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Relatos Ardientes

La cuñada de Sofía no vino solo a probarse ropa

Sofía tenía diecinueve años y la costumbre de quedarse mirando a Camila cuando creía que nadie la veía. Era pequeña, delgada, de piel canela y un rostro que todavía conservaba algo de niña; Camila, en cambio, tenía veintisiete y se movía por la casa como si ya fuera dueña de cada esquina.

Camila salía con Mateo, el hermano mayor de Sofía, desde hacía cinco años. La boda se mencionaba en cada cena. Llevaba meses durmiendo allí casi todas las noches; cuando los padres salían, Sofía la escuchaba a través de las paredes con Mateo, y entonces se tapaba la cara con la almohada y trataba de no pensar.

A Camila la quería como a la hermana que nunca había tenido. O eso se decía a sí misma.

Aquel viernes por la mañana, Sofía bajó tarde a la cocina. Sus padres ya estaban en la clínica, Mateo en la universidad. Camila había recogido el desayuno, había puesto un café y la esperaba con una sonrisa.

—Vaya, hasta que apareces —dijo Camila—. ¿Te sirvo cereal?

—Por favor.

Comieron en silencio durante un rato, hasta que Camila apoyó el mentón en la mano.

—Báñate y vístete bonita. Te llevo a la plaza, necesito ropa.

Sofía aceptó con entusiasmo. Hacía semanas que no salía con nadie. Una hora más tarde caminaban entre escaparates, comían hamburguesas en una mesa pequeña al fondo de un patio de comidas, y a las tres de la tarde volvían a casa cargadas de bolsas.

—Tendríamos que hacer esto más seguido —dijo Sofía cuando cerró la puerta.

—Tienes razón —respondió Camila, y el modo en que la miró por encima del hombro fue distinto.

Se sentaron en el sillón a revisar las compras. Camila se levantó, se alejó dos pasos y, sin pedir permiso, se quitó la blusa y el sostén delante de Sofía. Se puso un croptop negro de encaje, se giró.

—¿Cómo me queda?

Sofía intentó mirar solo a la cara.

—Te queda bien.

Camila sonrió. Se cambió otra vez, ahora un sostén rojo donde los pezones se veían con descaro a través del bordado.

—¿Y este? Le va a encantar a Mateo.

—Sí, supongo.

—Estas cosas le vuelven loco —dijo, sin pena—. ¿Tú no te pruebas lo tuyo?

—Más tarde, en mi cuarto.

—Anda, Sofía. Estamos entre mujeres.

Sofía cedió porque le pareció raro negarse. Le dio la espalda, se quitó la blusa, el sostén, se puso uno nuevo. Se le ajustaba mal.

—Me queda apretado.

—A ver.

Sofía se giró. Camila se acercó, le pasó las manos por los tirantes y los corrigió, le ajustó el broche, le colocó las copas con cuidado de modista. Y entonces se quedó. Las manos de su cuñada se quedaron sobre sus pechos.

—Ya está bien así —dijo Sofía, dando un paso atrás.

Pero Camila la siguió. La empujó contra la pared con las dos palmas en los hombros y la besó. Sofía giró la cara, juntó los labios, sintió la lengua de Camila empujando para entrar.

—Camila, suéltame, ¿qué haces?

Camila se separó. No dijo nada. Dio un golpe seco con el pie en el piso de madera y el sonido viajó por toda la casa vacía. Se quedó mirándola fijo, sin pestañear.

Sofía no pudo moverse.

Camila la besó otra vez, más despacio, casi con paciencia. Le sostuvo el rostro con una mano. Después le pasó el antebrazo derecho por el cuello, sin apretar, solo apoyado, y con la mano izquierda le tocó por encima del pantalón, justo en medio de las piernas. La acariciaba en círculos, con la palma entera, como si supiera exactamente cuánta presión hacía falta.

Sofía cerró las piernas con fuerza. Camila empujó un poco más el antebrazo y, cuando notó que Sofía aflojaba las rodillas, sonrió y siguió.

La tela del pantalón se calentó primero. Se humedeció después. Sofía notaba cada uno de los toques en un sitio que nunca antes había sentido despierto de esa manera. Apretaba los dientes. Respiraba por la nariz. Aguantaba.

Hasta que se le escapó un suspiro.

