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Relatos Ardientes

Mi mejor amiga me organizó un trío con el instructor

Me llamo Camila y hasta los treinta y dos años creí que el sexo era una de esas cosas sobrevaloradas, como la ópera o el caviar. Me casé con Andrés a los veintiocho, después de una juventud sin sobresaltos en una ciudad pequeña del sur. Los sábados por la tarde apagábamos la luz, hacíamos lo nuestro en posición de manual y, diez minutos después, él dormía y yo miraba el techo preguntándome qué tenía aquello para volver loco a medio mundo.

Andrés tampoco era un hombre de fuego. Trabajaba en una constructora, llegaba cansado y salía cansado. Yo trabajaba en una imprenta, ganaba lo justo, y vivíamos en un departamento cómodo cerca del parque. Sin hijos, sin escándalos, sin nada. Cuando mis amigas hablaban de orgasmos múltiples y juguetes y noches enteras, yo asentía con la sonrisa de la que no tiene nada que decir. Nunca me había tocado. Nunca había mirado mi propio cuerpo con curiosidad. Había crecido pegada a la idea de que aquello no era para mí.

Hasta que apareció Renata.

La conocí en el gimnasio del barrio. Yo iba tres veces por semana arrastrando los pies, más por culpa que por gusto. Ella era todo lo que yo no: pelirroja, alta, con piernas largas, una cintura imposible y unos pechos firmes que parecían desafiar la gravedad bajo cualquier camiseta. Treinta y cinco años, separada, divertida, con una risa que se oía en toda la sala. La primera vez que me habló fue para preguntarme si esa noche iría a la clase de zumba. La segunda vez ya nos íbamos juntas a tomar un café.

A los pocos meses, Renata era la mejor amiga que había tenido en mi vida adulta. Los jueves después de clase se volvieron sagrados: una botella de malbec, queso, hablar hasta la una de la mañana en mi sala mientras Andrés roncaba arriba.

Una de esas noches, ya con la segunda botella mediada, ella tocó el tema.

—¿Y tu marido cómo va? Digo… en la cama —preguntó, mirándome por encima de la copa.

Me reí, incómoda.

—Bien. Normal. No sé qué decir.

—¿Cómo «no sabes qué decir»? Algo te tiene que gustar.

—La verdad es que no. Para mí es como lavar los platos. Una tarea más. La gente se mata por algo que a mí me deja igual.

Renata abrió los ojos como si yo le hubiera confesado un crimen.

—Camila, espera. ¿Tú te masturbas?

—Nunca.

—¿Nunca, nunca?

—Nunca. Ni de chica. No sé cómo se hace, no se me ocurrió.

Se cubrió la boca con las dos manos. Después se rio, pero no era una risa burlona. Era casi tierna.

—Amiga, no puedes irte de este mundo sin saber lo que es eso. Es como morirte sin probar el chocolate.

—Ya, pero no es algo que se pueda enseñar —dije.

—Claro que sí. —Apoyó la copa en la mesa—. Déjame que te muestre.

La miré, sin saber si hablaba en serio.

—¿Estás loca? Yo no soy lesbiana.

—Yo tampoco, tonta —dijo, todavía riéndose—. No te voy a hacer nada raro. Solo te voy a explicar. Cierra los ojos, relájate, confía en mí. Dos minutos.

Tendría que haber dicho que no. Pero dos botellas de vino, la luz baja del living y aquellos ojos verdes que me miraban con una mezcla de cariño y desafío me pudieron. Asentí.

Renata se sentó en el borde del sillón, a mi lado. Me bajó las dos tiritas del top con la punta de los dedos, despacio, como si me estuviera quitando un vestido caro. Cuando mis pechos quedaron al aire —llenos, pesados, con los pezones gruesos que siempre me habían dado vergüenza—, ella suspiró.

—Dios mío. ¿Te das cuenta de lo que tienes acá?

—Son demasiado grandes —murmuré.

—Son perfectos. Pesados, suaves, con esos pezones… las mujeres pagan plata para tener algo así.

Apoyó las palmas debajo, sin apretar, solo sintiendo el peso. Después subió los pulgares y rozó los pezones, apenas, dos veces. Un escalofrío me bajó por la espalda hasta un lugar al que nunca había llegado nada.

—Piensa en alguien —susurró ella—. Alguien que te guste mirar. ¿El instructor de crossfit?

Me reí sin querer.

—Dios, ese hombre…

—Ahí está. Imagínalo. Es tu fantasía, puedes hacer con él lo que quieras.

Sus dedos seguían en mis pezones, círculos lentos, suaves. Sentí la primera humedad entre las piernas en años. Esto era, entonces.

Bajó una mano por mi vientre y metió los dedos bajo el elástico del pantalón de yoga.

