Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Las chicas que conocí online y terminaron en mi cama

Tenía diecisiete años cuando descubrí que los juegos de simulación social no eran solo para construir casas virtuales y diseñar personajes. Eran, si sabías cómo moverte en ellos, una forma extraordinariamente eficaz de conocer chicas.

Mis prioridades en esa época eran claras: terminar el bachillerato, sacar una carrera técnica en diseño gráfico y, si todo salía bien, entrar a la universidad después. No tenía tiempo ni cabeza para una relación seria. Pero sí tenía noches largas frente a la pantalla y una curiosidad que me costaba ignorar.

El juego funcionaba así: construías tu avatar, decorabas tu espacio virtual y luego te movías por escenarios públicos donde otros jugadores hacían lo mismo. La mayoría de la gente solo jugaba. Pero había una comunidad paralela que usaba el chat interno como si fuera una app de citas. Yo era parte de esa comunidad desde hacía meses, y me había vuelto bastante buena navegando en ella.

Fui honesta desde el primer mensaje con cada una de ellas. Buscaba algo casual, sin compromisos, sin dramas. No una novia, no una mejor amiga. Solo tiempo compartido, conversación, y ver hasta dónde llegaba la química. Algunas lo entendieron. Otras no. Las que no lo entendieron se fueron solos, sin rencores. Las que sí lo entendieron se convirtieron en capítulos cortos pero intensos de esa etapa de mi vida.

Fue Catalina quien me enseñó a moverme en ese mundo.

La conocí en un foro sobre modificaciones del juego. Tenía veintiún años, vivía a cinco horas en tren y escribía con una precisión que me resultaba fascinante. Hablamos de diseño, de música, del sabor específico que tiene la madrugada cuando no puedes dormir. Después de dos semanas de conversaciones largas, me mandó una foto. No era explícita. Solo era ella, sentada en el suelo de su habitación con la espalda apoyada contra la cama, mirando a la cámara con una expresión que decía cosas que yo no sabía todavía cómo interpretar.

«¿Te gusta lo que ves?», escribió debajo.

Tardé diez minutos en responder. Le dije que sí.

Pero con Catalina no pasó nada más. La conversación fue enfriando sola, como pasa con las cosas construidas únicamente de palabras. La recuerdo sin amargura, como un calentamiento necesario para lo que vino después.

***

Con Daniela fue diferente desde el principio.

Nos cruzamos en uno de los escenarios multijugador. Ella tenía un avatar pelirrojo con tatuajes en los brazos, igual que ella en la vida real, según me contó después. Me mandó un mensaje privado que decía: «Tu personaje lleva el mismo suéter que yo hoy. Eso no puede ser casualidad».

No era ninguna casualidad, porque el suéter era parte del atuendo por defecto. Pero me hizo reír, y eso fue suficiente para seguir hablando.

Hablamos durante tres días seguidos. Daniela tenía veinte años, estudiaba enfermería en otra ciudad y volvía a casa de sus padres los fines de semana. Era directa de una manera que me resultaba refrescante: no perdía el tiempo con rodeos ni con la pretensión de que solo quería amigas.

—Yo también busco algo casual —me dijo el segundo día—. Sin dramas, sin expectativas. ¿Estamos hablando de lo mismo?

Le dije que sí. Y sí estábamos hablando exactamente de lo mismo.

Nos encontramos un sábado por la tarde en un parque a mitad de camino entre nuestras casas. Cuando la vi desde lejos supe inmediatamente que era ella: la misma postura de quien está acostumbrada a esperar sin ansiedad, con una mochila pequeña colgada de un hombro y unos auriculares alrededor del cuello.

—Hola —dijo cuando llegué—. Eres más alta que en las fotos.

—Tú también —respondí.

Nos reímos. Eso alivió algo que yo no sabía que tenía tenso.

