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Relatos Ardientes

Lo que Camila aprendió esa noche entre los cuatro

En la oficina nos manejamos con discreción. Cada quien en lo suyo, concentrado frente a la pantalla, sin que nadie interrumpa a nadie salvo que sea necesario. Por eso cuando Don Rodrigo me llama a su despacho, no se lo comento a Camila ni a Paula. Me acomodo el cabello y voy.

Su secretaria, Carmen, tiene esa costumbre que ya conozco bien: antes de dejarme entrar, me desabrocha los dos botones superiores de la blusa. Los dos, sin pedir permiso, como quien ajusta una corbata. También me peina un poco con los dedos. Yo la dejo hacer. Es su ritual y aprendí a no cuestionarlo.

La puerta del despacho permanece abierta en todo momento. Entré, dejé los documentos que me había pedido sobre un extremo del escritorio.

—Déjelos de este lado —me indicó Rodrigo, señalando el lado donde él estaba sentado.

Me acerqué. Su mano llegó antes que yo a mi muslo, con calma, sin prisa, como si lo hubiera calculado. Subió por dentro de la falda hasta alcanzar la tela de mis bragas. El escalofrío fue inmediato. Doblé las piernas ligeramente y las cerré, y él interpretó ese gesto como una invitación a continuar.

—¿Bien? —preguntó en voz muy baja, con media sonrisa.

—Sigue —le dije—. Pero ojo con tu espía.

—Carmen trae las copias. No te preocupes. Aunque —hizo una pausa— deberías quitarte el brasier. Con los botones así se te nota raro.

Lo miré. Siempre tan directo cuando quiere algo.

—Mete la mano por la espalda y desabróchalo —le susurré—. Yo lo jalo por delante.

Funcionó. Solo tuvimos que separarnos cuando aparecieron pasos en el pasillo. Carmen entró con las copias, nosotros continuamos con los documentos como si nada. Antes de salir, le mencioné casi de pasada que habría una reunión el fin de semana: el cumpleaños de la esposa de Federico, el de la joyería, y que estaría bien que asistiera.

—Los detalles te los paso mañana —le dije, y salí sin esperar respuesta.

***

Daniela ya me había contado lo de la fiesta. Nos reunimos en el café donde siempre nos vemos y me explicó los detalles: quiénes iban, a qué hora, si había código de vestimenta. Le dije que yo ya había quedado con Rodrigo en vernos ahí, aunque sin saber el lugar todavía.

—Pensaba decirle a Paula —dijo Daniela.

—Paula no encaja con ese grupo —respondí—. Mejor le digo a Camila.

Camila encajaba cada vez más con nosotras. Era alta, bonita, bien proporcionada. Tenía algo que la hacía magnética: una inteligencia abierta, una confianza que crecía despacio pero sin pausa. Me contaba cosas. Intimidades que pocas personas comparten así, de frente, sin rodeos.

Me fui a su casa a invitarla. Ella quería hablar antes.

—¿Qué hiciste con Federico ese día? —le pregunté, porque me lo había insinuado sin dar detalles.

—Nada. Estuvimos en su casa, con su esposa, y me fui temprano.

—Todas pensamos otra cosa.

—Lo sé. Lo pensé también. Pero no supe cómo, ni si era eso a lo que iba. —Hizo una pausa—. Quiero aprender.

La miré. Había algo en su forma de decirlo que no era vergüenza ni timidez. Era genuina curiosidad.

—Tienes muchos admiradores, Camila. Lo que te falta es saber usarlos.

—No es eso —dijo—. Es que ninguno me atrae como tú. Eres lo que siempre quise tener: alguien que me enseñe y no se burle.

Estábamos de pie, frente a frente. Nos abrazamos de los hombros casi sin darnos cuenta, y cuando nos miramos a los ojos, lo que vino después no fue una decisión. Fue algo que ya estaba pasando antes de que lo notáramos. Nos besamos. Fuerte, largo, con una urgencia que ninguna había previsto.

Ella me mordía el labio superior. Mi lengua encontraba la suya. Nos jalamos del cabello. Nos abrazamos del cuello. El tiempo se suspendió ahí, en ese beso que sabía a descubrimiento.

—Te amo, mamita —me dijo cuando nos separamos, riéndose, con los ojos brillantes—. Estoy loca.

—Yo también —le respondí—. Desde hace mucho.

Me desabotonó la blusa. Me pasó la lengua por el pecho, entre los senos. Yo le jalé el brasier hasta descubrirle los pechos: blancos, con los pezones claros, casi rosados, ofreciéndoseme solos cuando ella los juntó con las manos.

Sin terminar de desvestirnos, las dos nos levantamos las faldas. Nos buscamos sin quitarnos las bragas, con desesperación, empapadas las dos. Sus dedos encontraron los míos, los míos encontraron los suyos. Lo que vino después fue largo y torpe y perfecto.

Metí un dedo dentro de ella mientras le chupaba el clítoris. Se estremecía con cada movimiento. Intentaba hacerme lo mismo, pero cada vez que yo le daba un jaloncito hacia arriba, perdía el ritmo y se olvidaba de todo.

