La nota que le dejé a mi profesora antes de clase
Habían pasado tres días desde lo del jardín y todavía no podía pensar en otra cosa. La profesora Camila se había quedado con mis bragas aquella tarde, las había guardado en el bolsillo de su saco como si fuesen un trofeo, y yo no había vuelto a saber nada de ella desde entonces. Tres días enteros imaginándola sola en su departamento, oliéndolas, tocándose con ellas, devolviéndome el gesto desde la distancia.
El problema era que ese día tenía clase con ella en la última hora.
Pasé toda la mañana sin poder concentrarme. En historia escribí media página de apuntes sin entender una palabra. En el receso me senté sola en la escalera del patio, arranqué una hoja del cuaderno y escribí con letra prolija para que no se confundiera con nadie más: «¿disfrutaste mis bragas, perra?». Doblé el papel cuatro veces y lo metí en el bolsillo interior de la mochila.
Llegué al aula veinte minutos antes que el resto y dejé la nota encima de su escritorio, debajo de la lista de asistencia. Después me senté en mi lugar de siempre, en la segunda fila junto a la ventana, y esperé.
Camila entró a las dos en punto con una blusa blanca de algodón fino. No usaba sostén, nunca lo usaba, y eso era parte del problema. Saludó al curso con la voz neutra de siempre, tomó la lista, levantó el papel doblado. No cambió la expresión. Lo abrió, lo leyó, lo cerró, lo metió debajo de la carpeta y empezó a tomar asistencia como si nada hubiese pasado.
Pero el cuello se le había puesto colorado.
Durante la hora y media siguiente la miré sin descanso. La miré cuando se daba vuelta para escribir en el pizarrón, cuando se cruzaba de brazos, cuando se apoyaba en el borde del escritorio. Sus pezones se notaban a través de la blusa, dos formas pequeñas y duras que cambiaban de posición cada vez que respiraba. Tenía treinta años, o tal vez menos. La piel muy clara, el pelo negro recogido en un rodete flojo, y un culo que me obsesionaba desde el primer día de marzo.
Cuando sonó el timbre y los demás empezaron a guardar las cosas, ella habló sin levantar la vista.
—Mariela, vos quedate.
Esperé en mi banco mientras los demás salían. La última en irse fue Julieta, que me miró con cara de pregunta. Le hice un gesto de que no pasaba nada. Camila esperó a que la puerta se cerrara, caminó hasta ella y giró la llave dos vueltas.
—¿Te parece gracioso dejarme notas como esa antes de empezar a dar clase? —dijo cruzando los brazos.
—Un poco —contesté.
Se acercó al escritorio. Yo me levanté del banco y caminé hacia ella sin pensarlo, hasta quedar a un metro de distancia.
—¿En serio me vas a decir que no te puse cachonda? ¿Que no te metiste mano con mis bragas la otra noche? —dije bajando la voz—. Apuesto a que te dormiste con ellas en la mano.
El rojo le subió de golpe de la base del cuello a las orejas. Los pezones se le marcaron todavía más debajo de la blusa.
—Basta de querer seducirme. No soy nada tuyo. Y no me vuelvas a hablar así.
Di un paso más. Le quedaba un palmo de espacio entre la espalda y el pizarrón.
—Como vos quieras —dije—. Pero tarde o temprano me voy a comer ese culo, y vos lo sabés.
No me dejó terminar la frase. Me agarró de la nuca y me besó con la boca abierta, con una rabia que no tenía nada que ver con la calma con la que había leído la nota. Me besó como quien lleva semanas pensándolo. Sentí su lengua, el sabor a café, el aliento caliente contra mi cara.
—Vos querías esto —susurró separándose un segundo—. Desde el primer día que te vi entrar por esa puerta supe que eras una calentona, y me juré que no iba a caer. Pero no parás de provocarme. Te lo vas a tener que bancar.
—Sabía que la profesora seria no iba a aguantar —dije, y le agarré el culo con las dos manos para pegarla contra mí.