Caminamos durante casi una hora antes de que cualquier cosa pasara. Hablamos del juego, de la carrera, de lo absurdo que era que dos personas se conocieran así en pleno siglo veintiuno y al mismo tiempo de lo completamente normal que se había vuelto. Luego paramos en un banco alejado del camino principal, bajo unos árboles, y ella se giró hacia mí con una pregunta que no era del todo una pregunta.

—¿Nervios?

—Un poco —admití.

—Yo también.

Eso me tranquilizó más que cualquier otra cosa que pudiera haberme dicho. Daniela no fingía seguridad absoluta. Tenía la honestidad de admitir que esto también era nuevo para ella, al menos en parte.

Fue ella quien se acercó primero. No me besó de golpe sino que dejó que la distancia entre nosotras se achicara despacio, hasta que pude sentir el calor de su aliento antes de que nuestros labios se tocaran. Besaba con calma, sin urgencia, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Yo tenía poca experiencia con chicas, y eso se notaba. Pero a ella no parecía importarle.

Pasamos el resto de esa tarde en su coche, aparcado en una calle secundaria lejos del parque. Lo que pasó allí fue torpe en algunos momentos y extraordinariamente bueno en otros. Me acuerdo de sus manos moviéndose con más certeza de la que yo esperaba, de la textura de su ropa cuando la levanté, del sonido de su respiración cambiando de ritmo cuando encontró el punto exacto. No fue perfecto. Fue real, que siempre es mejor.

Cuando me fui, intercambiamos números de teléfono. Nos escribimos alguna vez después de eso. No nos volvimos a ver.

***

El caso de Rocío fue más complicado, aunque empezó igual que los otros.

La conocí en el mismo juego, tres meses después de Daniela. Era de mi ciudad, lo que de entrada ya cambiaba las reglas no escritas de estos encuentros. Con las chicas de otras ciudades había una distancia cómoda que hacía todo más sencillo. Con alguien de tu mismo barrio, las cosas tendían a enredarse.

Rocío tenía diecinueve años y estudiaba psicología. Era sarcástica de una manera que me costaba seguir al principio, hasta que entendí que el sarcasmo era su forma de mostrar confianza. Cuando empezó a ser sarcástica conmigo, supe que le gustaba.

Hablamos durante semanas antes de quedar en persona. Más que con cualquier otra. No porque yo quisiera algo distinto a lo habitual, sino porque la conversación era genuinamente buena y ninguna de las dos quería acelerar algo que funcionaba bien tal como estaba. Hablábamos de madrugada, cuando las dos deberíamos haber estado durmiendo. De películas que habíamos visto solas y que hubiéramos querido ver acompañadas. De esa sensación específica de querer a alguien sin saber muy bien qué hacer con eso.

Una noche, pasada la una de la mañana, me mandó un audio.

No era largo. Solo decía: «Llevo media hora pensando en ti y me está distrayendo del trabajo. No sé si eso es un problema tuyo o mío».

Escuché ese audio cuatro veces seguidas. Luego lo escuché una quinta.

Le respondí por escrito: «Claramente es tuyo».

«Claro que sí», contestó. «¿Cuándo quedamos?»

Nos vimos el jueves siguiente. Quedamos en su apartamento, que compartía con una compañera que esa noche no estaba. Cuando llegué, Rocío tenía puesta una camiseta desgastada y el pelo recogido de cualquier manera, y esa informalidad me gustó más que si se hubiera arreglado especialmente. Había algo honesto en presentarse así.

Me hizo café que ninguna de las dos bebió.

Estábamos sentadas en el sofá cuando la tensión de semanas enteras de conversación se condensó en un silencio de treinta segundos. Rocío me miraba de una manera que yo reconocía ya: era la misma mirada que había aprendido a leer en los chats, trasladada a un cuerpo real en un espacio real.

—¿Sabes lo que me gusta de esto? —dijo.

—¿Qué?

—Que las dos sabemos exactamente para qué estamos aquí. No hay que fingir que empezamos siendo amigas ni que esto podría ser algo más.

Tenía razón. Y esa claridad era exactamente lo que yo buscaba cada vez que abría el juego.

