La noche que aprendí a besar con mi mejor amiga
Mariana llegó a mi casa el sábado por la tarde, con una bolsa de helado y dos películas que ya habíamos visto mil veces. Mi madre se había ido al pueblo a cuidar a la abuela y yo tenía la casa entera para nosotras. Pedimos pizza, charlamos sobre la universidad y, cuando terminamos de cenar, nos tiramos en el sofá del salón con las piernas cruzadas, una frente a la otra.
—¿Y al final qué pasó con el chico del taller? —me preguntó, hundiendo la cuchara en el envase de helado.
—Nada todavía. Nos escribimos por mensaje casi todas las noches.
—¿Pero te gusta?
—Mucho. Y creo que yo a él también.
Mariana se rio y me miró con los ojos entrecerrados, como cuando sabía que estaba a punto de sacarme algo que no quería contar.
—¿Y ya se besaron?
Sentí que la cara se me ponía colorada. Me quedé mirando una mancha del sofá como si fuera lo más interesante del mundo.
—No. No nos hemos besado.
—¿Por qué?
—Es que… me da miedo. Nunca he besado a nadie. No sé cómo se hace. ¿Y si lo hago horrible?
—Pero eso no se puede hacer mal. Si se gustan, les va a encantar aunque sean más torpes que un pingüino con tacones.
—Sí, pero…
Hubo un silencio. Mariana dejó la cuchara dentro del envase y se acomodó más cerca de mí. Tenía esa sonrisa medio traviesa que le aparecía cuando se le ocurría una idea.
—¿Y si practicas conmigo?
—¿Qué?
—Practica conmigo hasta que te salga perfecto. Así, cuando te toque besarlo a él, lo vas a volver loco.
—Pero yo quiero que mi primer beso sea con él…
—Y va a ser con él. Tú y yo somos chicas, no cuenta. Es como los actores antes del estreno, ensayan mil veces para que el día de la función no se equivoquen en nada.
No me dio tiempo a contestar. Su mano se acercó a mi cara, despacio, y me corrió un mechón de pelo detrás de la oreja. El roce me erizó la piel del cuello. Después pasó el pulgar muy suavemente por mi labio de arriba, y luego por el de abajo, como si los estuviera dibujando. Sus ojos color miel, con esos destellos casi verdes que siempre me llamaron la atención, no se separaron de los míos.
Esto no es una práctica.
Acercó la cara a la mía. Cerró los ojos justo antes de tocarme los labios con los suyos. El primer beso duró apenas un segundo. El segundo, un poco más. Para el tercero yo también cerré los ojos, y en el cuarto sentí cómo la punta de su lengua recorría mis labios todavía cerrados, pidiendo permiso.
Abrí la boca. Casi sin entender cómo, mis dientes se separaron y nuestras lenguas se encontraron. Un cosquilleo bajó por mi pecho, por mi vientre, hasta detenerse entre mis piernas. Sabía a fresa por el helado. Una tibieza pegajosa y agradable me iba llenando despacio, como si el cuerpo entero se me estuviera derritiendo por dentro.
Su lengua giraba alrededor de la mía, primero en un sentido, después en el otro. Sus labios se cerraban y volvían a abrirse, atrapando mi lengua, jugando con ella. La pasaba por mis dientes, por mis encías, por el paladar. Y yo no sabía qué hacer con las manos.
Una mano de Mariana me sostenía la cara. La otra bajó por mi cuello con la yema de los dedos, despacio, como si estuviera midiendo cada centímetro. Pasó por mi clavícula, siguió por encima de la camiseta y se detuvo en mi pecho. Sentí cómo me pellizcaba el pezón por encima de la tela. Solté un suspiro que se perdió dentro de su boca.
—¿Estás bien? —me preguntó, separándose apenas.
—Sí —contesté con un hilo de voz.
