Lo que Camila aprendió esa noche entre los cuatro
En la oficina nos manejamos con discreción. Cada quien en lo suyo, concentrado frente a la pantalla, sin que nadie interrumpa a nadie salvo que sea necesario. Por eso cuando Don Rodrigo me llama a su despacho, no se lo comento a Camila ni a Paula. Me acomodo el cabello y voy.
Su secretaria, Carmen, tiene esa costumbre que ya conozco bien: antes de dejarme entrar, me desabrocha los dos botones superiores de la blusa. Los dos, sin pedir permiso, como quien ajusta una corbata. También me peina un poco con los dedos. Yo la dejo hacer. Es su ritual y aprendí a no cuestionarlo.
La puerta del despacho permanece abierta en todo momento. Entré, dejé los documentos que me había pedido sobre un extremo del escritorio.
—Déjelos de este lado —me indicó Rodrigo, señalando el lado donde él estaba sentado.
Me acerqué. Su mano llegó antes que yo a mi muslo, con calma, sin prisa, como si lo hubiera calculado. Subió por dentro de la falda hasta alcanzar la tela de mis bragas, y sus dedos se detuvieron ahí, apretando la tela contra mi coño ya húmedo. Me la separó a un costado y pasó dos dedos por mis labios abiertos, arriba y abajo, sin meterlos todavía. El escalofrío fue inmediato. Doblé las piernas ligeramente y las cerré atrapándole la mano, y él interpretó ese gesto como una invitación a continuar. Metió el dedo medio despacio, hasta el nudillo, y buscó el punto de arriba con la yema. Me mordí el labio para no gemir.
—¿Bien? —preguntó en voz muy baja, con media sonrisa, girando el dedo dentro de mí.
—Sigue —le dije, apoyando una mano en el borde del escritorio—. Pero ojo con tu espía.
—Carmen trae las copias. No te preocupes. Aunque —hizo una pausa mientras sumaba un segundo dedo y me abría más— deberías quitarte el brasier. Con los botones así se te nota raro.
Lo miré. Siempre tan directo cuando quiere algo. Con la otra mano me buscó un pezón por encima de la tela y lo pellizcó suave. Sentí que se me endurecían los dos.
—Mete la mano por la espalda y desabróchalo —le susurré, sin dejar de moverme sobre sus dedos—. Yo lo jalo por delante.
Funcionó. Le sentí la polla tiesa contra mi cadera cuando se estiró para el broche, y me dieron ganas de metérmela ahí mismo, bajo el escritorio, con la puerta abierta y todo. Le puse la mano encima del pantalón y le apreté el bulto. Estaba durísimo. Le bajé el cierre lo suficiente para meterle la mano, sacarle la verga por la abertura del calzoncillo y hacerle dos, tres pajas lentas, apretando la punta con el pulgar cada vez que subía. Un hilo de líquido claro me pintó el dedo. Me lo llevé a la boca sin dejar de mirarlo. Él se abrió los pantalones un poco más y me clavó los dedos más fuerte, entrando y saliendo con un ruido húmedo que se oía clarísimo en el silencio del despacho. Solo tuvimos que separarnos cuando aparecieron pasos en el pasillo. Le acomodé la polla dentro del pantalón de un empujón, me sacudí la falda, y Carmen entró con las copias, nosotros continuamos con los documentos como si nada. Yo sentía el semen que había alcanzado a soltar en mi mano seco entre los dedos, y él tenía la mancha húmeda de mí en el índice, que apoyaba disimuladamente en el papel. Antes de salir, le mencioné casi de pasada que habría una reunión el fin de semana: el cumpleaños de la esposa de Federico, el de la joyería, y que estaría bien que asistiera.
—Los detalles te los paso mañana —le dije, y salí sin esperar respuesta.
***
Daniela ya me había contado lo de la fiesta. Nos reunimos en el café donde siempre nos vemos y me explicó los detalles: quiénes iban, a qué hora, si había código de vestimenta. Le dije que yo ya había quedado con Rodrigo en vernos ahí, aunque sin saber el lugar todavía.
—Pensaba decirle a Paula —dijo Daniela.
—Paula no encaja con ese grupo —respondí—. Mejor le digo a Camila.
Camila encajaba cada vez más con nosotras. Era alta, bonita, bien proporcionada. Tenía algo que la hacía magnética: una inteligencia abierta, una confianza que crecía despacio pero sin pausa. Me contaba cosas. Intimidades que pocas personas comparten así, de frente, sin rodeos.
