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Relatos Ardientes

La propuesta que cambió todo entre las dos amigas

Daniela y Marina llevaban dos años compartiendo un piso pequeño cerca de la estación. La amistad entre ellas era de esas que crecen por capas: primero los horarios, después los silencios cómodos, al final las confesiones que no se le hacen a nadie más. Daniela ilustraba libros infantiles desde su cuarto, con la luz amarilla de un flexo encendido hasta tarde. Marina daba clases de pilates en un estudio cercano y volvía a casa con la piel oliendo a eucalipto.

Todo cambió la noche en que Daniela conoció a Andrés en el cumpleaños de un amigo común. Era arquitecto, alto, con una manera lenta de mirar que parecía un anzuelo. La besó en la cocina del piso ajeno y, dos semanas más tarde, ya tenía un cepillo de dientes en el baño que las dos amigas compartían.

El problema no fue Andrés. Fue su apetito.

—No me malinterpretes —le dijo Daniela una tarde a Marina, mientras removía una salsa de tomate—. Es buen tipo. Atento, con trabajo, me trata bien. Pero quiere acostarse dos veces todas las noches. A veces tres.

—¿Y eso es un problema? —preguntó Marina, abriendo una botella de vino tinto.

—Lo es cuando llevo desde las siete hablando con editores y lo único que quiero es dormir abrazada. Él me come con la lengua hasta que me corro y después me pone boca abajo y vuelve a empezar. Lo disfruto, claro que sí. Pero no a todas horas.

Marina se sirvió una copa y otra a su amiga. Tenía una sonrisa torcida en la cara, esa que ponía cuando algo le hacía gracia y a la vez le daba un poco de envidia.

—Yo llevo nueve meses sin un orgasmo decente con nadie. Los últimos tíos con los que estuve eran un desastre. Egoístas. Brutos. No sé de qué te quejas.

—Lo digo en broma. Más o menos.

Las dos se miraron. Bebieron en silencio durante unos segundos. Daniela apoyó la copa en la encimera y se mordió el labio.

—¿Y si lo compartimos? —dijo, casi en voz baja.

Marina dejó la cuchara sobre el mármol. La miró fijo, esperando que aquello fuera una broma. No lo era.

—Hablo en serio —siguió Daniela—. Tú quieres a alguien. Yo quiero respirar de vez en cuando. Si Andrés acepta, puede mudarse aquí. Una noche conmigo, otra contigo. Todo en orden.

Una idea idiota, pensó Marina. Y al mismo tiempo, mientras la pensaba, ya estaba imaginando las manos de Andrés bajándole los pantalones del pijama.

—Pregúntale —respondió, con la voz más firme de lo que sentía.

***

Andrés aceptó esa misma noche. Lo hizo en un restaurante italiano, mientras enrollaba unos tagliatelle, con los ojos brillándole de una manera que a Daniela ya le resultaba familiar. Puso una sola condición.

—Los domingos los quiero para los tres. Nada de turnos. Quiero veros juntas.

Daniela aceptó sin titubear. Estaba excitada de pensarlo y demasiado cansada para discutir.

Andrés se mudó al piso al día siguiente, con dos maletas y una caja de libros. La rutina se asentó en menos de una semana. Lunes, miércoles y viernes dormía con Daniela. Martes, jueves y sábados con Marina. Las puertas de los dos cuartos al fondo del pasillo, una frente a la otra, se cerraban con un clic casi simultáneo a las once y media de la noche.

Con Daniela, Andrés era voraz. La desnudaba en la cocina, contra la encimera, mordiéndole el cuello mientras le bajaba la falda. Le abría las piernas y le pasaba la lengua entre los muslos hasta que ella se aferraba al borde del mueble y lo único que conseguía decir eran palabras incompletas. Después la hacía darse la vuelta y la tomaba allí mismo, con embestidas firmes que terminaban siempre antes de que Daniela hubiera podido recobrar el aliento.

Con Marina era distinto, aunque parecido. La llevaba al baño, contra los azulejos fríos, y le succionaba los pezones hasta dejárselos enrojecidos. Después se arrodillaba y le hundía la lengua entre los pliegues hasta que ella echaba la cabeza hacia atrás y le tiraba del pelo. Se la cogía contra la pared, con una mano sosteniéndole el muslo en alto, y se corría dentro de ella sin pedir permiso.

Marina tenía orgasmos, sí. Pero algo en ellos se quedaba a medio camino. Como si fuera una cena rica comida con demasiada prisa.

