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Relatos Ardientes

Lo que empezo como un juego entre amigas termino en algo que no puedo olvidar

Dos semanas. Catorce dias desde aquella primera noche en que las manos de Camila cruzaron la frontera entre amistad y otra cosa que ninguna de las dos sabia nombrar. Y en esas dos semanas, el mundo habia seguido girando con sus clases, sus entregas y sus obligaciones, pero por debajo de la superficie algo se habia reconfigurado para siempre.

Era viernes por la tarde. La habitacion de Camila parecia el resultado de una explosion controlada: ropa por el suelo, libros abiertos en paginas que nadie iba a releer, un vaso con restos de jugo sobre el escritorio. La luz del atardecer entraba en franjas perezosas por las cortinas y nos pintaba la piel de dorado.

Yo estaba recostada entre sus piernas, mi espalda contra sus pechos, las dos en camisetas sueltas y bragas de algodon. Ya no habia la tension electrica de la primera vez. Lo que habia ahora era peor: familiaridad. La certeza de que su mano iba a bajar por mi vientre, y la certeza de que yo la iba a dejar.

—Relajate —susurro contra mi oido, y sus dedos se deslizaron bajo el elastico de mis bragas sin la cautela de antes.

No hubo preambulos. Me encontro directamente, humeda desde hacia rato, y empezo a mover los dedos con una seguridad que no existia dos semanas atras. Yo cerre los ojos y me mordi el labio. Cuando aprendio a hacer esto tan bien, pense, mientras su otra mano subia por debajo de mi camiseta y me apretaba un pecho con firmeza.

Termine cubriendome la boca con la mano para no gritar. Ella saco los dedos, se los llevo a los labios y los lamio mirandome directamente a los ojos. Despues me los acerco a la boca.

—Proba —dijo.

Los chupe sin pensarlo. El sabor era salado, algo metalico, no desagradable. Lo que me perturbo fue lo natural que se sentia. Nos quedamos dormidas asi, enredadas, sin que ninguna de las dos mencionara lo que acababa de pasar.

***

A la manana siguiente Camila ya estaba despierta cuando abri los ojos, rebotando por la habitacion con la energia de una nena en Navidad. El concierto de Delirio era esa noche y llevaba meses esperandolo.

—Arriba, Andrea, tenemos que elegir que ponernos —me sacudio el hombro.

Bajamos a desayunar y encontramos a Rodrigo, el hermano mayor de Camila, sentado en la cocina con esa sonrisa que siempre me ponia incomoda. Rodrigo era calculador, de gimnasio diario, y me miraba como si yo fuera un problema matematico que ya tenia resuelto. Semanas atras habiamos hecho un trato que preferia no recordar: el nos llevaba al concierto en su auto, y a cambio yo le debia un favor que el definia como "mostrarle mis tetas". Sonaba a broma borracha, pero Rodrigo no bromeaba.

—Viene Tomas con nosotros —anuncio mientras tomaba cafe—. Ya le dije que si.

Camila protesto. El Airbnb era diminuto, apenas dos cuartos enanos, un bano y un living con dos sillones viejos. Pero Patricia, la novia de Rodrigo que flotaba por la cocina en una bata de seda apenas atada, le dio la razon a el. Fin de la discusion.

Tomas aparecio a las once. Alto, flaco, pelo castano, con esa facilidad para caer bien que algunos tipos tienen sin esfuerzo. Era lo opuesto a Rodrigo: donde su amigo calculaba, Tomas improvisaba. Me dio un beso en la mejilla al presentarse y algo en su manera de mirarme me hizo sentir vista de una forma distinta a la voracidad de Rodrigo.

Cuatro horas de ruta. Camila y yo ibamos atras, nuestros dedos entrelazados entre los asientos donde los demas no podian ver. Ninguna de las dos menciono la deuda pendiente.

***

El departamento era aun mas chico que en las fotos. Rodrigo reclamo el living para el y Tomas y se fueron a recorrer la ciudad, dejandonos solas. Camila y yo caminamos durante horas por las calles como si fueramos otras personas en otra vida. Al volver, nos vestimos para el concierto: ella con un short de jean tan corto que se le asomaba el nacimiento de las nalgas, yo con unos jeans tan ajustados que tuve que acostarme en la cama para subir el cierre. Las dos con remeras cortadas de Delirio que dejaban ver el ombligo y marcaban todo por debajo.

Nos miramos en el espejo y nos reimos. Estabamos increibles y lo sabiamos.

Llegamos dos horas antes al lugar y nos metimos hasta quedar a cinco metros del escenario. A medida que el lugar se fue llenando, los cuerpos empezaron a apretarse contra nosotras. Dos pibes de nuestra edad, Martin y Sebastian, aparecieron a nuestro lado y preguntaron si podian quedarse ahi. Camila los rechazo, pero Martin acepto con tanta gracia que ella se ablando y les dijo que si. Compartimos cervezas tibias y descubrimos que tenian sentido del humor.

Cuando Delirio salio al escenario, todo lo demas dejo de existir.

La voz de la cantante era algo que no puedo describir sin sonar ridicula: un cuchillo que bailaba en la garganta del dolor. Cantamos cada letra como si las hubieramos escrito nosotras. Y en algun momento del tercer tema, senti a Sebastian detras mio, su cuerpo duro contra mi espalda. Al principio pense que era la multitud empujandolo. Pero la presion no se fue. Lo sentia excitado contra mi culo y, en lugar de moverme, me quede.