Me fui a su casa a invitarla. Ella quería hablar antes.
—¿Qué hiciste con Federico ese día? —le pregunté, porque me lo había insinuado sin dar detalles.
—Nada. Estuvimos en su casa, con su esposa, y me fui temprano.
—Todas pensamos otra cosa.
—Lo sé. Lo pensé también. Pero no supe cómo, ni si era eso a lo que iba. —Hizo una pausa—. Quiero aprender.
La miré. Había algo en su forma de decirlo que no era vergüenza ni timidez. Era genuina curiosidad.
—Tienes muchos admiradores, Camila. Lo que te falta es saber usarlos.
—No es eso —dijo—. Es que ninguno me atrae como tú. Eres lo que siempre quise tener: alguien que me enseñe y no se burle.
Estábamos de pie, frente a frente. Nos abrazamos de los hombros casi sin darnos cuenta, y cuando nos miramos a los ojos, lo que vino después no fue una decisión. Fue algo que ya estaba pasando antes de que lo notáramos. Nos besamos. Fuerte, largo, con una urgencia que ninguna había previsto.
Ella me mordía el labio superior. Mi lengua encontraba la suya. Nos jalamos del cabello. Nos abrazamos del cuello. El tiempo se suspendió ahí, en ese beso que sabía a descubrimiento.
—Te amo, mamita —me dijo cuando nos separamos, riéndose, con los ojos brillantes—. Estoy loca.
—Yo también —le respondí—. Desde hace mucho.
Me desabotonó la blusa con dedos torpes y me pasó la lengua por el pecho, entre los senos, hasta el hueco de la clavícula. Yo le jalé el brasier hasta descubrirle los pechos: blancos, con los pezones claros, casi rosados, ofreciéndoseme solos cuando ella los juntó con las manos. Me metí uno en la boca y le mordí despacio la punta. Se le puso duro entre mis dientes. Ella soltó un gemido corto y me apretó la cabeza contra el pecho, pidiéndome más. Le chupé el otro pezón dando vueltas con la lengua, y le mordí las tetas alrededor hasta dejarle marcas rosadas.
Sin terminar de desvestirnos, las dos nos levantamos las faldas. Nos buscamos sin quitarnos las bragas, con desesperación, empapadas las dos. La tela de las suyas estaba oscura de mojada; se la corrí a un lado y le metí dos dedos de golpe. Estaba tan estrecha que me apretó los nudillos. Sus dedos encontraron los míos entre mis piernas, me abrió los labios, me buscó el clítoris y empezó a frotarlo con el pulgar mientras me metía el índice hasta el fondo. Nos quedamos así de pie un rato, follándonos con las manos, boca contra boca, jadeando en la boca de la otra. Después se me aflojaron las rodillas y la arrastré al suelo conmigo.
La tumbé de espaldas sobre la alfombra, le arranqué las bragas y le abrí las piernas. Su coño estaba rosado, hinchado, con el vello recortado corto, brillante de flujo. Me tiré boca abajo entre sus muslos y le pasé la lengua entera de abajo hacia arriba, lento, saboreando. Sabía dulce, un poco salado, muy suyo. Le abrí los labios con dos dedos y le chupé el clítoris envolviéndolo con la lengua, mamándolo como si fuera un pezón. Ella gritó y me apretó la cabeza con los muslos.
Metí un dedo dentro de ella mientras le chupaba el clítoris. Después dos. Le busqué el punto rugoso por dentro y le hice un gesto de "vení" con las yemas. Se estremecía con cada movimiento. Se le tensaron los muslos, se le contrajo el vientre. Intentaba hacerme lo mismo, estirándose para meterme la mano entre las piernas, pero cada vez que yo le daba un jaloncito hacia arriba con los dedos dentro, perdía el ritmo y se olvidaba de todo.
—¡Que rico! —decía—. No pares. No pares, mamita, no pares.
Le chupé más rápido, cerrando los labios alrededor del clítoris, y le clavé los dedos hasta el fondo. Se vino con un grito ahogado, arqueando la espalda, apretándome la cara contra su coño. Sentí cómo su interior me apretaba los dedos en oleadas, cómo me empapaba la barbilla. Me quedé lamiendo despacio hasta que dejó de temblar. Después subí y le pasé la boca por la de ella, para que se probara.
—¿Ves? —le dije—. No es difícil.
