Mi amiga me enseñó lo que era estar con una mujer
Hacía dos años que Camila y yo planeábamos ese viaje. El departamento que su tía nos había prestado quedaba a tres calles del mar, en un edificio sin elevador y con ventiladores en lugar de aire acondicionado. Era enero, pero el calor del puerto no entendía de calendarios.
Llevábamos cinco días en bikini desde el desayuno hasta la cena. Era lo más cómodo, lo más natural, y a nadie le importaba. Esa tarde habíamos vuelto temprano de la playa, con la piel salada y el pelo todavía húmedo, y nos derrumbamos las dos en el sofá largo del living, frente al ventilador que apenas movía el aire.
—Tengo flojera de bañarme —dijo ella, tapándose los ojos con el brazo.
—Yo también. Me bañé en el mar, eso cuenta.
—Eso no cuenta —se rió, pero no se movió.
Camila era mi mejor amiga desde la preparatoria. Habíamos compartido cuadernos, novios pasajeros, secretos de borrachera y vacaciones familiares enteras. Pero nunca habíamos pasado tantos días juntas, las dos solas, en un lugar donde nadie nos esperaba. Y algo había cambiado desde que llegamos. Algo en la forma en que ella me miraba cuando creía que yo no me daba cuenta.
Estábamos viendo no sé qué serie en su laptop, las dos recostadas en el sofá con los pies hacia lados opuestos. En algún momento, ella apoyó la mano sobre mi muslo. Al principio fue solo el peso, una caricia descuidada, como tantas otras veces. Después sus dedos empezaron a dibujar círculos pequeños sobre mi piel.
Yo no dije nada. No quería que se detuviera, y eso me asustó más que la propia caricia.
—Oye —dijo de pronto, con la voz un poco más baja—. ¿Tú alguna vez has estado con otra chica?
Giré la cabeza para mirarla. Tenía esa sonrisa que pone cuando sabe que está siendo descarada y le da igual.
—¿Estado cómo? —pregunté, haciéndome la tonta.
—Tonta —se rió y me apretó el muslo un poco más fuerte—. Tú sabes. Besitos. Caricias. Eso.
—No —dije, sosteniéndole la mirada.
Hubo un silencio que duró demasiado. Camila no apartó la mano. Yo no aparté la pierna. La laptop seguía reproduciendo la serie y ninguna de las dos miraba la pantalla.
—¿No estarás pensando en algo conmigo, no? —solté, y me arrepentí en el mismo momento de decirlo, porque sonó a desafío más que a pregunta.
Ella se incorporó muy despacio, sin retirar la mano. Se acercó hasta quedar a un palmo de mi cara. Olía a bloqueador con coco y a sal de mar.
—¿Y si sí? —susurró.
No supe qué contestar.
No me hizo falta. Camila se inclinó y me besó el cuello, debajo de la oreja, en ese punto que solo conoce alguien que te ha visto despeinada y sin maquillaje muchas veces. Sentí sus labios suaves, tibios, y el roce de su mentón en mi hombro.
—Si quieres que pare, dilo ahora —murmuró.
No lo dije.
***
El primer beso en la boca fue lento. Firme, pero sin prisa, como si me estuviera dando tiempo a entender lo que estaba pasando. Yo tenía los ojos cerrados y la boca entreabierta, y cuando su lengua tocó la mía, algo en el estómago se me apretó con fuerza, como si todo el aire del departamento se hubiera ido por la ventana.
Era distinto a besar a Mateo, mi novio. La boca de Camila era más pequeña, sus labios más finos, no tenía ese roce áspero de la barba. Tenía un sabor a limón del agua que habíamos tomado en la playa, y un calor distinto, más adentro. Me besaba como si llevara mucho tiempo queriendo hacerlo.
Pensé en Mateo solo un segundo. Después dejé de pensar.
Sus manos no se quedaron quietas. Bajaron por mi cuello, por mi clavícula, hasta los tirantes del bikini. Los corrió hacia afuera de los hombros con un movimiento que no parecía la primera vez que lo hacía. Yo tampoco me detuve. Me incorporé un poco para que pudiera desatarme la parte de arriba, y cuando la prenda cayó al sofá, los pezones se me pusieron duros antes de que ella siquiera me tocara.
—Estás temblando —dijo, mirándome.
—Tengo frío —mentí.
—Mentirosa.
Se inclinó y me besó el pecho. Primero un pezón, despacio, con la punta de la lengua, y después el otro. Sus manos me sostenían los costados como si tuviera miedo de que me cayera. Yo no me iba a caer. Estaba clavada al sofá, con la cabeza echada hacia atrás y los dedos enredados en su pelo.
—Camila —dije, y no supe seguir.
—Shh.
Empezó a bajar. Besó el centro de mi vientre, pasó la lengua por la cicatriz que me había quedado de la apendicitis, mordisqueó el borde de la pantaleta del bikini. Cuando llegó a mis muslos, los abrí sin que tuviera que pedírmelo. Lo hice como se abre algo que ya no se puede contener.
—Estás empapada —dijo, casi en un susurro, casi con orgullo.
—Es tu culpa.
—Lo sé.
