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Relatos Ardientes

La teniente que el capitán quería para su hija

—¿Teniente…?

La voz del capitán al otro lado de la puerta las paralizó. Durante un segundo, Marina y Aitana se miraron asustadas, los ojos muy abiertos, atrapadas a medio camino entre el uniforme y la piel desnuda.

—Tengo que hablar con usted —insistió él—. Es importante.

—Un momento, capitán. —La voz de Marina apenas le salía de la garganta. Buscaba con la mirada algo, cualquier cosa, con lo que disimular lo que estaban a punto de hacer—. Estoy haciendo una exploración. Un momento, por favor.

Le lanzó a Aitana una bata desechable y la ayudó a recostarse en la camilla. Aitana apretaba los labios para no reírse del absurdo de la situación. Marina se peinó con los dedos, se ajustó el uniforme y, con pasos firmes que por dentro la traicionaban, abrió la puerta.

El capitán entró despacio. Recorrió con la mirada el pequeño habitáculo, y cuando vio a su hija sentada en la camilla con la bata blanca encima de la camisa medio abrochada, frunció apenas los labios. Era ese gesto suyo de cuando intentaba contener la risa.

—Perdón por la intromisión —dijo, y su voz era la de un hombre que no se estaba disculpando en absoluto—. Me alegro de que estén las dos aquí. Así será más rápido.

—Usted dirá, mi capitán —respondió Marina—. ¿En qué podemos ayudarlo?

Él la miró con los ojos entornados, casi divertido. Giró sobre los talones y cerró la puerta detrás de sí. Cuando se dio la vuelta, ya no quedaba en su rostro nada del oficial al mando.

—Agradezco el esfuerzo —dijo con esa ironía suya que su hija conocía de memoria—. Muy convincente. Pero, en fin, será mejor que hablemos sin formalismos.

—No comprendo, capitán. —Marina seguía intentando salvar la escena.

—Estáis siendo muy discretas, eso os lo reconozco. El problema es que aquí no hay mucha intimidad que digamos.

—Pero… —Aitana iba a protestar y se calló cuando él levantó las dos manos en un gesto conciliador.

—No es vuestra culpa. La responsabilidad es solo mía. Lo reconozco. No calibré bien el riesgo.

Marina lo miró con extrañeza.

—¿Por qué dice eso, capitán?

—Estamos a solas. Puedes llamarme Adrián. O «Capi», si lo prefieres. Así me llama mi hija cuando nadie nos oye.

Marina giró la cabeza hacia Aitana como pidiendo permiso. Aitana solo pudo asentir. Su padre acababa de hacer algo que no le había visto hacer nunca con una pareja suya.

—Entonces, ¿puedo hacerle una pregunta en confianza?

—Claro que sí.

—¿Por qué me insinuó que tenía su beneplácito para estar con Aitana? —Marina se sentó al lado de Aitana en la camilla y, casi sin pensarlo, le rodeó la cintura con el brazo. Aitana apoyó la cabeza contra su hombro.

El capitán se frotó la nuca con esa lentitud suya de cuando intentaba ordenar sus pensamientos. Las abarcó a las dos con la mirada.

—¿Sinceramente? Pensé que cuando llegásemos a Catania el alto mando ya habría encontrado a alguien más adecuado para este destino. Que apenas en unos días estarías de regreso en Vigo.

El cuerpo de Marina se tensó contra el de Aitana.

—Y si pensaba eso, si creía que solo estaría unos días a bordo, lo entiendo todavía menos —dijo Marina—. ¿Para qué empujarnos a algo que podría traer tantos problemas si no esperaba que durara?

Cerró los ojos y negó con la cabeza, separándose casi imperceptiblemente. Aitana sintió el brazo aflojarse contra su cintura y eso le dolió más de lo que estaba dispuesta a admitir.

