Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La novia de mi hermano tenía otros planes para mí

4.2 (25)

Sofía tenía dieciocho años cuando entendió que hay personas que ocupan el espacio de una casa con una presencia que va más allá de las visitas. Valeria llevaba cinco años con Rodrigo, su hermano mayor, y en ese tiempo había aprendido exactamente cómo funcionaba cada electrodoméstico de la cocina, dónde guardaba su madre las llaves de repuesto y cuál era el único sillón donde no podías quedarte dormida sin terminar con el cuello torcido.

Era cuñada sin serlo todavía, aunque en la familia ya nadie hacía la distinción. Salían juntas los fines de semana, compartían baño sin llamar, y cuando los padres de Sofía trabajaban y Rodrigo también, Valeria se quedaba en la casa como si fuera la suya: limpiando, cocinando y llenando los espacios vacíos con esa facilidad que tienen algunas personas para pertenecer a cualquier sitio donde estén. Sofía la quería de un modo que nunca supo muy bien cómo clasificar. No era exactamente admiración ni envidia, sino algo más parecido a una fascinación que prefería no examinar demasiado.

Ese viernes Sofía se despertó tarde, cerca de las once de la mañana. Del piso de abajo llegaba el olor a café recién hecho y el silencio que queda cuando el trabajo doméstico ya está terminado. Bajó en pijama y encontró a Valeria en la isla de la cocina, leyendo algo en el teléfono con el pelo recogido y el semblante de quien lleva horas despierta.

—Buenas tardes —dijo Valeria sin levantar la vista.

—Perdona —respondió Sofía frotándose los ojos—. ¿Se fueron todos?

—Hace tres horas. ¿Quieres desayunar algo?

Sofía asintió y se sentó en el taburete más cercano. Mientras Valeria calentaba leche y tostaba pan, Sofía la observó de reojo: llevaba unos shorts de casa y una camiseta sin mangas que se le subía cuando estiraba el brazo para alcanzar algo del estante. Tenía la espalda perfectamente recta, una postura de esas que algunas personas adquieren sin proponérselo y que resulta imposible fingir. Sofía apartó la mirada antes de que Valeria se girara.

Desayunaron sin prisa. Valeria le propuso que se arreglara y la acompañara al centro comercial; tenía unas cosas que comprar y además así Sofía también podía aprovechar. Le pareció una buena idea. Se duchó, eligió una blusa y unos vaqueros, y a las doce y media ya iban en el coche con la radio puesta y el sol de octubre entrando por el parabrisas. Hacía una de esas mañanas de otoño que parecen verano hasta que te quita el viento la ilusión.

Pasaron más de dos horas recorriendo tiendas. Probaron ropa que no compraron, comieron en la zona de restauración y terminaron con más bolsas de las que habían planeado. Era el tipo de tarde que Sofía disfrutaba sin poder explicar exactamente por qué: simplemente estar ahí, moviéndose de escaparate en escaparate con alguien que no la hacía sentir pequeña, que le preguntaba su opinión sobre las cosas y escuchaba la respuesta. Valeria tenía ese don. Lo hacía con todo el mundo.

Volvieron a casa cerca de las cuatro. Sofía dejó sus bolsas en el sillón y se dejó caer a su lado. Valeria hizo lo mismo al otro extremo, y durante unos minutos las dos revisaron sus compras en silencio, sacando prendas, doblándolas, volviéndolas a meter. La tarde había enfriado un poco y la luz que entraba por la ventana de la sala era ya de ese tono dorado y horizontal de las últimas horas de sol.

Fue entonces cuando Valeria se levantó, dio unos pasos al centro de la sala y, sin ningún preámbulo, se quitó la blusa. Sofía detuvo lo que estaba haciendo. Valeria buscó en una de las bolsas y sacó un top de encaje negro que había comprado esa tarde, uno de esos que dejan el abdomen al aire y se ajustan con un nudo pequeño en el lateral. Se lo puso y se giró hacia Sofía.

—¿Cómo se me ve?

—Bien —respondió Sofía, intentando que su voz sonara natural.

—¿Solo bien?

—Está muy bonito.

Valeria se lo quitó sin más. Sacó de otra bolsa un sujetador de encaje rojo, de tejido tan fino que no dejaba nada a la imaginación, y se lo puso mirándose brevemente en el espejo que había sobre la chimenea. Se giró.

—¿Y este?

Sofía notó que el calor que sentía en la cara no tenía nada que ver con la temperatura de la habitación. El sujetador marcaba los pezones de Valeria a través del encaje, y Valeria lo sabía, porque la miraba con una pequeña sonrisa que no tenía nada de inocente.

—Está lindo —dijo Sofía, mirando hacia sus propias bolsas.

—¿Crees que a Rodrigo le va a gustar?

—No sé.

—A mí me parece que sí. Con estas cosas se vuelve loco. —Hizo una pausa—. ¿Tú no te vas a probar lo que compraste?