—Voy a tocarte un segundo, solo para que sientas dónde está. Si quieres que pare, paro.

No quise que parara.

Encontró el clítoris al primer intento, como si supiera de memoria un mapa que yo nunca había mirado. Apenas lo rozó y un gemido se me escapó por la boca antes de que pudiera retenerlo.

—¿Sientes? Eso es. Es chiquito ahora, pero ya verás cómo se hincha.

Hizo círculos lentos, después un poco más rápidos. Cuando metió un dedo dentro, me arqueé sin querer.

—Estás empapada, Cami. Tu cuerpo sabe perfectamente lo que necesita. Eres tú la que no le hacía caso.

Se me cortaba la respiración. Algo se acumulaba en la base de la espalda, me subía por las piernas y me llenaba la cabeza. Diez minutos. Quince. No lo sé. Cuando llegué, fue como si me hubieran sacado un tapón. Grité, me reí, lloré un poco, todo al mismo tiempo. Las piernas me temblaban.

Renata me besó la frente.

—Bienvenida.

***

Lo que pasó esa noche tendría que haber terminado ahí. No terminó.

Renata se sirvió otra copa, se quitó la blusa con la naturalidad de quien se saca un abrigo y se sentó frente a mí en la alfombra. Tenía los pechos pequeños, firmes, los pezones rosados duros como piedritas.

—Ya que te enseñé a ti, ahora tienes que practicar conmigo —dijo, riéndose—. Es la regla.

—No hay ninguna regla.

—La inventé yo. Ven.

Me arrodillé entre sus piernas. Sus muslos eran tan largos como me los había imaginado. Se abrió la falda, no tenía nada debajo. Yo, que dos horas antes pensaba que el sexo era aburrido, me encontré mirando el sexo de otra mujer con el corazón en la garganta.

—Tócame como te toqué yo —pidió.

Apoyé los dedos donde ella me había mostrado en mí misma. Aprendí rápido. Renata gemía con los ojos cerrados, me agarraba de la nuca, me decía qué hacer. Cuando se vino, gritó mi nombre. Después se inclinó, me levantó la cara con las dos manos y me besó. Lengua, dientes, todo. No fue raro. Fue, sin más, lo que tenía que pasar esa noche.

A las cuatro de la mañana se vistió, me besó en la mejilla y se fue. Andrés seguía durmiendo arriba, sin saber que la mujer que estaba subiendo a meterse en la cama matrimonial ya no era la misma que había bajado a abrirle la puerta a su mejor amiga.

***

Pasaron tres semanas en las que no nos volvimos a tocar, pero tampoco hicimos como si no hubiera pasado nada. En el gimnasio nos mirábamos distinto. En los cafés nos rozábamos las rodillas. Y un jueves, mientras yo le contaba que había empezado a masturbarme a escondidas en la ducha, ella sacó el celular y me mostró una conversación.

—Le hablé a Mateo —dijo, sin levantar la vista.

Mateo era el instructor de crossfit, el que yo había mencionado en aquella primera noche. Cuarenta y cinco años, alto, hombros anchos, con la voz grave de los que se hacen escuchar sin gritar. La mitad de las mujeres del gimnasio iba a sus clases solo para mirarlo.

—¿Le hablaste de qué?

—De ti. Le dije que tenía una amiga casada con unas tetas de infarto, reprimida hasta los huesos, que estaba aprendiendo lo que era disfrutar. Le pregunté si quería ayudarme con la lección que le faltaba.

Sentí la sangre subiéndome a la cara.

—Renata, ¿estás loca? ¡Soy casada!

—Y casada vas a seguir siendo. Andrés no se va a enterar de nada. Mateo es discreto, lo conozco hace años, estuvimos juntos un tiempo. El jueves a las nueve, en mi casa. Ya está.

—No voy a ir.

—Piénsalo —dijo, sonriendo—. Y si no quieres, no vienes. No pasa nada.

Volví a casa con el cuerpo en llamas y la cabeza partida en dos. Andrés estaba viendo fútbol. Le di un beso en la cabeza, me metí en la ducha y me toqué pensando en Mateo y en Renata juntos. Llegué en menos de cinco minutos, mordiéndome la muñeca para no hacer ruido.

***

El jueves siguiente me probé tres conjuntos de ropa interior antes de salir. Le dije a Andrés que tenía noche de chicas con Renata. Él ni levantó la vista del partido. Si supiera, pensé.

Renata me abrió la puerta con una bata de seda azul y una sonrisa que ya conocía. La música era baja, las luces tenues, había una bandeja con tres copas y una botella de espumante en la mesa. Mateo estaba sentado en el sillón, con jeans y una camiseta blanca, descalzo. Cuando me vio entrar, se levantó y me abrazó como si nos conociéramos desde hacía años.