—Te está gustando, ¿verdad? —murmuró Camila, y la besó de nuevo aprovechando la boca abierta.

Esta vez la lengua entró. Sofía no la respondió, pero tampoco la apartó. Sintió cómo Camila le daba palmadas suaves, casi rítmicas, sobre la entrepierna, y cómo cada palmada le subía un escalofrío por la columna.

Camila la sujetó por la muñeca y la llevó por el pasillo. No al cuarto de Sofía. Al cuarto de Mateo.

***

Adentro, Camila cerró la puerta con el pie. Le desabrochó el sostén por la espalda, la giró, se lo quitó del todo. La dejó con el torso desnudo contra la pared. Los pechos pequeños y morenos de Sofía, los pezones tensos, las aréolas oscuras: Camila los miró con la misma calma con la que había mirado el croptop en el sillón.

—Mira lo dura que estás.

Le pasó la lengua por todo el pecho. Le mordió un pezón, le besó el otro, le dejó marcas que tardarían días en irse. Sofía se aferraba a la pared porque las piernas le temblaban. Tenía miedo y, al mismo tiempo, estaba más despierta que en toda su vida.

Camila la empujó hacia la cama. Sofía cayó sentada, después de espaldas. Las rodillas quedaron al borde del colchón.

Camila se arrodilló en el suelo, le separó las piernas y le besó por encima del pantalón. Sofía notaba la lengua a través de la tela, los dientes simulando un mordisco. Quiso cerrar las piernas otra vez. Camila no la dejó.

—Ya basta, por favor.

—Tú me perteneces —dijo Camila, y le dio dos palmadas secas en los pechos, una en cada uno.

No fueron palmadas para hacer daño. Fueron palmadas para que entendiera. Sofía sintió el ardor y se quedó quieta.

Camila le bajó el pantalón y la ropa interior con un solo movimiento. Las dejó atrapadas en los tobillos. Le abrió las rodillas otra vez. Se quedó mirándola un segundo entero.

—Mira cómo estás de mojada.

Sofía no contestó.

Camila bajó la cara y empezó a lamer. Lamió desde abajo hasta arriba, despacio, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Lamía y mordía suave el clítoris, lo chupaba, paraba, volvía a empezar. Sofía dejaba escapar suspiros profundos que ya no podía controlar. Mordía la cobija para no gritar.

En algún momento, sin avisar, Camila le metió dos dedos. La penetró con un ritmo rápido, hondo, y siguió chupando arriba al mismo tiempo. Sofía sintió que algo se le acumulaba en el vientre y subía. La vagina le apretaba los dedos a Camila sin que pudiera evitarlo.

Cuando llegó el orgasmo, Sofía se arqueó entera. Soltó la cobija, se llevó las manos a los pechos, se los apretó como si necesitara sostenerse de algo. La cadera se le movió sola, en pequeños tirones. Soltó un gemido largo, el primero de su vida, y se asustó del sonido.

Camila sacó los dedos despacio. Le pasó la palma por toda la entrepierna, le dio dos palmadas suaves más, le miró las contracciones con cara de quien ya las conocía.

—No estaba tan mal, ¿verdad? —dijo, y se llevó los dedos mojados a la boca de Sofía.

Sofía abrió los labios. Probó por primera vez su propio sabor. Lamió los dedos de Camila como si no entendiera por qué los lamía.

Camila la sujetó por la barbilla.

—Eres mía. ¿Me oyes?

Sofía asintió apenas. Un movimiento mínimo de la cabeza.

—Cambia las sábanas. Vístete. Mateo o tus papás van a llegar en cualquier momento.

Y salió del cuarto.

***

Sofía se levantó con las piernas flojas. Le ardían los pechos. Quitó las sábanas, las metió en el cesto de la ropa sucia, sacó otras del armario y rehizo la cama. Cuando salió al pasillo llevaba el sostén, el pantalón y la ropa interior hechos un bulto en la mano.

Camila estaba en el sillón viendo televisión. La miró pasar sin decir nada.

Sofía se encerró en su cuarto. Se sentó en la cama. No supo si llorar, si gritar, si vomitar. Por debajo de todo lo demás, había algo que no quería nombrar: un calor. Un calor distinto, satisfecho, que no se parecía a nada que hubiera sentido sola en su cama por las noches.