Sofía dijo que más tarde, que prefería hacerlo en su cuarto. Valeria le respondió que no fuera tonta, que estaban entre mujeres. Sofía cedió, más por no hacer un problema de algo que no debería serlo que por convicción. Se levantó, le dio la espalda a Valeria y se quitó la blusa. Sacó un sujetador de su bolsa y se lo puso, pero al intentar abrocharlo notó que el cierre le quedaba demasiado apretado en las costillas.

—Creo que cogí la talla pequeña —dijo.

—A ver.

Valeria se acercó. Sin pedir permiso, empezó a ajustar los tirantes, luego pasó los dedos por el cierre de la espalda y lo desabrochó. Lo volvió a abrochar un centímetro más abajo. Sofía notó el contacto de sus dedos en la piel, la presión leve y precisa de cada movimiento. No dijo nada.

—Era eso —dijo Valeria—. Lo habías abrochado demasiado arriba.

Sus manos se deslizaron hacia adelante. Empezaron a acomodar las copas del sujetador con movimientos lentos, y en algún punto que Sofía no supo identificar con precisión dejaron de estar ajustando tela y empezaron a apretar con una presión que no podía confundirse con otra cosa.

—Ya está, gracias —dijo Sofía, dando un paso hacia adelante.

—Sofía.

La voz de Valeria fue baja. No era una pregunta ni una orden exactamente. Era otra cosa. Sofía se giró despacio y encontró la mirada de Valeria a menos de un metro de distancia: una expresión que quizás había visto antes y había decidido no registrar, o que había registrado y había guardado en algún lugar donde no tuviera que hacerle preguntas a nadie.

Sofía agarró sus cosas del sillón. Valeria se las quitó de las manos con calma y las dejó en el suelo. Sofía intentó decir algo pero Valeria ya la tenía de los hombros y la presionaba despacio contra la pared, sin violencia, con esa seguridad de quien sabe exactamente lo que está haciendo y no tiene ninguna intención de detenerse.

—Valeria, para —dijo Sofía.

Valeria no respondió. Se inclinó y la besó.

Sofía apretó los labios. Sentía la lengua de Valeria buscando el espacio entre ellos, y algo en ella, algo que llevaba meses sin nombre ni forma definida, empezó a responder antes de que su cabeza pudiera impedirlo. Se separaron. Valeria la miraba sin apartar los ojos. Sofía tenía la espalda contra la pared y la respiración un poco más rápida de lo que debería.

La mano de Valeria descendió por su costado, rodeó su cadera y se posó sobre el interior de su muslo, y desde ahí empezó a presionar hacia arriba con la palma plana, lenta, en círculos. Sofía cerró los ojos. Las piernas le temblaron levemente.

—Para —susurró.

Valeria no respondió. Sofía intentó juntar las piernas pero Valeria presionó un poco más su brazo sobre sus hombros, sin llegar a hacerle daño, y la miró directamente. Sofía no movió más las piernas. El calor que sentía entre ellas ya no era algo que pudiera atribuir al nerviosismo.

Los sonidos de la calle llegaban amortiguados a través de la ventana. Sofía notó cómo su cuerpo respondía a cada presión con una traición que ya no podía negar, y dejó escapar un sonido que no reconoció como suyo, corto y profundo. Valeria se inclinó y la volvió a besar, y esta vez Sofía no apretó los labios del mismo modo que antes.

***

No supo muy bien cómo terminaron en la habitación de Rodrigo. Hubo una mano en su muñeca, unos pasos por el pasillo, una puerta que se cerró detrás de ellas. Sofía estaba de pie junto a la cama con los brazos cruzados sobre el pecho intentando cubrirse, aunque el sujetador que llevaba no ocultaba mucho.

Valeria se puso detrás de ella y le desabrochó el sujetador. La hizo girarse. Se lo quitó completamente y lo dejó caer al suelo sin mirarlo. Luego la miró a ella, sin apuro, con esa atención concentrada que no pedía permiso para nada. La empujó suavemente hacia la cama. Sofía se dejó caer.

Valeria se arrodilló en el suelo, tomó a Sofía de las rodillas y le separó las piernas con las manos. Empezó a besar la cara interna del muslo, despacio, avanzando centímetro a centímetro. Sofía tenía los puños apretados sobre la colcha y miraba el techo sin ver nada.

Cada contacto llegaba con una precisión que no dejaba margen para el equívoco. No era torpe ni impaciente. Era lenta y metódica de un modo que resultaba casi insoportable, y Sofía se dio cuenta de que la resistencia que seguía diciéndose que tenía se estaba pareciendo cada vez menos a resistencia y cada vez más a otra cosa completamente distinta.

Valeria le bajó la ropa de cintura para abajo en un solo gesto limpio. La dejó en los tobillos. Sofía no protestó. Valeria se tomó un segundo antes de continuar. Sofía escuchó su respiración. Luego sintió su aliento. Y después su lengua.