A mi lado, Camila tenia los ojos cerrados y la cabeza echada hacia atras contra el hombro de Martin. Sus caderas se movian en un vaiven que no tenia nada que ver con la musica. Cuando Martin le mordio el cuello, ella solto un gemido que se perdio entre los gritos del publico.

El concierto duro dos horas. Cuando termino y las luces se encendieron, el hechizo se rompio. En el caos de la salida los perdimos entre la gente. Sin numeros, sin redes, sin continuacion. Las dos estabamos mojadas, frustradas, cargadas de algo que no tenia donde descargarse.

***

Rodrigo y Tomas ya estaban en el departamento cuando llegamos, con varias cervezas encima y musica suave sonando desde un parlante. La luz era calida, de velador, y el aire olia a cigarrillo y desodorante de hombre.

—¿Que tal el show? —pregunto Rodrigo desde el sillon, con esa sonrisa que siempre parecia saber mas de lo que decia.

Yo queria ducharme y dormir, pero Rodrigo me miro de una manera que me recordo la deuda sin mencionarla. En cambio, dijo:

—Tomense una cerveza con nosotros. Una sola.

Para sorpresa de Camila, dije que si. Tal vez era el residuo del concierto, o el alcohol que ya teniamos encima, o simplemente que estaba cansada de tenerle miedo a todo.

Nos duchamos por turnos. Mientras yo estaba bajo el agua caliente, escuche que alguien probaba la puerta del bano. El picaporte se movio y se detuvo. Despues, pasos alejandose. Cuando sali, Camila me miro con una expresion que no supe leer.

Volvimos al living en pijamas cortos. Una cerveza se convirtio en tres. Tomas propuso jugar a la botella.

Rodrigo nos miro con esa calma estudiada que usaba como herramienta.

—¿O tienen miedo?

Reglas simples: la botella gira, besás o ponés un desafio. Un paso libre por persona. Los desafios pueden rebotar.

Primera ronda: Rodrigo giro y cayo en Tomas. Le ordeno sacarse la remera. Tomas obedecio riendo, mostrando un torso flaco pero definido que a mi me hizo tragar saliva.

Camila giro y cayo en Tomas otra vez. Pidio un beso. Fue breve, suave, casi inocente. Pero cuando se separaron, Camila tenia las pupilas dilatadas.

Me toco a mi. La botella senalo a Rodrigo. Lo rete a sacarse la camisa. El lo hizo boton por boton, como si fuera un show privado, revelando un torso de gimnasio que no me interesaba pero que mi cuerpo registro igual.

Tomas giro y me senalo a mi. Pidio un beso con la misma suavidad con la que habia saludado esa manana. Nos besamos lento, sus labios apenas entreabiertos, y algo se me aflojo en el pecho. Fue tierno. Genuino. Completamente distinto a lo que vino despues.

Porque Rodrigo giro y la botella volvio a caer en mi. Se levanto, me tomo la cara con las dos manos y me beso como si estuviera reclamando territorio. Su lengua entro sin pedir permiso, insistente, dominante. Apartalo, me dije. Pero mi cuerpo respondio antes que mi cabeza, y cuando nos separamos yo estaba sin aliento y asqueada de mi misma en partes iguales.

Camila giro. La botella nos senalo a las dos.

El silencio fue instantaneo. Rodrigo se inclino hacia adelante.

—Besala. Dejen de hacerse las boludas.

Camila se acerco despacio. Me miro como pidiendome permiso, como disculpandose, como deseandome, todo al mismo tiempo. Y me beso.

Fue lo opuesto a Rodrigo. Sus labios eran suaves, conocidos, pacientes. El beso empezo como una pregunta y termino como una declaracion. Senti su mano en mi nuca, sus dedos enredados en mi pelo mojado, y por un segundo me olvide de que habia dos hombres mirandonos. Cuando nos separamos, algo habia cambiado. Lo que era secreto ahora era publico. Lo que era un juego entre amigas ahora tenia testigos.

Tomas nos miraba con la boca entreabierta. Rodrigo sonreia.

Siguieron mas rondas. Mas desafios. Tomas termino besando a Rodrigo por un reto de Camila y los cuatro nos reimos hasta que doliera. La ropa fue desapareciendo de a poco, como si el alcohol y el juego fueran desarmando las capas que nos separaban del desastre.

Hasta que la botella de Rodrigo volvio a senalarme por tercera vez.

El living se quedo en silencio.

—¿Que deuda? —pregunto Tomas, que habia escuchado la palabra antes sin entender.

Rodrigo explico con la tranquilidad de alguien que narra el clima: el viaje, el trato, lo que yo habia aceptado mostrar a cambio de que nos trajera. Tomas se rio nervioso primero, y despues se inclino hacia adelante con un interes que ya no tenia nada de gracioso.

Camila me miro. Yo la mire a ella. Estabamos las dos un poco borrachas, todavia cargadas con la electricidad del concierto y el juego y ese beso que nos habia cambiado las reglas. Su mirada decia algo que no podia decir con palabras delante de ellos: no tenes que hacerlo. Pero tambien decia otra cosa, mas abajo, en algun lugar donde la verguenza y el deseo se confunden: y si queres hacerlo, yo estoy aca.

Rodrigo apoyo los codos en las rodillas y me miro fijo.

—¿Lista para pagar tu deuda, Andrea?

El silencio duro una eternidad comprimida en tres segundos. La respuesta se formo en mi garganta antes de que mi cabeza pudiera detenerla.

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