La tarde que descubrí que me gustaban las mujeres
Mariana tenía dieciocho años y vivía con la certeza de que el mundo era un lugar por descubrir. En la universidad la conocían por la risa fácil y por la cantidad de gente que orbitaba a su alrededor cuando entraba a cualquier salón. Estudiaba comunicación, salía con sus amigas los fines de semana y coleccionaba películas como otros coleccionaban estampillas. Podía pasar un sábado entero viendo cintas viejas sin moverse del sillón, comiendo papas fritas directamente de la bolsa y discutiendo planos con quien tuviera la mala suerte de sentarse a su lado.
Su prima Renata era cuatro años mayor y vivía sola en un departamento pequeño cerca del centro. Se parecían bastante: las dos eran morenas, las dos tenían los ojos oscuros y esa boca grande que en la familia decían que venía del lado materno. La diferencia estaba en la mirada. Renata siempre miraba como si supiera algo que los demás no.
—Ven el sábado por la tarde —le había dicho por teléfono el martes—. Tengo unas películas que te van a interesar.
—¿Qué películas?
—Sorpresa. Si te lo cuento pierde la gracia.
Mariana llegó al departamento de su prima pasadas las cuatro. Había elegido la ropa con más cuidado del habitual, aunque no habría sabido explicar por qué. Una blusa negra ajustada que le marcaba los pechos, una falda corta de algodón claro, sandalias bajas. Hacía calor, y la falda dejaba que el aire le subiera por las piernas mientras caminaba desde la parada del autobús.
Renata abrió la puerta con una toalla en la mano y el pelo todavía mojado.
—Pasa. Hay limonada fría adentro.
El living estaba en penumbra. Renata había bajado las persianas, encendido el aire acondicionado y dejado el televisor en pausa con la pantalla en negro. Sobre la mesita había dos vasos y una botella de vino blanco abierta.
—¿Vino? Son las cuatro de la tarde.
—Es sábado. Siéntate.
Mariana se acomodó en el sofá. Renata trajo los vasos llenos, le pasó uno y se sentó al lado, más cerca de lo habitual. Sus muslos casi se rozaban. Mariana sintió ese detalle pero no dijo nada.
—Bueno, ¿qué es esto que te tiene tan misteriosa?
—Tú mira y después hablamos.
Renata apuntó el control y le dio play.
La pantalla se llenó con la imagen de una mujer desnuda sobre una cama. Un hombre, también desnudo, le besaba el cuello. La cámara los seguía sin prisa, sin cortes pudorosos. Mariana sintió que se le calentaba la cara.
—¿Es...?
—Sí. Es eso.
Mariana no podía apartar la mirada. Había leído sobre películas así, había oído chistes en la universidad, pero nunca había visto una de verdad. Le sorprendió que no fuera grosera. Que la mujer no fingiera. Que los dos cuerpos en pantalla se movieran con un ritmo que parecía honesto, sin actuación exagerada.
—¿Cómo puede dejar que la filmen haciendo esto? —preguntó casi en susurro.
—Algunos lo hacen porque les pagan. Otros porque les gusta.
La escena cambió. Ahora la mujer estaba arrodillada frente al hombre. Mariana sintió que algo se le contraía en el estómago al ver lo que hacía.
—Es... no entiendo cómo le puede gustar eso —dijo.
—Es delicioso. De los dos lados. Cuando aprendes a hacerlo bien, lo quieres hacer todo el tiempo.
—¿Tú lo hiciste?
—Varias veces.
Mariana giró la cara y la encontró mirándola. Renata no estaba viendo la película. La estaba viendo a ella.
Una mujer nueva entró en la escena. Se sumó a la pareja. Mariana se concentró otra vez en la pantalla, sintiendo que la conversación había rozado un borde que no quería cruzar todavía. La recién llegada besó al hombre, después besó a la otra mujer, y la otra mujer se dejó besar. La cámara se demoró ahí, en ese beso lento entre dos.
