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Relatos Ardientes

La noche de bodas que ninguno esperaba

La recepción del hotel tenía esa quietud particular de las dos de la madrugada: los camareros recogían copas con movimientos lentos, el DJ había bajado el volumen a algo que era más ruido de fondo que música, y los últimos invitados se despedían con los ojos brillantes de cansancio y de alcohol. Sofía llevaba el vestido puesto desde las once de la mañana. Quince horas dentro de esa seda blanca que la ceñía desde el escote hasta los muslos. Lo sentía como propia ya, como si su cuerpo hubiera aprendido a moverse dentro de él durante el día, pero también estaba lista para quitárselo.

Rodrigo estaba a unos metros, con la corbata aflojada y el primer botón de la camisa abierto, atrapado en la conversación de despedida con su tío de Zaragoza. Sofía lo observó sin que él lo notara y pensó en lo raro que era querer a alguien de verdad, cómo te dejaba tranquilo y nervioso al mismo tiempo. Luego miró hacia la barra y vio a Camila.

Camila llevaba un vestido verde botella con tirantes finos que le marcaba los hombros bronceados. Estaba apoyada en la barra con un gin tonic prácticamente vacío, sin hablar con nadie. Mirando a Sofía. Como llevaba mirándola toda la noche.

Sofía desvió la vista.

Hoy no. Hoy es mi boda.

Pero el pensamiento duró lo que tardó Camila en cruzar el salón con esa forma de caminar suya, los hombros hacia atrás, el paso seguro.

—¿Bailas una más conmigo o ya te escapas arriba? —preguntó. En su voz había algo que sonaba a broma pero no del todo.

—El DJ ya está guardando los cables.

—Entonces arriba. —Camila miró hacia donde estaba Rodrigo y sonrió. —¿Os acompaño un rato? Prometí no dejaros solos hasta la medianoche y ya son las dos.

—Ya son las dos —repitió Sofía.

—Exacto. Llevo dos horas de retraso.

Rodrigo se unió a ellas con una copa de agua que nadie le había pedido, escuchó la propuesta de Camila y se encogió de hombros con una sonrisa fácil.

—Mientras traigas el cava que dejamos en la habitación —dijo.

***

Llevaban doce años siendo amigas, Sofía y Camila. Desde el segundo año de universidad en Salamanca, cuando compartían un piso cerca de la catedral con otras dos chicas que se marcharon en diciembre y las dejaron solas con la factura de la calefacción y demasiado tiempo juntas. Habían dormido en la misma cama en más de un viaje, habían llorado por los mismos hombres equivocados, habían compartido ropa interior cuando ninguna había hecho la colada. Y había una noche en Bilbao, en el cumpleaños de una amiga común, con demasiado txakoli de por medio, en que la cosa se había ido al límite sin cruzarlo del todo. Nunca lo nombraron después. Era ese tipo de recuerdo que se guarda en una caja y se apilan encima otros recuerdos, no para olvidarlo sino para no tener que decidir qué hacer con él.

Sofía pensó en eso mientras esperaba el ascensor.

El espejo del ascensor les devolvió a los tres juntos: Rodrigo alto, con el traje arrugado del día; Camila con su vestido verde y esa expresión suya de siempre, la que no decía nada pero lo decía todo; Sofía en el medio, con el vestido de novia y el pelo ya suelto desde hacía horas. Parecían una fotografía. Parecían algo que todavía no tenía nombre.

Nadie habló en los cuatro pisos que duró el trayecto.

***

La suite olía a flores frescas. Había pétalos de rosa en la cama, detalle que a Sofía siempre le había parecido un poco excesivo pero esta noche era lo de menos. La botella de cava estaba en hielo sobre la mesita de noche. Camila la abrió directamente, sin preguntar, sirvió tres copas y se instaló en el sillón junto a la ventana con las piernas cruzadas.

—Por los novios —dijo, levantando la copa.

Brindaron. El cava estaba frío y seco y supo bien. Rodrigo fue al baño. El silencio que quedó entre las dos mujeres fue diferente a todos los silencios de abajo.

—¿Estás bien? —preguntó Camila.

—Estoy casada —dijo Sofía, y se rió de eso, pero no era exactamente alegría lo que sonaba.

—Ya. —Camila dejó la copa sobre la mesita. —¿Y cómo suena eso desde dentro?

—Bien.

