La expedición donde me enamoré de ella
La voz del comandante llegó desde el pasillo con esa autoridad tranquila que tienen los hombres acostumbrados a ser obedecidos sin necesidad de levantar el tono. Vera se separó de Sofía en una fracción de segundo, pero la distancia que puso entre los dos cuerpos no era suficiente para borrar lo que había en el ambiente: el calor, el silencio roto, dos respiraciones que aún no habían terminado de acompasarse.
—Doctora Vera… —la voz del comandante Marcos Salcedo cortó el aire del pequeño laboratorio de a bordo—. Necesito hablar con usted.
Vera encontró un portapapeles en la repisa más cercana y lo sujetó con una firmeza que no sentía. Giró hacia Sofía con una mirada rápida, casi telegráfica, y le pasó una bata de trabajo sin decir nada. Sofía la recibió, se la puso con manos algo torpes, y se subió a la camilla de exploración, intentando parecer lo que no era.
Vera abrió la puerta.
Marcos Salcedo era un hombre de unos cincuenta y cinco años, ancho de espaldas y con el cabello más gris que castaño, que llevaba el uniforme de la expedición con la misma naturalidad con que otros llevan un traje de domingo. Esa tarde había algo distinto en su postura: era más cauteloso de lo habitual, más contenido. Lo invitó a pasar con un gesto.
—Perdonen la intromisión. —Recorrió el pequeño habitáculo con la mirada, y se detuvo un instante más de la cuenta al descubrir a su hija recostada en la camilla—. Me alegra que estén las dos aquí. Así será más rápido.
—¿En qué podemos ayudarlo, comandante? —preguntó Vera, esforzándose por mantener el tono neutro de quien tiene la conciencia tranquila.
—Agradezco el esfuerzo —respondió él, con una ironía suave que no era hostil—. Muy convincente. —Miró a su hija con una expresión que ella conocía bien. Sofía frunció el ceño. Marcos se encogió de hombros—. Pero será mejor que hablemos sin formalismos.
—No comprendo a qué se refiere —intentó Vera.
—Están siendo discretas, eso os lo reconozco. El problema es que en un barco de investigación de este tamaño, la intimidad es un lujo difícil de sostener.
—Comandante… —empezó Sofía desde la camilla.
—No es vuestra culpa —la interrumpió Marcos, levantando una mano en un gesto conciliador—. La responsabilidad es mía. No calibré bien el riesgo cuando la incorporé a la expedición.
Vera lo miró con extrañeza.
—¿Eso significa que fue deliberado?
—Estamos a solas. Podéis llamarme Marcos. O «Capi», como me llama mi hija cuando nadie nos escucha. —Hizo una pausa—. ¿Puedes hacerme una pregunta en confianza?
—Claro que sí.
—¿Por qué me insinuaste que tenías tu aprobación? ¿Por qué dejaste que esto comenzara si sabías los problemas que podía traer?
Se acercó a la camilla y se sentó junto a Sofía. Le rodeó la cintura con el brazo, despacio, sin disimularlo.
Marcos exhaló lentamente. Se frotó la nuca con la palma de la mano, como si quisiera ordenar los pensamientos antes de dejarlos salir.
—Sinceramente... pensé que cuando llegásemos a las Azores, el instituto ya habría encontrado a alguien con más experiencia para este puesto y que en pocos días estarías de vuelta en Gotemburgo. Pensé que sería algo breve.
Sofía entornó los ojos.
—Y si creías que solo estaría unos días a bordo... lo entiendo menos. ¿Para qué empezar algo que podría traer tantos problemas, si no tenías intención de que durase?
