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Relatos Ardientes

La amiga de mi novia me lo confesó esa noche

Soy Mateo, y llevo dos años con Camila. La conocí en una marcha del 8 de marzo, día de la mujer, cuando los dos buscábamos refugio bajo el toldo de un café. Tiene unos ojos verdes que parecen leerte por dentro, una sonrisa que promete más de lo que dice y un cuerpo que todavía me hace perder el hilo de la conversación cuando se cruza desnuda por la habitación. Nuestra química siempre fue intensa, sobre todo en la cama. Pero hace unos meses empezó a pasarme algo extraño: una idea que me ronda, me incomoda y me enciende al mismo tiempo. Y todo tiene un nombre: Daniela.

Daniela trabaja con Camila en la agencia. Es lesbiana y nunca lo ha disimulado. Alta, pelo negro cortado a la altura de la mandíbula, brazos de alguien que entrena en serio. La conocí en una fiesta de la oficina hace casi un año, y desde el primer minuto noté cómo miraba a mi novia: con un hambre que no se parecía a la de una amiga. Camila se reía cuando se lo comentaba.

—Daniela es así con todas, no le hagas caso —decía.

Pero después empezaron los regalos. Flores que llegaban a su escritorio los lunes por la mañana. Una caja de bombones belgas el día de su cumpleaños. Notas escritas a mano que Camila guardaba en un cajón.

«Para la mujer que me hace creer en los milagros pequeños», decía una. La leí una noche en la que ella se había dormido con la luz prendida.

—No es nada —me aseguraba—. Daniela es intensa, pero yo te quiero a ti.

Y le creía. O quería creerle. Pero notaba cosas. La forma en que ahora me pedía que le hiciera el amor, por ejemplo. Antes era más espontánea, más caótica. Ahora me daba indicaciones precisas, como si alguien le hubiera enseñado un mapa nuevo.

—Más lento, con la lengua plana, justo ahí.

Y yo obedecía, pero algo en mí se preguntaba quién le había enseñado eso. La idea me carcomía, sí, pero no de la manera en que carcomen los celos comunes. Me carcomía como una fiebre. Imaginarla con Daniela, las dos enredadas, los pechos de mi novia entre los labios de otra mujer, me ponía duro de un modo que no me había puesto en años. Era como si una parte vergonzosa de mí quisiera que la sospecha fuera verdad, no para reclamar nada, sino para tener un asiento en primera fila.

Todo cambió un viernes por la noche.

Camila llegó a casa con un ramo de rosas color borgoña, de esas que casi parecen negras al borde de los pétalos.

—Otra vez Daniela —dijo, dejándolo sobre la mesa de la cocina con un gesto que pretendía ser de fastidio. Pero las mejillas le ardían.

Se acercó y me besó como si necesitara borrar algo de su memoria. Sus labios sabían a vino tinto. Su cuerpo se pegaba al mío con esa urgencia que yo conocía, esa que no es deseo nuevo sino deseo desplazado.

—¿Qué te pasa? —pregunté, mientras mis manos recorrían su espalda hasta apretarle el culo por encima de la falda.

—Nada. Daniela me invitó a cenar mañana. Dice que tiene algo importante que decirme.

—¿Y qué crees que es?

Se rió contra mi cuello, pero no negó.

—Cuando me dio el ramo, me besó en la boca. Me mojó los labios con la lengua. No la dejé seguir, pero…

***

La empujé contra la pared del pasillo. Le subí la falda hasta la cintura y deslicé los dedos por debajo de su ropa interior. Estaba empapada.

—Dime la verdad —le susurré al oído—. ¿Pensaste en ella? ¿En cómo sería besarla en serio?

Jadeó cuando mis dedos rozaron su clítoris.

—Mateo, no seas pesado. Estoy contigo.

—No te pregunté con quién estás. Te pregunté si la imaginaste.

Cerró los ojos. Un gemido se le escapó.

—Tal vez. A veces. Pero solo porque tú me pones caliente ahora.

Esa noche follamos como si tuviéramos que confesarnos algo y no encontráramos las palabras. La llevé a la cama, le arranqué la ropa, le abrí las piernas y la penetré sin preámbulo. Me mordió el hombro.

—Dime que la deseas —le gruñí.