—Pero.

—No hay pero.

—Sofía.

El nombre dicho así, con ese tono, con esa familiaridad de doce años, era una pregunta sin signos de interrogación. Sofía tardó un momento.

—Pero nada —dijo. Y se sentó en el borde de la cama.

Camila se levantó del sillón y cruzó la habitación despacio. Se sentó a su lado. Sus muslos se rozaron a través de las telas. Sofía no se movió.

—Doce años —dijo Camila en voz baja.

—Ya sé.

—Y esta es la noche en que menos debería estar diciéndote esto.

—No me estás diciendo nada.

—Todavía.

Y entonces sí. Camila la besó. Un beso pequeño primero, casi cauteloso, como quien pone el pie en un hielo que no sabe si aguantará. Sofía no lo rechazó. Correspondió con la misma cautela, y luego la cautela cedió a algo más directo, y las manos de Camila encontraron su cintura por encima del vestido y la atrajeron hacia ella.

El sonido de la puerta del baño las separó de golpe.

Rodrigo se quedó parado en el umbral. Sofía esperó, sin saber exactamente qué esperar.

Rodrigo miró a Camila. La miró a ella. No dijo nada durante dos o tres segundos largos.

—Llevo un rato imaginando que esto podría pasar —dijo por fin.

Sofía soltó el aire que no sabía que había estado conteniendo.

***

Lo que siguió fue lento al principio. Rodrigo cerró la distancia hasta donde estaban las dos mujeres y se quedó de pie frente a ellas, las manos en los bolsillos del pantalón, sin prisa. No había urgencia en él. Solo una pregunta.

—¿Qué quieres tú? —le preguntó a Sofía.

Era la pregunta correcta. La única que importaba esta noche.

—Quedarme aquí —dijo ella.

Fue suficiente.

Camila retomó el beso donde lo habían dejado. Esta vez sin interrupción posible, con más certeza en los labios y en las manos. Encontró la cremallera del vestido blanco en la espalda de Sofía y la bajó despacio, centímetro a centímetro. El encaje cedió y Sofía sintió el aire frío de la habitación sobre su piel. El vestido resbaló hasta el suelo con un susurro.

Rodrigo se había sentado en la silla del escritorio y las observaba. No con distancia sino con la atención de alguien que está dentro de algo aunque todavía no haya puesto las manos. Sofía lo notó aunque no lo mirara directamente. Camila tampoco lo miraba. Estaba ocupada en otras cosas: en el cuello de Sofía, en sus hombros, en la línea que trazaban las clavículas.

—Doce años —repitió Camila contra su piel. Esta vez no era un reproche. Era otra cosa completamente.

Sofía cerró los ojos.

Cuando Rodrigo por fin se levantó y se acercó, lo hizo con calma. Se colocó detrás de Sofía, pecho contra su espalda, y la besó en el cuello mientras Camila seguía al frente de ella. Sofía quedó entre los dos. Era una geometría que nadie había planeado pero que encajaba con una lógica propia e inmediata, como si las tres posiciones hubieran estado esperando ser ocupadas.

Las manos de Rodrigo bajaron por su cintura. Los labios de Camila encontraron los suyos de nuevo. Sofía no supo adónde mirar y entonces decidió no mirar nada, solo dejar que las sensaciones se acumularan sin intentar ordenarlas.

Fueron a la cama.

***

Camila se quitó el vestido verde con naturalidad, sin pose. Sofía la vio y pensó que era exactamente como la había imaginado en los contados momentos en que se había permitido imaginarla: sin artificios, sin nada que no fuera ella misma. Rodrigo también se quitó el traje mientras las dos mujeres se miraban, y su presencia al fondo de la cama era la de alguien que sabe que forma parte de algo sin necesitar demostrarlo.

Lo que vino después fue desordenado en el mejor sentido posible. Sin coreografía, sin turnos establecidos de antemano. Camila besó a Sofía durante un largo rato mientras Rodrigo las observaba desde la cama con la espalda apoyada en el cabecero. Luego fue Rodrigo quien atrajo a Sofía hacia él y Camila quien los miró, sentada con las piernas recogidas, esperando con una paciencia que no le era habitual.

—Acércate —le dijo Sofía a Camila.

Y Camila se acercó.