—Compréndelo, mi niña. —Marcos la miró con una ternura que contrastaba con el tono formal que había mantenido hasta entonces—. Nunca antes te había visto así. No me mires de ese modo. —Sofía había cruzado los brazos, en un gesto que él reconocía desde que ella tenía doce años—. Has tenido relaciones antes, lo sé. Siempre has sido discreta, igual que ahora. Pero esta vez hay algo diferente. Lo noto en la inflexión de tu voz, en tu sonrisa, en cómo te mueves por la cubierta. Hay algo en el brillo de tus ojos que no tiene nada que ver con el trabajo de campo. Por eso decidí intervenir.
—¿Y qué esperabas que pasara? —preguntó Vera—. ¿Qué pretendías al unirnos en esas circunstancias?
—Quería que tuvierais tiempo de averiguar si lo que sentís es real o si se trata solo de una atracción pasajera. —Hizo una pausa—. Y deseaba que fuera más que eso.
—¿Por qué? —insistió Sofía—. Sabes que es complicado. Una relación entre la doctora contratada y una miembro permanente de la expedición genera problemas en los dos sentidos.
—Cuando termine esta misión, Sofía volverá a tierra durante varios meses. Sin jerarquías institucionales que lo compliquen. Si lo vuestro se desarrolla en tierra firme, existirá una posibilidad real de futuro sin tener que ocultarlo. Pensé que si la relación tomaba su propio curso estando a bordo, llegaríais a ese momento con algo sólido entre las manos.
—¿Y qué propones que hagamos ahora? —preguntó Sofía, sin ninguna intención de separarse de Vera en ese momento.
—Imagino que dejarlo ahora sería imposible. —Dijo esto con una ironía afectuosa, observando cómo se apoyaban la una en la otra—. Lo único que podéis hacer es continuar como hasta ahora, siendo lo más discretas posible, y esperar a que nadie venga a comunicarme sus sospechas. Por suerte, aunque murmuran entre ellos, aún no le habéis dado a nadie pruebas concretas de nada.
—¿Crees que con eso será suficiente? —Sofía miró a su padre con preocupación genuina.
—Creo que sí. La tripulación te aprecia de verdad, y no creo que ninguno de ellos tenga interés en buscarte problemas. —Se encogió de hombros—. ¿Puedes dejarnos a solas a Vera y a mí unos minutos, cariño? Por favor.
Sofía puso los ojos en blanco. No le gustaba ese tono engañosamente dulce que usaba su padre cuando en realidad no le estaba dando opciones, pero sabía que discutir con él era un ejercicio sin resultado. Los dejó solos.
***
El silencio que quedó entre Vera y Marcos tenía un peso específico. El barco crujía suavemente con el oleaje, y en algún punto del pasillo se escuchaban pasos que se alejaban.
—Bien. —El comandante observó la puerta por donde había salido su hija—. Ahora podemos hablar en serio, los dos.
—¿Acaso lo que ha dicho hasta ahora no era suficientemente serio, comandante? —La formalidad regresó sola, sin que Vera lo decidiera. Era el nerviosismo, supuso. El instinto de cubrirse.
—Sí, era serio. Pero hay algo más que me preocupa en particular.
—¿Qué es?
—Escúchame. —Marcos se cruzó de brazos—. Ella es mi hija. No importa la edad que tenga ni los logros que consiga. Siempre será mi niña. Así que necesito que me respondas con honestidad a lo que voy a preguntarte.
—Por supuesto, señor.
—No necesito que Sofía me explique cómo se siente. La conozco demasiado bien para eso. No sé hasta dónde llegará lo vuestro, pero sí sé que mi hija se está enamorando de ti. —La miró fijamente a los ojos, directo y sin apartar la vista—. Por eso quiero saber qué intenciones tienes. Ya sé que esto suena anticuado, paternalista y todo lo que tú quieras decirme. Pero no voy a quedarme de brazos cruzados si no sientes nada serio por ella. Si no es más que un capricho, te aconsejo que lo dejes antes de hacerle más daño del que ya está hecho. Te garantizo que no querrás saber de lo que soy capaz si…
—Comandante. —Vera dio dos pasos hacia él, con algo que podría haber parecido timidez pero que en realidad era el peso de lo que estaba a punto de decir—. ¿Puedo serle honesta?
