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Relatos Ardientes

La dependienta cerró la tienda y entró al probador

Esa tarde de finales de marzo no tenía planes. Había salido a caminar por el centro de Valdemar porque el sol entraba oblicuo entre las calles estrechas y la casa se me caía encima. Me gustaba mirar escaparates sin intención real de comprar nada, como si pasear fuera el verdadero motivo y todo lo demás una excusa para no quedarme quieta.

Llevaba más de una hora yendo de tienda en tienda cuando me detuve frente a una boutique nueva, de esas que abren entre un café y una librería pequeña y que parecen escondidas a propósito. En el escaparate, sobre un maniquí blanco, colgaba un body de encaje azul oscuro con tirantes muy finos y un detalle de seda en la cintura. No era el típico conjunto barato. Tenía algo que me obligó a quedarme quieta un segundo más de la cuenta, con la mano en el bolso y la mirada fija en el reflejo del cristal.

Empujé la puerta y sonó una campanilla pequeña. Olía a vainilla y a tela nueva. Detrás del mostrador, una chica de mi edad —o quizá un par de años menor— levantó la vista de un cuaderno. Pelo castaño recogido en un moño flojo, camisa blanca abierta hasta el segundo botón, un anillo de plata en el pulgar.

—Hola —dijo, y sonrió como sonríen las personas que no necesitan vender nada para ser amables.

—Hola. Vi el body azul del escaparate. ¿Tienes mi talla?

Me miró de arriba abajo con una rapidez profesional.

—Una treinta y ocho, ¿verdad?

—Treinta y seis, en realidad.

—Ah. —Volvió a mirarme, ahora distinto, sin disimular del todo—. Sí, tengo. Voy a buscarla.

Mientras desaparecía por una puerta detrás del mostrador, miré alrededor. La tienda era pequeña: dos paredes con prendas colgadas, un mueble bajo de cajones y, al fondo, separado por una cortina granate, un único probador. No había nadie más. Por la ventana se veía la calle vacía. La hora de la siesta tiene esa cualidad rara de paralizar las ciudades pequeñas, como si el tiempo se hubiera puesto a otra cosa.

Volvió con el body en una percha de madera.

—Toma. Si necesitas otra talla o ayuda con los cierres, me avisas.

Empujé la cortina del probador y me quedé sola frente al espejo. El cubículo era más amplio de lo que esperaba, con un banquito tapizado, un perchero pequeño y una luz cálida que no agredía. Me desvestí despacio. Sentía, no sé por qué, que me estaba preparando para algo más que probarme una prenda.

Igual estoy imaginando cosas, pensé mientras me deslizaba los tirantes por los hombros. Igual no.

El body se ajustaba a la perfección por arriba, pero por la espalda tenía una hilera de ganchitos diminutos que no conseguía cerrar yo sola. Lo intenté tres veces. A la cuarta saqué la cabeza por la cortina.

—Perdona. ¿Me ayudas con los corchetes?

Llegó en dos pasos. Se quedó un instante en la entrada del probador, como si esperara permiso, y luego entró del todo y corrió la cortina detrás de sí.

—¿Te molesta si cierro la puerta de la calle? —dijo en voz baja—. Es la hora muerta y no me apetece tener que dejarte a medias para atender a nadie.

—Cierra —contesté, y oí el chasquido del cerrojo aunque ella ni siquiera había salido del probador. Tenía un mando a distancia para la puerta. Detalles así, los pensé después, no se inventan por casualidad.

***

Se colocó detrás de mí. Empecé a sentir sus dedos en la curva baja de la espalda, ajustando el primer corchete con una concentración que no era del todo necesaria. El segundo le costó un poco más. Su aliento me llegaba a la nuca y olía a menta y a té frío. El tercer corchete lo cerró rozándome la piel con el dorso de la mano y, cuando llegó al cuarto, ya no apartó los dedos.

—¿Te aprieta? —preguntó.

—Un poco.

No me apretaba. Mentí porque quería que sus manos siguieran ahí.