—Esa parte es la que más me gusta —dijo Renata en voz baja.
Mariana no contestó. Se dio cuenta de que respiraba un poco más rápido que antes. Cruzó las piernas y notó, con vergüenza, que la tela del calzón se le había humedecido.
Cuando volvió a girar la cabeza hacia su prima, se quedó sin aire.
Renata se había bajado el pantalón corto. Tenía las piernas abiertas y la mano entre ellas. Se acariciaba sin prisa, sin esconderse, con los ojos clavados en Mariana.
—¿Qué haces? —Mariana se escuchó preguntar la pregunta más estúpida del mundo.
—Lo que tú también quieres hacer.
Renata no se detuvo. Mariana no apartó la vista. La luz azul del televisor le dibujaba a su prima el contorno del muslo, el brillo de los dedos.
—Ven —dijo Renata.
Mariana negó con la cabeza, pero no se movió para alejarse.
—Quítate la falda. No te va a pasar nada que no quieras que pase.
La mano de Renata salió de entre sus piernas y se posó en la rodilla de Mariana. Subió lentamente, sin apuro, dándole tiempo. Mariana pudo haberla detenido. No la detuvo. Cuando los dedos de su prima llegaron al borde de la falda y la desabrocharon, ella misma se levantó un poco del sofá para que la prenda pudiera salir.
***
Los dedos de Renata se metieron por debajo del calzón y rozaron la piel. Mariana sintió que el corazón le subía hasta la garganta. Renata no la penetró todavía. Se quedó ahí, acariciando despacio el pubis, recorriendo el contorno con la yema, como si tuviera todo el tiempo del mundo.
—Tranquila —dijo Renata mientras con la otra mano le desabrochaba los botones de la blusa—. Mírame.
Mariana la miró. Y entonces Renata se inclinó y la besó.
El beso no fue como los que conocía. No había la torpeza de los chicos apurados, ni el sabor a cerveza, ni la barba que raspaba. Era una boca blanda, paciente, que sabía esperar. Mariana se dejó llevar. Sintió la lengua de su prima entrar despacio en su boca y se sorprendió de devolverle el beso con una urgencia que no había planeado.
Renata le quitó la blusa. Le desabrochó el sostén con una sola mano. La boca le bajó al cuello, después al pecho. Mariana sintió los dientes suaves alrededor del pezón y el aire se le cortó.
—Aquí no va a entrar nadie —dijo Renata contra su piel—. No tengas miedo.
Mariana no tenía miedo. Tenía otra cosa. Una mezcla de vergüenza y de hambre que no sabía cómo nombrar.
Renata le bajó el calzón con una lentitud calculada. Cuando Mariana quedó desnuda en el sofá, su prima dio un paso atrás para mirarla. Se sacó la camiseta por encima de la cabeza. Se sacó el sostén. Mariana vio los pechos de Renata, más pequeños que los suyos pero firmes, con los pezones ya parados.
—Recuéstate —dijo Renata.
Mariana se acomodó sobre los almohadones. Renata se subió encima, una pierna a cada lado, y la besó otra vez. Después le besó el cuello, los hombros, la línea entre los pechos, el ombligo. Le mordió la cadera con una suavidad que la hizo temblar. Y siguió bajando.
—Espera —dijo Mariana cuando entendió hacia dónde iba.
—Confía.
Renata le abrió las piernas con las dos manos. Mariana cerró los ojos y se cubrió la cara con un cojín. No quería ver. Y al segundo siguiente sintió la lengua de su prima exactamente donde se había imaginado mil veces que algún día una boca podría estar.
El cojín se le cayó al piso.
***
Renata sabía lo que hacía. Mariana no podía explicárselo, pero lo entendía con el cuerpo. Cada movimiento parecía calculado, cada pausa parecía a propósito. Cuando creía que ya no iba a poder soportar más, Renata aflojaba el ritmo y la dejaba respirar. Cuando creía que iba a perder el interés, su prima volvía con fuerza.