—No esperaría menos.
—No soy adivina. No sé cómo va a acabar esto ni si tendremos futuro. —Hizo una pausa que duró exactamente lo que le costó encontrar las palabras correctas—. Pero lo que siento por su hija es real. Estoy enamorada de ella. Nunca me había sentido así en ninguna otra relación anterior. Y eso es todo lo que puedo decirle con certeza.
—Para mí, eso es suficiente.
—¿Perdón?
—Si de verdad la quieres... entonces confío en que todo salga bien. —Se irguió, recuperando el porte que tenía cuando estaba en el puente—. Solo te queda un obstáculo por delante.
—¿Cuál?
Marcos sonrió, y en esa sonrisa había algo que Vera no supo descifrar del todo. Era inquietante de una manera que no resultaba amenazante.
—Si crees que yo soy protector con Sofía, espera a conocer a su madre. O a su hermana mayor. —Giró sobre sus talones y abrió la puerta—. Buenas noches, Vera.
***
Sofía estaba en su camarote cuando Vera llamó. Estaba sentada en el borde de la litera con las piernas encogidas, la barbilla apoyada en las rodillas y la mirada perdida en la pared de metal pintado. La puerta se abrió y Vera entró sin decir nada al principio. Se sentó a su lado. Sofía la miró de reojo.
—Te ha dado la charla, ¿verdad?
—Sí. —Vera soltó una carcajada breve y genuina—. Nunca imaginé que viviría algo así. Un hombre dándome una charla sobre lo dulce y delicada que es su niña.
—Lo siento. —Sofía bajó la vista—. No sé muy bien por qué actúa así. Normalmente es más reservado con mis relaciones.
—No lo sientas. —Vera se inclinó hacia ella hasta que sus frentes entraron en contacto—. Porque tiene razón en algo.
—¿En qué?
—En que eres dulce. —Sofía fue a protestar, pero Vera siguió hablando—. Y también eres fuerte. Y apasionada. Y decidida. —Hizo una pausa—. Y te amo.
El silencio que siguió duró apenas un segundo, pero fue uno de esos silencios que cambian el peso de una habitación.
—¿Estás segura? —La voz de Sofía había cambiado. Se había vuelto más pequeña, más vulnerable, como si la pregunta le costase algo.
—¿De que eres todo eso? —Vera la besó despacio, explorando su boca como si tuviera todo el tiempo del mundo. Sus labios se separaron con renuencia, como si no terminaran de decidirse a soltar el contacto—. Por supuesto. Eres todo eso y más.
—No... —Sofía vaciló—. No es eso lo que quería preguntarte. ¿Estás segura de que me amas?
Vera exhaló lentamente.
—No sé de qué otra forma definirlo. —Buscó las palabras, mirándola—. Cada mañana me descubro pensando en ti antes de salir del camarote. La forma en que mueves las manos cuando explicas algo. El modo en que te ríes cuando crees que nadie te está mirando. El calor de tu piel hace que pierda el hilo de cualquier cosa que esté haciendo. Tu voz, cuando me llamas por el pasillo, me desorienta de un modo que no sé cómo explicar. —Se pasó la lengua por los labios—. La manera en que confías en mí. Cómo te entregas. Estoy completamente atrapada en ti, Sofía. En tu fuerza, en tu dulzura, en todo lo que eres.
—Vera…
—Y si eso no es amor —dijo Vera—, dime tú cómo se llama.
Sofía no respondió con palabras. Le cogió la nuca con suavidad, acercó sus labios a su oído y susurró:
—Fóllame. Fóllame ya, por favor.