Se sentó y me hizo abrir las piernas. Con la torpeza de la primera vez y las ganas de agradar, me lamió el coño de abajo hacia arriba, con lengua ancha y plana, como le acababa de mostrar. Le corregí el ángulo con la mano en su nuca, le pedí un ritmo más lento, y a los pocos minutos ya me tenía subiendo. Se vino ella otra vez apretándose contra mi muslo mientras me chupaba, y yo terminé después, tirándole del cabello y montándole la cara.
Cuando terminamos, recostadas en el suelo de su sala, me preguntó cómo debería comportarse si alguien la invitaba a salir. Le di instrucciones rápidas, entre risas. Le dije que llevara condones. Me miró como si le hubiera dicho algo en otro idioma.
—¿Condones? —repitió.
—Condones —confirmé.
***
A la fiesta llegó impecable. Otro peinado, uno que Daniela le había recomendado en su salón de siempre, y un vestido que no había que describir porque se describía solo. Rodrigo la miró dos veces al saludarla. Yo lo vi todo desde el otro extremo de la sala y sonreí.
Me acerqué a los dos en algún momento de la noche:
—Esta noche, fuera de la oficina, son Rodrigo y Camila. Sin títulos. ¿Entendido?
Lo entendieron.
Al final de la reunión, Rodrigo propuso ir a un bar. Daniela se fue con su acompañante. Quedamos cuatro: Rodrigo, Camila, Sergio —que también había sido invitado— y yo.
El bar era acogedor, con música tropical baja, el tipo de música que invita a acercarse sin que nadie lo note demasiado. Yo vigilaba a Camila. La veía soltarse, reírse, dejar que Rodrigo le pusiera la mano en la pierna. Ella no la retiró. Su falda subió un poco. Él la bajó suavemente, con el pretexto de acomodarla, pero yo veía cómo le pasaba el pulgar por dentro del muslo cada vez.
Sergio me sacó a bailar para darles espacio. Bailamos pegados, con su pierna entre las mías, y yo sentía crecerle la verga contra mi vientre. Me metió una mano bajo la falda por atrás y me apretó una nalga. Le dejé hacer. Desde la pista los veíamos: Camila y Rodrigo, absortos el uno en el otro, ajenos al resto del bar. Cuando volvimos a la mesa, los dos estaban enredados en un beso, y la mano de Rodrigo asomaba por debajo de la falda de ella, hasta la cadera.
—Propongo que vayamos a mi casa —dijo Camila cuando salimos—. Hay más espacio.
Aceptamos. Ella iba del brazo de Rodrigo, con la falda un poco torcida y la blusa medio salida de la cintura. Le acomodé la blusa metiéndole la mano entre el vientre y la cintura, rozándole a propósito el interior del elástico de las bragas.
—¿Te lastimé? —pregunté.
—No —susurró—. Necesito tu mano. ¿Qué hago?
—Déjate llevar —le dije—. Y ábrete cuando sea el momento.
***
Llegamos a su edificio. Camila no encontraba las llaves. Las buscó en el bolso, tropezó, y cayó al suelo no una llave sino una pequeña avalancha de condones.
—No busquen la llave —dijo muerta de risa—. Es de combinación. Los condones siempre los traigo, es una precaución.
—Tendrás que compensarnos la espera —dijo Rodrigo.
—¿Qué quieren? —preguntó ella, feliz.
—Desnúdate aquí mismo —propuse. Todos estuvieron de acuerdo.
Empezó por la falda. Rodrigo bajó sus bragas y se las llevó a la boca, chupando la tela húmeda donde había estado su coño toda la noche. Sergio le quitó la blusa y el brasier. Yo me encargué de las medias. Sus pechos aparecieron blancos bajo la poca luz del rellano, los pezones rosados, perfectos y erectos por el frío. Rodrigo se agachó y le pasó la lengua por uno mientras Sergio le mordía suavemente el hombro por detrás. Ella respiraba fuerte, con la espalda contra la puerta, y yo veía cómo se le mojaba el vello del pubis solo con eso.
—Mejor adentro —dijo Camila con la voz rota—. Y aprovechamos a Valeria, que yo también quiero ver.