Lo que pasó esa noche fue diferente a lo de Daniela, no necesariamente mejor sino más intenso. Rocío era menos tentativa, más directa con lo que quería y con lo que le gustaba. Me lo decía, lo cual al principio me desconcertó porque no estaba acostumbrada a que alguien pusiera en palabras lo que estaba pasando mientras pasaba. Luego entendí que era un regalo, no una exigencia. Una manera de guiar sin que pareciera que estaba guiando.

Recuerdo la luz de la lámpara del escritorio que alguien había dejado encendida al fondo. Recuerdo la textura áspera de la alfombra cuando resbalamos del sofá al suelo sin que ninguna de las dos se molestara en volver a levantarse. Recuerdo que en algún momento las dos nos reímos de algo, no sé ya de qué exactamente, y que esa risa fue parte de la noche de una manera que no esperaba y que agradecí.

Cuando su boca bajó por mi cuello y sus manos me rodearon con una seguridad que contrastaba con la calidez de su piel, entendí que había cosas que un chat nunca podía anticipar del todo. Que la diferencia entre saber que alguien te desea y sentirlo era exactamente tan grande como imaginaba.

Nos quedamos despiertas hasta las cuatro. Hablando, en parte. El resto no necesita mucha descripción.

Cuando me fui, Rocío me acompañó hasta la puerta y dijo simplemente: «Esto fue bien».

—Sí —coincidí.

—¿Repetimos algún día?

—Quizás —respondí.

Y lo dejamos ahí, sin presionarlo, que era la única forma correcta de dejarlo.

***

Hubo más chicas después de Rocío. Algunas se quedaron solo en conversación. Otras llegaron a un encuentro y no pasaron de ahí. Con unas pocas mantuve una especie de amistad ligera durante un tiempo, del tipo que no exige mucho pero está ahí cuando la necesitas.

La regla que me impuse desde el principio fue siempre la misma: no ilusionarse. Ser honesta desde el primer mensaje sobre lo que buscaba. Y aceptar sin drama cuando la otra persona quería algo diferente.

Esa regla me funcionó. No siempre fue sencilla de aplicar, sobre todo en casos como el de Rocío, donde la conversación era tan buena que a veces se me olvidaba que el marco era otro. Pero la aplicaba porque entendía lo que estaba en juego: mi tiempo, mis prioridades y la promesa que me había hecho a mí misma de no dejar que nada interfiriera con lo que necesitaba construir.

Terminé el bachillerato. Saqué la carrera técnica. Entré a la universidad el año siguiente.

Y durante todo ese tiempo, el juego siguió abierto en una pestaña del fondo. Siempre listo para la próxima conversación que empezaría siendo sobre avatares y diseño de interiores virtuales, y terminaría en algo que no tenía nada de virtual.

Valora este relato

Comentarios (11)

Lua_MDP

buenisimo!!! me quede con ganas de mas

RositaK

Ay por favor una segunda parte, ese final me mató. Necesito saber qué pasó con Rocío!

ChelseaLectora

Lo leí de un tirón, muy bien contado. Se siente real.

Nocturna44

Me encantó el tono, tan natural... nada forzado. Sigue así!!

ValeBaires

jaja eso de 'nada de enamorarse' nunca le funciona a nadie 😅 excelente

TaniaMar

Increible como describis las sensaciones sin ponerte burda. Ojalá hubiera mas relatos así en esta categoria

Esesisoyyo

Esperando el siguiente capítulo!! saludos desde Mendoza

AnaRojas_ok

Me recordó a algo que me pasó hace tiempo... esa regla que te ponés y que igual terminás rompiendo jaja. Muy bueno.

NocheLibre23

corto pero intenso, quiero mas!!

Paty_87

Que lindo encontrar un relato bien escrito por acá. Gracias por compartirlo, de verdad.

Marcos_Bs

la parte del audio a medianoche... tremendo detalle. Te ganaste un seguidor nuevo

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.