—Compréndelo, mi niña. —El capitán miró a Aitana—. Nunca antes te había visto así. No me mires de ese modo, cariño. —Sabía que con esa expresión ella le estaba reprochando lo mismo que aquella tarde en Cádiz, hacía dos años—. Nunca me lo has dicho, pero sé que has tenido alguna que otra relación durante nuestras misiones. Siempre fuiste discreta. Igual que ahora. Lo que pasa es que esta vez hay rumores.

—¿Por qué? —preguntó Aitana, aunque ya sospechaba la respuesta.

—Porque esta vez es diferente. El brillo de tus ojos. La inflexión de tu voz. Esa sonrisa que se te escapa cuando ella entra en una sala y nadie más la mira. Algo en tu postura, hija mía. Lo intentas disimular, pero te sale fatal.

Aitana bajó la cabeza. Sabía que era cierto.

—Por eso he hecho de Celestina —añadió él.

—¿Qué esperaba que pasara? —preguntó Marina, recuperando la firmeza en la voz—. ¿Qué pretendía al unirnos por tan poco tiempo?

—Esperaba que ese poco tiempo os bastase para confirmar si lo que sentís es algo serio o una simple atracción física. Y, créeme, deseaba que fuera lo primero.

—¿Por qué? —insistió Marina—. Sabe que es un problema mantener una relación con una oficial. ¿Por qué desearía eso para su hija?

El capitán se permitió, por primera vez, una sonrisa que no era irónica.

—Porque cuando termine esta misión, Aitana dejará de estar enrolada. Va a pasar unos meses como civil antes de ingresar en la academia. Es un problema que un oficial mantenga relaciones con una subordinada. No lo es si esa relación empezó cuando la persona de menor rango no era todavía militar. —Hizo una pausa—. Pensé que, si lo vuestro seguía adelante en tierra firme y Aitana entraba en la academia ya estando contigo, existiría una posibilidad de futuro sin tener que esconderlo.

Marina y Aitana se quedaron en silencio.

—¿Y qué propone que hagamos ahora? —preguntó Marina—. No pretenderá que a estas alturas lo dejemos así sin más.

—Imagino que eso ya es imposible. —Observó cómo la mano de Aitana había encontrado, sin que ninguna de las dos lo hubiese pensado, la de Marina sobre la camilla—. Lo único que podéis hacer es continuar como hasta ahora, intentando ser discretas, y rezar para que nadie venga a contarme sus sospechas. Por suerte, aunque murmuran, todavía no le habéis dado a nadie pruebas.

—¿Cree que con eso bastará? —preguntó Aitana, preocupada.

—Creo que sí. Aquí reina la camaradería. Aunque la tripulación todavía no conoce bien a Marina, a ti, hija, te tienen verdadero aprecio. Y no creo que ninguno de los compañeros con los que hayas tenido algo en el pasado esté lo bastante celoso como para querer hacerte daño. —Se encogió de hombros—. Cariño, ¿puedes dejarnos a solas a Marina y a mí unos minutos? Por favor.

Aitana puso los ojos en blanco. Conocía ese tono dulce y engañoso. Sabía que no tenía sentido discutir con su padre, así que les dejó solos.

***

—Bien —dijo el capitán cuando la puerta se cerró—. Ahora podemos hablar tú y yo seriamente.

—¿Lo que ha dicho hasta ahora no era serio, capitán?

El nerviosismo le devolvió a Marina la formalidad sin que se diera cuenta. Él lo notó y volvió a sonreír.

—Reconozco que lo ha sido. Pero hay algo más. Algo que me preocupa especialmente.

—¿Qué es?

—Aitana es mi hija. No importa la edad que tenga, lo lejos que llegue en su carrera. Siempre será mi niña. Así que espero que me respondas con sinceridad a lo que voy a preguntarte.

—Por supuesto, señor.

—No necesito que mi hija me diga lo que siente. La conozco bien. No sé hasta dónde llegaréis las dos. Pero sé que se está enamorando de ti. Por eso quiero saber tus intenciones. —Le clavó la mirada—. Ya sé. Te sonará anticuado, machista, paternalista, todo lo que tú quieras. Me da igual. No pienso permitir que le hagas daño a mi niña. Por tu bien, si no sientes nada serio por ella, si no es más que deseo, te aconsejo que la dejes antes de hacerle más daño. Te garantizo que no querrás saber de lo que soy capaz.