***
Lo que siguió en el sofá grande de su sala fue lento al principio y luego no. Camila y Rodrigo se tomaron su tiempo: manos, boca, murmullos. Él le abrió las piernas y se hincó frente a ella, hundiéndole la cara en el coño. Se lo comió sin apuro, con lengua entera, chupándole el clítoris, metiéndole la lengua entre los labios. Ella le apretaba la cabeza con los muslos y le tiraba del cabello. Cuando lo tuvo mojado y jadeando, Camila se puso de pie, le desabrochó el pantalón y le sacó la polla. Era gruesa, más de lo que ella esperaba a juzgar por su cara. Se hincó y se la metió en la boca hasta donde pudo, chupándole la punta y masajeándole los huevos con la mano libre. Rodrigo cerró los ojos y dejó salir un gemido largo, apoyando una mano en la nuca de ella para marcarle el ritmo.
Yo miraba desde el suelo, con Sergio, hasta que dejé de mirar y me concentré en lo mío. Sergio ya me tenía la falda subida a la cintura y las bragas colgando de un tobillo. Me abrió las piernas y me lamió despacio, con la barba raspándome el interior de los muslos. Le busqué la polla con la mano y me la llevé a la boca, invertida, chupándosela mientras él me chupaba a mí. Estaba dura, curva, del grosor justo para atragantarme si me descuidaba. Se la mamé entera, apretando la base con la mano, hasta que empezó a empujar contra el fondo de mi garganta.
Camila estaba encima de Rodrigo, intentando dejarlo entrar. Se detenía cada vez que lo sentía rozar. La punta de la polla le abría los labios y se resbalaba hacia arriba, mojada de saliva y de ella.
—Me va a doler —dijo casi llorando—. Soy muy estrecha.
—Pon tú a Rodrigo abajo —le indiqué, saliendo un momento de la boca de Sergio—. Tú controlas la velocidad.
Se montó sobre él como le dije. Despacio, milímetro a milímetro, con una mano en su pecho y la otra guiándole la verga. La punta forzó la entrada y ella se mordió el labio, hasta que la cabeza del pene de Rodrigo desapareció dentro de ella con un sonido húmedo.
—¿Bien? —pregunté.
Y antes de que me respondiera, le di una nalgada que resonó en toda la sala.
—¡Ay! —gritó. Y Rodrigo entró hasta el fondo, de un empujón desde abajo. Camila abrió mucho los ojos y se quedó quieta, empalada, sintiéndolo latir dentro.
Nos reímos los cuatro. Ella también, después de un segundo.
Camila encontró el ritmo sola. Empezó a moverse en círculos, primero, y luego a subir y bajar, apoyada en los pectorales de Rodrigo. Lo que no sabía hacer una hora antes, lo hacía ahora con una naturalidad que dejó a Rodrigo sin palabras. Le rebotaban los pechos con cada bajada, y él se los agarraba, se los apretaba, le pellizcaba los pezones hasta ponérselos rojos. Le clavó las manos en las caderas y la empezó a follar de abajo, embistiendo cada vez que ella bajaba, hasta que los golpes de sus muslos contra las nalgas de ella se oían por encima de todo. Se vino gritando, aferrada a su cuello, con las rodillas apretando sus costados, temblando entera.
—Me vine —anunció, con la voz rota—. Me vine muy rico.
—Ahora deja que él termine —le dije—. Y después le retiras el condón.
—¿Cuál condón? —preguntó.
Lo miramos los tres. Rodrigo levantó las manos en un gesto de quien no tiene respuesta.
—Como sea —dije—. Ya lo tienes dentro. ¿Te gustó?
Me tendió la mano y me la llevó a sentir la humedad. Metí dos dedos y los saqué chorreando de flujo mezclado con lo de él. Me incliné y le pasé la lengua por el pubis oscuro y denso, brillante de todo lo que había pasado. Le abrí los labios con los dedos y le lamí adentro, chupando el resto de semen que le empezaba a asomar. Sergio y Rodrigo me miraban quietos, fascinados, con las vergas todavía duras.
Los jalé a los dos de la cabeza y los obligué a hacer lo mismo. No protestaron. Rodrigo le limpió el coño con la boca, tragándose su propia corrida sin asco. Sergio le chupó el clítoris hasta que Camila volvió a arquearse. Entre los tres le dimos un rato largo sin que Camila pudiera quejarse de nada. Se vino dos veces más, una en la boca de Sergio y otra bajo mi lengua, mientras Rodrigo le mordía las tetas.
***
Camila quería intentarlo todo esa noche. Lo dijo sin vergüenza, recostada boca abajo sobre el sofá, mientras Rodrigo le separaba las nalgas y le pasaba la lengua despacio por el culo. La punta de su lengua le rodeaba el aro apretado, mojándolo, empujando de a poco. Ella cerraba los ojos y gemía contra el cojín.