Sintió las puntas de los dedos de Renata acariciar la entrada sin meterse, sin presionar. Sintió un dedo rozar el clítoris al mismo tiempo que la lengua trabajaba un poco más abajo. Sintió las dos cosas combinarse hasta que dejaron de ser dos cosas y fueron una sola.
Hubo un instante en que tuvo la sensación de que se iba a hacer pis. Casi se lo dijo. Casi le pidió que parara. Pero algo le dijo que no, que aguantara, y aguantó. Entonces la sensación pasó y empezó otra: un cosquilleo que le nacía adentro del estómago y le subía por el pecho hasta el cuello. Tembló. Sintió que el aire se le iba del cuerpo. Gritó. No se reconoció en el grito.
Cuando abrió los ojos, Renata estaba apoyando la cabeza sobre su muslo, mirándola con una sonrisa.
—Bueno —dijo Renata—. Eso era.
Mariana no podía hablar. Se rió, sin saber por qué.
—Ven aquí —tiró del brazo de su prima y la atrajo hasta su cara.
La besó. Sintió en la boca de Renata un sabor que era el suyo y que era nuevo. No le dio asco. Le dio ganas de más.
—Ahora yo —dijo, sin saber bien qué estaba prometiendo.
—¿Estás segura?
—Ven.
Mariana se acordó de algo que había visto en la película un rato antes. Acomodó a Renata para que se montara al revés sobre ella. Cuando la sintió encima, con las piernas a cada lado de su cabeza, le tembló un poco la valentía. Pero ya estaba ahí. Y Renata olía bien. Y Renata tenía la boca otra vez entre sus piernas.
Hizo lo que pudo, con la lengua y con los dedos. Imitó lo que su prima le había hecho hacía un minuto. Probó. Se equivocó. Probó otra vez. Renata gemía contra ella y eso le indicaba qué cosa estaba funcionando. Cuando algo le gustaba especialmente, le clavaba un poco las uñas en el muslo. Mariana fue aprendiendo a leer esas señales como quien aprende un idioma nuevo.
***
Renata se vino mordiendo la cara interna del muslo de Mariana. Cuando terminó, se dejó caer al costado, en el sofá angosto, con las dos respiraciones encontrándose en el mismo aire.
—No te voy a decir que aprendes rápido —dijo Renata, todavía sin aire.
—Tampoco tú tardaste en darte cuenta de que esto era lo que querías mostrarme.
—No. Tardé bastante en decidirme.
Se quedaron un rato así, los cuerpos pegados, el televisor de fondo con la película que ya nadie miraba. Mariana sentía cómo el sudor se le secaba en la espalda. Renata le acariciaba el pelo despacio.
—¿Y ahora? —preguntó Mariana.
—Ahora nada. O lo que tú quieras.
—¿Lo hiciste por la película?
—La película fue una excusa. Hace tiempo que tenía ganas de invitarte y no sabía cómo.
Mariana cerró los ojos. Pensó en su madre y en la madre de Renata. Pensó en lo que dirían las dos si supieran. Pensó que no iban a saber. Pensó que esa idea, en lugar de asustarla, la encendía otra vez.
Se giró hacia su prima y le pasó una pierna por encima de la cadera.
—¿Cuánto tiempo tenemos hasta que vuelva alguien? —preguntó.
—Toda la noche. Mi mamá se fue al campo. Le dije que te quedabas a dormir.
Mariana le sonrió contra la boca.
—Bien pensado.
La besó de nuevo. Y supo, sin necesidad de decírselo a nadie, que iban a poder repetir esa tarde muchas veces más. En el departamento de Renata, en cumpleaños familiares en los que se escabullirían al baño, en las pijamadas de toda la vida que ahora tendrían un sentido nuevo. Nadie sospecharía nada de dos primas que se llevaban tan bien.
La idea, sola, fue suficiente para volver a empezar.