Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Renata me enseñó lo que ningún hombre supo darme

Lo escribo después de mucho tiempo, porque hay noches que una no cuenta hasta que está lista para entenderlas. La mía fue en otoño de 2014, cuando todavía arrastraba el segundo divorcio como un mueble pesado por la casa y me dedicaba a coleccionar errores con la convicción de quien busca demostrarse algo. Tenía treinta y cuatro años, dos rupturas a cuestas y la certeza de que ya nada me sorprendería.

Me equivoqué.

Renata era amiga de Sofía, y Sofía me había arrastrado a una reunión por el cumpleaños de otra del grupo. Fuimos a un restaurante en Polanco, de esos con luz baja y mesas largas, donde las copas se sirven sin que termines la anterior. Yo no conocía a la mitad de las invitadas, y entre todas esas caras nuevas la suya fue la primera que se me quedó.

Tenía cuarenta y dos años, aunque cualquiera le habría puesto treinta. Pelo negro recogido en un moño flojo, los hombros desnudos y una sonrisa que parecía dirigida solo a mí desde el otro lado de la mesa. Sofía me la presentó con un gesto rápido, y Renata me dio dos besos que duraron un segundo más de la cuenta.

—Sofía me ha hablado de ti —dijo, y en la manera de decirlo había algo que no era exactamente cortesía.

—Espero que poco.

—Lo justo —contestó—. Lo demás prefiero averiguarlo yo.

Me reí porque no supe qué otra cosa hacer. Las primeras horas las pasé sintiendo su mirada sobre mí cada vez que levantaba la copa. No era invasiva, pero tampoco discreta. Cuando se acercó a saludarme por segunda vez, ya con el postre, me apoyó la mano en la cintura y no la retiró en todo el rato que estuvo hablando conmigo.

Olía a algo cítrico y a almendra, y tenía esa costumbre de inclinarse cuando hablaba, como si lo que decía fuera demasiado importante para repartirlo entre varias personas.

—Eres preciosa —me dijo en voz baja, lo bastante cerca como para que sintiera su aliento—. ¿Te lo dicen mucho?

—A veces.

—Pues lo dicen mal. Hay que decirlo así.

No supe responder. Sofía nos miraba desde el otro extremo de la mesa con la cara descompuesta, y yo entendí que aquello la incomodaba. Llevaba meses tirándome indirectas esperando una señal mía que nunca había llegado, y Renata —que sin duda sabía la historia— acababa de plantarse en medio del cuadro sin pedir permiso.

Después de la cena, alguien propuso seguir en un bar de la zona. Bailamos. Yo llevaba una falda corta y unos tacones que me apretaban, y Renata me sacó a la pista antes de que pudiera decir si quería o no. Bailaba pegada, con las dos manos en mis caderas, llevándome ella. Me hablaba al oído cosas que ya no recuerdo del todo, frases sueltas que sonaban a piropo y a invitación al mismo tiempo. En un momento me besó en la mejilla, muy cerca de la comisura, y yo me quedé quieta. No la aparté.

Sofía se fue del bar sin despedirse. Lo supe porque en algún momento miré hacia la barra y ya no estaba. Renata lo notó también, y siguió bailando como si no hubiera pasado nada.

—Ya no hay testigos —me dijo al oído—. ¿Vienes a mi casa?

—No sé.

—Tengo una botella de vino que no me bebería sola. Solo a tomar una copa.

—No vine a esto.

—¿A qué viniste?

No tenía una respuesta sincera. Llevaba meses huyendo de mi propia casa los fines de semana, sin importar la excusa. Renata pagó la cuenta sin esperar mi confirmación y me ofreció el brazo en la puerta del bar como si lo hubiéramos hablado todo ya.

***

Su departamento estaba en Las Lomas, en un edificio con portero y un ascensor de espejos donde me vi entrar con ella y pensé que iba a cometer un error. No me importó. La alfombra del salón era gris claro, gruesa, de las que invitan a quitarse los zapatos antes de pisarla. Me los quité antes de que me lo pidiera.