Marina dio un paso hacia él y, con timidez, le apoyó la mano en el hombro. Era el primer gesto físico que se permitía con su capitán.

—Capitán, ¿puedo serle sincera?

—No espero menos.

—Yo tampoco soy adivina. No sé cómo va a acabar esto. No sé si tendremos un futuro. Pero le aseguro que lo que siento por su hija es real. Que estoy enamorada de ella. Que nunca me había sentido así con nadie y…

—Suficiente.

—¿Perdón?

—Para mí, eso es suficiente. Si de verdad la quieres, espero que todo salga bien. Solo te queda un obstáculo por delante.

—¿Cuál?

—Si crees que yo soy muy protector con Aitana, espera a conocer a mi marido. O a Lorena. —Sonrió con una sutileza inquietante, dando por hecho que Marina sabía quién era la madre de Aitana—. Ya hablaremos.

***

Aitana estaba sentada en el camastro con las piernas abrazadas, la barbilla apoyada en las rodillas y la mirada perdida. Estaba preocupada. «Capi» nunca había actuado así. Solía ser más reservado con sus cosas.

La puerta se abrió. Marina entró con un brillo en los ojos a medio camino entre la disculpa y la diversión.

—Te ha dado la charla, ¿verdad?

—Sí. —Se sentó al lado de Aitana en el camastro y se giró hacia ella. Cuando vio que fruncía el ceño, se inclinó hasta que sus frentes se tocaron.

—Lo siento. No sé cómo explicar lo que ha hecho mi padre. Yo misma no termino de entenderlo.

—¿Por qué? —Marina le apartó un mechón de la cara—. Está bien. Reconozco que jamás pensé que viviría algo así, con un hombre dándome la charla sobre lo dulce y delicada que es su niña.

—Marina…

—Pero él tiene razón, ¿sabes?

—¿En qué?

—En que eres dulce. Delicada. —Notó cómo el cuerpo de Aitana se tensaba, dispuesta a protestar, y siguió antes de que pudiera abrir la boca—. Pero también eres fuerte. Apasionada. Decidida. Y te amo.

—¿Estás segura?

La voz de Aitana salió temblorosa. No era exactamente lo que quería preguntar, pero por un segundo sintió que necesitaba escucharla decirlo de verdad.

—¿De que eres todo eso? —Marina la besó despacio, explorando su boca con una dulzura que la derrumbó por dentro. Sus labios se separaron de los de Aitana con renuencia, como si no terminara de decidirse a interrumpir el contacto—. Por supuesto. Eres todo eso y mucho más.

—No. —Aitana vaciló—. No es eso lo que quería preguntarte. ¿Estás segura de que me amas?

—No sé de qué otra forma definirlo.

—¿Por qué?

—¿Que por qué creo que te amo? —Marina suspiró hondo—. Porque cada día me descubro sonriendo al pensar en ti. En tu suavidad. Deseando verte. Tus movimientos atrapan mi mirada como si fueran un imán. El calor de tu piel me nubla el sentido. El sonido de tu voz hace que me tiemblen las manos. —Se pasó la lengua por los labios secos y carraspeó—. El modo en que te entregas. Cómo confías en mí. Cómo te preocupas de mi placer antes que del tuyo. Estoy atrapada por tu personalidad. Por tu fuerza. Por tu dulzura. —Se encogió de hombros, como si le pareciera una explicación insuficiente—. Te dije hace semanas que creía estar enamorándome de ti. No fui sincera del todo. Ya entonces estaba convencida de que te amaba. Y si no te amo, no sé… dime tú cómo llamarlo.

—Bésame —susurró Aitana con la voz ronca, con un nudo en el pecho y el corazón latiéndole desbocado.

***

El beso de Marina empezó apasionado y se volvió hambriento. Era como si quisiera devorarla. Sus manos se deslizaban por el cuerpo de Aitana sin un orden claro, como si necesitase comprobar que ella seguía ahí, debajo del uniforme.

