Mi marido nos quería ver en el asiento trasero
No todas las ideas calientes salen de mi cabeza. Algunas, las mejores, llegan por sorpresa, y la que les voy a contar es de esas que una nunca olvida. Pasó una noche cualquiera de jueves, mientras Andrés y yo cenábamos en el sillón viendo una película que ninguno estaba mirando en serio.
Él dejó el plato sobre la mesa baja, se giró hacia mí y me soltó la pregunta de golpe:
—¿Sabés con qué tengo ganas?
Pensé que iba a pedirme helado o algo dulce. Le sonreí con la boca llena.
—Con que te folles a Lorena en el asiento trasero del auto mientras yo manejo por la ruta —dijo.
Me quedé tan quieta que la película siguió hablando sola un rato largo. Iba a reírme, lo juro, pero antes de que la risa me saliera de la boca ya sentía cómo se me ponían duros los pezones debajo de la remera. Solo de imaginarlo me corrió un cosquilleo por la entrepierna.
—¿Y vos qué hacés mientras tanto? —le pregunté.
—Manejar.
—¿Y nada más?
—Esa es la fantasía, Camila. Escucharlas. Verlas por el espejito. Lo que ustedes hagan o no hagan en el asiento de atrás es decisión suya.
Le dije que sí antes incluso de pensarlo. Y al día siguiente, en el baño del trabajo, le mandé un audio a Lorena. Le conté la idea con detalles, con frases entrecortadas, sin filtrar el nervio en la voz. Lorena tardó dos minutos en contestarme. Dos minutos en los que casi me muero esperando.
—Yo manejo el viernes —escribí—. Vos solo traé algo lindo.
—Ya lo elegí —me respondió.
Eso es lo que adoro de ella. No le tengo que explicar nada. Si la propuesta es rara, ella la hace más rara. Si parece imposible, la vuelve obvia.
***
El viernes preparamos dos valijas grandes y una más chica, esa donde Andrés y yo guardamos los juguetes. Dildos, un par de vibradores, un dildo doble que habíamos comprado en internet y nunca habíamos estrenado en serio. La intención era cruzar el cordón serrano hasta un pueblo a tres horas, alojarnos en una posada que reservé desde la oficina y pasar la noche del sábado entera para nosotros tres.
Cuando frenamos delante del edificio de Lorena y ella bajó, la garganta se me secó. Llevaba una pollera tan corta que la palabra «pollera» le quedaba grande. Era apenas una franja de tela negra que le cubría justo el principio de los muslos. Arriba, un top blanco sin tiritas que le levantaba el pecho. El pelo suelto, recién lavado, y una sonrisa de las que ya conozco.
Andrés bajó del auto a ayudarla con el bolso. Lo vi tragar saliva. A mí también me pasó.
—¿Estamos listas para la aventura? —preguntó Lorena al subirse atrás.
—Listas —dije yo desde el asiento del copiloto. Llevaba un vestido elástico gris, sin corpiño, y los pezones se me marcaban en la tela como dos botoncitos chiquitos. En la estación de servicio donde paramos a cargar nafta, el chico de la caja no me sacó los ojos de encima en ningún momento, y eso me hizo gracia y me calentó al mismo tiempo.
Volvimos al auto y, apenas la ruta se vació de casas y empezó el verde de los campos, Andrés frenó en la banquina, me hizo una seña con la cabeza y yo me pasé atrás. Lorena me recibió con un beso largo, despacio, de los que abren puertas.
—Esta es la fantasía, ¿no? —dijo separándose un milímetro de mi boca. Tenía las manos en mi cintura, los dedos colados debajo del vestido.
—Sorpréndannos —dijo Andrés desde el volante, mirándonos por el espejo retrovisor con una sonrisa de costado.