—Así me gusta —dijo, y fue a buscar la botella.

Hablamos un rato sobre cosas que no eran lo que estaba pasando: sus viajes, mi trabajo, una amiga en común, una serie que ninguna de las dos había terminado. Pero todo el rato sus dedos jugaban con el cuello de mi blusa o me apartaban el pelo de la cara, y yo no la frenaba. Estaba sentada con las piernas dobladas debajo del cuerpo, descalza, y en algún momento ella me tomó un pie y empezó a masajearlo sin preguntar.

—Tienes los pies más bonitos que he visto en mucho tiempo.

—Por favor.

—En serio. Una se da cuenta enseguida de quién se cuida.

Su mano subió de la planta del pie al tobillo, y del tobillo a la pantorrilla, y de la pantorrilla a la rodilla, y yo no dije nada. Me miró fijo, dejó la copa en la mesa, y se inclinó sobre mí.

El primer beso fue lento. Era distinto. No tenía nada que ver con besar a un hombre: no había barba que rasguñara, no había prisa, no había esa torpeza que algunos confunden con pasión. Era una boca que sabía lo que estaba haciendo. Cuando se apartó, me miró como si me estuviera dando tiempo a salir corriendo.

—No sé si quiero hacer esto —dije, y me oí decirlo sin convicción.

—No tienes que decidir nada. Solo déjate.

***

Me desabrochó la blusa botón por botón, sin apuro. Cuando me la quitó, la dejó doblada sobre el respaldo del sofá, como si tuviera tiempo de sobra. Yo cerré los ojos. Tenía miedo de mirarla y arrepentirme, o de mirarla y querer más, y no sabía qué era peor.

Empezó por el cuello. Bajó por la clavícula, por los hombros, por el escote. Su lengua dibujaba líneas que se enfriaban un segundo después de que las dejara. Cada vez que pensaba que iba a llegar al pecho, subía otra vez, hasta que me oí pedirle en voz baja que dejara de hacerme esperar. Solo entonces me desabrochó el sostén, me lo sacó despacio y se quedó mirándome las tetas un segundo antes de agacharse. Me chupó un pezón entero, primero apenas rozándolo con la lengua, después con la boca llena, tirando y soltando, mientras con la otra mano me apretaba el otro pecho y me pellizcaba el pezón hasta ponerlo duro como una piedra. Pasaba de una teta a la otra sin apuro, mordiendo suave, chupando fuerte, mirándome desde abajo para ver la cara que se me iba poniendo.

—Se te ponen preciosos —murmuró contra mi piel—. Me los podría chupar toda la noche.

Los hombres con los que había estado iban siempre al destino; ella se quedaba en el camino y hacía del camino el destino. Me tumbó sobre la alfombra y se puso detrás de mí. Sentí su boca en los talones primero, y luego subiendo, sin saltarse un centímetro: las pantorrillas, la parte de atrás de las rodillas, los muslos, hasta las nalgas. Me mordió una y me pasó la lengua encima del mordisco, y yo pegué un respingo. Cada beso era una pregunta. Yo respondía respirando más fuerte, apretando los muslos, buscándole la boca con el culo levantado. Cuando me bajó la falda y las bragas de un solo tirón, ya estaba completamente entregada, empapada, con las piernas abiertas sin darme cuenta de que las había abierto.

No me reconozco. Y no quiero reconocerme.

—Mírate —dijo en voz baja, casi para ella—. Mírate cómo te has puesto. Chorreando, y todavía no te he tocado el coño.

Me pasó dos dedos por la raja, de abajo hacia arriba, muy despacio, recogiendo lo mojada que estaba, y después me los enseñó brillando antes de metérselos ella misma en la boca y chuparlos como si fueran un caramelo.

—Sabes bien —dijo—. Sabía que ibas a saber bien.