Volvió a besarme. Las dos manos me agarraron de la cintura y, sin que yo entendiera muy bien cómo, me levantó hasta sentarme encima de ella, a horcajadas. Mis muslos quedaron uno a cada lado de los suyos. Cuando el centro de mi cuerpo tocó el de ella, fue como si una corriente me atravesara.
Mis caderas empezaron a moverse solas. No las podía controlar. El roce de mi entrepierna contra su pierna, con el pantalón y la ropa interior en medio, me producía algo que no había sentido nunca. Una humedad nueva, distinta a cualquier otra cosa, me empapaba la braga y la hacía resbalar con cada movimiento. Cuanto más me frotaba, más quería seguir frotándome.
Mariana me agarró las nalgas con las dos manos para empujarme contra ella con más fuerza. Sus dedos se hundían en mi piel a través del pantalón. Mi cara estaba contra su cuello, respirando ese perfume suyo de jazmín y crema corporal que conocía desde hacía años pero que esa noche me parecía nuevo.
De pronto algo se rompió dentro de mí. Un espasmo me sacudió de la cintura para abajo. Después otro. Después uno más, más largo, que me dejó sin aire. No pude contener un gemido que me salió desde el fondo del pecho. Me abracé fuerte a ella para no caerme. Las piernas me temblaban. Las caderas se me siguieron moviendo solas un rato más, cada vez más despacio, hasta que se quedaron quietas.
Abrí los ojos. Mariana me sonreía con la sonrisa más dulce que le había visto en la vida.
—¿Estás bien? —volvió a preguntar.
—No sé. Creo que sí. No sé qué me ha pasado.
—Tranquila. Eso se llama orgasmo. Nos pasa a todas cuando nos excitamos mucho. ¿Te gustó?
—Sí. Me gustó muchísimo.
—Pues prepárate, porque esto recién empieza.
Me corrió otro mechón de pelo de la cara. Tenía los labios un poco hinchados de tanto besarme.
—Cuando un chico te besa, lo más probable es que también quiera tocarte. Es normal, ellos no tienen pechos como nosotras y se vuelven locos por agarrarlos. Para que tu primer beso fluya y no te pongas tensa cuando empiece a meterte mano, vamos a practicar también eso.
Me volvió a besar. Esta vez las manos se le fueron directas a mis pechos, todavía por encima de la camiseta. Los agarró como para reconocer el tamaño, los apretó con las palmas, los hizo girar en círculos. Sentí cómo los pezones se me endurecían debajo de la tela hasta marcarse. Después empezó a jugar con ellos, dándoles golpecitos suaves con los dedos al principio, pellizcándolos y haciéndolos girar después. Cada uno de esos movimientos me mandaba una chispa al medio de las piernas.
Sin avisar, me agarró el borde de la camiseta y me la sacó por la cabeza. Crucé los brazos contra el pecho por instinto. Mariana se rio bajito y me besó el cuello hasta que aflojé. Después me bajó el tirante del sujetador de un lado, después del otro, y me lo desabrochó por detrás con una sola mano. Mis pechos pequeños le quedaron a la altura de los ojos.
—Son hermosos —dijo, mirándome de cerca.
Me agarró un pecho con la mano y se metió el otro pezón en la boca. Su lengua dibujaba círculos alrededor, despacio, primero en un sentido y después en el otro. De rato en rato me daba una mordidita. Un escalofrío me iba y volvía por toda la espalda.
Mis caderas habían empezado a moverse de nuevo. Mariana lo notó. Una de sus manos bajó por mi espalda, se metió por dentro del pantalón y por dentro de la braga, y me agarró una nalga con fuerza. Me amasaba mientras me chupaba el pezón. Después, despacio, su mano se metió más al medio. Sentí cómo me rozaba el agujero de atrás, apenas. Me tensé un segundo y volví a aflojar. Su mano siguió bajando, pero la postura no le permitía llegar más adelante.
Yo quería que llegara más adelante.