Aflojó la prenda en la cintura. Sus pulgares se quedaron un instante de más sobre mis caderas. Levanté los ojos hacia el espejo y me encontré con los suyos, esperándome. Tenía los iris muy oscuros, casi negros, y una manera de mirar que no preguntaba ni pedía: solo observaba, como si yo estuviera tomando la decisión por las dos.

—¿Cómo te llamas? —dije, porque no se me ocurrió nada mejor.

—Mara.

—Mara —repetí, como si necesitara saborear la palabra antes de hacer cualquier otra cosa.

Me giré despacio. Quedamos a unos centímetros, ella con la espalda contra el espejo, yo todavía con el body a medio cerrar. No hubo declaraciones ni preguntas. Me incliné y la besé en la comisura del labio, una vez, una segunda. Ella no se apartó. A la tercera fue ella quien me buscó la boca entera.

Besaba con calma, como si tuviera todo el tiempo del mundo y no fuera a quedarse corta de aire jamás. Le pasé una mano por la nuca y le solté el moño. El pelo le cayó hasta los hombros y, no sé por qué, me pareció que ese gesto era más íntimo que cualquier otra cosa.

Sus manos bajaron por mis costados y me terminaron de quitar el body. La prenda quedó hecha un bulto en el banquito. Estaba desnuda en un probador con una desconocida y, sin embargo, no sentía vergüenza. Sentía una claridad rara, como cuando entiendes una decisión justo en el momento de tomarla.

—¿Estás segura? —preguntó ella, separándose un segundo.

—Estoy aquí, ¿no?

Se rio sin sonido. Le desabroché los botones de la camisa uno a uno, sin prisa, observando cómo aparecía la piel debajo. No llevaba sujetador. Tenía los pechos pequeños, de pezones claros, y un lunar diminuto justo bajo la clavícula izquierda. Me incliné a besarlo primero, porque me pareció el sitio más educado para empezar.

Le corrí la camisa por los hombros y la dejé caer al suelo. Después deslicé las manos por su cintura, sintiendo la tersura de la piel y la tensión en los músculos del abdomen. Mara respiró hondo cuando le rozé el vientre con la punta de los dedos. Le bajé el pantalón lo suficiente como para que pudiera apartarlo por sí sola y vi la braga negra básica, sin encaje ni adornos, pegada a su pubis. Me gustó precisamente por eso: por lo simple, por la manera directa en que me enseñaba lo que había sin hacer teatro.

—Eres preciosa —dije, sin pensar.

Ella arqueó apenas una ceja, divertida, y me empujó despacio contra la pared del probador. No fue brusco, pero sí firme, como si quisiera demostrarme que también sabía tomar la iniciativa. Me besó el cuello, detrás de la oreja, la garganta. Luego me mordió con suavidad la clavícula y sentí un cosquilleo caliente bajar hasta el centro del cuerpo.

Le quité el pantalón del todo y le bajé la braga. Su coño estaba ya húmedo, brillante, abierto en esa rendija tibia que me hizo tragar saliva. No hubo pudor ni rodeos; nos miramos un segundo y entendimos lo mismo. Mara apoyó una mano en mi cadera y la otra me abrió las piernas con una precisión lenta. Sus dedos me tocaron primero por fuera, rozando los labios del coño, dibujando círculos alrededor del clítoris con una paciencia casi cruel.

—Así —murmuró—. Quédate quieta.

Me temblaron las rodillas. Me agarré al borde del espejo para no desarmarme. Ella hundió dos dedos en mí con cuidado, apenas un poco, lo justo para probar el camino y volver a sacar, como si quisiera medir mi calor. Luego lo hizo otra vez, más adentro, y yo solté un gemido que me dio vergüenza solo medio segundo antes de olvidarlo por completo.

—No te cortes —dijo, con la boca pegada a mi piel—. Quiero oírte.