Casi con desesperación, terminó de desabrocharle la camisa. Bajó los labios por su garganta. Le mordió la base del cuello. Su lengua descendió entre sus pechos. Tiró hacia abajo del sujetador deportivo y la dejó al descubierto. Los pezones de Aitana, ya endurecidos, atraparon su atención. Atrapó uno entre los labios mientras con dedos febriles jugaba con el otro. Aitana quiso gemir y se mordió la palma de la mano para no hacer ruido.

Marina sentía la respiración entrecortada de Aitana, cómo su cuerpo suave y cálido se estremecía bajo cada caricia, y eso la alimentaba. Aun así, no podía librarse de un resquemor que le rascaba por dentro. Se incorporó de pronto sobre los antebrazos, separándose, y la miró fijamente. Había algo dolido en sus ojos.

El frío de su ausencia recorrió a Aitana de golpe. Abrió los ojos, se encontró con la mirada interrogante, vidriosa, casi herida, de Marina. ¿Por qué? Le acarició el rostro con dedos temblorosos.

—¿Qué te ocurre? —preguntó—. ¿Por qué te separas? Mi cuerpo te pide más.

—¿Puedo preguntarte una cosa? Necesito saberlo. Pero no quiero que te sientas mal.

—Claro que sí. ¿A qué viene eso? Dime lo que sea, amor.

—¿Lo soy?

—¿El qué?

—¿Soy tu amor?

Aitana lo entendió de golpe. Marina le había dicho que la amaba y ella todavía no había respondido con esas mismas palabras. Que semanas atrás Marina le hubiese confesado que se estaba enamorando no era lo mismo que escucharlo ahora, con todas las letras, sin reservas.

—Tu padre me ha dicho que te conoce, que no necesita que tú se lo digas —añadió Marina—. Pero yo sí necesito escucharlo.

—Tienes razón. —Aitana se había quedado tan sobrecogida al oírla decirlo, tan complacida, que no pensó en nada más que en tenerla encima de ella. No consideró que Marina se había expuesto al rechazo, que merecía la misma respuesta—. Perdóname. Yo también te amo, Marina. Te amo. Ahora, por favor —arqueó el cuerpo contra el suyo—, hazme el amor. Lo necesito. Te necesito.

—No quiero aplastarte —dijo Marina, y supo Aitana, por el alivio en su voz, que sus palabras le habían devuelto la confianza—. Déjame cambiar de postura.

—No. —La abrazó con más fuerza y la atrajo hacia sí—. Quiero sentirte sobre mí. Tu calor. Tu peso. Todo.

—Pero soy mucho más grande que tú, mi peso es…

—Calla y bésame.

Aitana le hundió los dedos en el pelo y la obligó a bajar la cabeza hasta su pecho, para que continuase donde lo había interrumpido. Contuvo el aliento cuando volvió a notar la lengua de Marina rodeándole el pezón. Jadeó en voz baja.

—Ssshhh. —La risa de Marina sopló contra la piel de Aitana—. No hagas ruido. Recuerda. Tenemos que ser discretas.

Y descendió por el cuerpo de Aitana, acariciándola con la boca, mientras ella se mordía el dorso de la mano y se prometía que esa noche, en el pasillo angosto de la enfermería, ningún ruido las delataría.

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Comentarios (7)

LunaNocturna

excelente!!! me dejo con ganas de mas

CamiRoutes

La tension que se arma desde el principio es increible, no podia parar de leer. Muy buen relato

SilvinaR

Segui!! necesito saber que pasa despues, no podes dejarlo asi jaja

SergioPMX

Muy buen relato, lo lei dos veces. Saludos desde mexico

Martina_BA

El titulo me engancho de entrada y el final no decepciono para nada. Esperando mas!

RomyArg

Buenisimo, esa escena inicial tiene mucha tension. Se nota el talento para contar

MarceloFdz

Me gusto como esta escrito, se siente natural. Mas relatos asi por favor!

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