Dónde pondría las manos primero. Cómo me besaría el cuello. Cómo sus dedos bajarían por mi estómago, lentos, trazando círculos sobre mi piel, acercándose sin llegar, retirándose cuando yo más lo necesitara.

Su voz era lo único que existía. No había pantalla, ni distancia, ni la vergüenza que yo creía que sentiría. Solo su voz guiándome como si me conociera de memoria, como si supiera exactamente dónde tocar con cada palabra.

—No abras los ojos —murmuró cuando mi respiración se aceleró—. Quédate conmigo.

Y me quedé. Me quedé con ella en esa oscuridad compartida, con su voz ronca diciéndome al oído cosas que nadie me había dicho jamás, hasta que todo el cuerpo se me tensó como una cuerda y solté un gemido que no pude contener. Un sonido que salió de un lugar que yo no conocía, que no sabía que existía dentro de mí.

Después hubo silencio. Solo nuestras respiraciones descompasadas, separadas por miles de kilómetros pero más juntas que nunca.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Estoy mejor que bien —susurré—. Estoy despierta.

***

Lo que pasó esa noche lo cambió todo. Ya no era curiosidad, ya no era amistad con bordes difusos. Era deseo puro, concreto, con nombre y apellido. La quería. Quería sus manos de verdad, no solo su voz. Quería saber a qué sabía su boca, cómo se sentía su piel contra la mía, qué cara ponía cuando era ella la que perdía el control.

Empecé a planear el viaje sin decirle nada. Guardé dinero durante tres semanas, pedí días en el trabajo, inventé una excusa para mi familia. Y una tarde, mientras ella me hablaba de un libro que estaba leyendo, le escribí una sola línea.

—¿Cuál es tu dirección?

Hubo una pausa larga. Luego una nota de voz que era solo su risa, nerviosa, incrédula, y al final su voz quebrándose:

—¿Hablas en serio?

—Nunca he hablado más en serio en mi vida.

***

El aeropuerto era pequeño y estaba medio vacío a las once de la noche. Salí con mi maleta arrastrando y el corazón latiéndome en la garganta. La busqué con la mirada entre las pocas personas que esperaban en la salida, y la vi antes de que ella me viera a mí.

Era más alta de lo que imaginaba. Llevaba unos jeans oscuros, una blusa negra sin mangas y el pelo suelto, exactamente como en aquella foto del lago. Cuando me reconoció, se le iluminó la cara con esa sonrisa que yo ya conocía de memoria pero que en persona era mil veces más devastadora.

Caminé hacia ella y no dije nada. No hacía falta. Me abrazó y olía a jazmín y a algo cítrico, y cuando se separó apenas unos centímetros, me miró a los ojos y dijo:

—No puedo creer que estés aquí.

—Yo tampoco —susurré.

Y la besé. Ahí, en medio de la terminal, con la maleta todavía en la mano. La besé como si llevara meses ensayando ese beso en la oscuridad de mi habitación. Sus labios eran suaves y tenían un sabor dulce, como a fruta madura, y cuando su lengua rozó la mía sentí que las rodillas se me doblaban.

—Vámonos de aquí —murmuró contra mi boca.

***

Su departamento era pequeño, lleno de plantas y libros apilados en el suelo. No encendió la luz. Solo la lámpara de la mesa de noche, que bañaba todo en un tono ámbar que hacía que su piel pareciera de oro.

Nos sentamos en la cama porque no había sofá. Nos miramos con esa mezcla de nervios y hambre que solo se siente cuando algo que has deseado durante meses está finalmente al alcance de tu mano.

—Tengo miedo —admití.

—Yo también —dijo, y me acarició la mejilla con el dorso de la mano—. Pero el miedo bueno. El que significa que lo que viene importa.

Me besó despacio. Con una ternura que no esperaba, que me desarmó más que cualquier urgencia. Sus manos me recorrieron los hombros, los brazos, la cintura, como si estuviera memorizándome con las yemas de los dedos. Me quitó la camiseta con una delicadeza que me hizo cerrar los ojos, y cuando sus labios bajaron por mi cuello sentí que todo el cuerpo se me encendía desde dentro.

—Eres más hermosa de lo que imaginé —susurró contra mi clavícula.

Quise responderle pero su boca ya estaba en mi pecho, besando, lamiendo, mordiendo suavemente hasta que un gemido se me escapó entre los dientes. Sus manos bajaron por mi estómago, trazando el mismo camino que su voz había trazado aquella noche por teléfono, y esta vez no era imaginación. Esta vez eran sus dedos de verdad, calientes, seguros, deslizándose bajo el elástico de mi ropa interior mientras yo le clavaba las uñas en los hombros.

—No pares —le pedí, y mi voz sonó como la de alguien que llevaba toda la vida esperando decir esas dos palabras.

Camila no paró. Fue paciente y precisa, alternando entre la delicadeza y la firmeza, leyéndome el cuerpo como si fuera un texto escrito en un idioma que solo ella entendía. Cuando me arqueé contra su mano y solté un grito que ahogué mordiéndole el hombro, ella me sostuvo y me dejó temblar contra su cuerpo hasta que volví a respirar con normalidad.

Después la miré y supe que era mi turno. Que quería conocerla como ella me había conocido a mí. Le quité la ropa sin prisa, besándole cada centímetro que iba descubriendo. Su estómago plano, la curva de sus caderas, el lunar que tenía justo debajo del ombligo. Cuando mi boca llegó entre sus muslos y la escuché gemir mi nombre con esa voz ronca que me había enamorado a través de una pantalla, supe que nada en mi vida volvería a ser igual.

***

Nos quedamos abrazadas hasta que la luz del amanecer entró por la ventana. Su cabeza en mi pecho, mis dedos enredados en su pelo. El silencio más cómodo que había sentido en años.

—¿Sabes qué es lo que más me sorprende? —dije.

—¿Qué?

—Que no me siento diferente. Me siento yo. Más yo que nunca.

Camila levantó la cabeza y me miró con esos ojos oscuros que habían sido solo píxeles durante meses y que ahora estaban ahí, a centímetros de los míos, reales, brillantes, llenos de algo que yo estaba empezando a reconocer.

—Quédate —dijo.

—Tengo el vuelo de vuelta el jueves.

—No digo hoy. Digo quédate. En mi vida. No desaparezcas.

Le besé la frente, los párpados, la punta de la nariz, las comisuras de los labios.

—No voy a desaparecer —le prometí, usando sus propias palabras de aquella noche—. Nunca fui buena para huir de las cosas que me importan.

Ella sonrió y se acomodó de nuevo contra mi cuerpo. Afuera, la ciudad empezaba a despertar. Adentro, yo acababa de descubrir que lo que había confundido toda mi vida con estar completa era solo estar cómoda. Y que la diferencia entre ambas cosas cabía exactamente en la distancia entre su piel y la mía.

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