Se cambió. Se puso unos pantalones cómodos y una camiseta amplia. Salió a la sala, se sentó en el sillón individual, lo más lejos posible.

—¿Quieres ver algo? —preguntó Camila con la voz dulce de siempre, como si nada hubiera pasado.

—Lo que tú quieras.

Pusieron una película. No hablaron en cuarenta minutos.

Mateo llegó cuando ya empezaba a oscurecer.

—Hola, hermana.

—Hola. ¿Cómo te fue?

—Bien. Cansado.

Se acercó a Camila, le dio un beso largo en la boca, frente a Sofía, sin esconderlo. Camila lo besó con hambre.

—Amor, vamos al cuarto. Te relajas un rato y después te caliento la cena.

—Va.

Caminaron por el pasillo agarrados de la mano. Mateo entró primero. Camila cerró la puerta y miró a Sofía un segundo antes, sin sonrisa, solo midiendo.

***

Sofía se quedó en el sillón con el sonido de la televisión bajado. Empezó a oírlos casi enseguida.

Primero el cinturón de Mateo. Después los gemidos de Camila, que no estaban controlados, que parecían pensados para salir del cuarto. Sofía sintió que se le ponía la cara caliente y bajó más el volumen, como si quisiera oírlos mejor sin admitirlo.

Camila gemía a propósito. Sofía lo sabía. Camila quería que ella escuchara.

Oyó a Mateo decirle algo, oyó a Camila responder más fuerte, oyó el ritmo de la cama contra la pared. En algún momento Camila gritó. Después siguió un silencio largo, y después el agua del baño.

Sofía no se había movido del sillón. Tenía las manos clavadas en las rodillas. La incomodidad y la excitación le subían y bajaban por el cuerpo en ondas, sin ponerse de acuerdo. Yo también podría gemir así, pensó, y se asustó del pensamiento.

Camila salió del cuarto y caminó hacia ella sonriendo de oreja a oreja. La sujetó del cabello con suavidad, le tiró la cabeza hacia arriba y le plantó un beso en la boca. Esta vez Sofía no apartó la cara. No respondió, pero no apartó la cara.

Camila le soltó el pelo, le apretó los pechos con las dos manos, le clavó una mirada de propietaria y se fue a la cocina a calentarle la cena a Mateo.

***

Media hora más tarde llegaron los padres y se sentaron todos a cenar como cualquier viernes. Sofía respondió las preguntas de su madre, se rio del chiste malo de su padre, pasó la sal cuando se la pidieron. Cuando nadie miraba, Camila le rozaba la rodilla por debajo de la mesa. Sofía bajaba los ojos al plato.

Después de cenar ayudó a recoger. Camila pasaba detrás de ella en la cocina, fingía buscar algo, le pasaba la mano por la espalda. Mateo no veía nada. Sus padres tampoco.

Por la noche, en su cuarto, Sofía se quitó la ropa para ponerse el pijama. Antes de hacerlo se quedó frente al espejo de la puerta. Se miró los pechos, todavía con marcas leves de las palmadas y los chupetones que Camila le había dejado por la tarde.

Se mordió el labio inferior. Sonrió un segundo, apenas, y la sonrisa la asustó más que todo lo demás.

Se puso el pijama. Se metió en la cama. Apagó la luz.

Y supo, con una claridad que no había tenido en toda su vida, que el viernes siguiente, cuando sus padres y Mateo volvieran a salir temprano, ella iba a despertarse a la misma hora que Camila.

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Comentarios (7)

Romi_2312

increible, me atrapó desde la primera linea!!!

Luna_de_noche

Por favor que haya segunda parte, no puede quedar asi 😭 quede con demasiadas ganas de saber que paso despues

Valeria_86

Que tension la de esa escena... me puse nerviosa leyendo y eso que soy yo la lectora jaja. Muy bien logrado

PatoBQ

el titulo ya lo dice todo y aun asi te sorprende. eso se llama buena escritura

mauro_bsas

me recordó a algo parecido que me paso, aunque la mia termino de forma mucho menos interesante jajaja. Buen relato!

NachoMDP

excelente!!!

CuriosaLec

Como se las arreglan para generar tanta tension con tan pocas palabras? en serio quiero aprender. Espero el proximo con ansias

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