***
El beso comenzó despacio, exploratorio, pero fue haciéndose urgente sin que ninguna de las dos pudiera evitarlo. Llevaban demasiados días conteniendo algo que no tenía donde ir en ese espacio reducido. La lengua de Vera se abrió paso entre los labios de Sofía y encontró la suya, y las dos empezaron a devorarse la boca con hambre, mordiéndose los labios, tragándose los jadeos, empujándose una contra la otra como si necesitaran fundirse a la fuerza. Las manos de Vera encontraron los hombros de Sofía, bajaron por su espalda, la atrajeron hacia sí con una intensidad que se había ido acumulando semana a semana.
Vera la recostó sobre la litera con cuidado. Sofía arqueó el cuerpo hacia ella en cuanto sintió la presión de sus manos en la cintura. Ya tenía los pezones marcados bajo la tela, duros como piedras, y cuando Vera le rozó uno por encima de la camisa Sofía soltó un gemido ronco que tuvo que ahogar apretando los dientes.
—Ssshhh —susurró Vera contra su oreja, mordisqueándole el lóbulo—. Que te van a oír, mi amor.
—Me da igual —jadeó Sofía—. Me da absolutamente igual. Quítame esto. Quítamelo todo, ya.
Con los dedos un poco torpes de quien tiene demasiadas ganas, Vera fue desabrochando su camisa botón a botón, y con cada botón que cedía le dejaba un beso húmedo más abajo: en la clavícula, en el nacimiento de los pechos, en el esternón. Dejó un rastro de besos a lo largo de su garganta, mordisqueó suavemente la curva de su cuello, siguió bajando. La tela cedió del todo y Vera le apartó la camisa a un lado. Los pechos de Sofía quedaron libres, pequeños y firmes, con los pezones erguidos y oscurecidos por el deseo. Vera se detuvo un momento y la miró.
Sofía tenía los ojos cerrados. El pecho le subía y bajaba deprisa. Se estaba mordiendo el labio inferior con tanta fuerza que Vera pensó que iba a hacerse sangre.
—Mírame —le pidió Vera en voz baja—. Quiero que me mires mientras te lo hago.
Sofía abrió los ojos, oscuros y brillantes, y no los apartó.
Vera tomó uno de sus pezones entre los labios, con suavidad primero, con más presión después. Lo lamió describiendo círculos lentos con la punta de la lengua, luego lo succionó entero, tirando de él hacia arriba, hasta que Sofía dejó escapar un quejido que le vibró en la garganta. Le pasó los dientes por encima, muy suavemente, y Sofía se le arqueó entera. Cambió al otro pezón sin dejar de acariciar el primero con dos dedos, pellizcándolo, retorciéndolo apenas para escuchar el gemido tembloroso que se le escapaba a Sofía cada vez que apretaba un poco más. Sofía contuvo el aliento. Vera lo sentía todo: el temblor de su cuerpo, el calor de su piel, la forma en que sus dedos buscaban el cabello de Vera como si necesitaran aferrarse a algo concreto.
—Ssshhh. —Vera levantó la vista sin separarse del todo—. El tabique es fino. Debemos ser discretas.
—Lo sé —susurró Sofía, con una sonrisa que Vera no vio pero sí notó en el cambio de su respiración—. Es que si sigues chupándome así… Dios, si sigues así no voy a poder callarme.
—Pues muerde algo. —Vera cogió una esquina de la sábana y se la puso entre los dientes—. Muerde esto, mi niña. Y déjame hacer.
Sofía obedeció, con los ojos empañados, y le apretó la nuca a Vera para pedirle sin palabras que siguiera bajando. Vera siguió. Sus labios trazaron un camino lento hacia abajo, cada curva, cada centímetro de piel tibia, sin prisa. Le besó las costillas una a una, le lamió el ombligo, le mordió la carne blanda del vientre bajo con un cuidado que era una tortura. Sofía se estremeció. Sus dedos se enredaron en el cabello de Vera con más fuerza. El barco crujía suavemente a su alrededor, indiferente a lo que ocurría dentro de ese camarote pequeño y cálido.