Desató los nudos laterales del bikini con dos tirones. Quedé desnuda, expuesta, mientras ella seguía con el suyo puesto. Esa diferencia me pareció más erótica que cualquier otra cosa: yo entregada, ella todavía vestida, decidiendo el ritmo.
Su primera lamida fue larga, deliberada, de abajo hacia arriba. Cerré los ojos con tanta fuerza que vi destellos. La segunda fue más lenta. La tercera se detuvo justo en el clítoris, con una presión exacta que no se aprende leyendo libros. Solté un gemido que ni siquiera reconocí como mío.
—Más fuerte —dije, y me sorprendió escucharme pedirle algo.
Ella obedeció. Su lengua trabajaba con una precisión que me hizo entender cuánto había pensado en hacerlo. Mi cuerpo empezó a contraerse en oleadas pequeñas que se acumulaban una encima de otra. Me agarré del respaldo del sofá. Le clavé la mano libre en el pelo. Mis caderas se movían solas, buscándola.
El primer orgasmo me llegó sin aviso. Fue corto, intenso, como un calambre dulce que me recorrió desde los pies. No me dejó descansar. Camila no se detuvo. Siguió con la lengua, y al rato sus dedos se sumaron, dos, despacio, hasta el fondo. La sensación era doble, y yo no estaba preparada para esa doble sensación.
El segundo orgasmo fue más largo. Más profundo. Sentí que el sofá, el departamento entero, se desarmaban a mi alrededor. Cuando por fin pude abrir los ojos, Camila tenía la boca y el mentón brillantes y una sonrisa de gato.
—¿Estás bien? —preguntó.
No le pude contestar enseguida. Asentí con la cabeza, todavía agitada.
—Ven —dije al final, tirándole del brazo.
***
Subió por mi cuerpo y se acostó encima de mí. Su piel estaba caliente, ligeramente pegajosa por el bloqueador. Me besó en la boca, y por primera vez probé el sabor de mí misma en otra persona. No me dio asco. Me dio curiosidad. Y después me dieron ganas de ser yo la que estuviera abajo.
—Quítate eso —le dije, jalándole el tirante del bikini.
—¿Tú vas a…? —empezó, con una ceja levantada.
—Yo no sé qué voy a hacer. Pero quiero intentarlo.
Se rió bajito y se desabrochó el bikini ella misma. Sus pechos eran más pequeños que los míos, más firmes, con los pezones oscuros y duros. Bajé las manos por sus caderas y le quité también la parte de abajo. Tenía un triángulo de vello recortado, perfectamente cuidado, y un olor distinto, particular, que me mareó un poco.
La acomodé sobre mi cara, despacio, sin saber muy bien qué iba a hacer ni cómo. Ella se sostuvo del respaldo del sofá. Cuando le pasé la lengua por primera vez, sentí su cuerpo estremecerse, y eso me dio confianza para seguir.
—Despacio —dijo—. Más arriba. Ahí. Justo ahí.
Aprendí rápido. Era como descifrar un mapa con sus respiraciones, sus pequeños quejidos, la presión de sus muslos contra mis orejas. Camila guiaba con la cadera más que con la voz, y yo me dejaba llevar como una alumna nueva pero atenta.
—Voy a venirme —dijo de pronto, con los ojos cerrados.
No me lo creí del todo hasta que la sentí temblar encima de mí. No fue un grito ni nada parecido. Fue un gemido largo, contenido, como si lo estuviera apretando entre los dientes. Sus muslos se cerraron alrededor de mi cara, y yo no quise que se abrieran nunca.
Cuando se dejó caer al lado mío, las dos quedamos sin aliento. El ventilador seguía dando vueltas. La serie en la laptop había terminado y solo se escuchaba el menú principal en bucle.
—No me imaginaba que se sintiera así —dije.
—¿Diferente a Mateo?
—No es diferente. Es otra cosa.
Camila se acomodó de costado, apoyada en un codo, y me miró un buen rato sin decir nada. Después me pasó un dedo por el labio inferior, despacio, como si estuviera dibujando algo.
—¿Te arrepientes?
—No.
—¿Se lo vas a contar?
Esa pregunta me agarró desprevenida. Pensé en Mateo, en su cara cuando me viniera a buscar al aeropuerto, en los mensajes de buenos días que me había mandado cada mañana de ese viaje. Pensé en lo que era cierto y en lo que era mío.
—No sé —dije—. Quizá no es algo que necesite saber.
Camila asintió, sin juzgar. Se inclinó y me besó otra vez en los labios, ya sin ese filo de urgencia. Era un beso de después, de complicidad, de las dos sabiendo que algo había pasado y que ese algo no nos pertenecía a nadie más.
—¿Y mañana? —pregunté.
—Mañana volvemos a la playa.
—¿Y por la tarde?
—Por la tarde volvemos al sofá.
Nos quedamos así un buen rato, las dos desnudas, mirando el techo del departamento prestado, con el ventilador moviendo el aire caliente del puerto y el ruido lejano del mar. Yo no sabía si era lesbiana, o bisexual, o qué etiqueta me iba a tocar elegir cuando volviera a la ciudad. En ese instante, francamente, no me importaba.