—Camila —dijo, separándose un poco para mirarme—. Mucho más linda fuera del gimnasio.

Olía a colonia limpia y a algo más oscuro debajo. Renata me sirvió una copa.

—Sin presión —me susurró al oído—. Si quieres irte, te vas.

No me fui.

Bebimos. Hablamos. A los diez minutos ya estaba sentada en el medio del sillón, Mateo de un lado, Renata del otro. Los dos me miraban como si yo fuera el centro de algo importante. Cuando Mateo me apartó el pelo del cuello y me besó debajo de la oreja, dejé de pensar.

Renata empezó a desabrocharme la blusa, botón por botón, mientras Mateo me pasaba la lengua por el cuello. Cuando mis pechos quedaron al aire, él soltó un sonido grave en la garganta.

—Joder, Renata, no me los habías descrito bien.

—Te dije que valía la pena, ¿o no? —respondió ella, riendo.

Me bajaron al suelo, sobre la alfombra. Mateo me chupaba un pezón mientras Renata me sacaba los pantalones. Sus bocas se turnaban entre mi cuello, mis pechos, mi vientre. Yo no atinaba a hacer nada salvo respirar y dejarme.

Cuando Renata bajó la cara entre mis piernas, levanté la cabeza para mirar a Mateo. Él se había sacado la camiseta y se estaba bajando el pantalón. Lo que vi me hizo abrir los ojos.

—Tranquila —murmuró, sonriendo—. Vamos despacio.

Me arrodillé frente a él, guiada por Renata, que también se había arrodillado a mi lado, desnuda. Me puso la mano en la nuca, suave, sin empujar.

—Pruébalo. Lentito. Como si fuera un helado.

Lo intenté. Era torpe, pero a Mateo no parecía importarle. Renata me corregía con susurros, me mostraba con su propia boca lo que tenía que hacer, y a veces nuestras lenguas se cruzaban en la misma punta. Mateo gemía, me agarraba el pelo con cuidado, decía mi nombre.

Después me levantó como si yo no pesara nada y me sentó sobre el respaldo del sillón. Renata se subió encima de mi cara, una pierna a cada lado.

—Acuérdate de lo que te enseñé.

Mateo entró en mí muy despacio. Me dolió un instante —Andrés y yo nunca habíamos llegado a esa profundidad—, después fue solo placer. Yo lamía a Renata por encima, ella se movía contra mi boca, Mateo me apretaba las caderas y empujaba en un ritmo que no daba descanso.

Llegué dos veces antes que él. Renata se vino sobre mi cara con un grito largo. Cuando Mateo terminó, lo hizo sobre mi vientre y mis pechos, mientras Renata, todavía agitada, se inclinaba a besarme la boca.

Quedamos los tres tirados en la alfombra, riéndonos como adolescentes. Renata me trajo una toalla húmeda y me limpió con cuidado. Después me besó la frente.

—¿Y? —preguntó.

—Ahora entiendo —dije, todavía sin aire—. Ahora entiendo todo.

***

Volví a casa a las cuatro y media de la mañana. Andrés dormía boca abajo, una pierna fuera de la sábana. Me metí en la ducha caliente, me lavé despacio, me miré en el espejo del baño durante un largo rato. La mujer que me devolvía la mirada no era la misma que había salido de esa casa cinco horas antes.

Desde aquel jueves, los jueves de café se transformaron en otra cosa. A veces somos solo Renata y yo. A veces se suma Mateo. Una vez vino una amiga de Renata, una arquitecta de pelo corto que me enseñó cosas que aún no me animo a contar. Andrés no sabe nada y, mientras siga sin saber, no le hace mal a nadie. Yo soy una mejor esposa de lo que era antes: más paciente, más alegre, más viva.

Renata tenía razón en una sola cosa. No se podía morir sin probar el chocolate.

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Comentarios (7)

Valentina_C

jajajaja Renata es la mejor amiga del mundo!!! me la imaginé perfecta

LauraNight

Que buena! me tuvo enganchada de principio a fin. Por favor seguí escribiendo, espero con ansias la continuacion

Nati_Baires

se me hizo corta... quiero saber como siguio todo despues del jueves, me quede con muchisimas ganas de mas

Ariadna_Mx

Increible como describis las emociones sin pasarte de la raya. Se siente muy real. Felicidades por el relato!

MarianaK_99

jaja treinta y dos años... pensé que era la unica en esa situacion. Muy bueno el relato!

CarlosBA

excelente, muy bien escrito

Ceci_BA

Me recorde de algo parecido que viví hace unos años, aunque no tan extremo jaja. Muy bien narrado todo, felicitaciones

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