Vera le desabrochó el pantalón sin dejar de besarle la piel. Se lo bajó hasta las rodillas junto con las bragas, y a Sofía se le escapó un jadeo cuando el aire fresco del camarote le tocó el sexo empapado. Vera se quedó un instante mirándola: el coño de Sofía brillaba de humedad, los labios hinchados, el clítoris ya asomando entre ellos, palpitando visiblemente. Le separó los muslos con las dos manos y se acomodó entre sus piernas.
—¿Puedo preguntarte una cosa? —murmuró Vera contra la cara interna de su muslo, tan cerca que Sofía sintió el aliento en el coño.
—Ahora... —jadeó Sofía, escupiendo la sábana un segundo—. ¿Ahora quieres hablar?
—Una sola.
—Está bien. Una. Pero por lo que más quieras, mientras hablas no dejes de… —Un beso húmedo justo al lado de los labios de su coño la interrumpió—. Joder…
—¿Tú me amas?
El silencio duró apenas un instante, el tiempo exacto que tarda alguien en decidir si va a mentirse a sí misma o no.
—Sí —dijo Sofía, con una voz que no tenía ningún rastro de duda—. Te amo. Llevaba semanas intentando no decírtelo. Y ahora, por favor, no pares. Cómemelo. Cómemelo entero, Vera.
Vera no paró. Bajó la cabeza y le pasó la lengua entera por el coño, de abajo a arriba, en un lametón lento y ancho que le arrancó a Sofía un gemido largo que tuvo que morder contra la sábana. La lamió otra vez, y otra, saboreando el flujo espeso y dulce que le manchaba la boca y la barbilla. Le separó los labios del coño con dos dedos y hundió la lengua entre ellos, buscando cada pliegue, cada zona sensible, cada rincón hinchado por el deseo. Sofía se agarraba a la sábana con una mano y al cabello de Vera con la otra, tirando sin darse cuenta cada vez que la lengua le rozaba el clítoris.
Vera cerró los labios alrededor de ese punto duro y palpitante y empezó a succionarlo con un ritmo constante, alternando la succión con lametones cortos y rápidos. El cuerpo de Sofía se retorció bajo el suyo.
—Ay… ay, joder… así, así, no pares —jadeó Sofía en un susurro estrangulado, con la sábana empapada de saliva colgándole de la boca—. Métemela, Vera, por favor, métemela dentro.
Vera levantó la mano derecha y le introdujo dos dedos en el coño de un solo empujón lento. Sofía era pura seda ardiendo por dentro, y le apretó los dedos con tal fuerza que Vera sintió las paredes internas latiendo contra las yemas. Empezó a follársela con la mano, primero despacio, hundiéndolos hasta los nudillos y sacándolos casi del todo, dejando que Sofía sintiera cada centímetro. Con la lengua no dejaba de trabajarle el clítoris, dibujándole ochos, chupándolo, soltándolo, chupándolo otra vez.
—Más… más rápido… —Sofía había perdido cualquier atisbo de contención—. Más profundo, Vera, fóllame más profundo.
Vera añadió un tercer dedo. Sofía dio un respingo y arqueó las caderas hacia su cara, y Vera se los hundió hasta el fondo, curvándolos dentro para buscarle ese punto rugoso en la pared frontal del coño que hacía que a Sofía se le pusieran los ojos en blanco. Cuando lo encontró, empezó a masajearlo con la yema de los dedos al mismo ritmo que le succionaba el clítoris. Sofía dejó de morder la sábana un instante para poder respirar, y Vera oyó cómo se le escapaba un ruego roto.