Se aferró a la colcha con las dos manos. La boca de Valeria se movía con una calma que no tenía ninguna prisa por terminar, recorriendo cada parte con una atención que hacía que pensar fuera cada vez más difícil. Sofía dejaba escapar sonidos involuntarios, cortos y profundos, que rebotaban contra las paredes de la habitación y que no hubiera podido contener aunque lo hubiera intentado.

Valeria introdujo dos dedos despacio. Sofía hizo un sonido que no reconoció como suyo y cerró los ojos con fuerza, apretando la cabeza hacia atrás. La mano de Valeria encontró un ritmo, y su boca siguió trabajando en paralelo, con una coordinación que no dejaba ningún espacio donde refugiarse. La espalda de Sofía se arqueó sola. Las piernas le temblaban.

Llegó de golpe y se extendió en oleadas: una contracción que empezó en el centro y se propagó hacia afuera, y Sofía apretó la colcha y contuvo un segundo la respiración y luego la soltó en un gemido largo que llenó la habitación entera. Su cadera se movió sola varias veces. Las manos se soltaron de la colcha y buscaron su propio pecho sin que ella lo hubiera decidido.

Cuando terminó, la habitación quedó en silencio. Sofía estaba tumbada boca arriba mirando el techo, con la respiración irregular y las piernas sin fuerza. Valeria se incorporó y se limpió con el dorso de la mano. La miró desde arriba con esa expresión que no pedía permiso para nada.

—Cambia las sábanas cuando termines —dijo—. Y vístete. Rodrigo no tarda.

—Sí —dijo Sofía en voz baja.

Valeria salió de la habitación y cerró la puerta.

***

Rodrigo llegó cerca de las seis y media. Sofía estaba en la sala con el televisor encendido sin estar viendo nada, con las manos en el regazo y la vista clavada en un punto fijo de la pantalla. Rodrigo la saludó, besó a Valeria en la boca durante un segundo demasiado largo y dejó la mochila en el suelo junto al sillón. Preguntó qué tal el día. Valeria dijo que habían ido al centro a comprar ropa. Sofía dijo algo que no recordaría.

Rodrigo subió a cambiarse. Valeria entró con él y cerró la puerta.

Sofía subió el volumen de la televisión. No sirvió de mucho. La habitación de su hermano estaba justo encima de la sala y las paredes de esa casa nunca habían sido demasiado gruesas. Reconoció la voz de Valeria, sus gemidos, y escuchó cómo no se molestaba en contenerlos. Sofía sintió una mezcla de cosas que no supo ordenar: vergüenza, incomodidad, y algo más que prefirió no examinar.

Cuando Valeria bajó veinte minutos después, se había cambiado de ropa y llevaba el pelo suelto. Pasó al lado de Sofía, le puso una mano en la nuca y le plantó un beso en la comisura de los labios, despacio, sin prisa, como si fuera la cosa más natural del mundo.

—Voy a calentar la cena —dijo.

Y se fue a la cocina como si nada.

Sofía permaneció inmóvil en el sillón unos segundos más, mirando la pantalla sin ver nada. En algún punto de la tarde, sin que pudiera señalar exactamente cuándo, algo había cambiado de sitio dentro de ella, y sospechaba que no había modo de volver a ponerlo donde estaba antes.

Más tarde llegaron sus padres, y la cena fue como siempre: demasiada comida, conversación, el ruido familiar de cubiertos y sillas. Valeria sirvió los platos, hizo reír a la madre de Sofía, discutió amablemente con Rodrigo sobre algo que Sofía no siguió. En ningún momento miró a Sofía de un modo distinto al habitual. Solo una vez, cuando nadie miraba, le rozó el antebrazo al pasar, y fue tan breve y tan deliberado que Sofía no supo si había sido intencional o si lo había inventado ella misma.

***

Esa noche, antes de acostarse, Sofía se quedó de pie frente al espejo de su habitación. Se quedó un momento así, quieta, examinando lo que había dejado la tarde: una pequeña marca en el cuello, otra en la curva del pecho, la piel levemente enrojecida en algún sitio. No eran cicatrices. Eran, más bien, una forma de puntuación. El comienzo de algo que todavía no tenía nombre.

Se mordió el labio inferior con una leve sonrisa que no había planeado. Luego apagó la luz, se metió en la cama y tardó bastante más de lo habitual en quedarse dormida.

Valora este relato

4.2 (25)

Comentarios (8)

Rosario_BA

excelente!!! de los mejores que lei en mucho tiempo

NightOwl33

Por favor que haya segunda parte, Valeria me tiene muy intrigada jaja

Laura_pba

increible la tension desde el principio, me quede con ganas de saber todo lo que paso esa tarde

Marta_K

Me encanto como lo contaste, se siente muy natural. Seguí publicando asi!

felipemdz22

jajaja y el hermano sin enterarse nada... tremenda situacion

Ymena87

Muy bien narrado, me atrapo desde la primera linea. Esperando el proximo relato!

Marcos_ar

me recordo a algo que me paso hace tiempo, esas miradas que uno dice 'eso no fue casual' jaja

Sinfonista

Genial!!! Seguí con mas relatos de esta categoría por favor

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.