El ritmo que encontraron los tres fue construyéndose en tiempo real, guiado por lo que cada uno pedía sin palabras o dejaba entender con el cuerpo. Sofía tuvo a Rodrigo dentro mientras Camila la besaba en la boca, con una mano posada en su pecho y la otra en el hombro de él. Los tres respiraban con la misma urgencia creciente. Las sábanas blancas quedaron pronto revueltas, los pétalos de rosa mezclados entre los pliegues de una manera imposible de deshacer.

Camila se tendió de espaldas y Sofía se colocó entre sus piernas sin que nadie se lo pidiera. Doce años de curiosidad contenida. Esta noche no había motivo para seguir conteniéndola. La encontró exactamente como había imaginado, y el sonido que Camila hizo fue tan auténtico que Sofía sintió algo soltarse en el pecho. Rodrigo encontró su sitio natural detrás de Sofía, y los tres quedaron encadenados de una manera que habría parecido improbable una hora antes, cuando los tres brindaban con las copas en la mano y el espacio entre ellos todavía tenía la distancia de lo no dicho.

Los sonidos que llenaron la habitación eran concretos y cercanos: respiraciones aceleradas, el roce suave de la piel, el peso que cambiaba sobre el colchón. La ciudad seguía dormida al otro lado del cristal. El mundo no se había enterado de nada.

Sofía sintió que algo en ella se soltaba. No sabía nombrarlo. Quizás era el día entero acumulado sobre los hombros, quizás los doce años, quizás las dos cosas juntas y algunas más que no quería pensar ahora.

Camila llegó primera, con los muslos apretados y un sonido hondo y corto. Rodrigo poco después, con la frente apoyada en la espalda de Sofía y las manos aferradas a sus caderas. Sofía fue la última, y cuando llegó fue con Camila besándola en la boca y Rodrigo abrazándola desde atrás al mismo tiempo, y toda esa confluencia fue demasiada para quedarse inmóvil.

***

Se quedaron tumbados sin hablar durante un buen rato. La lámpara de la mesita seguía encendida. Sofía en el medio, Rodrigo a su derecha con el brazo sobre su cintura, Camila a su izquierda con los ojos cerrados. La botella de cava estaba a medias sobre la mesita. No la habían vuelto a tocar.

—¿Estás bien? —preguntó Rodrigo.

Sofía consideró la pregunta. Era la misma que Camila le había hecho antes de que todo empezara, pero con otra inflexión completamente distinta.

—Sí —dijo.

Y era verdad. No el sí automático de quien contesta para tranquilizar a alguien. El sí concreto de quien acaba de hacer algo que quería hacer y hasta hace unas horas no lo sabía del todo.

Camila abrió los ojos.

—Debería irme —dijo, sin moverse.

—Quédate —dijo Rodrigo.

Camila lo miró. Lo evaluó con esa manera suya, directa.

—¿Seguro?

—Esta noche sí —dijo él. —Lo demás ya lo veremos mañana.

Sofía no dijo nada. Cerró los ojos. Fuera, el borde del cielo empezaba a aclararse en el horizonte, ese azul oscuro que precede al amanecer antes de que nadie en la ciudad lo note todavía. Las luces de la calle brillaban quietas a través del cristal.

Los pétalos de rosa habían quedado mezclados entre las sábanas, imposibles de recuperar ya.

Fue el final más inesperado que Sofía podría haber imaginado para el día de su boda. Y quizás, pensó mientras el sueño la cubría despacio, el principio más honesto que nadie le podía desear.

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Comentarios (8)

leo85

Que relato!!! no me lo esperaba para nada, muy bueno

MarisolB

buenísimo!!

Gonzalo_NQN

Espero que escribas la segunda parte, el final me dejó con ganas de mas. Muy bueno

Clarita_M

Me encanto como describiste todo, se siente muy natural la situacion. Felicidades y seguí publicando!!

Carmencita78

Muy buen ritmo tiene el relato, te engancha desde el primer parrafo. La aparicion de Camila fue una sorpresa que no vi venir jaja. Gracias por compartirlo, espero ver mas de tus escritos

Martincho87

jajajaja Rodrigo tampoco quería que se fuera 😂 me muero. Tremendo relato

Rosi_Cba

Increible, me recordó a algo que le paso a una amiga mia aunque no tan extremo jaja. Muy real todo

nocturno77

Esta buenisimo. Esa es la noche de bodas que todos quisieran vivir aunque no lo digan 😄

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