—¡Que rico! —decía—. No pares.

Cuando terminamos, recostadas en el suelo de su sala, me preguntó cómo debería comportarse si alguien la invitaba a salir. Le di instrucciones rápidas, entre risas. Le dije que llevara condones. Me miró como si le hubiera dicho algo en otro idioma.

—¿Condones? —repitió.

—Condones —confirmé.

***

A la fiesta llegó impecable. Otro peinado, uno que Daniela le había recomendado en su salón de siempre, y un vestido que no había que describir porque se describía solo. Rodrigo la miró dos veces al saludarla. Yo lo vi todo desde el otro extremo de la sala y sonreí.

Me acerqué a los dos en algún momento de la noche:

—Esta noche, fuera de la oficina, son Rodrigo y Camila. Sin títulos. ¿Entendido?

Lo entendieron.

Al final de la reunión, Rodrigo propuso ir a un bar. Daniela se fue con su acompañante. Quedamos cuatro: Rodrigo, Camila, Sergio —que también había sido invitado— y yo.

El bar era acogedor, con música tropical baja, el tipo de música que invita a acercarse sin que nadie lo note demasiado. Yo vigilaba a Camila. La veía soltarse, reírse, dejar que Rodrigo le pusiera la mano en la pierna. Ella no la retiró. Su falda subió un poco. Él la bajó suavemente, con el pretexto de acomodarla.

Sergio me sacó a bailar para darles espacio. Desde la pista los veíamos: Camila y Rodrigo, absortos el uno en el otro, ajenos al resto del bar. Cuando volvimos a la mesa, los dos estaban enredados en un beso.

—Propongo que vayamos a mi casa —dijo Camila cuando salimos—. Hay más espacio.

Aceptamos. Ella iba del brazo de Rodrigo, con la falda un poco torcida y la blusa medio salida de la cintura. Le acomodé la blusa metiéndole la mano entre el vientre y la cintura.

—¿Te lastimé? —pregunté.

—No —susurró—. Necesito tu mano. ¿Qué hago?

—Déjate llevar —le dije—. Y ábrete cuando sea el momento.

***

Llegamos a su edificio. Camila no encontraba las llaves. Las buscó en el bolso, tropezó, y cayó al suelo no una llave sino una pequeña avalancha de condones.

—No busquen la llave —dijo muerta de risa—. Es de combinación. Los condones siempre los traigo, es una precaución.

—Tendrás que compensarnos la espera —dijo Rodrigo.

—¿Qué quieren? —preguntó ella, feliz.

—Desnúdate aquí mismo —propuse. Todos estuvieron de acuerdo.

Empezó por la falda. Rodrigo bajó sus bragas y se las llevó a la boca. Sergio le quitó la blusa y el brasier. Yo me encargué de las medias. Sus pechos aparecieron blancos bajo la poca luz del rellano, los pezones rosados, perfectos.

—Mejor adentro —dijo Camila—. Y aprovechamos a Valeria, que yo también quiero ver.

***

Lo que siguió en el sofá grande de su sala fue lento al principio y luego no. Camila y Rodrigo se tomaron su tiempo: manos, boca, murmullos. Yo miraba desde el suelo, con Sergio, hasta que dejé de mirar y me concentré en lo mío.

Camila estaba encima de Rodrigo, intentando dejarlo entrar. Se detenía cada vez que lo sentía rozar.

—Me va a doler —dijo casi llorando—. Soy muy estrecha.

—Pon tú a Rodrigo abajo —le indiqué—. Tú controlas la velocidad.

Se montó sobre él como le dije. Despacio, milímetro a milímetro, hasta que la cabeza del pene de Rodrigo desapareció dentro de ella.

—¿Bien? —pregunté.

Y antes de que me respondiera, le di una nalgada que resonó en toda la sala.

—¡Ay! —gritó. Y Rodrigo entró hasta el fondo.

Nos reímos los cuatro. Ella también, después de un segundo.

Camila encontró el ritmo sola. Lo que no sabía hacer una hora antes, lo hacía ahora con una naturalidad que dejó a Rodrigo sin palabras. Se vino gritando, aferrada a su cuello, con las rodillas apretando sus costados.

—Me vine —anunció—. Me vine muy rico.

—Ahora deja que él termine —le dije—. Y después le retiras el condón.

—¿Cuál condón? —preguntó.

Lo miramos los tres. Rodrigo levantó las manos en un gesto de quien no tiene respuesta.

—Como sea —dije—. Ya lo tienes dentro. ¿Te gustó?

Me tendió la mano y me la llevó a sentir la humedad. Me incliné y le pasé la lengua por el pubis oscuro y denso, brillante de todo lo que había pasado. Sergio y Rodrigo me miraban quietos, fascinados.

Los jalé a los dos de la cabeza y los obligué a hacer lo mismo. No protestaron. Entre los tres le dimos un rato largo sin que Camila pudiera quejarse de nada.

***

Camila quería intentarlo todo esa noche. Lo dijo sin vergüenza, recostada boca abajo sobre el sofá, mientras Rodrigo le separaba las nalgas y le pasaba la lengua despacio.