—¿Me va a doler? —preguntó.
—Menos de lo que crees —respondí—. Pero dilo si necesitas que pare.
Le pasé un frasquito de lubricante que ella guardaba en un cajón de la mesa. Rodrigo se echó un chorro en la polla y otro entre las nalgas de Camila, y lo repartió con dos dedos, metiéndole primero uno hasta el nudillo, después dos, hasta que sintió que cedía. La punta empujó contra el aro. No lo dijo. Solo levantó un poco la cadera y aferró el cojín con las dos manos. El primer centímetro la hizo apretar los dientes, y Rodrigo se detuvo dejándola respirar. El segundo le arrancó un sonido que no era dolor. Para cuando Rodrigo estaba dentro del todo, con los huevos apoyados contra su coño, Camila pedía más.
—Más —repetía—. Más adentro. Más fuerte.
Rodrigo empezó a follársela por el culo despacio, saliendo casi entero antes de volver a hundirse. Ella metió una mano por debajo de sí misma y se frotaba el clítoris con dos dedos, mientras con la otra se abría más una nalga. El sonido era obsceno, de carne mojada golpeando carne mojada. Rodrigo le tiró del cabello enredándoselo en el puño y le dio un par de nalgadas fuertes que le dejaron la piel roja.
Sergio me tenía a mí, en el suelo al lado del sofá. Yo estaba de rodillas, apoyada en los brazos, y él me montaba por atrás, con la verga hundida hasta el fondo del coño. Entre los dos llevábamos un ritmo distinto, más suave, y aun así me costaba no gritar. Me buscaba el clítoris con los dedos por delante mientras me follaba y me mordía la nuca. Escuchábamos a la otra pareja, y eso lo hacía todo más intenso. Cada gemido de Camila me apretaba más adentro. Me vine así, con Sergio dentro y los ojos fijos en cómo Rodrigo entraba y salía del culo de mi amiga.
Cuando Rodrigo terminó de follarla por atrás, Camila maniobró para quedar ella encima. Lo hizo sin soltar lo que tenía dentro. Se montó y cabalgó hasta que sintió que no podía más, con la polla clavada en el culo y ella misma frotándose el coño con la mano. Entonces se bajó, lo miró un momento, se dio vuelta, y le retiró el condón ella misma, tirándolo lleno al suelo.
—Quiero que te vengas dentro —le dijo, ahora subiéndose otra vez pero por el coño—. Sin condón. Que sienta cómo me llenas.
—Eso tiene consecuencias —le respondió él, agarrándole las caderas y hundiéndose entero de un solo empujón.
—Ya lo sé. Pero al menos una vez.
No sé exactamente cómo terminó esa negociación. Solo sé que Rodrigo la dio vuelta, la dejó boca arriba con las piernas abiertas de par en par, y se la folló con embestidas cada vez más rápidas, apoyado en los brazos sobre ella, mientras Camila le clavaba las uñas en la espalda y le pedía al oído que se corriera dentro. Los gritos que siguieron no dejaron dudas sobre el desenlace. Rodrigo se hundió hasta el fondo y se quedó ahí temblando, gruñendo, vaciándose dentro de ella. Camila se vino a la vez, gritándole la boca abierta, apretándolo con las piernas para que no se saliera.
Cuando por fin Rodrigo se retiró, un hilo espeso de semen se le empezó a escurrir del coño abierto hasta el sofá. Camila metió dos dedos ahí, se lo recogió, y se lo llevó a la boca chupándose los dedos uno por uno.
Sergio me buscó a mí mientras tanto. Me folló de pie, apoyada en el filo del sofá, con una mano en mi cadera y la otra en mi nuca doblándome hacia adelante, mirando cómo Rodrigo y Camila terminaban juntos al otro lado. Cada embestida me levantaba en puntas de pie. Le pedí que me la sacara antes de correrse. Me la sacó y se la agarró con la mano, y se vino encima de mi vientre, caliente, despacio, tirando chorros gruesos que me alcanzaron hasta las tetas. Le dije que no se moviera todavía.
—Quédate un momento —le pedí, esparciéndome el semen por la piel con la yema de los dedos.
Se quedó.
***
Cuando Rodrigo se levantó a buscar su ropa, me acerqué.