—A veces pienso en su boca —respondió, casi llorando del placer—. Pero tú me llenas de un modo que ella no podría.

Me clavó las uñas en los glúteos para empujarme más profundo. Cuando me corrí dentro de ella, la imagen que tenía en la cabeza era la de Daniela mirándonos desde el borde de la cama. Camila se mordió el labio, todavía agitada, y me dijo algo que terminó de cambiarlo todo:

—Invítala a cenar el sábado. Aquí. Con nosotros.

La miré sorprendido.

—¿Estás celoso o estás caliente? —preguntó con una sonrisa que no le había visto nunca.

—Las dos cosas.

***

El sábado a las nueve sonó el timbre. Daniela apareció con un top negro ajustado, jeans que parecían pintados sobre las piernas y una botella de malbec en la mano. El abrazo que le dio a Camila duró un segundo más de la cuenta. Yo lo conté.

Cenamos pasta y hablamos de todo: del trabajo, de una serie nueva, de un viaje que ninguno de los tres iba a hacer pronto. Pero el aire estaba cargado. Daniela no le quitaba los ojos de encima a Camila, y yo notaba cómo mi propia respiración se volvía más corta a medida que avanzaban las copas. Bajo la mesa, mi pantalón ya no podía disimular el bulto.

Después del postre, Camila propuso un juego de cartas. Era una excusa, y los tres lo sabíamos. Cuando la baraja quedó olvidada en el suelo, Daniela apoyó su copa y miró a mi novia.

—Camila, hace meses que te lo quiero decir bien. No eres solo una amiga para mí. Esos regalos son mi manera de decirte que estoy enamorada de ti.

Camila bajó la mirada. Se había puesto roja hasta el cuello.

—Daniela, te quiero mucho, pero estoy con Mateo.

Daniela giró la cabeza hacia mí. No había vergüenza en su mirada. Tampoco desafío. Había algo más interesante: curiosidad.

—¿Y a ti, Mateo, te molesta? ¿O te excita?

El silencio duró tres segundos eternos. Sentí la sangre subiéndome a la cara.

—Me excita —admití, y pronunciar esas dos palabras fue como soltar una piedra que llevaba meses cargando.

Camila me miró. No había reproche. Había, otra vez, esa sonrisa nueva.

—Entonces probemos —dijo Daniela, y se acercó a Camila con la lentitud de quien ya sabe que ganó.

***

El primer beso entre ellas fue suave. Casi tímido. Lo miré desde el sillón sin moverme, hipnotizado. Después se volvió voraz. Las lenguas se buscaban, las manos empezaban a explorar. Camila jadeó cuando Daniela le pasó la mano por encima de la blusa, sobre el pecho.

Me levanté. Me arrodillé al lado del sillón. Le besé el cuello a Camila mientras Daniela le desabrochaba los botones uno por uno. Cuando le quedaron los pechos al descubierto, los pezones ya estaban duros. Daniela bajó la cabeza y se llevó uno a la boca.

—Hace meses que pienso en hacerte esto —murmuró.

—Daniela —respondió Camila, arqueando la espalda—. Mateo… esto es una locura.

—Una locura buena —dije yo, y le besé la boca para que dejara de pedir permiso.

La llevamos al sofá. Daniela se arrodilló entre sus piernas, le bajó la falda y la ropa interior con una sola maniobra y, sin perder tiempo, le abrió las piernas. La miró un segundo entero antes de bajar la cara.

—Lento, con la lengua plana —dijo Camila, casi sin pensar.

Y entonces lo entendí. La frase, las indicaciones, el mapa nuevo. Levanté la vista hacia mi novia.

—Ya pasó algo entre ustedes, ¿verdad?

Camila me miró con miedo, pero asintió.

—La semana pasada. En su casa. Solo una vez. Iba a contártelo, te lo juro.

Daniela levantó la cabeza. Los labios le brillaban.

—La besé en mi sillón, le bajé la ropa interior y la lamí hasta que se vino en mi boca. Gritaba mi nombre.

El gruñido que se me escapó no fue de celos. Fue de algo mucho más complicado.

—Sigue —le dije a Daniela—. Y tú —miré a Camila—, no vuelvas a esconderme algo así.

—No lo hago más. Te lo prometo.