***

El primer domingo llegó con un nervio extraño en el aire del piso. Habían cenado ligero, una ensalada con queso de cabra, dos copas de vino. Andrés se sentó en el sofá del salón con las piernas abiertas y una camiseta blanca que dejaba ver los músculos de los brazos. Las dos amigas aparecieron desde el pasillo con dos camisones finos, el de Marina negro, el de Daniela color crudo.

—Besaos —pidió Andrés, con la voz rasposa.

Lo hicieron sin mirarlo. Se acercaron, se rozaron con la nariz primero, y después se besaron como dos personas que no sabían qué iban a encontrar. Daniela tenía la boca caliente y un sabor a vino. Marina cerró los ojos y la sintió temblar.

El beso duró más de lo que Andrés esperaba. Las manos de las dos se buscaron sin dirección clara, una bajo la tela del camisón ajeno, otra sobre la nuca. Cuando Daniela deslizó los dedos entre las piernas de Marina, las dos respiraron a la vez, como si compartieran un mismo pulmón.

Andrés se levantó del sofá y se desnudó. Las miraba con la respiración acelerada, masturbándose despacio.

—Al suelo —dijo.

Obedecieron. Y obedecer no fue lo que les molestó después; fue la manera en que él dirigía cada movimiento como si las dos fueran instrumentos suyos. Daniela bajó la cabeza entre los muslos de Marina y le pasó la lengua despacio, abriéndole los labios con dos dedos, descubriendo un calor distinto al de cualquier hombre. Marina ahogó un gemido y le clavó los dedos en el pelo. Andrés se arrodilló detrás de Daniela y la penetró sin avisar, marcando un ritmo que las hacía moverse a las tres.

Marina se corrió primero, con los ojos cerrados y la boca abierta sobre la mejilla de Daniela. No fue por Andrés. Fue por la lengua de su amiga, por la manera en que le había mordido el muslo justo antes, por algo que aún no sabía nombrar.

Después, Andrés se acabó sobre el vientre de las dos, agitado, riéndose como si hubiera ganado algo. Las amigas se quedaron tumbadas mirando el techo, con la respiración entrecortada y las manos enredadas, sin decirse nada.

***

La grieta empezó esa misma semana, un martes por la tarde.

Andrés estaba en el estudio terminando un proyecto. Daniela había vuelto temprano de una entrega y se había tirado en el sofá con un té frío. Marina llegó del trabajo con el pelo todavía húmedo de la ducha. Habían quedado en ver una película. El mando a distancia pasó de una mano a otra. Los dedos se rozaron más tiempo del necesario. Daniela apartó la mirada primero. Marina la atrapó con un beso antes de que pudiera levantarse del sofá.

—Solo un rato —murmuró Marina, con los labios casi pegados a los de su amiga—. Solo nosotras.

Daniela no respondió con palabras. Le devolvió el beso con una calma que no había tenido el domingo. La ropa cayó en el suelo del salón sin urgencia, sin un mando ajeno marcando los tiempos. Marina recorrió con la lengua el cuello de Daniela, bajó al hueco entre los pechos, lamió un pezón y después el otro mientras los dedos buscaban más abajo. Daniela suspiró. Abrió las piernas. Dejó que su amiga la conociera con una lentitud que la hacía temblar de otra manera.

—Así no me había tocado nadie —dijo, con la voz rota, cuando Marina deslizó dos dedos dentro de ella mientras la besaba en la boca.

—Yo tampoco lo había sentido así —respondió Marina.

El primer orgasmo de Daniela esa tarde fue largo, lento, casi triste de puro intenso. Se le humedecieron los ojos sin saber por qué. Después rodaron sobre el sofá, y fue Daniela quien bajó por el cuerpo de Marina, besándole la cadera, los muslos, la cara interior de la rodilla, hasta llegar a un sitio donde Andrés había estado mil veces sin enterarse de nada. Marina se corrió con un grito apagado contra el cojín y se quedó muy quieta después, mirando el techo, con la mano en el pelo de Daniela.

—Tenemos un problema —dijo, casi en broma.

—Lo tenemos —respondió Daniela, levantando la cabeza—. Pero no quiero arreglarlo todavía.

Cuando Andrés llegó a las ocho, las dos preparaban una sopa de calabaza en la cocina, con el pelo recogido y las mejillas todavía coloradas. Él no se dio cuenta de nada. Besó a Marina en la nuca, le pellizcó la cintura y dijo que estaba muerto de hambre. Marina sonrió con una sonrisa que no era para él.

***

Las semanas siguientes fueron una doble vida. Andrés seguía con su rutina insaciable, alternando cuartos, embistiendo con la misma fuerza de siempre, sin notar que durante el sexo las miradas de las dos cruzaban el pasillo aunque la pared estuviera de por medio. Los domingos se besaban delante de él, sí, pero ya no por su petición. Lo hacían porque era el único momento legal del día en que podían hacerlo.