Me besó entre las piernas, primero por encima de la humedad, luego ya sin ninguna delicadeza innecesaria. Separó mis labios con la lengua, lamiéndome de abajo arriba, y me sostuvo las nalgas con ambas manos para acercarme más a su cara. El primer contacto directo en el clítoris me hizo arquear la espalda con un estremecimiento que me recorrió entera. Ella no se detuvo; al contrario, aumentó el ritmo, chupando, lamiendo, alternando presión con pequeños golpes de lengua que me iban desarmando por capas.

—Mara —dije, casi sin voz.

—Aquí —contestó sin levantar la cabeza, y volvió a hundirse entre mis muslos.

Le enredé los dedos en el pelo y tiré despacio, no para hacerle daño sino para pedirle más. Ella respondió con un gemido vibrante que me sacudió por dentro. Sentí su nariz presionando mi monte, su lengua empujando dentro de mí de una manera tan precisa que cada sacudida me arrancaba un jadeo nuevo. El aire del probador estaba cargado de calor, de olor a tela y a sexo recién empezado, y yo ya no pensaba en nada más que en la boca de Mara, en su lengua, en esa manera suya de llevarme al borde como si conociera mi cuerpo mejor que yo.

—Estoy cerca —dije, apretando las piernas.

Ella me sujetó con fuerza por las caderas y metió dos dedos más en mí, abriéndome, acompañando los movimientos con la lengua sobre el clítoris. El placer se volvió más pesado, más hondo, hasta que dejó de ser solo placer y empezó a ser una necesidad física, una tensión insoportable que me tensaba el abdomen y me hacía respirar a golpes.

Me corrí despacio, sin estruendo, con la mandíbula apretada y las manos cerradas en su pelo. Fue uno de esos orgasmos que duran más de lo que deberían, una ola larga que va perdiendo fuerza por etapas. Ella no se apartó; siguió lamiéndome unos segundos más, exprimiendo las últimas sacudidas, hasta que mi cuerpo dejó de temblar del todo.

Cuando terminé, se quedó un rato apoyando la frente en el interior de mi muslo, respirando. Le acaricié la sien con el pulgar. No dijimos nada.

***

Me incorporé. Le tendí la mano y la levanté del suelo. Le quité la única prenda que le quedaba y nos cambiamos las posiciones: ella sentada en el banquito, yo de rodillas frente a ella. Le aparté el pelo de la cara —se le pegaba a las mejillas— y, antes de bajar, le besé la boca, larga, lentamente, para que se diera cuenta de que iba a tomarme tanto tiempo como ella se había tomado conmigo.

Le besé las clavículas, los pechos, el abdomen. Le acaricié los muslos por dentro, separándoselos poco a poco, mientras ella se agarraba al borde del banquito con los dedos blancos de fuerza. Cuando llegué a la cara interna del muslo, ella tenía la respiración cortada y los pezones duros, apuntándome desde arriba como pequeñas puntas rosadas. Le bajé la última barrera de tela y me encontré con su coño abierto, húmedo, resbaladizo, ya temblando antes siquiera de tocarlo.

La probé despacio, con cuidado, prestando atención a cada reacción suya como si fuera un alfabeto que tenía que aprender de memoria. Tenía un sabor limpio, casi salado, y la sentía latir bajo la lengua. Le di primero lamidas largas, luego más cortas, alternando presión y succión, metiendo la lengua entre los labios del coño hasta hacerla gemir por lo bajo. Cuando encontré el punto exacto, el cuerpo entero de Mara se tensó y sus caderas empujaron contra mi boca como si se hubiera olvidado de que estaba en una tienda y no en una cama.

—Joder —murmuró, con la voz rota—. Así, sí.

Le sujeté las piernas abiertas con las manos, hundiendo los dedos en la carne de los muslos para no perder el ritmo. Volvía una y otra vez al clítoris, lamiéndolo con movimientos firmes, sin vacilar, mientras los dedos de Mara me tiraban del pelo y sus caderas empezaban a moverse en pequeñas embestidas involuntarias. Cada vez que me rozaba un punto concreto, yo notaba que se le escapaba un gemido más alto, cada vez menos controlado.