Subí los vidrios de las dos ventanillas traseras y volví a la boca de Lorena. Esta vez ella me jugó con la lengua, me chupó el labio de abajo, me dio un mordisquito que me arrancó un suspiro. Olía a un perfume cítrico que se le había mezclado con el calor del auto. Bajé por su cuello, le besé la curva del hombro, le mordí apenas la clavícula. Ella se reclinó contra la ventanilla y me dejó hacer.
Le acaricié por encima del top, le sentí los pezones a través de la tela. Me tomó la mano y la guió debajo del vestido, hasta mi propio pecho. Cuando se dio cuenta de que no tenía corpiño, sonrió.
—Mirá lo que me trajiste de regalo —murmuró, y me bajó el escote con dos dedos. Mis tetas quedaron expuestas en el aire del auto, durísimas, los pezones rosados, brillando.
Se inclinó y me chupó el primero con todo el calor de su boca. Yo me sostuve del cinturón de seguridad de arriba para no caerme encima de ella. La sentí pasar la lengua en círculos, soplar después, volver a chupar. Por la ventanilla pasaban árboles y postes de luz, y yo no veía nada, solo la coronilla de mi amiga subiéndome la temperatura como nunca.
—Las escucho —dijo Andrés sin girar la cabeza—. Sigan así.
Su voz tranquila, casi profesional, me terminó de prender. Lo miré por el espejo y le sostuve la mirada mientras Lorena seguía chupándome. Andrés tenía las dos manos en el volante, los nudillos un poco blancos. Eso fue lo que más me gustó: que se aguantara.
Aparté a Lorena con suavidad y le devolví el favor. Le saqué el top de un tirón. Sus pechos eran más chicos que los míos pero tenían unos pezones largos, oscuros, de los que se piden a gritos que los muerdan. Se los chupé uno por uno y le pasé la lengua entre los dos. Ella se rio con la garganta, una risa baja, y me apretó la nuca para que no me apurara.
Cuando ya casi no podía aguantar las ganas de tocarla más abajo, le subí la pollerita y le encontré la bombacha húmeda. La froté por encima de la tela, despacio, y sentí cómo se le mojaba todavía más.
—Hace dos semanas que no me toca nadie —me confesó al oído—. Me la debés.
—Te la pago ahora —le contesté.
Le saqué la bombacha por las piernas y la dejé colgada del apoyacabezas del asiento del piloto, donde Andrés la vio caer de costado y soltó una carcajada corta. Lorena se reclinó del todo, abrió las piernas hasta donde le permitía el espacio y yo me agaché entre ellas. Tenía la concha depilada, brillante, con los labios un poco abiertos como pidiendo. Le pasé la lengua de abajo hacia arriba, despacito, recogiendo todo. Le chupé el clítoris hasta que se le escapó el primer gemido de verdad.
—Ay, mamita —susurró agarrándome del pelo—. Así, así, no pares.
Le metí dos dedos mientras seguía con la lengua arriba. Lorena empezó a moverse de a poco, marcando un ritmo, levantando la cadera contra mi boca. Sentía el motor del auto vibrando debajo de nosotras, los baches chiquitos del asfalto, todo sumaba. Le bajé un dedo más abajo y le acaricié el orto con la yema, sin meter, solo presionando. Pegó un saltito.
—Poco me falta para frenar y comérmelas a las dos —dijo Andrés con la voz más ronca que antes—. Aguanten.
—Aguantá vos —le contestó Lorena, y se rio entre suspiros.
Cuando le sentí las piernas temblar, supe que estaba cerca. Le di dos lengüetazos más, profundos, y la dejé al borde a propósito. Quería seguir.
***
Me reincorporé y me saqué el vestido de un tirón. Quedé desnuda igual que ella, las dos sentadas en cuero caliente, el aire acondicionado del auto sin alcanzar a vencer el calor que generamos entre las dos. Lorena me hizo una seña con el dedo y me pidió que me arrodillara, con el culo apuntando hacia el techo. La obedecí. Apoyé los codos sobre el respaldo del asiento de Andrés, y desde ahí lo miré a los ojos por el espejo.