Me bajé de sus piernas y me senté a su lado en el sofá, con una pierna sobre la suya. Mariana entendió enseguida. Soltó mi pecho y me pasó la mano por el vientre, una caricia larga que terminó en el botón del pantalón. Me lo desabrochó. Su mano se metió por debajo del pantalón y de la braga, despacio, hasta que sus dedos rozaron mi pubis.
El dedo del medio empezó a recorrer mis labios de arriba abajo, sin entrar, empapándose en cada pasada con la humedad que me salía. Cuando ya estaba bien mojado, lo metió, despacio. Solté un suspiro que ella ahogó con un beso. Su lengua dentro de mi boca y su dedo dentro de mí me estaban volviendo loca.
Quiero tocarla a ella también.
Mis manos buscaron sus pechos a tientas. Ella seguía con la blusa puesta. Se la subí y traté de desabrocharle el sujetador por delante, pero no estaba ahí. Mariana se rio contra mi boca y se separó un segundo para sacárselo ella. Cuando volvió a acercarse, sus pechos quedaron libres delante de mí, mucho más grandes que los míos, redondos y blandos, con los pezones oscuros y ya parados. Le hundí las manos sin pensar. Eran suaves, calentitos. Le pellizqué un pezón y la sentí gemir bajito contra mi cuello.
Mientras yo le manoseaba los pechos, Mariana volvió a la carga, esta vez con dos dedos. Sus movimientos ya no eran lentos. Entraban y salían rápido, con un ruido húmedo que me hacía cerrar los ojos de la vergüenza y de las ganas al mismo tiempo. Pronto fueron tres los dedos que tenía dentro. Se movían hacia adelante y hacia atrás, después arriba y abajo, después a los lados.
Sentí cómo algo grande me crecía por dentro otra vez, mucho más fuerte que la primera. Un nuevo espasmo me sacudió la cadera entera y un chorro tibio se me escapó, mojándome la braga y el pantalón. Me morí de vergüenza al darme cuenta.
—Perdón, perdón —dije, tapándome la cara con las manos.
—Tranquila, eso no es pis —me dijo Mariana, riéndose. Se llevó los dedos a la boca y los chupó uno por uno—. Eso es buenísimo. Significa que la pasaste muy bien.
Se arrodilló en el suelo, entre mis piernas. De un tirón me sacó el pantalón con la braga al mismo tiempo. Quedé completamente desnuda mientras ella seguía con la falda puesta. Me abrió las piernas con dulzura y me hundió la cara entre ellas.
Primero me besó un muslo y después el otro. Sentí su nariz contra mi pubis. Después de dos orgasmos seguidos, todo abajo me hervía. El más mínimo roce de su lengua me hacía pegar un saltito. Su lengua empezó a moverse por mis labios, entraba un poco y volvía a salir, dando vueltas. Después se concentró en el clítoris.
Lo chupó. Lo lamió. Lo apretó muy suave con los labios. Mis caderas se descontrolaron del todo. Mis piernas se cerraron solas alrededor de su cabeza, apretándole la cara contra mí. Mis gemidos se convirtieron en gritos. No me importaba que los vecinos escucharan. No me importaba nada.
No sé si fueron muchos orgasmos seguidos o uno solo larguísimo. Lo único que sé es que terminé exhausta, hundida en el sofá, con el pelo pegado a la frente y la respiración entrecortada.
Mariana se sentó otra vez a mi lado. Me abrazó. Volvimos a besarnos un rato largo, suave, sin prisa. Su boca ya no sabía a fresa. Sabía a otra cosa, menos dulce, más fuerte, que reconocí enseguida como mi propio sabor.
—Besas muy bien —me dijo al separarse, con el aliento todavía corto—. ¿Te sientes preparada para besarlo a él?
Lo pensé un segundo. La miré a los ojos, esos ojos color miel con destellos verdes. Le pasé el pulgar por el labio, como ella había hecho conmigo al principio de la noche.
—No —contesté—. Creo que necesito practicar más. Mucho más.