***

Me desnudé. Me puse detrás de Daniela, le bajé los jeans hasta los tobillos y la encontré tan mojada como había imaginado. La penetré con un solo movimiento. Gimió contra el muslo de Camila, sin dejar de lamerla.

—Mateo, eres enorme —dijo, empujando hacia atrás para sentirme entero.

Camila nos miraba desde arriba, una mano en su propio pecho, la otra perdida entre sus piernas.

—Fóllala fuerte, mi amor. Mientras me come.

Embestí con fuerza. El sonido de los cuerpos llenaba la sala. Camila empezó a temblar, agarrándole la cabeza a Daniela, empujándola contra ella.

—Me vengo —avisó—. Daniela, no pares.

Cuando Camila se vino, el grito que soltó fue el más fuerte que le había escuchado nunca. Daniela siguió hasta que mi novia tuvo que apartarla por hipersensibilidad.

Cambiamos posiciones. Camila se montó encima de mí y empezó a moverse con esa furia que solo aparece cuando algo se libera. Daniela se acomodó al lado, le tomó los pechos con las dos manos y se los empezó a chupar alternando.

—Eres preciosa así —le dijo Daniela—. Cabalgándolo, con él dentro de ti. Quiero verte venir desde aquí.

—Más adentro, Mateo —pidió Camila—. Daniela, muérdeme un poco.

Las dos me llevaron al borde más rápido de lo que quería. Cuando me corrí, lo hice mirándolas a las dos: a mi novia gimiendo encima de mí, y a la mujer que llevaba meses cortejándola pegada a su costado. Daniela se inclinó y la besó en la boca mientras Camila terminaba de venirse encima de mí.

***

Quedamos los tres tirados sobre el sofá, respirando como si hubiéramos corrido una maratón. Nadie dijo nada por varios minutos. Después fue Camila la que rompió el silencio.

—No fue lo que esperaba —dijo, con la voz todavía ronca.

—¿En qué sentido? —pregunté.

—Pensé que iba a sentir culpa. Y siento todo lo contrario.

Daniela se rió. Le acarició el pelo a Camila con una ternura que no parecía la misma mujer que había gemido contra el sillón quince minutos antes.

—¿Y tú, Mateo? —me preguntó—. ¿Estás bien?

Pensé la respuesta antes de darla.

—Estoy mejor que bien. Pero quiero que las cosas queden claras. Esto no es Daniela escondida. Esto es las tres cartas sobre la mesa o no es nada.

—De acuerdo —dijo Camila.

—De acuerdo —dijo Daniela.

***

Pasaron tres meses desde esa noche. Daniela ya no manda flores al escritorio de Camila, porque ahora viene a casa los miércoles y los sábados y se queda a desayunar. A veces somos los tres, a veces son ellas dos en el sofá del salón y yo en el escritorio terminando un informe, escuchándolas reír.

No es lo que imaginaba para mi vida cuando vi a Camila por primera vez en aquella marcha. Pero tampoco es nada que me incomode. Aprendí algo sobre el deseo en estos meses: que cuando uno deja de tenerle miedo, ocupa menos lugar. Lo que antes me carcomía como una sospecha, ahora simplemente sucede, y los tres elegimos cómo. La obsesión de Daniela dejó de ser obsesión el día que dejó de ser secreto. Y mi novia, que ya no es solo mi novia, nunca pareció más libre.

Lo último que pensé anoche, antes de quedarme dormido entre las dos, fue que las cosas que de verdad valen la pena casi nunca se parecen al plan original.

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Comentarios (7)

NachoCba91

buenisimo!!! no me lo esperaba para nada, el final me mato jajaja

Vicky_mdp

Por favor escribi una segunda parte, quede con ganas de saber como termino todo esto??

Mauro_baires

La tension del principio esta muy bien lograda. Se nota que saben escribir, seguí así!

GabiRomero

No puede terminar ahi jaja. Que pasa despues?? Tremendo relato

Carlitos_82

Me recordó a algo que viví hace unos años en una reunión de amigos, el ambiente era igual de electrico aunque sin tanto valor de mi parte jajaja. Muy buen relato, gracias

PatriZR

10 puntos!!!

FedericoT

El ritmo que le das a la historia es muy bueno, no te aburre en ningun momento. Espero el próximo

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