Luego me hizo subir. Se incorporó de golpe, me besó con hambre y me empujó hacia atrás hasta que mi espalda volvió a tocar la pared del probador. Se agachó, me separó las piernas y hundió la cara entre ellas con una urgencia que ya no tenía nada de paciente. Esta vez no hubo suavidad: me lamió con una especie de furia contenida, alternando la lengua con pequeños mordiscos alrededor del clítoris, hasta que sentí que el cuerpo entero se me aflojaba.

—No pares —le pedí, y me sorprendió lo clara que sonó mi voz.

—No pienso parar.

Le hundí una mano en el pelo y con la otra me sujeté al borde del espejo. Mara metió un dedo dentro de mí mientras seguía chupándome, y el doble movimiento me hizo perder por completo la noción del espacio. El techo, la moqueta, la cortina granate, todo se volvió secundario frente al latido brutal que me estaba creciendo entre las piernas. El segundo orgasmo llegó más rápido, más salvaje, con un espasmo que me hizo doblar la espalda y un gemido que se me escapó sin permiso.

Cuando se me pasó, ambas estábamos respirando como si hubiéramos corrido.

Nos quedamos así un rato largo. Nadie habló. Por las rendijas de la cortina entraba la luz amarilla de la tienda y, más allá, la calle seguía vacía. Pensé que era la primera vez en mucho tiempo que el silencio no me incomodaba.

***

Me vestí despacio. Mara me alcanzó la ropa pieza por pieza, como una cómplice. Antes de salir del probador me devolvió la mirada en el espejo. Le sonreí sin decir nada y, mientras me ataba los cordones de las botas, ella se puso de nuevo la camisa, ajustó el primer botón y se recogió el pelo en un moño nuevo, esta vez más prolijo.

Pagué el body en silencio. Mara me preguntó, con su mejor voz de dependienta, si quería bolsa de papel o de tela. Le pedí la de tela. Cuando me dio el cambio, sus dedos me rozaron la palma de la mano un segundo más de lo necesario.

—Si pasas por aquí otro miércoles a esta hora —dijo, sin mirarme, ordenando perchas—, suelo estar yo sola.

No le contesté con palabras. Asentí, abrí la puerta y salí. La campanilla volvió a sonar a mi espalda. La calle olía a piedra recalentada y a primavera incipiente.

Caminé con la bolsa de tela colgada del hombro, sintiendo el body envuelto en papel de seda contra la cadera. No le conté a nadie lo que había pasado esa tarde. Esta es la primera vez que lo escribo, y solo porque alguien me pidió un día que contara una confesión verdadera, una de esas que se quedan a vivir contigo. Han pasado dos meses y todavía algunos miércoles, sin pensarlo mucho, mis pies me llevan por el centro hasta esa calle estrecha donde el sol entra oblicuo y la boutique azul espera con la campanilla pequeña y la cortina granate.

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Comentarios(8)

MatiasLx

Dios mio, que relato. Me quede pegado desde el primer parrafo, no pude parar de leer.

CarlaFiel

Necesito una segunda parte urgente!!! Como termino todo eso???

PabloMdz77

Que buena pluma, se nota que es alguien que sabe escribir. Cada detalle te mete dentro de la escena sin ser burdo para nada. Felicitaciones, de verdad.

Silvia_BA

jaja esa parte de la cortina me mato... la adrenalina que debe dar. Increible

LectorNocturno

Por favor continua, quede con muchisimas ganas de saber como siguio todo eso

NachoCorrientes

Me recordo a una vez que fui a comprar ropa con una conocida y algo asi estuvo a punto de pasar, solo que no llego a tanto jaja. Muy bueno el relato.

Cintia_r

corto pero intenso, gracias por compartir!

DiegoM_Tucuman

A mi me cuesta creer que estas cosas pasen en la vida real pero si lo contas asi de natural, quien soy yo para dudar jaja. Buen relato, esperando mas.

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