Las tardes de entresemana, cuando Andrés estaba en la oficina, se buscaban como dos adolescentes con prisa. En la cama de Daniela, en la ducha, una vez sobre la mesa de la cocina mientras se reían a carcajadas porque la silla había crujido. Marina aprendió a tocar a Daniela como si llevara años haciéndolo. Daniela descubrió que la lengua de su amiga conocía un mapa que ningún hombre había sabido leer.

Una madrugada de viernes, después de que Andrés se durmiera roncando junto a Daniela, ella esperó diez minutos contando las respiraciones. Después se levantó descalza, cruzó el pasillo en silencio y golpeó dos veces, suaves, la puerta de Marina.

Marina abrió en camiseta vieja, con los ojos despiertos. No hizo falta hablar. Se metieron las dos en la cama de Marina, taparon la luz con la sábana, y se amaron en susurros, mordiéndose los hombros para no hacer ruido. Se corrieron al mismo tiempo, con las manos entrelazadas sobre la almohada.

—No quiero seguir así —dijo Daniela después, en la oscuridad—. Esto no es justo para nadie.

—Lo sé —respondió Marina—. Yo tampoco.

—Entonces decidamos.

***

El sábado por la tarde, mientras Andrés estaba en el gimnasio, Daniela metió la ropa de él en la maleta grande que él mismo había traído cuando se mudó. Marina dobló las camisetas con cuidado, casi con respeto. Cuando la llave giró en la cerradura, las dos estaban sentadas en el sofá del salón, vestidas, despeinadas, con la maleta a los pies.

—¿Qué pasa? —preguntó él. Olía a desodorante y a cansancio.

—Tenemos que hablar —dijo Daniela.

Marina le tomó la mano. No fue un gesto teatral. Fue la manera más rápida de decirle a Andrés todo lo que estaba a punto de venir.

—Esto no funciona —siguió Daniela—. Para ti sí, para nosotras no. Hemos descubierto algo que no necesita un tercero. Te queremos fuera del piso esta misma tarde.

Andrés se rió primero, como si fuera una broma. Después miró las manos entrelazadas de las dos amigas en el sofá y la risa se le murió a media cara.

—¿Lo decís en serio? Llevamos meses…

—Llevamos meses —dijo Marina—. Y te agradecemos la parte que te toca. Pero esto somos nosotras.

Hubo gritos, claro. Andrés acusó a Daniela de habérselo planteado todo ya con esa intención. Daniela le respondió que no, que en serio no lo había visto venir, y que eso era precisamente lo que estaba intentando explicarle. Marina no abrió la boca. Le tendió la maleta cuando él se levantó del sillón con el cuello rojo.

—Sois unas locas —dijo Andrés desde la puerta.

—Probablemente —contestó Daniela, sin levantar la voz.

El portazo hizo temblar el espejo del recibidor. Las dos se quedaron quietas en el sofá unos segundos, escuchando los pasos en la escalera. Cuando ya no se oyó nada, Daniela giró la cabeza despacio.

—¿Estás bien?

—Mejor que nunca —dijo Marina.

Esa noche cenaron tortilla y vino blanco, sentadas en el suelo del salón, con las velas que solo encendían en cumpleaños. Después se metieron en la cama grande del cuarto de Daniela, que ya no era de Daniela y Andrés, sino otra cosa. Una cosa que estaban empezando a nombrar sin prisa.

Hicieron el amor con todo el tiempo del mundo. Sin domingos, sin reglas, sin nadie pidiendo posturas. Marina besó cada lunar de la espalda de Daniela. Daniela aprendió que el cuello de Marina, justo debajo de la oreja, le hacía suspirar de un modo que jamás había suspirado con un hombre. Se durmieron abrazadas casi al amanecer, con la ventana abierta y la ciudad respirando lejos.

Al día siguiente fue domingo, pero ese domingo ya no le pertenecía a nadie más que a ellas.

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Comentarios (7)

laurita_mx

que historia mas hermosa!! me dejo sin palabras

Anto_BA

Por favor seguila, no podes dejarla asi!! quiero saber que paso despues entre las dos

RosaLia77

Me encanto ese nudo en el estomago que describe, es tan real... esa mezcla de nervios y emocion antes de dar un paso asi

Naty_conf

increible relato, de lo mejor que lei aca en mucho tiempo

Jorge

Muy bueno, se siente autentico. Esas confesiones reales son las que mas llegan

lector_ansioso

y hubo segunda parte? o quedo en eso la noche?

Confidente22

me recorde de situaciones similares jajaj la tension entre amigas es inconfundible. buen relato!

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