—Te están mirando, amor —le dije en voz baja.
—Lo sé —contestó él—. No mires la ruta por mí.
Lorena me agarró las nalgas y me las abrió. Sentí su lengua subir desde abajo, lenta, recorriéndome entera, y el gemido que solté terminó en un grito que rebotó dentro del auto. Andrés se rio bajito. Lorena no paró. Me chupó la concha desde atrás, me metió un dedo, después dos, y me la fue trabajando hasta dejarme empapada en el cuero del asiento. Yo me agarraba como podía, sintiendo cada centímetro de su lengua y de sus dedos, sintiendo el ritmo del auto que no se detenía.
—No te muevas —me ordenó.
La oí abrir la valijita chica. Cuando volvió a tocarme, no era su lengua. Era el dildo negro, el más grueso que teníamos. Se lo apoyó en su propia concha, como si fuera ella la que me iba a coger, y me lo metió de a poco. Entré yo en él como una manteca tibia. Estaba tan mojada que no necesitamos lubricante, ni paciencia, ni nada.
—Así, sigue, sigue —le pedí mordiendo el respaldo.
Empezó a meterme el dildo con un ritmo de hombre, agarrándome de la cadera con la mano libre, dándome despacio al principio y más rápido después. Yo abrí la boca y me dejé llevar. Tenía a Lorena cogiéndome por atrás, a Andrés mirándome de tanto en tanto por el espejo sin abandonar la ruta, y la sensación de que cada auto que pasaba en sentido contrario era un mundo entero que no se enteraba de lo que estaba pasando dentro del nuestro.
—Usen el doble —dijo Andrés—. Quiero verlas llenas a las dos.
Lorena no necesitó que se lo repitiera. Sacó el dildo doble de la valijita, se acostó de espaldas en el asiento, se metió una punta dentro de su propia concha y me tiró de la cadera hacia ella. Me senté encima, despacio, sintiendo cómo la otra punta me entraba a mí. Quedamos las dos unidas por el medio, las dos mojadas, las dos con la boca abierta.
Me empecé a mover. Cabalgaba sobre ella y al mismo tiempo la cabalgaba a ella. Cada movimiento mío era una caricia adentro suyo y al revés. Lorena me agarró las tetas y me las amasó con las dos manos. Yo eché la cabeza para atrás y vi por la ventanilla un cielo de tarde abierto, naranja del lado del horizonte, y pensé que nadie en ese cielo, ni un solo pájaro, se imaginaba lo que estaba pasando en ese auto que cruzaba la ruta.
—La tengo durísima —dijo Andrés con una sonrisa que vi reflejada—. Durísima.
—¿Y si nos cogés un rato vos? —le tiró Lorena, levantando una ceja.
—¿Y quién maneja?
—El piloto automático del placer —contestó ella, y nos reímos las dos.
Pero él no frenó. Ese era su juego, y lo estaba cumpliendo. Nosotras seguimos. Cabalgamos hasta que sentí que la rodilla se me clavaba en el asiento y no me importó. Cabalgamos hasta que Lorena empezó a temblar abajo mío y me apretó las caderas para que no parara. Vino primero ella, con un grito largo, sin disimulo, y arrastrarme detrás fue cuestión de segundos. Me corrí encima del dildo, encima de ella, encima de todo, con la espalda arqueada y los ojos cerrados.
Cuando me saqué el dildo, la concha me palpitaba. Quería más. Pero el más venía después, en el hotel, con Andrés ya sin volante, con las luces bajas y la noche entera por delante. Por ahora alcanzaba con esto: el auto, la ruta, mi amiga desnuda debajo mío y mi marido mirándonos de a ratos con una calma que era mentira.
—Falta una hora —dijo él.
—Avisanos cuando lleguemos —le contestó Lorena, abrazándome, las dos pegajosas, las dos felices.
Cerré los ojos sobre su hombro y sonreí. La idea había sido suya, sí. Pero la fantasía, a partir de ese momento, era nuestra.