—¿Desea algo el jefe? —le pregunté, burlándome.
—Sí, señorita —respondió serio—. Energía para lo que me falta.
Me hinqué frente a él y le tomé la polla con las dos manos. Estaba blanda, colgando, todavía brillante de Camila. Se la lamí entera desde los huevos hasta la punta, sin asco, chupándole cada gota de flujo mezclado que le quedaba. Me la metí en la boca así, blanda, y la fui trabajando con la lengua contra el paladar hasta que empezó a hincharse. Le chupé los huevos uno por uno, mordiéndolos con cuidado, mientras le hacía una paja con la otra mano. Se puso duro rápido. Cuando la tuve otra vez tiesa, me la clavé hasta el fondo de la garganta, dejando que las lágrimas me corrieran por las mejillas, mirándolo a los ojos. Camila observaba desde el sofá, con una sonrisa que no existía hace doce horas. Se acercó y se me arrodilló al lado. Nos empezamos a turnar la polla de Rodrigo, chupándonosla la una a la otra en la boca, pasándonosla con la lengua. Después ella se recostó de espaldas y Rodrigo se le hundió despacio, ya sin condón otra vez, mientras yo le montaba la cara y le daba de comer mi coño. Le agarré la cabeza y me froté contra su boca hasta venirme. Rodrigo se vino después dentro de ella por segunda vez esa noche. Terminamos los tres juntos, una vez más, tranquilos, sin prisa. Una despedida larga, que nos dejó callados y bien.
Después preparamos café. Camila se puso un delantalito sobre la piel desnuda y caminó hacia la cocina, con el semen de Rodrigo escurriéndosele por el interior del muslo, y Rodrigo y yo nos quedamos mirándola.
—Qué bien se mueve —dijo él en voz baja.
—Siempre —respondí.
—¿Te gusta? ¿Como mujer?
—Bastante —admití—. Ya lo hicimos, antes de esta noche.
Me miró. Luego miró hacia la cocina. Luego volvió a mirarme.
—Y no me lo contaste.
—Tampoco me preguntaste.
Camila regresó con la bandeja. Se acomodó entre los dos y Rodrigo la empujó suavemente hacia mí, con el pretexto de hacerle espacio. Ella lo notó y se rio.
—Me estás provocando —le dijo—. Y lo estás logrando.
—Solo quiero verlas —dijo él, sin fingir inocencia.
—¿De verdad? ¿No te molestaría? —preguntó Camila.
—Al contrario. Me encantaría estar entre las dos.
Camila me miró. Yo me encogí de hombros. Ella soltó una carcajada y nos jaló a las dos hacia el sofá. La tumbé y le abrí las piernas, buscándole el coño con la boca otra vez, mientras Rodrigo se me montaba por atrás y me hundía la verga hasta el fondo. Camila me tiraba del cabello con una mano y con la otra se apretaba una teta. Yo la chupaba abajo y sentía a Rodrigo follándome duro por detrás, marcándome el ritmo con las caderas. Después nos giramos y fue Camila la que me lamió a mí mientras Rodrigo se la metía a ella por el culo otra vez. Nos vinimos las dos casi juntas, con la boca de una en el coño de la otra, y Rodrigo terminó desparramando por encima de las dos, marcándonos las espaldas y las nalgas con chorros gruesos. Lo que siguió fue más lento, más cansado, pero no menos intenso. Los tres terminamos enredados bajo el edredón que Camila trajo de su cuarto, riéndonos de algo que ya no recuerdo, demasiado satisfechos para movernos, pringados los tres, oliendo a semen y sudor.
***
Sergio ya se había ido cuando nos dimos cuenta. Camila revisó su nalga donde yo la había golpeado antes y fingió indignación.
—Mira cómo la tengo —dijo—. Aquí está plasmada tu palma. Voy a demandar.
—La tendrías que presentar con la que paga las indemnizaciones —le dije.
—¿Con quién?
—Con Sandra, de administración. Que te explique con detalle.
—¿Con esa? Ni loca. Me lo robaría.
Los tres nos reímos hasta que Rodrigo tuvo que apoyarse en la pared.
Nos fuimos tarde, cansados, con el café a medias y las copas sin lavar sobre la mesita. Camila nos despidió en la puerta, todavía con el delantalito puesto.
—La próxima vez preparo algo para beber antes —dijo.
—¿La próxima vez? —preguntó Rodrigo.
—La próxima vez —confirmó ella, cerrando la puerta.