Se desnudó delante de mí, sin pudor, mirándome para que la mirara. Tenía un cuerpo que no parecía de su edad: pechos firmes de pezones oscuros y grandes, cintura marcada, el pubis depilado con una raya finita, y una cicatriz pequeña en la cadera que no le pregunté. Volvió a mí, me terminó de desnudar del todo, y se acomodó entre mis piernas con la naturalidad de quien sabe exactamente lo que hace. Me abrió las piernas todo lo que dieron, se apoyó en los codos y se quedó un segundo mirándome el coño de cerca, respirándome encima.

—Qué bonito lo tienes —dijo—. Rosita, hinchado. Se te nota que hace tiempo que nadie te lo come bien.

—Cállate y hazlo —le pedí, y me dio vergüenza oírme hablar así.

Se rió contra mí y me pasó la lengua entera, de abajo hacia arriba, aplastando bien, aplastando todo, y a mí se me escapó un gemido largo que no supe de dónde había salido. Su lengua era otra cosa. Eso es lo único que puedo decir sin mentir. No tenía nada que ver con lo que me habían hecho antes. Sabía dónde detenerse, sabía cuándo apretar, sabía cuándo soplar suave. Empezó con la lengua plana, recorriéndome entera, y de a poco fue cerrando el círculo hasta el clítoris, donde se quedó a vivir un rato. Lo chupó como si fuera un pezón pequeño, tirando de él con los labios, y después le pasó la punta de la lengua en círculos rapidísimos que me hicieron levantar el culo de la alfombra. Yo me agarré a la alfombra como si fuera a despegar.

—¿Te gusta?

—Sigue. No pares.

—Dime que te gusta. Dime cómo se llama.

—Me gusta. Me gusta muchísimo, cómeme el coño, por favor, no pares.

—Así me gusta oírte.

Me metió un dedo hasta el fondo, y sentí cómo lo curvaba adentro, buscando algo. Cuando lo encontró, aprendí lo que era eso que nunca me habían tocado bien. Después metió el segundo dedo, y los movió despacio, entrando y saliendo, haciéndome un ruidito húmedo entre las piernas que me daba más morbo todavía, mientras seguía chupándome sin descanso. Cuando vio que ya no podía hablar, que se me estaban tensando los muslos y me temblaba la barriga, se detuvo de golpe y sacó los dedos. Me miró desde abajo, con la boca brillante, con la barbilla mojada de mí, sonriendo como si supiera lo que me estaba haciendo.

—Todavía no —dijo, y se lamió los dedos con los que me acababa de follar—. No quiero que termines tan rápido. Quiero tenerte así un rato largo.

—Hija de puta —dije, riéndome sin ganas.

—Eso también.

Me dio la vuelta. Me puso a cuatro patas sobre la alfombra, con el culo levantado y la cara apoyada en el cojín, y se acomodó detrás. Me abrió las nalgas con las dos manos, sin miramientos, y volvió a empezar, esta vez desde atrás, con la lengua entrando y saliendo de mi coño como si tuviera todo el tiempo del mundo. Después la subió más arriba, sobre el otro agujero, y me la pasó despacio, en círculos, hasta que me oí gemir de una manera que no había gemido nunca. Nadie me había hecho eso. Nadie se había atrevido, o yo no me había dejado. Con ella, no dije nada. Solo arqueé más la espalda y le ofrecí el culo entero.

—Mira lo bien que se abre para mí —murmuró—. Puta rica.

Volvió al coño, me metió otra vez dos dedos y esta vez los movió rápido, chapoteando, mientras me mordía suave una nalga y con el pulgar de la otra mano me presionaba el clítoris desde abajo. Yo mordí el cojín que había caído del sofá. Sentía la cara ardiendo, los muslos temblando y un calor que me subía desde el centro hasta la nuca. Empecé a echarle el culo encima, buscando los dedos, moviéndome yo, y ella me dejó, se rió bajito y me dijo al oído "eso es, fóllate mis dedos, así, así".