—Me voy… me voy a correr, Vera… no pares, joder, no pares…
Vera no paró. Aceleró el ritmo de la mano hasta que los dedos entraban y salían del coño de Sofía con un chapoteo húmedo y obsceno que llenó el camarote. Le pasó la lengua plana por el clítoris una vez, dos, tres, y a la cuarta Sofía se corrió. Se corrió con el cuerpo entero, arqueada contra la boca de Vera, con la mano libre tapándose la boca para ahogar el grito, y con el coño apretándole los dedos en espasmos que a Vera le parecieron interminables. Le empapó la barbilla, la mano, la muñeca. Vera no se movió: dejó los dedos dentro y siguió lamiéndola con suavidad, prolongando el clímax hasta que las contracciones fueron cediendo.
Cuando por fin Sofía se soltó del todo, respirando entrecortada, Vera le sacó los dedos con cuidado y se los llevó a la boca, chupándose el sabor de ella sin apartar la mirada.
—Ven aquí —susurró Sofía, tirando de sus hombros—. Ven aquí ahora mismo.
Vera subió a besarla. Sofía la besó con la boca abierta, saboreándose a sí misma en la lengua de Vera, y las manos le temblaban todavía cuando empezó a desnudarla. Le sacó la camisa por los hombros, le desabrochó el sujetador, le bajó los pantalones a tirones. Vera dejó que la desnudara, riéndose bajito contra su boca.
—Ahora tú —dijo Sofía—. Túmbate. Quiero devolvértelo todo.
Vera se dejó recostar sobre la litera. Sofía se puso a horcajadas sobre ella un instante, se inclinó y le lamió los pezones, uno detrás del otro, chupándoselos con una calma que era también una venganza dulce. Le pasó la lengua por el vientre, por el interior de los muslos, evitó adrede el sitio donde Vera más lo necesitaba, y volvió a subir a besarle la boca. Vera gimió contra sus labios.
—Sofía, por favor…
—¿Por favor qué? —Sofía sonrió contra su cuello—. Dilo, Vera. Con las palabras que me gustan.
—Cómemelo —susurró Vera, ya sin defensa—. Cómemelo tú también. Por favor.
Sofía bajó. Le abrió los muslos con las manos y se acomodó entre sus piernas. Le sopló despacio sobre el coño mojado, y a Vera se le escapó un jadeo tembloroso. Entonces Sofía la lamió por primera vez, un lametón largo y firme que fue de abajo a arriba y terminó con los labios cerrados sobre el clítoris. Vera se llevó las dos manos a la boca para no gritar.
Sofía comía con una minuciosidad estudiosa, la misma que ponía en su trabajo de campo. Le exploraba cada pliegue con la lengua, la penetraba brevemente con la punta, salía, volvía a subir a lamerle el clítoris con un ritmo cada vez más insistente. Cuando le introdujo dos dedos y encontró de inmediato el ángulo justo, Vera arqueó la espalda contra la litera y no pudo evitar un gemido agudo que se le escapó entre los dedos de la mano que le tapaba la boca.
—Sshhh, mi amor —murmuró Sofía sin dejar de moverle los dedos dentro—. Ahora nos toca a nosotras ser discretas, ¿te acuerdas?
—No puedo… —jadeó Vera—. No puedo, joder, así no puedo callarme…
Sofía se levantó un instante, alcanzó las bragas que le había quitado a Vera y se las metió a ella entre los dientes, apoyando una mano firme sobre su mandíbula. Vera cerró los ojos y las mordió con fuerza. Sofía volvió a bajar y siguió comiéndoselo con más intensidad todavía, chupándole el clítoris hinchado como si fuera un caramelo pequeño mientras los dedos entraban y salían del coño de Vera con precisión implacable. Añadió un tercer dedo, luego se paró un segundo para lamerle el culo con la punta de la lengua, en un roce que arrancó a Vera un temblor entero, y volvió al clítoris sin darle tregua.