—¿Me va a doler? —preguntó.

—Menos de lo que crees —respondí—. Pero dilo si necesitas que pare.

No lo dijo. Solo levantó un poco la cadera y aferró el cojín con las dos manos. El primer centímetro la hizo apretar los dientes. El segundo le arrancó un sonido que no era dolor. Para cuando Rodrigo estaba dentro del todo, Camila pedía más.

—Más —repetía—. Más adentro.

Sergio me tenía a mí, en el suelo al lado del sofá. Entre los dos llevábamos un ritmo distinto, más suave, y aun así me costaba no gritar. Escuchábamos a la otra pareja, y eso lo hacía todo más intenso.

Cuando Rodrigo terminó, Camila maniobró para quedar ella encima. Lo hizo sin soltar lo que tenía dentro. Se montó y cabalgó hasta que sintió que no podía más. Entonces se bajó, lo miró un momento, y le retiró el condón ella misma.

—Quiero que te vengas dentro —le dijo—. Sin condón.

—Eso tiene consecuencias —le respondió él.

—Ya lo sé. Pero al menos una vez.

No sé exactamente cómo terminó esa negociación. Solo sé que los gritos que siguieron no dejaron dudas sobre el desenlace.

Sergio me buscó a mí mientras tanto. Me folló de pie, apoyada en el filo del sofá, mirando cómo Rodrigo y Camila terminaban juntos al otro lado. Se vino encima de mi vientre, caliente, despacio. Le dije que no se moviera todavía.

—Quédate un momento —le pedí.

Se quedó.

***

Cuando Rodrigo se levantó a buscar su ropa, me acerqué.

—¿Desea algo el jefe? —le pregunté, burlándome.

—Sí, señorita —respondió serio—. Energía para lo que me falta.

Me hinqué frente a él y lo ayudé a recuperarse, despacio, con paciencia. Camila observaba desde el sofá, con una sonrisa que no existía hace doce horas. Se acercó y nos unió. Terminamos los tres juntos, una vez más, tranquilos, sin prisa. Una despedida larga, que nos dejó callados y bien.

Después preparamos café. Camila se puso un delantalito y caminó hacia la cocina, y Rodrigo y yo nos quedamos mirándola.

—Qué bien se mueve —dijo él en voz baja.

—Siempre —respondí.

—¿Te gusta? ¿Como mujer?

—Bastante —admití—. Ya lo hicimos, antes de esta noche.

Me miró. Luego miró hacia la cocina. Luego volvió a mirarme.

—Y no me lo contaste.

—Tampoco me preguntaste.

Camila regresó con la bandeja. Se acomodó entre los dos y Rodrigo la empujó suavemente hacia mí, con el pretexto de hacerle espacio. Ella lo notó y se rio.

—Me estás provocando —le dijo—. Y lo estás logrando.

—Solo quiero verlas —dijo él, sin fingir inocencia.

—¿De verdad? ¿No te molestaría? —preguntó Camila.

—Al contrario. Me encantaría estar entre las dos.

Camila me miró. Yo me encogí de hombros. Ella soltó una carcajada y nos jaló a los dos hacia el sofá. Lo que siguió fue más lento, más cansado, pero no menos intenso. Los tres terminamos enredados bajo el edredón que Camila trajo de su cuarto, riéndonos de algo que ya no recuerdo, demasiado satisfechos para movernos.

***

Sergio ya se había ido cuando nos dimos cuenta. Camila revisó su nalga donde yo la había golpeado antes y fingió indignación.

—Mira cómo la tengo —dijo—. Aquí está plasmada tu palma. Voy a demandar.

—La tendrías que presentar con la que paga las indemnizaciones —le dije.

—¿Con quién?

—Con Sandra, de administración. Que te explique con detalle.

—¿Con esa? Ni loca. Me lo robaría.

Los tres nos reímos hasta que Rodrigo tuvo que apoyarse en la pared.

Nos fuimos tarde, cansados, con el café a medias y las copas sin lavar sobre la mesita. Camila nos despidió en la puerta, todavía con el delantalito puesto.

—La próxima vez preparo algo para beber antes —dijo.

—¿La próxima vez? —preguntó Rodrigo.

—La próxima vez —confirmó ella, cerrando la puerta.

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Comentarios (8)

RominaBA

tremendo relato!!! me encanto cada parte

Facundo_bsas

Por favor que haya segunda parte, quede con muchas ganas de saber que paso despues con Camila jaja

MarisolR

Increible como describe la transformacion del personaje. Eso es lo que mas me gusto.

LautaroMdQ

Se me hizo cortisimo, literalmente no queria que termine. De lo mejor que lei en este sitio

TaniaLectora

Cuantas partes vas a escribir? Espero que mas de una porque esto pide continuacion!!

GaboNocturno

Que manera de arrancar la historia, desde la primera linea sabes que va a ser bueno. Y al final cumple con todo lo prometido y mas.

andrespaz22

jajaja lo del comienzo me mato, tipica frase de que nunca lo hize... y ya sabemos como termina todo

CarlotaSV

Esperando ansioso el proximo. Saludos desde el norte!!

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