Cuando me corrí, fue largo. No fue uno de esos orgasmos cortos de los que una se recupera enseguida. Se me apretó todo alrededor de sus dedos, sentí las contracciones una detrás de otra, y ella no sacó los dedos, siguió moviéndolos despacio dentro de mí mientras yo temblaba entera. Me duró, me sacudió, y al final me dejó con la frente apoyada en la alfombra, con el culo en el aire, respirando como si hubiera corrido cuadras, gimiendo bajito cada vez que ella movía un poco los dedos que seguía teniendo dentro.

—Ahora descansa un minuto —me dijo, y me besó en la espalda mientras por fin retiraba la mano—. Después te quiero arriba. Quiero que me lo hagas tú a mí.

***

Cuando volví en mí, ella estaba acostada boca arriba, con una pierna doblada, esperándome. Se acariciaba una teta con una mano y con la otra se tocaba entre las piernas, sin urgencia, mirándome mientras yo recuperaba el aire. Y yo, que nunca había hecho nada parecido, supe lo que tenía que hacer sin pensar. Me arrodillé entre sus piernas y empecé por los muslos, como me había enseñado ella unos minutos antes. Iba despacio. Tenía miedo de hacerlo mal, pero más miedo me daba detenerme.

Le besé los muslos por dentro, subí hasta el pliegue de la ingle, bajé al otro muslo. La oí resoplar. Cuando llegué a su sexo, me detuve a mirar. Estaba mojada, tan mojada como yo, con los labios abiertos y el clítoris asomado, brillante. La toqué con la punta de la lengua, primero solo eso, y la oí gemir bajito. Eso me dio confianza. Pasé la lengua entera, despacio, como si la estuviera probando, y cuando ella levantó las caderas para pedirme más, supe que estaba haciendo algo bien. Sabía distinta a mí, más fuerte, más salada, y me gustó.

—Así, así, no pares —decía con la voz quebrada—. Más arriba. Ahí. Ahí, en el clítoris, chúpamelo, chúpamelo fuerte.

Cerré los labios sobre él y tiré, como me había hecho ella. La sentí temblar. Aprendí esa noche que no se trata de imitar lo que a una le gusta, aunque ayude. Se trata de escuchar: dónde respira más fuerte, dónde te aprieta la cabeza, dónde se le escapa un "sí" que no es igual a los anteriores. Cuando le metí un dedo, ella se arqueó y me apretó el dedo con todo el coño. Cuando metí dos, dijo mi nombre y me pidió más fuerte. Cuando empecé a moverlos al mismo ritmo de mi lengua, siguiendo lo que ella me marcaba con las caderas, me apretó la cabeza contra ella con las dos manos y me pidió que no parara por nada del mundo.

—Fóllame con los dedos, sigue, sigue así, no me sueltes.

La chupé más fuerte, aceleré los dedos, y cuando la sentí tensarse entera le hundí un tercero. Sus muslos se me cerraron sobre las orejas. Se corrió mirándome a los ojos, con la boca abierta, sin avergonzarse de nada, sosteniéndome la cara contra su coño como si yo fuera la única persona del mundo en ese instante, mientras yo sentía cómo se le apretaba y se le soltaba alrededor de mis dedos, una vez y otra vez, mojándome hasta la muñeca. Eso me sigue persiguiendo a veces. Esa mirada. Esa manera de correrse sin apartar los ojos.

Cuando me dejó salir, saqué los dedos despacio y me los llevé a la boca sin pensarlo. Ella me vio hacerlo y se rió.

—Aprendes rápido.

***

Después nos quedamos un rato en silencio, abrazadas en la alfombra. Hacía calor a pesar de la noche fresca de afuera. Ella me acariciaba el pelo con un cuidado raro, casi tierno. No esperaba esa parte. Había pensado que con una mujer todo sería más rápido, más práctico. No sabía que también podía ser eso.

—¿Te quedas? —preguntó.

—Me quedo.

—Ven, no en la alfombra. Te quiero en la cama.