Vera empezó a mover las caderas contra la boca de Sofía, buscándola, cabalgándole la lengua sin control. Sofía la sujetó por el vientre con la mano libre y aumentó el ritmo. Vera sintió el orgasmo subiéndole por dentro como una marea que ya no podía contener: le nació en el vientre bajo, le encendió las piernas, le crispó los dedos de los pies. Cuando explotó, mordió las bragas con tanta fuerza que se le saltaron las lágrimas, y el gemido que se le escapó, aunque ahogado, resonó dentro de su propio pecho como un trueno. El coño le latía en oleadas contra los dedos de Sofía, y Sofía siguió lamiéndola con suavidad, prolongándolo hasta el último temblor.
Cuando terminó, Sofía subió por su cuerpo, le sacó las bragas de la boca con una ternura irónica y la besó despacio, con los labios y la barbilla brillantes.
—Todavía no hemos acabado —susurró contra su boca.
—Ay, Dios… —Vera se rió sin aliento—. ¿Quieres matarme?
—Quiero que me sientas otra vez. Al mismo tiempo. —Sofía se giró sobre la estrecha litera y se acomodó de lado, encajando su pierna entre las de Vera y buscando que la de Vera se encajara entre las suyas—. Ven. Así.
Vera comprendió. Se movió con ella hasta que sus dos sexos quedaron enfrentados, con las piernas cruzadas en tijera y los coños apretados el uno contra el otro. Sofía empujó con la cadera y Vera sintió el clítoris hinchado de Sofía deslizándose contra el suyo, ambos empapados, resbalando con una humedad compartida que ya no se sabía de quién era. Las dos gimieron a la vez, y las dos se llevaron una mano a la boca.
Empezaron a moverse la una contra la otra, despacio al principio, encontrando el ritmo. Vera echó atrás la cabeza y buscó con la mano libre uno de los pechos de Sofía, y se lo pellizcó con una suavidad urgente. Sofía la imitó, buscándole el pezón, tirándoselo un poco. Sus coños se frotaban con un sonido húmedo y bajo que quedaba tapado a duras penas por el crujido del barco.
—Así, mi amor, así… —jadeaba Sofía con la voz rota—. No pares, no pares…
El ritmo se aceleró solo. Empezaron a moverse casi con violencia, apretándose los sexos con desesperación, buscando fricción, más presión, más contacto. Los cuerpos les brillaban de sudor bajo la luz débil de la lámpara del camarote. Vera sentía cómo el clítoris de Sofía se le pegaba al suyo con cada empuje, y cómo se rozaban directamente, sin nada en medio, en un contacto puro que las estaba enloqueciendo a las dos a la vez.
—Me voy a correr otra vez —susurró Sofía casi sin voz—. Otra vez, Vera, joder…
—Yo también, mi amor, yo también, ven conmigo, ven conmigo…
Se corrieron a la vez, casi al mismo segundo, apretándose la boca la una a la otra con una mano para no gritar. El coño de Vera latía en espasmos contra el de Sofía, y el de Sofía respondía en la misma cadencia, y las dos se quedaron ahí, temblando, jadeando contra la mano de la otra, con las piernas todavía cruzadas y los sexos todavía pegados, empapados hasta los muslos.
Cuando por fin se soltaron, Vera se dejó caer boca arriba sobre la litera, con Sofía encima, la cabeza apoyada en su pecho, y las dos respirando como si acabaran de subir corriendo a cubierta. Vera la abrazó con el peso de su cuerpo sobre el de ella, sintiendo cómo el corazón de Sofía iba recuperando su ritmo normal bajo su mano. Afuera, el motor del barco zumbaba con su cadencia constante. El mar, indiferente como siempre, seguía su rumbo.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Sofía al cabo de un rato, con la mejilla pegada al hombro de Vera y la voz todavía un poco ronca.
—Ahora —dijo Vera, pasándole los dedos por el pelo húmedo—, nada. Mañana, ya veremos.
Sofía soltó una pequeña carcajada y la abrazó más fuerte. Fuera, en algún punto del pasillo, se escucharon los pasos del comandante alejándose hacia el puente. Ninguna de las dos dijo nada. No hacía falta.