Se separó un segundo para asegurarse de que la puerta estaba bien cerrada. Después volvió, levantó la pollera negra que llevaba puesta, se sacó las bragas de un tirón —de encaje azul, finas— y me las puso en la boca.
—Mordelas y callate —dijo—. Si te portás bien, no va a ser la última vez.
Me arrancó la blusa del uniforme sin desabrochar los botones. Dos saltaron y rodaron por el piso. Me bajó la falda de un tirón, las medias hasta los tobillos, me dejó en bombacha contra el escritorio. Su boca bajó del cuello a los pechos, me sacó el sostén de un movimiento, me chupó un pezón mientras pellizcaba el otro entre los dedos. Yo gemía contra la tela de su ropa interior, sin poder hablar, sin querer hablar.
Después se arrodilló.
Me bajó la última prenda con los dientes. Me separó las piernas con las manos, me empujó hacia atrás hasta que quedé apoyada con el culo contra el borde del escritorio. Y entonces puso la boca contra mí.
—Mirá cómo estás —dijo levantando un segundo la cara—. Sos un desastre. ¿Esto es lo que querías, perra?
Escupí la tela para poder contestarle.
—Hace tres días que no pienso en otra cosa. Hacelo de una vez.
Su lengua subió y bajó despacio, recorriéndome entera, deteniéndose donde sabía. Hacía círculos chiquitos, presionaba con la punta, después se metía adentro. Yo tenía las dos manos agarradas al borde del escritorio para no caerme. Una pila de exámenes a medio corregir se desparramó por el piso. No le importó. A mí tampoco.
Metió dos dedos sin avisar y mantuvo la boca pegada a mi clítoris. Empezó a moverlos rápido, en un ritmo que no me daba respiro, mientras chupaba sin parar. Yo gritaba bajito, mordiéndome el labio, sabiendo que el aula estaba vacía pero que el pasillo no.
—Así, así, no pares —jadeé—. Voy a ser tu perra todas las veces que quieras, lo juro.
Aceleró. Sus dedos entraban hasta el fondo y volvían a salir, y la lengua no dejaba de moverse. Sentí el calor subir desde abajo del estómago, la piel erizada, los muslos temblando contra sus hombros. Cerré los ojos y me solté.
Acabé en su boca con un grito que me tapé yo misma con la mano. Ella no se movió hasta que terminó la última oleada. Recién entonces levantó la cara, se pasó el dorso de la mano por la barbilla y subió a besarme. Sentí mi propio sabor en su lengua.
Quise devolvérsela. Le metí la mano debajo de la pollera, intenté tocarla, pero me apartó la muñeca con suavidad.
—Hoy no —dijo—. Hoy era para vos.
Recogió sus bragas del piso, las que yo había escupido. Se las pasó entre las piernas, despacio, asegurándose de empaparlas con lo que ella misma había acumulado durante la clase. Después me las puso en la mano y me cerró los dedos encima.
—Para la próxima clase —dijo bajando la voz, ya volviendo a ser la profesora— quiero que me cuentes con detalle todo lo que hiciste con ellas.
Me ayudó a vestirme sin volver a tocarme más de la cuenta. Recogió los exámenes del piso, los acomodó en la carpeta como si nada hubiese pasado. Se ajustó el rodete del pelo frente al vidrio de la ventana. Cuando giró la llave de la puerta volvió a ser la profesora Camila de siempre, la que daba lengua y literatura con voz neutra y nunca, jamás, sonreía en horario de clase.
Yo salí al pasillo con la mochila contra el pecho, las bragas mojadas guardadas en el bolsillo interior, el corazón todavía latiéndome contra la garganta.
Caminé hasta el portón sin mirar atrás.
Faltaba una semana para la próxima clase con ella. Una semana entera para inventarme qué le iba a contar, qué iba a hacer con sus bragas, cómo iba a estirar cada noche el recuerdo de su lengua contra mí hasta que llegara el momento de volver a verla.
Y ya sabía que no iba a poder pensar en otra cosa.