Nos pasamos a la habitación. La cama era grande, las sábanas blancas, y todo olía a su perfume cítrico. Volvimos a empezar. Esta vez fue distinto. No había prisa, no había nervios, no había nada que demostrar. Nos turnamos sin acuerdos: una arriba, la otra abajo, comiéndonos, chupándonos las tetas, metiéndonos los dedos hasta el fondo mientras nos besábamos con la boca sabiendo la una a la otra. En un momento me montó la cara, se sentó encima con el coño abierto sobre mi boca y se movió despacio, restregándose, mientras yo le sacaba la lengua y la dejaba hacer. La miré desde abajo, con las tetas moviéndosele encima de mí, y entendí que quería que la viera así, cabalgándome la cara sin pedir permiso. Se corrió otra vez, con las manos apoyadas en el cabecero, ahogando un grito.

Y en algún momento ella me pidió que juntáramos las caderas, que cruzáramos las piernas, y me puso el coño contra el mío, mojado contra mojado, y aprendimos juntas a movernos. Nunca había hecho eso. No sabía siquiera que existía como una manera de terminar. Pero ahí estábamos, coño con coño, clítoris con clítoris, una contra otra, mirándonos sin parar, moviéndonos a un ritmo que se fue acelerando solo. Cada empujón hacía un ruido húmedo, obsceno, y las dos nos oíamos jadear cada vez más fuerte, cada vez más sincronizadas, hasta que las dos nos quedamos sin aire al mismo tiempo. Sus uñas se me clavaron en el muslo. Mi mano se cerró sobre su pecho, apretándoselo. Sentí cómo se corría contra mí a la vez que yo me corría contra ella, empapadas las dos, temblando pegadas. Ninguna de las dos dijo nada durante un rato largo.

—No imaginaba que se sintiera así —dije, cuando recuperé la voz.

—Ya. Nadie se lo imagina la primera vez.

***

Me fui de su casa al mediodía siguiente. No me invitó a desayunar, pero me hizo café y me lo dio en una taza que no hacía juego con nada. Hablamos poco. Las dos sabíamos.

Una semana después me escribió para contarme que estaba empezando algo con su vecina, y que quería intentarlo en serio. Que lo nuestro había sido perfecto y que por eso mismo no iba a repetirse. Lo entendí. Le agradecí lo que me había enseñado, aunque no se lo dije con esas palabras.

De aquella noche me quedan dos cosas. Una es la certeza de que el deseo no obedece a la biografía de una; no importa cuántos años llevas creyéndote de una manera, basta una mujer haciéndote bien las cosas para que entiendas que estabas equivocada. La otra es la imagen suya en la alfombra, mirándome desde abajo con la boca brillante de mí, sonriendo como si supiera algo de mí que yo todavía no sabía.

Tenía razón. Lo sabía. Y todavía hoy, cuando me toco pensando en alguien, casi siempre es a ella a quien busco, con los dedos metiéndome hasta donde ella me los metió esa noche.

Ver todos los relatos de Lésbicos

Valora este relato

Comentarios(10)

CuriosaBA77

que relato!!! me dejo sin palabras, de verdad.

Daniela22

Por favor una segunda parte, quede completamente enganchada. Quiero saber como sigue.

Vero_Cba

increible, lo lei dos veces jaja. Muy bueno.

CarlaM33

Me recordo a algo que vivi hace tiempo, ese tipo de noches te cambian la perspectiva. Gracias por compartirlo.

SofiaRoca

Estaba buscando algo para leer antes de dormir y no me pude parar. Hay algo en como esta escrito que se siente muy honesto, nada forzado. Espero que haya mas relatos de esta categoria.

Valentina_Ro

sigue asi!!! me encanto mucho

lector_curioso99

El titulo me llamo la atencion enseguida y el relato no decepciono para nada. Bien escrito y con buen ritmo.

Maru_Rosario

genail esto jajaj, gracias por compartir

Clarita33

Muy bueno!!! Pregunta, hay mas relatos similares en la pagina? Me gustaria encontrar mas de este tipo.

NataliaSur

No suelo dejar comentarios pero este se lo merecia. Me lo mando una amiga y me alegra haberlo leido. Muy natural, nada burdo. Saludos!

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.